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Authors: Juan Antonio Cebrián

Tags: #Historia

La aventura de los conquistadores (5 page)

Al virrey Colón la situación se le escapó decididamente de las manos y solicitó a España un administrador cualificado que gestionase aquel maremágnum de confusión colonial. El elegido fue Francisco de Bobadilla, un alto funcionario proveniente de la orden de Calatrava cuya dureza a la hora de enjuiciar determinados asuntos le granjeó prestigio suficiente para ser enviado a La Española con el ánimo de sojuzgar a los colonos levantiscos. Mientras, dada la autoridad moral y legislativa que le otorgaron los reyes, no tuvo ningún impedimento en cubrir de grilletes a Cristóbal Colón y a su hermano Diego, enviándolos posteriormente de esa guisa a la península Ibérica con los cargos de corrupción y presunta traición a la corona. Bobadilla no permaneció mucho tiempo en Santo Domingo, pero sí lo suficiente para dejar claro que España no iba a pasar por alto cualquier intento de sedición o anarquía en aquel territorio alejado, pero desde entonces vital para la economía y grandeza del reino.

En diciembre de 1500, un angustiado Cristóbal Colón pudo al fin entrevistarse con los Reyes Católicos. En la reunión el almirante solicitó que se castigase a Bobadilla por la afrenta cometida con su persona y que se repusiesen sus privilegiados derechos sobre la nueva tierra descubierta. Aunque lo cierto es que los monarcas atendieron con cariño a su almirante, nadie discute que para entonces la cuestión americana ya se le había escapado de las manos a su descubridor oficial. Otros ilustres marinos viajaban constantemente a las costas vírgenes de Occidente utilizando rutas, mapas e indicaciones efectuadas en los primeros viajes colombinos. Rodrigo de Bastidas, Alonso de Ojeda o Vicente Yáñez Pinzón ya habían explorado la costa norte sudamericana; Corte Real había llegado a Terranova y Cabral constató la inmensidad brasileña. Todo aquello desautorizaba la primigenia idea colombina y nadie se atrevía a defender públicamente que lo descubierto era sólo un sitio de paso hacia Asia, sino, más bien, un impresionante continente, como atestiguan los mapas elaborados por Juan de la Cosa gracias a los conocimientos adquiridos en dichas exploraciones. Por tanto, constituía un severo riesgo dejar en manos de la familia Colón tanta abundancia, y más tras haber constatado de forma reiterada las impericias en la gestión política y administrativa del clan genovés.

En 1501 se nombró a Nicolás de Ovando nuevo gobernador de La Española. La misión a cumplir por este dignatario era en apariencia sustituir a Bobadilla y normalizar de paso la difícil situación de la colonia. El propio almirante llegó a pensar que Ovando restituiría el patrimonio y poderes de los Colón. En cambio, nada de esto ocurrió por el momento, ya que de lo que realmente se trataba era de asegurar la titularidad española de la recién emprendida conquista americana, y este cacereño nacido en el pueblo de Brozas se presentaba como idóneo para tal propósito. En febrero de 1502 zarpó de Sanlúcar una gran escuadra integrada por treinta barcos y dos mil quinientos españoles de toda suerte y condición. En esta primera expedición netamente colonizadora, viajaban hombres de leyes, frailes, artesanos, albañiles, contadores, pastores, jueces, agricultores… oficios indispensables para asentar el embrión perfecto de sociedad que se anhelaba, amén de una nutrida fuerza militar que apoyase al extremeño en sus difíciles decisiones. En abril la flota recaló en Santo Domingo y Ovando tomó posesión de la casa en la que se encontraba instalado Bobadilla, ordenando a éste que regresase a España para, una vez allí, rendir cuentas sobre sus actuaciones.

Por desgracia, el barco que trasladó al de Calatrava se hundió a causa de un huracán, el mismo que destruyó las débiles edificaciones de adobe y paja levantadas en la capital, lo que provocó mortandad y desasosiego entre los pobladores. Esta catástrofe hizo entender al gobernador que el emplazamiento para la ciudad era erróneo. Durante días anduvo por la zona asesorándose con las opiniones de algunos constructores que le acompañaban. Finalmente, tras analizar la orografía, decidió que lo más conveniente era ubicar la ciudad de Santo Domingo en la margen opuesta del río Ozama, donde, por orden suya, se alzaron quince grandes casas de piedra y una fortaleza para defenderlas que aún hoy en día se conservan en la actual capital de República Dominicana.

No obstante, la situación a la que se enfrentaba era sumamente compleja, con cuatro asentamientos más o menos urbanos en los que unos cuatrocientos pobladores mantenían posturas diferenciadas a la hora de decidir cómo se debían conducir los asuntos políticos y sociales en aquella remota isla del planeta. Entre 1502 y 1503 Ovando se propuso pacificar La Española, acabar con las fuertes disensiones internas entre los españoles y sojuzgan de paso la belicosidad indígena encarnada en caciques como Cotubanamá o Anacaona, reina de Xaragua y Maguana, territorios independientes que no aceptaban el poder español. Según se cuenta, la soberana indígena se rodeó de trescientos caciques bajo su mando para entrevistarse con el gobernador español, a fin de evitar una guerra generalizada entre blancos y cobrizos. Todo parecía desenvolverse por senderos de amabilidad y entendimiento, pero Ovando quedó advertido por algunos espías de que los nativos pretendían tenderle una emboscada, a lo que el gobernador respondió con un ataque preventivo que causó la muerte de setenta dignatarios indígenas en un episodio que encendió la llama de la leyenda negra española en América. No obstante, Ovando llevaba órdenes concretas de los Reyes Católicos para suprimir las encomiendas originales concedidas a los primeros terratenientes hispanos. En estas plantaciones los indígenas eran asignados a sus dueños europeos y trabajaban para ellos en régimen de absoluta esclavitud, lo que generaba, no sólo malestar entre los nativos, sino también una cotidiana mortandad dadas las abusivas condiciones laborales impuestas por los blancos. El gobernador intentó cambiar esta injusta situación con el ánimo de convertir a los indios en súbditos de la corona abonados a derechos y obligaciones tributarias. Pero la realidad existente, por duro que parezca, se impuso y, en diciembre de 1503, quedó autorizado a encomendar indios dada la evidente falta de mano de obra para trabajar, no sólo en los campos, sino en las minas; asunto que empeoró ostensiblemente la situación de los aborígenes, los cuales morían a cientos sin que nadie, al parecer, quisiera impedirlo. Por otra parte, Ovando hizo de La Española la base del gobierno y la colonización del Nuevo Mundo, con un sistema planificado. Envió nuevas expediciones hacia Tierra Firme, y fue poco a poco ampliando el universo caribeño. Aunque su dureza y defensa de intereses personales espurios no le salvaron de enfrentarse a un juicio de residencia, fue el primer gobernante que hizo valer la ley real e inició la estabilización de las colonias con método y racionalidad, dejando a un lado la improvisación y tratando de obtener el máximo resultado del territorio colonizado.

En estos años Cristóbal Colón tuvo la última oportunidad de regresar al lugar por él descubierto. Su cuarto y definitivo viaje le condujo a las Indias con la ilusión de encontrar al fin el tan ansiado paso hacia Oriente. Con este propósito abasteció cuatro naves, con las que se plantó ante Santo Domingo en el verano de 1502. Bien sabía que su acceso a la capital de La Española estaba terminantemente prohibido; sin embargo, el almirante argumentó que debía reparar algunas averías en sus navíos antes de proseguir camino.

De paso advirtió a Ovando de que un huracán avanzaba hacia la zona por lo que se debía impedir la salida de una numerosa escuadra cargada de riquezas para España. El gobernador desatendió la recomendación de Colón y las consecuencias no se hicieron esperar, pues, al poco, todos los navíos de la expedición se fueron a pique, pasto de los vientos huracanados. Con todo, don Cristóbal, aquejado de fuertes dolores artríticos y de una infección ocular, no quiso permanecer más con su flota anclada en Santo Domingo y zarpó rumbo a sus sueños exploratorios.

En este epílogo de los viajes colombinos, el máximo artífice del descubrimiento navegó por las costas de Honduras y Panamá, por lo que casi consiguió encontrar el paso marítimo hasta el océano Pacífico. Más tarde sus barcos naufragaron de regreso a La Española, hundiéndose frente a las costas jamaicanas en junio de 1503. Colón solicitó el auxilio de Ovando, mas éste se desentendió de enviar cualquier ayuda al angustiado genovés, con lo que la expedición colombina quedó durante un año y cinco días a merced del infortunio y los motines. Y el poco más de un centenar de hombres supervivientes se dividió en dos grupos a causa de enfrentamientos internos y de diferentes opiniones sobre aquella empresa. Al fin, en junio de 1504 Ovando se compadeció del descubridor oficial de América y permitió que un barco pagado por leales al almirante fuese en ayuda de los náufragos.

En agosto, los restos del cuarto viaje colombino llegaban a La Española y al mes siguiente el glorioso genovés abandonó las latitudes americanas por última vez, recalando en España en noviembre justo unos días antes de la muerte de Isabel I de Castilla, la gran mecenas y amiga del hombre que tanto bien había traído a la corona española. Solo y casi sin amigos que le apoyasen en sus demandas, intentó en vano entrevistarse con el rey Fernando y a la espera de dicha audiencia falleció el 21 de mayo de 1506 en Valladolid, a la edad de cincuenta y cinco años. Atrás quedaban emociones, dudas, peligros y gloria, pero, sobre todo, el honor de haber sido el primero en descubrir un Nuevo Mundo para nuestra civilización.

Sin embargo, el cuerpo del almirante siguió viajando de Valladolid a Sevilla, de Sevilla a Cuba, de Cuba a Santo Domingo, ¿y de Santo Domingo a Sevilla? A ciencia cierta, no se sabe si sus restos descansan en la catedral hispalense o en su querido Santo Domingo. Hoy día los investigadores históricos y los expertos en ADN siguen cotejando diversas pruebas, si bien parece difícil que podamos alguna vez constatar el destino final de este loco soñador que inauguró uno de los capítulos más emotivos y fundamentales de toda la historia y que, para hacerse honor a sí mismo, siguió pensando, hasta el momento de su muerte, que había llegado a los añorados territorios orientales en lugar de imaginar que su espíritu indomable consiguió descubrir todo un Continente ante los ojos de sus coetáneos.

Capítulo
II
LOS QUE SIGUIERON AL ALMIRANTE DE LA MAR OCÉANA

Quiero dar cuenta a Vuestra Muy Real Alteza de las cosas y grandes secretos de maravillosas riquezas que en esta tierra ha, de que Nuestro Señor a Vuestra Muy Real Alteza ha hecho Señor, y a mí me ha querido hacer sabedor y me las ha dejado descubrir que a otro ninguno y más, por lo cual yo le doy muchas gracias y loores todos los días del mundo y me tengo por el más bienaventurado hombre que nació…

Carta de Vasco Núñez de Balboa a Fernando el Católico tras el descubrimiento del océano Pacífico.

T
ras la muerte del almirante nadie discutía sobre la importancia de la nueva tierra descubierta en los que se comenzaban a asegurar sus primeros pasos conquistadores. Habían transcurrido catorce años desde aquel clamoroso grito: «¡Tierra a la vista!». Y ahora cientos de esperanzados colonizadores se desenvolvían por varios asentamientos implantados en las islas caribeñas. En el principal de ellos, La Española, Nicolás de Ovando, al considerar finalizada su misión a la muerte de la reina Católica, anhelaba regresar a España, pues tanta actividad gestora le había abocado a un cansancio crónico, por lo que deseaba volver a su tierra natal para descansar mientras esperaba nuevas órdenes de su rey. Ovando pidió encarecidamente en varias ocasiones retornar a la Península.

En cambio, en lugar de eso, fue confirmado en su puesto con absoluta decisión. Primero, por la regencia de Fernando II de Aragón, luego por Felipe I y Juana I y, tras la muerte del Hermoso, nuevamente por el rey católico, quien debió asumir los designios de Castilla. Las razones de su permanencia en un puesto que otros a buen seguro deseaban se debían a los inmejorables resultados de su labor. No en vano había conseguido el dominio total de La Española y se estaban explorando por orden suya las vecinas Puerto Rico y Cuba.

Además, la excelente administración de Ovando hizo de la colonia un próspero negocio cuya consecuencia más inmediata fue la fundación de quince villas y el asentamiento de cada vez más colonos ilusionados con la riqueza que podían obtener en aquel esfuerzo expansionista. Pero lo principal a subrayar en los méritos del gobernador fue, sin duda, que consiguió organizar un correcto flujo de oro, perlas y materias primas que suponían un importante ingreso para la corona, sin permitirse nepotismos de ninguna clase, lo que le granjeó al extremeño diferentes enemigos que habían hecho de la corrupción su bandera. Estos mismos personajes consiguieron medrar hasta convertir la figura de Ovando en algo molesto para la corte. Y debido a esa circunstancia, no recibió los honores que merecía tras su llegada a España en 1509.

Agotado por tanto avatar, Ovando cedió el testigo del gobierno en América a Diego Colón, hijo mayor del almirante y emparentado con la influyente casa de Alba. Aquél dejó en esas tierras una eficaz tarea, realizada sin utilizar jamás su aventajada posición para el lucro personal. Según se cuenta, tuvo que pedir quinientos pesos de oro a crédito para poder regresar a la península Ibérica, donde falleció el 29 de mayo de 1511 mientras se preparaba para integrar una expedición punitiva contra la plaza africana de Orán. El propio fray Bartolomé de Las Casas reconoció que Nicolás de Ovando había sido un hombre fundamental en el reinado de los Reyes Católicos, y sobre él escribió: «Era varón prudentísimo, digno de gobernar hombres, pero no indios».

En este libro es obligado rendir homenaje a todos aquellos navegantes españoles y de otras procedencias que impulsaron el descubrimiento y conquista de un nuevo continente. En el caso hispano ya han surgido algunos nombres fundamentales en estas primeras páginas, a los que irán sumándose otros personajes relevantes en los capítulos iniciales de América. Como el lector puede entender, me veo obligado a seleccionar un ramillete de hombres decisivos, aunque quiero dejar claro que mi recuerdo y admiración alcanza a todos aquellos que intervinieron, desde el más humilde tripulante al más elevado capitán o adelantado. En aquellos años finales del siglo XV comenzaron a sellarse las primeras capitulaciones o contratos para la conquista de los nuevos territorios occidentales. Estos documentos acreditaban a su propietario para emprender empresas de aventura y exploración bajo tutela de la monarquía, concediendo al depositario, no sólo el aval real para su gesta, sino también las innegables ventajas del más que probable beneficio económico de la hazaña. Uno de los pioneros de la conquista fue Alonso de Ojeda.

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