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Authors: Clive Barker

Tags: #Terror

Imajica (Vol. 2): La Reconciliación (5 page)

—Vamos a dejar en paz la metafísica —fue la respuesta—. Eres lo que eres. Tenías que saberlo antes o después.

—No lo soporto. No lo soporto.

—Pero es que lo estás soportando —dijo Dowd—. Sólo tienes que tomártelo con calma. Paso a paso.

—Más no…

—Sí —insistió él—. Mucho más. Ya ha pasado lo peor. Será más fácil a partir de ahora.

Mintió. Cuando el recuerdo se apoderó de nuera de ella, casi sin invitación, estaba levantando los brazos por encima de la cabeza y dejando que los colores se cuajaran alrededor de los dedos extendidos. Bastante bonito, hasta que dejó caer un brazo a un lado y sus nervios recién terminados sintieron una presencia a su lado, alguien compartía el útero. Volvió la cabeza y chilló.

—¿Qué es? —dijo Dowd—. ¿Vino la diosa?

No era ninguna diosa. Era otra cosa sin terminar que la miraba con la boca abierta y unos ojos sin párpados y le sacaba la lengua incolora, todavía tan áspera que podría haberle arrancado su nueva piel con sólo lamerla. Se apartó de aquel ser y su miedo lo excitó, una carcajada silenciosa agitó aquella pálida anatomía. Vio que este ser también había reunido motas de color robado, pero no se había bañado en ellas sino que las había cogido con las manos y había pospuesto el momento de ataviarse con ellas hasta haberse deleitado en su desnudez desollada.

Dowd volvía a interrogarla.

—¿Es la diosa? —preguntaba—. ¿Qué estás viendo? ¡Dímelo, mujer! ¡Habla…!

La interpelación quedó cortada en seco. Hubo un latido de silencio, luego un grito de alarma tan agudo que se desvaneció la ilusión del círculo que había conjurado y el ser con el que lo había compartido. Sintió que Dowd dejaba de sujetarle la muñeca y su cuerpo se vino abajo. Agitó brazos y piernas al caer y, más por suerte que por intención, el movimiento la arrojó de lado, por el borde del pozo, en lugar de tirarla dentro. Al instante empezó a deslizarse por la rampa. Se agarró al pavimento, pero la piedra había quedado tan pulida tras tantos años de pasos que su cuerpo se deslizó hacia el borde como si las profundidades estuvieran reclamando una deuda descuidada desde hace mucho tiempo. Con las piernas golpeaba el aire vacío, sus caderas se deslizaban por el borde del pozo mientras con los dedos buscaba algún sitio al que agarrarse, por ligero que fuera, (un nombre grabado más hondo que los demás, la espina de una rosa, incrustada entre las piedras), eso le proporcionaría alguna defensa contra la gravedad. Y mientras lo hacía, oyó a Dowd gritar una segunda vez y levantó la cabeza para ver un milagro.

Quaisoir había sobrevivido al insecto. El cambio que se había apoderado de su carne cuando se levantó para desafiar a Dowd al fin se había completado. Su piel era del color del ojo azul, su rostro, mutilado tan poco tiempo antes, relucía. Pero aquellos eran pequeños cambios al lado de la docena de cintas de varios metros de longitud que su esencia había desenrollado a su alrededor; tenían su fuente en la espalda y su propósito era tocar por turnos el suelo que se hallaba debajo y elevarla en un extraño vuelo. El poder que había encontrado en el Bastión ardía en su interior, y Dowd sólo podía retirarse ante él hasta el borde del pozo. Quedó ahora en silencio, arrodillado, listo para alejarse arrastrándose por debajo de las espirales de filamento que formaban la falda de Quaisoir.

Jude sintió que se le escapaba el poco apoyo que había atrapado con los dedos y dejó escapar un grito de socorro.

—¿Hermana? —dijo Quaisoir.

—¡Aquí! —chilló Jude—. ¡Rápido!

Cuando Quaisoir se movió hacia el pozo, y era suficiente el más leve toque de los tentáculos para impulsarla hacia delante, Dowd se puso en marcha y se ocultó bajo los apéndices. Pero había calculado mal el momento de su huida. Uno de los filamentos lo atrapó por el hombro y, tras rodearle el cuello, lo lanzó por el borde del pozo. Al moverse él, la mano derecha de Jude perdió por completo la sujeción que tenía y empezó a deslizarse, en ese momento se escapó de su garganta un último chillido desesperado. Pero Quaisoir era tan rápida a la hora de salvar como a la hora de despachar a alguien. Antes de que el borde del pozo se elevara para eclipsar la escena que se desenvolvía arriba, Jude sintió que los filamentos la cogían por la muñeca y el brazo, y las espirales la rodeaban al instante con fuerza. Por su parte, ella también se agarró a ellas, sus agotados músculos avivados por aquel contacto, y Quaisoir la izó por encima del borde del pozo y la depositó en el pavimento. Rodó hasta quedarse boca arriba y jadeó como un corredor al llegar a la meta mientras los filamentos de Quaisoir se iban desprendiendo y volvían a servir a su ama.

Fue el sonido de los ruegos de Dowd, que despertaban los ecos del pozo sobre el que estaba suspendido, lo que la hizo sentarse. No había nada en sus gritos que ella no hubiera podido predecir de un hombre que había ejercido la servidumbre durante tantas generaciones. Le prometía a Quaisoir obediencia eterna y abnegación absoluta si lo salvaba de aquel terror. ¿No era la misericordia la joya de cualquier corona celestial, sollozaba el sirviente, y no era ella un ángel?

—No —dijo Quaisoir—. Y tampoco soy la novia de Cristo.

Sin inmutarse, el hombre dio comienzo a un nuevo ciclo de descripciones y negociaciones: lo que era ella, lo que haría él por ella, a perpetuidad. No encontraría un sirviente mejor ni un acólito más humilde. ¿Qué quería, su virilidad? Eso no era nada, se castraría en ese mismo instante. Sólo tenía que pedirlo.

Si a Jude le quedaba alguna duda sobre la fuerza que Quaisoir había adquirido, ahora tuvo la prueba, cuando los tentáculos subieron al prisionero del pozo. El sirviente chorreaba al salir como un cubo agujereado.

—Gracias, mil veces, gracias…

Ya estaba a la vista y Jude vio que ahora el hombre corría un doble peligro, los pies le colgaban sobre el aire vacío y los tentáculos le rodeaban la garganta con la fuerza suficiente para estrangularlo si él no hubiera aliviado la presión metiendo los dedos entre el lazo y el cuello. Las lágrimas le bañaban las mejillas con un exceso teatral.

—Señoras —dijo—. ¿Cómo puedo empezar a disculparme?

La respuesta de Quaisoir fue otra pregunta.

—¿Por qué me engañaron tus palabras? —dijo—. No eres más que un hombre. ¿Qué sabes tú de divinidades?

Dowd parecía tener miedo de contestar, no estaba seguro de qué sería más letal, si la negación o la afirmación.

—Dile la verdad —le aconsejó Jude.

—Serví una vez al Invisible —dijo él—. Me encontró en el desierto y me envió al Quinto Dominio.

—¿Por qué?

—Tenía allí unos asuntos.

—¿Qué asuntos?

Dowd empezó a retorcerse otra vez. Se habían secado las lágrimas y el dramatismo había desaparecido de su voz.

—Quería una mujer —dijo— para que le diera un lujo en el Quinto.

—¿Y la encontraste?

—Sí. Se llamaba Celestine.

—¿Y qué le pasó?

—No lo sé. Yo hice lo que me pidieron y…

—¿Qué le pasó? —dijo de nuevo Quaisoir, esta vez con más fuerza.

—Murió —respondió Dowd. Dejó la respuesta en el aire para ver si la negaban. Cuando nadie lo hizo, la recogió con entusiasmo renovado—. Sí, eso fue lo que pasó. La mujer falleció. En el parto, según creo. Hapexamendios la fecundó, ya sabes, y su pobre cuerpo no pudo soportar la responsabilidad.

A Jude el estilo de Dowd ya le resultaba demasiado conocido como para que pudiera engañarla. Conocía la música que ponía en la voz cuando mentía y la oyó ahora con toda claridad. El sirviente era muy consciente de que Celestine estaba viva. Sin embargo, no había habido tal música en sus primeras revelaciones, cuando había dicho que le había procurado una mujer a Hapexamendios, lo que parecía indicar que el servicio que le había prestado al Dios era real.

—¿Y el bebé? —le preguntó Quaisoir—. ¿Fue un hijo o una hija?

—No lo sé —dijo él—. De verdad, no lo sé.

Otra mentira, y esta la percibió su captora. Aflojó el lazo y el hombre cayó unos centímetros antes de dejar escapar un sollozo de terror y agarrarse sobrecogido a los filamentos.

—¡No me dejes caer! ¡Por favor, Dios, no me dejes caer!

—¿Y el bebé?

—¿Qué sé yo? —dijo él; volvía a llorar, sólo que esta vez de verdad—. No soy nada. Soy un mensajero. Un portaestandarte.

—Un chulo —dijo la mujer.

—Sí, eso también. Lo confieso. ¡Soy un chulo! Pero no es nada, no es nada. ¡Díselo, Judith! Soy un simple actorzuelo. ¡Un puto actorzuelo inútil!

—¿Inútil, eh?

—¡Inútil!

—Entonces buenas noches —dijo Quaisoir, y lo soltó.

El lazo se deslizó entre los dedos del hombre con tal brusquedad que no tuvo tiempo para agarrarse con más fuerza y cayó como un muerto de una cuerda cortada; ni siquiera empezó a chillar de inmediato, como si la pura incredulidad lo hubiera silenciado hasta que el iris del cielo lleno de humo que se alzaba sobre él se fue cerrando hasta casi convertirse en un punto. Cuando se alzó por fin el estruendo, este fue agudo pero breve.

Al detenerse, Jude apoyó las palmas en el pavimento y, sin levantar la cabeza para mirar a Quaisoir, murmuró un agradecimiento, en parte por su propia supervivencia pero también por la muerte de Dowd.

—¿Quién era? —preguntó Quaisoir.

—Yo sólo sé una pequeña parte de todo esto —respondió Jude.

—Poco a poco —dijo Quaisoir—. Así es como lo entenderemos todo. Poco… a… poco.

Su voz sonaba exhausta, y cuando Jude levantó la cabeza vio que el milagro abandonaba las células de Quaisoir. Se había hundido en el suelo, la carne desplegada se retiraba al interior de su cuerpo y el beatífico color azul se desvanecía de su piel. Jude se levantó y se alejó cojeando del borde del agujero. Al oír sus pasos, Quaisoir dijo:

—¿Adónde vas?

—Sólo me alejo del pozo —dijo Jude al tiempo que apoyaba la frente y las palmas de las manos en el agradable frescor de la pared—. ¿Sabes quién soy? — le preguntó a Quaisoir después de un momento.

—Sí —fue la tenue respuesta—. Eres el yo que perdí. Eres la otra Judith.

—Así es. —Se volvió y vio que Quaisoir sonreía a pesar del dolor.

—Eso está bien —dijo Quaisoir—. Si sobrevivimos a esto, quizá tú puedas empezar de nuevo por las dos. Quizá tú veas las visiones a las que yo les volví la espalda.

—¿Qué visiones? Quaisoir suspiró.

—En otro tiempo me amó un gran maestro —dijo—. Me enseñó ángeles. Venían a nuestra mesa montados en rayos de luz. Lo juro. Angeles en rayos de luz. Y yo pensé que viviríamos para siempre y que yo aprendería todos los secretos del mar. Pero dejé que me alejara del sol. Le permití convencerme de que los espíritus no importaban. Sólo importaba nuestra voluntad, y si nuestra voluntad era el dolor, entonces la sabiduría era eso. Me perdí en tan poco tiempo, Judith… Tan poco tiempo… —La mujer se estremeció—. Me cegaron mis crímenes antes de que nadie me clavara el cuchillo.

Jude contempló con lástima el rostro mutilado de su hermana.

—Tenemos que encontrar a alguien que te limpie las heridas —dijo.

—Dudo que quede algún médico vivo en Yzordderrex —respondió Quaisoir—. Siempre son los primeros en irse en cualquier revolución, ¿verdad? Los médicos, los recaudadores de impuestos, los poetas…

—Si no podemos encontrar a nadie más, lo haré yo —dijo Jude, que dejó la seguridad del muro y se aventuró a bajar por la rampa hacia donde se sentaba Quaisoir.

—Ayer creí ver a Jesucristo —dijo—. Estaba de pie, en un tejado, con los brazos abiertos. Creí que había venido por mí, para que yo pudiera confesarme. Por eso vine aquí, para encontrar a Jesús. Oí a su mensajero.

—Era yo.

—¿Tú estabas… en mis pensamientos?

—Sí.

—Así que te encontré a ti en lugar de a Cristo. Eso parece un milagro aún mayor. —Estiró el brazo hacia Jude, que la cogió de la mano—. ¿No es así, hermana?

—Todavía no estoy segura —dijo Jude—. Esta mañana era yo. ¿Y ahora qué soy? Una copia, una falsificación.

Esa palabra le recordó al Espurio de Klein: Cortés, el falsificador, que sacaba beneficios del genio de otras personas. ¿Por eso se había obsesionado con ella? ¿Había visto en ella alguna sutil pista que le había revelado su verdadera naturaleza y la había seguido por devoción a la farsa que era?

—Era feliz —dijo mientras pensaba en los buenos tiempos que había compartido con él—. Quizá no siempre me daba cuenta de que era feliz, pero lo era. Era yo misma.

—Sigues siéndolo.

—No —dijo, más cerca de la desesperación de lo que lo que recordaba haber estado jamás—. Soy un trozo de otra persona.

—Todos somos trozos —dijo Quaisoir—. Poco importa que naciéramos o nos hicieran. —Apretó los dedos alrededor de la mano de Jude—. Todos vivimos con la esperanza de volver a ser individuos completos. ¿Quieres llevarme de vuelta al palacio? —dijo—. Allí estaremos más seguras que aquí.

—Desde luego —respondió Jude al tiempo que la ayudaba a levantarse.

—¿Sabes en qué dirección debes ir?

Dijo que sí. A pesar del humo y de la oscuridad, los muros del palacio se cernían sobre ellas, inmensos pero lejanos.

—Tenemos un buen ascenso por delante —dijo Jude—. Quizá no lleguemos antes de la mañana.

—La noche es larga en Yzordderrex —respondió Quaisoir.

—No durará para siempre —dijo Jude.

—Para mí sí.

—Lo siento. Fue una falta de consideración por mi parte. No quería…

—No lo sientas —dijo Quaisoir—. Me gusta la oscuridad. Así puedo recordar el sol mejor. El sol, los ángeles a la mesa. ¿Querrás cogerme del brazo, hermana? No quiero perderte otra vez.

Capítulo 2

E
n cualquier lugar salvo este, a Cortés quizá le hubiera frustrado la visión de tantas puertas selladas, pero a medida que Lazarevich lo iba acercando a la Torre del Eje, el ambiente se iba espesando de tal modo debido al miedo que se alegraba de que lo que fuera que esperara detrás de esas puertas permaneciera encerrado. Su guía apenas hablaba, y cuando lo hacía era para sugerir que Cortés hiciera el resto del viaje sólo.

—Ya queda muy poco —no dejaba de decir—. Ya no me necesitáis.

—Ese no es el trato —le recordaba Cortés, y Lazarevich maldecía y lloriqueaba y luego seguía adelante un poco más, en silencio, hasta que un chillido procedente de uno de los pasillos, o una gota de sangre vislumbrada en el suelo pulido, lo hacía pararse en seco y comenzar de nuevo su pequeño discurso.

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