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Authors: Julio Verne

Tags: #Aventuras, Ciencia Ficción, Clásico

Héctor Servadac (8 page)

—Sí, porque soy soldado.

—¿Y qué es?

—Ser filósofo es aceptar con resignación los acontecimientos cuando no es posible hacer otra cosa, y nosotros nos encontramos en este caso.

Héctor Servadac no respondió; pero debe creerse que renunció, a lo menos provisionalmente, a explicar lo que para él era entonces inexplicable.

Además, se aproximaba un acontecimiento inesperado, cuyas consecuencias debían ser sumamente importantes.

El 27 de enero, Ben-Zuf, hacia las nueve de la mañana, entró con gran calma en la habitación del capitán, a quien dijo:

—Mi capitán.

—¿Qué hay? —preguntó el capitán Servadac.

—Un buque.

—Animal, ¡vienes a decirme eso con la misma tranquilidad que si me dijeras que está la sopa en la mesa!

—Puesto que somos filósofos… —respondió Ben-Zuf.

Capítulo IX
EN EL QUE EL CAPITÁN SERVADAC HACE UNA SERIE DE PREGUNTAS QUE QUEDAN SIN RESPUESTA

HÉCTOR Servadac precipitóse fuera del cuerpo de guardia y corrió con toda la ligereza de sus piernas a lo alto de las peñas.

El hecho era cierto: a menos de diez kilómetros de la costa había un buque a la vista; pero la nueva convexidad de la tierra, acortando el radio visual, no dejaba todavía ver otra cosa que el extremo de una arboladura que sobresalía de las olas.

Sin embargo, aunque el casco del buque no se veía aún, la parte visible del aparejo debía permitir reconocer la categoría del buque a que pertenecía. Era sin duda alguna una goleta, que se mostró por completo a las dos horas de haber sido señalada por Ben-Zuf.

El capitán Servadac, con el anteojo en la mano, no cesó un momento de observarla.

—¡La
Dobryna
! —exclamó de pronto.

—¿La
Dobryna
? —dijo Ben-Zuf—. No puede ser la goleta del conde ruso, porque no se ve el humo de la chimenea.

—Navega a la vela —replicó el capitán Servadac—; pero es la goleta del conde Timascheff.

Era, efectivamente, la
Dobryna
, y si el conde iba a bordo, la mayor de las casualidades iba a ponerlo en presencia de su rival.

Creemos innecesario decir que el capitán Servadac no veía ya en el noble ruso otra cosa que uno de sus semejantes, y no un adversario, y que no pensó, ni siquiera momentáneamente, en el duelo proyectado ni en los motivos que lo habían hecho concertar. Las circunstancias habían variado tan por completo, que experimentó el más vivo deseo de volver a ver al conde Timascheff y hablar con él de los acontecimientos extraordinarios que habían ocurrido desde su separación.

La
Dobryna
, después de una ausencia de veintisiete días, habría podido recorrer las costas vecinas de Argel, llegar quizá hasta España, hasta Italia, hasta Francia, recorrer aquel Mediterráneo tan extrañamente modificado, y traer por lo tanto algunas noticias de todos estos países a la isla Gurbí. Héctor Servadac iba, pues, a saber, no sólo cuál era la importancia de la catástrofe, sino también la causa que la había producido. Además, el conde Timascheff era un cumplido caballero, que con toda seguridad trasladaría a él y a Ben-Zuf a su patria.

—¿Pero, dónde va a anclar la goleta —preguntó entonces Ben-Zuf—, si la desembocadura del Cheliff ha desaparecido?

—No anclará —respondió el capitán—. El conde enviará a tierra una canoa para que nos embarquemos.

Aproximábase la
Dobryna
, pero, como por tener el viento contrario no podía navegar sino muy ceñido, lo hacía con suma lentitud. Sorprendía que no utilizase su máquina, porque sin duda los de a bordo debían estar impacientes por reconocer la nueva isla que se levantaba en el horizonte; pero quizá faltara carbón y la
Dobryna
se viera reducida a servirse solamente de su velamen, que, por otra parte, no llevaba enteramente desplegado. Por fortuna, aunque el cielo estaba surcado de ligeras nubes, el tiempo estaba hermoso, la brisa era manejable, la mar bella, y las olas no dificultaban el movimiento de la goleta.

Héctor Servadac no dudó que la
Dobryna
trataba de acercarse lo más posible al litoral.

El conde Timascheff debía de estar perplejo, porque donde creía encontrar el continente africano, sólo había una isla. ¡No podía temer, sin embargo, no encontrar ningún refugio en la nueva costa, y renunciar a recalar en ella! Quizá convendría buscar un puerto en el caso de que la goleta vacilase en acercarse, y, después de encontrarlo, indicárselo por señales.

Pronto comprendió el capitán que la
Dobryna
se dirigía hacia la antigua desembocadura del Cheliff, lo que le impulsó a tomar inmediatamente su partido.
Céfiro
y
Galeta
fueron ensillados, y con sus respectivos jinetes lanzáronse hacia la punta Oeste de la isla.

Veinte minutos después, apeáronse el oficial y su asistente, comenzando en seguida a explorar aquella parte del litoral.

Héctor Servadac no tardó en ver que a la vuelta de la punta, y abrigada por ella, abríase una pequeña ensenada que podía servir de refugio a un buque de mediana cabida. Aquella ensenada estaba cubierta de la parte del mar por grandes escollos, entre los que había un estrecho canal, donde las aguas debían estar tranquilas aun en los malos tiempos; pero, entonces, examinando atentamente las rocas, el capitán encontró con sorpresa las huellas de una marea altísima, claramente figuradas por largas bandas de algas.

—¡Hola! —exclamó—. ¡Hay ahora verdaderas mareas en el Mediterráneo!

Sin duda alguna, el flujo y reflujo de las aguas se había hecho sentir allí de un modo notable y a una gran altura. Esta era una nueva irregularidad que había que sumar a tantas otras, porque hasta entonces las mareas habían sido escasísimas en la cuenca mediterránea.

Esto no obstante, podía observarse que desde la más alta de aquellas mareas, producidas seguramente por la proximidad de aquel enorme disco observado en la noche del 31 de diciembre al primero de enero, el fenómeno había disminuido grandemente hasta hallarse a la sazón reducido a las modestas proporciones que lo caracterizaban antes de la catástrofe.

Después de esta observación, el capitán Servadac buscó el sitio donde debía estar la
Dobryna
.

La goleta encontrábase entonces a 2 ó 3 kilómetros del litoral. Las señales que le hicieron no podían menos de ser vistas y entendidas; y, efectivamente, la
Dobryna
modificó algo su dirección y comenzó a amainar sus velas altas, no tardando en quedarse con sus dos de gavia, la cangreja y el foque mayor, de manera que obedeciese bien a la mano del timonel. Al fin, dobló la punta de la isla, y entró atrevidamente en el canal que el oficial de Estado Mayor le indicaba con la mano. Pocos minutos después, el ancla de la goleta mordía el fondo de arena de la ensenada, se lanzaba el bote al mar y el conde Timascheff desembarcaba en la orilla.

El capitán Servadac se apresuró a salirle al encuentro.

—Señor conde —exclamó—, ante todo dígame usted, ¿Qué ha sucedido?

El conde Timascheff, hombre calmoso, cuya flema inalterable contrastaba singularmente con la viveza del oficial francés, inclinóse ligeramente, y con el acento particular de los rusos, dijo:

—Capitán, créame usted, estaba muy lejos de pensar que iba a tener el honor de volver a verlo aquí. Lo había dejado en un continente y lo encuentro en una isla…

—Sin haber variado de lugar, señor conde.

—Lo sé, capitán, y le ruego encarecidamente que me perdone por haber faltado a la cita convenida, pero…

—Oh, señor conde —respondió con viveza el capitán Servadac—, ya hablaremos de eso en otra ocasión, si le place.

—Estaré siempre a su disposición.

—Y yo a la de usted. Pero ahora permítame que le repita la pregunta que antes le dirigí. ¿Qué ha sucedido?

—Iba a preguntarle lo mismo, capitán.

—¡Cómo!, ¿no sabe usted nada?

—Nada.

—¿Y no puede usted decirme qué cataclismo ha sido causa de que se haya convertido en isla esta parte del continente africano?

—No lo sé.

—¿Ni cuál ha sido la importancia de la catástrofe?

—Sé lo mismo que usted, capitán.

—Pero podrá usted decirme siquiera si en el litoral del Norte del Mediterráneo…

—¿Es éste el Mediterráneo? —preguntó el conde Timascheff, interrumpiendo al capitán con esta extraña pregunta.

—Mejor debe usted saberlo que yo, señor conde, puesto que acaba de recorrerlo.

—No lo he recorrido.

—¿No ha recalado usted en ningún punto del litoral?

—Ni un día, ni una hora, y no he visto tierra alguna.

El oficial de Estado Mayor miraba a su interlocutor con gran estupefacción.

—¿Pero, a lo menos, señor conde —dijo—, habrá usted observado que desde el primero de enero el Oriente se ha convertido en Poniente y viceversa?

—Sí, señor.

—Que el día tiene seis horas menos de duración.

—Efectivamente.

—¿Qué la intensidad de la gravedad ha decrecido también?

—Sin duda alguna.

—¿Qué hemos perdido nuestra luna?

—Por completo.

—¿Que hemos estado a punto de chocar con Venus?

—Es verdad.

—Y, por consiguiente, que los movimientos de traslación y de rotación del globo terrestre han sufrido gran modificación.

—Exactísimo.

—Señor conde —dijo el capitán Servadac—, dispense usted mi extrañeza; pero suponía que no tendría nada que decir a usted, y que, por lo contrario, sería usted quien me diera noticias.

—No tengo noticia alguna que darle, capitán —respondió el conde Timascheff—, si no es que en la noche del 31 de diciembre al primero de enero me dirigía por mar al sitio de nuestra cita cuando una ola enorme levantó mi goleta a una altura inconmensurable, y que por un fenómeno cósmico, cuya causa no hemos podido averiguar, trastornó por completo todos los elementos. Desde entonces, hemos andado errantes, desamparados de nuestra máquina, que sufrió varias averías, y a merced de la terrible borrasca que se desencadenó y que ha durado varios días. Ha sido un verdadero milagro que la
Dobryna
haya podido resistir, lo que atribuyo a que, ocupando el centro de este vasto ciclón, la acción de los elementos no ha ejercido sobre ella todo su furor. No hemos visto tierra alguna, y esta isla es la primera que hemos encontrado.

—Entonces, señor conde —repuso el capitán Servadac—, es preciso que nos hagamos nuevamente a la mar, explorar el Mediterráneo, y ver hasta dónde se han extendido los desastrosos efectos del cataclismo.

—Así opino también.

—¿Puedo esperar que me conceda usted pasaje a su bordo, señor conde?

—Sí, capitán, aunque sea para dar la vuelta al mundo, si es preciso para que nuestras investigaciones den resultado.

—Quizá nos baste dar la vuelta al Mediterráneo.

—¿Quién nos asegura —preguntó el conde Timascheff, moviendo la cabeza— que la vuelta al Mediterráneo no es la vuelta alrededor del mundo?

El capitán Servadac, sin responder, se abismó en profundas reflexiones.

Lo que acababa de decidirse era lo único que podía hacerse, esto es, reconocer, o mejor dicho, buscar lo que restaba del litoral africano, ir a Argel para adquirir noticias del resto del universo habitado y después, si el litoral meridional del Mediterráneo había desaparecido por completo, volver al Norte para entablar relaciones con las poblaciones ribereñas de Europa.

De todos modos, era necesario reparar las averías que la máquina de la
Dobryna
había experimentado. Habían reventado varios tubos del interior de la caldera y el agua se escapaba por las hornillas, por lo que precisaba recomponer aquellos tubos para calentarla. En cuanto a navegar a la vela era a la vez lento y difícil si la mar se alborotaba y el viento no era favorable. La
Dobryna
, construida para una larga campaña en las escalas de Levante, poseía carbón para dos meses y era preferible utilizar este combustible en una travesía rápida, sin perjuicio de reponerlo en el primer puerto donde se recalara.

No hubo, pues, vacilación respecto a este asunto.

Afortunadamente, las averías pudieron ser reparadas pronto, porque la goleta llevaba varios tubos de repuesto que reemplazaron a los antiguos fuera de uso, y tres días después de su llegada a la isla Gurbí la caldera de la
Dobryna
encontrábase en estado de funcionar.

Mientras tanto, Héctor Servadac informó al conde ruso de las observaciones que había hecho en su estrecho dominio. Ambos recorrieron a caballo el perímetro del nuevo litoral, y, hecha esta exploración, sólo pensaron en ir a buscar fuera de él la causa de cuanto había ocurrido en aquella parte de África.

El 31 de enero la goleta estaba dispuesta para reanudar la marcha. En el mundo solar no había ocurrido ninguna modificación; pero los termómetros comenzaban a indicar una ligera depresión de la temperatura que había sido excesiva durante un mes. ¿Debía deducirse de esto que el movimiento de traslación del globo alrededor de' Sol se verificaba en una nueva órbita? Era imposible saberlo hasta que hubiesen transcurrido algunos días.

En cuanto al tiempo, manteníase imperturbablemente espléndido, a pesar de que se acumulaban nuevos vapores en el aire, provocando cierta baja en la columna barométrica, pero éste no era motivo suficiente para retardar la marcha de la
Dobryna
.

Faltaba resolver si Ben-Zuf acompañaría o no a su capitán; pero una razón, entre otras muy graves, decidió a Héctor Servadac a dejarlo en la isla.

Efectivamente, los dos caballos no se podían embarcar en la goleta, que no estaba dispuesta para el caso, y Ben-Zuf no habría permitido jamás que le separasen de
Céfiro
y de
Galeta
, de
Galeta
sobre todo. Por lo demás, la vigilancia del nuevo dominio, la posibilidad de que alguien fuera a refugiarse en él, el cuidado de los rebaños, que no debían quedar por completo abandonados a sí mismos para el caso improbable de que llegaran a ser el único recurso de los supervivientes de la isla, etc., decidieron al asistente a quedarse y al capitán Servadac a consentirlo aunque con disgusto. Además, no era probable que el valiente soldado corriera peligro alguno quedándose. Cuando se conociera perfectamente el nuevo estado de cosas ocasionado por la catástrofe, la
Dobryna
volvería a recoger a Ben-Zuf para conducirle adonde fuera preciso.

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