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Authors: Kim Harrison

Tags: #Fantástico, Romántico

Fuera de la ley (3 page)

—¿Has contratado a un poli para que me persiga? —gritó Al—. Buen intento.

Sentí que la presión del aire aumentaba delante de mí, me llevé las manos a los oídos y Al se desvaneció. El demonio rojo que se dirigía directamente hacia él derrapó y se detuvo en seco. Blasfemando violentamente, lanzó por los aires su guadaña con furia. Esta rebanó un estante metálico como si fuera algodón de azúcar y se volcó provocando que la dependienta empezara a sollozar.

Parpadeando y con los ojos guiñados, me puse en pie y, lentamente, retrocedí. Al hacerlo, oí el ruido de montones de paquetes de hierbas que crujían bajo mis pies.
Mierda
, pensé; el monstruo se parecía a la muerte teniendo una pataleta y yo di un respingo cuando Jenks aterrizó sobre mi hombro. El pixie blandía un clip estirado forrado de plástico, y eso me dio fuerzas. ¿Qué importaba si todavía había dos demonios allí? Con Jenks cubriéndome las espaldas, podía hacer cualquier cosa.

—¡Síguelo! —gritó el último maligno, y yo me di la vuelta temiéndome lo peor. Por favor, que no sea Newt. Cualquiera menos Newt.

—¡Tú! —exclamé dejando escapar, como una explosión, todo el aire que tenía en los pulmones. Era Minias.

—Sí, yo —gruñó él, y yo salté cuando el demonio rojo con la guadaña se desvaneció—. ¡Maldita sea! ¿Por qué demonios no me respondiste?

—¡Porque yo no trato con demonios! —le grité. A continuación, como si tuviera alguna autoridad sobre él, apunté con el dedo hacia la ventana y le ordené—: ¡Sal inmediatamente de aquí!

El rostro liso e intemporal de Minias se llenó de arrugas por la rabia.

—¡Cuidado! —gritó Jenks despegando de mi hombro, pero yo ya iba muy por delante de él. El demonio cruzaba la tienda a grandes zancadas con su toga amarilla y su extraño sombrero, apartando a patadas hierbas y encantamientos. Yo comencé a caminar hacia atrás intentando guiarme por los gritos de la gente que estaba en la acera y que me servían para calcular cuánto me faltaba para lle­gar al círculo que había dibujado anteriormente. Tenía que estar cerca de donde me encontraba.

Se acercaba en silencio, con mirada asesina, y unos ojos de pupilas rasgadas de un rojo tan oscuro que parecía marrón. A medida que se acercaba, su toga, a medio camino entre la túnica de un jeque y un kimono, se movía sinuosa. Su caminar afectado se dirigía hacia mí y la luz hacía que sus anillos emitieran destellos.

—¡Ahora! —gritó Jenks, y yo escapé del alcance del demonio y rodé más allá del círculo de tiza.

Yo estaba fuera y Minias estaba dentro.

—¡
Rhombus
! —exclamé dando un golpe con la mano sobre la tiza. Mi conciencia se extendió para tocar la línea luminosa más cercana. La energía surgió de mi interior, invadiéndome, y yo contuve la respiración con los ojos llorosos conforme fluía libremente en mí, haciendo que mi deseo de un rápido círculo me permitiera llenarme de la extraordinaria fuerza de la energía de la línea luminosa.

Dolía, pero apreté los dientes con fuerza y aguanté hasta que las fuerzas se equipararan en el tiempo que tarda un electrón en girar. Impulsada por la palabra mágica, mi voluntad rescató el recuerdo de horas de práctica fundiendo cinco minutos de estudio y de invocación en un abrir y cerrar de ojos. Yo no era demasiado buena con otras líneas luminosas, pero con esta, con esta podía hacerlo.

—¡Maldita seáis, tú y tu madre! —blasfemó Minias. Yo no pude evitar sonreír cuando el bajo de su toga amarilla se detuvo de golpe, agitándose por efecto de la capa de siempre jamás del grosor de una molécula que se alzó para apresarlo en mi círculo.

Expulsé todo el aire que tenía dentro y, sin dejar de mirar al demonio, me dejé caer sobre mi trasero, con las palmas de las manos apoyadas sobre la madera del suelo y las rodillas dobladas. Lo había conseguido, y el repentino descenso de adrenalina hizo que me pusiera a temblar.

—¡Rachel! —gritó mi madre, y yo miré más allá de Minias. Estaba obser­vando con el ceño fruncido a la dependienta que, sin dejar de gritar y sollozar, se negaba a bajar su círculo protector. Al final mi madre se hartó y, con los labios fruncidos y el mal genio que compartíamos, empujó a la mujer dentro de su propia burbuja provocando que se rompiera.

Fuera de la vista, detrás del mostrador, la mujer se dejó caer, exhausta, y se puso a aullar con todas sus fuerzas. Yo me erguí cuando vi que el teléfono se arrastraba por el mostrador y aterrizaba de golpe en el suelo. Con una sonrisa, mi madre se acercó a mí con cuidado, intentando no pisar los hechizos y encantamientos esparcidos por el suelo, con las manos extendidas y exudando orgullo por todos los poros de su cuerpo.

—¿Estás bien? —le pregunté mientras me ayudaba a ponerme en pie.

—¡Qué pasada! —exclamó con los ojos brillantes de emoción—. ¡Por todos los demonios! ¡Me encanta verte trabajar!

Tenía los vaqueros cubiertos de hierbas aplastadas y empecé a sacudírmelos intentando desprender los copos. Había una multitud de gente arremolinada mirando por el escaparate, y el tráfico se había detenido. Jenks se colocó detrás de mi madre y se llevó el dedo a la sien indicando que estaba loca. Yo fruncí el ceño. Mi madre había estado más que deprimida desde la muerte de mi padre, pero tenía que admitir que su despreocupación ante el ataque de tres demonios era mucho más fácil de soportar que los gritos histéricos de la dependienta.

—¡Fuera de aquí! —gritó poniéndose en pie. Tenía los ojos rojos y la cara hinchada—. ¡Alice, sal inmediatamente de aquí y no vuelvas nunca más! ¿Me has oído? ¡Tu hija es un peligro, deberían encerrarla y no dejarla salir jamás!

Mi madre apretó los dientes con rabia.

—¡Cierra la boca! —le espetó acaloradamente—. Mi hija acaba de salvarte el culo. Ha ahuyentado dos demonios y encerrado a un tercero mientras tú te escondías como una niñita remilgada que no sabe ni cómo coger un amuleto aunque le haya salido del culo.

Con las mejillas encendidas, se dio la vuelta con un resoplido y me agarró del brazo. Tenía cogida la bolsa de plástico con los hechizos, y me golpeó con ella ligeramente.

—Rache, vámonos. Es la última vez que vengo a comprar a esta tienda de mierda.

Jenks se colocó delante de nosotras con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿Le he dicho alguna vez lo bien que me cae, señora Morgan?

—Mamá… La gente puede oírte —dije avergonzada. ¡Dios! Su vocabulario era incluso peor que el de Jenks. Además, no podíamos irnos. Minias seguía en el interior de mi círculo.

Taconeando por encima de la mercancía, mi madre me arrastró hasta la puerta con la cabeza alta mientras sus rizos pelirrojos se agitaban con la brisa que en­traba por la ventana rota. Una expresión de cansancio se apoderó de mi rostro cuando escuché el ulular de las sirenas. Genial. Lo que me faltaba. Seguro que me llevarían a la fuerza al torreón de la SI para rellenar un informe. Invocar demonios no era ilegal sino simplemente estúpido, pero estaba segura de que se les ocurriría algo, probablemente una mentira descarada.

Yo no gozaba precisamente de la simpatía de la SI, la Seguridad del Inframundo. Desde que el año anterior había abandonado las penosas e incompetentes fuerzas policiales que actuaban en el mundo entero, Ivy, Jenks y yo habíamos puesto en evidencia la división de Cincinnati en repetidas ocasiones, algo que hacíamos con mucho gusto. No eran idiotas, pero yo tenía la capacidad de atraer problemas que me pedían a gritos que los resolviera a base de golpes. Tampoco ayudaba el hecho de que la prensa le hubiera cogido el gusto a publicar todo tipo de cosas sobre mí, aunque solo fuera para aumentar la animadversión de la gente y vender más ejemplares.

Conforme nos acercábamos, Minias se aclaró la garganta y mi madre se detuvo sorprendida. El demonio entrelazó las manos inocentemente y sonrió. Desde el exterior se incrementó el volumen de las conversaciones al ver acercarse las patrullas. Los nervios aumentaron y Jenks se deslizó por debajo de mi bufanda sin soltar el clip. Él también estaba temblando, pero yo sabía a ciencia cierta que no era de miedo, sino de frío.

—Haz desaparecer a tu demonio, Rachel. Así podremos ir a tomar un café —dijo mi madre como si estuviera hablando de deshacerse de unas cuantas hadas pesadas en el jardín—. Son casi las seis. Si no nos damos prisa, encon­traremos cola.

La dependienta se apoyó en el mostrador.

—¡No podéis iros! ¡He llamado a la SI! ¡No dejen que se marchen! —gritó a los curiosos. Por fortuna, ninguno de ellos entró—. ¡Deberían meteros en la cárcel! ¡A todos vosotros! ¡Mirad cómo está mi tienda!

—¡Corta el rollo, Patricia! —le recriminó mi madre—. Sabes de sobra que el seguro lo cubrirá todo. —A continuación, se giró hacia Minias y le dijo, coqueta—: Eres muy atractivo para ser un demonio.

Minias parpadeó y yo suspiré al ver la sonrisa fingida y la reverencia que hicieron que mi madre se riera como una adolescente. Las voces de la gente se desplazaron y, cuando miré hacia la calle y hacia el sonido de las patrullas, alguien me hizo una foto con su teléfono móvil.
Ooh, lo que me faltaba
.

Entonces me pasé la lengua por los labios y me giré hacia Minias.

—Demonio, te exijo que te marches… —comencé.

—Rachel Mariana Morgan —me interrumpió Minias acercándose tanto al borde de la barrera que el humo empezó a hacer volutas cuando su túnica lo tocó—. Estás en peligro.

—Dinos algo que no sepamos, alfombra de musgo —murmuró Jenks desde mi hombro.

—¿Que estoy en peligro? —dije en tono malicioso sintiéndome mejor ahora que el demonio estaba en un círculo—. ¿No me digas? ¿Por qué Al no está en prisión? ¡Me dijiste que estaba detenido! ¡Me ha atacado! —grité señalando con el dedo la tienda arrasada—. ¡Ha roto nuestro pacto! ¿Qué piensas hacer al respecto?

El párpado de Minias empezó a temblar y un desagradable ruido áspero reveló que estaba rascando el suelo con sus pantuflas.

—Alguien lo está invocando y sacándolo de su reclusión. Por tu propio bien, deberías ayudarnos.

—Rache —se quejó Jenks—, hace frío, y la SI está a punto de llegar. Des­hazte de él antes de que nos tengan rellenando formularios hasta que el sol se convierta en una nova.

Yo empecé a mecerme sobre mis tacones. Oh, sí. ¿De verdad creía que iba a ayudar a un demonio? Mi reputación ya era lo suficientemente mala.

Cuando vio que estaba a punto de hacerlo desaparecer, Minias sacudió la cabeza.

—Sin tu ayuda no podemos contenerlo. Te matará, y cuando ya no haya nadie que pueda plantarle cara, se saldrá con la suya.

La seguridad que percibí en su voz hizo que un escalofrío me recorriera todo el cuerpo. Preocupada, miré a la gente que se arremolinaba en el escaparate y luego eché un vistazo a la tienda. No quedaba mucho en pie. En el exterior, el tráfico había empezado a moverse cuando las luces de color azul y ámbar de un coche de la SI empezaron a desplazarse por las fachadas de los edificios. Entonces mi mirada recayó sobre mi madre y me sentí avergonzada. Nor­malmente conseguía mantenerla al margen de los aspectos más letales de mi trabajo, pero esta vez…

—Será mejor que escuches lo que tiene que decirte —dijo ella, dejándome alucinada. A continuación se alejó taconeando con elegancia con la intención de interceptar a la dependienta, que en ese momento corría hacia la calle.

Un desagradable presentimiento hizo que sintiera un nudo en el estómago. Si Al había dejado de seguir las reglas, me mataría. Probablemente, después de obligarme a presenciar la muerte de todos los que amaba. Era así de simple. Había pasado los primeros veinticinco años de mi vida viviendo de mi instinto y, a pesar de que me había ayudado a salir de muchos líos, también me había metido en otros tantos. Y había contribuido a la muerte de mi novio. De manera que, a pesar de que todas las fibras de mi cuerpo me decían que debía hacerlo desaparecer, respiré hondo, hice caso del consejo de mi madre y dije:

—De acuerdo, habla.

Minias fijó su atención en mi madre. Una capa de siempre jamás cayó como una cascada sobre él, transformando su solemne toga amarilla en unos vaque­ros gastados, un cinturón de cuero, un par de botas y una camisa roja de seda. Era la ropa favorita de Kisten, y probablemente Minias la había cogido de mis pensamientos como quien coge una galleta de un bote. Maldito demonio cabrón.

Kisten
. El recuerdo de su cuerpo apuntalado sobre su cama regresó a mi mente como un fogonazo. Sabía que había intentado salvarlo. O tal vez fue él el que intentó salvarme a mí. Sencillamente no lo recordaba, y un sentimiento de culpa se deslizó a través de mi alma. Le había fallado, y Minias se estaba aprovechando de ello. Qué hijo de puta.

—Déjame salir —dijo Minias en tono burlón, como si supiera que me estaba haciendo daño—. Entonces hablaremos.

Sentí un dolor punzante y fantasmal en el brazo derecho y me lo agarré, recordando.

—Es probable que lo haga —dije amargamente. La dependienta se zafó de mi madre de un tirón y se puso a chillar de tal manera que me hizo daño en los oídos.

Minias no parecía sorprendido y miró de arriba abajo su nueva indumenta­ria con interés. En ese momento, un par de gafas de sol con cristales de espejo aparecieron en sus manos rodeadas de una neblina, y él las colocó en el puente de su estrecha nariz con sumo cuidado para ocultar sus inconfundibles ojos. Luego se sorbió la nariz y yo sentí náuseas al pensar en lo mucho que parecía un chico normal. Tenía el aspecto de un atractivo universitario, de esos estu­diantes que te encuentras en cualquier campus, o tal vez un profesor, pero su porte era poco compasivo y ligeramente desdeñoso.

—La sugerencia de tu madre de ir a tomar un café me parece razonable. Te doy mi palabra de que seré… bueno.

Mi madre miró de pasada al bullicio de la calle y, al ver su expresión de aprobación, me pregunté si en realidad mi necesidad de buscar emociones fuertes la había heredado de ella. Pero yo había madurado y, poniéndome la mano en la cadera, sacudí la cabeza. A mi madre se le había ido completamente la olla. Era un jodido demonio.

En ese momento se oyó el sonido de la puerta de un coche que se cerraba y el de la radio de la policía, y el demonio miró por encima de mi hombro.

—¿Alguna vez te he mentido? —murmuró de manera que solo yo pudiera oírle—. ¿Acaso tengo aspecto de demonio? Diles que soy un brujo que te estaba ayudando a coger a Al y que acabé en el círculo por equivocación.

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