Read Escupiré sobre vuestra tumba Online

Authors: Boris Vian

Tags: #Relato

Escupiré sobre vuestra tumba (2 page)

—¿Y nunca ha intentado colocarlas?

—No soy ni amigo ni amante de ningún editor, y no tengo dinero para invertir.

—¿Y entonces?

—Entonces, dentro de cinco años tendré dinero suficiente.

—Estoy seguro de que va usted a conseguirlo —concluí.

Durante los dos días siguientes no me faltó trabajo, a pesar de que llevar la tienda era realmente sencillo. Hubo que poner al día las listas de pedidos, y además, Hansen —así se llamaba el encargado— me estuvo proporcionando información sobre los clientes, un cierto número de los cuales pasaba con regularidad a verle para hablar de literatura. Todo lo que sabían se reducía a lo que hubieran podido leer en el
Saturday Review
o en la página literaria del periódico local, que tenía un tiraje nada despreciable de sesenta mil ejemplares. Por el momento, me contentaba con escuchar sus discusiones con Hansen, e intentaba retener sus nombres y recordar sus caras, ya que, en una librería más que en otro negocio, lo realmente interesante es poder llamar al comprador por su nombre desde el momento en que pone los pies en la tienda.

En cuanto al alojamiento, me puse pronto de acuerdo con Hansen. Me quedaría con las dos habitaciones que él ocupaba en el piso de encima del drugstore, al otro lado de la calle. Mientras, me adelantó unos pocos dólares para que pudiera alojarme tres días en el hotel, y tuvo la atención de invitarme a compartir con él dos de cada tres comidas, evitando así que mi deuda aumentara. Era un tipo simpático. Me fastidiaba su historia esa de los best-sellers; un best-seller no se escribe así como así, aunque se tenga dinero. Quizá tuviera talento. Eso esperaba, por su bien.

Al tercer día me llevó al bar de Ricardo a tomar un trago antes de comer. Eran las doce, él tenía que marcharse por la tarde.

Sería la última vez que íbamos a comer juntos. Luego, me quedaría solo frente a los clientes, frente a la ciudad. Tenía que aguantar. Para empezar, aquel golpe de suerte de encontrar a Hansen. Con mi dólar, habría tenido que dedicarme a vender baratijas para poder sobrevivir durante los tres días, y gracias a él me encontraba ahora a cubierto. Volvía a empezar con buen pie.

El bar de Ricardo era un bar como todos, limpio y feo. Olía a cebolla frita y a buñuelos. Un tipo cualquiera leía el periódico distraídamente detrás de la barra.

—¿Qué les pongo? —preguntó.

—Dos bourbons —pidió Hansen, interrogándome con la mirada.

Asentí.

El camarero nos los sirvió en vaso largo, con hielo y pajita.

—Lo tomo siempre así —me explicó Hansen—. Pero no se sienta obligado.

—Está bien —le tranquilicé.

—Quien no haya bebido nunca bourbon helado con pajita no puede imaginarse el efecto que hace. Es como un chorro de fuego que llega hasta el paladar. Fuego dulce, terrible.

—¡Excelente! —aprobé.

Mis ojos tropezaron con mi cara reflejada en un espejo. Parecía completamente ido. Llevaba algún tiempo sin beber. Hansen se echó a reír.

—No se preocupe —me dijo—. Por desgracia, uno se acostumbra en seguida. En fin… —prosiguió—, tendré que poner al corriente de mis manías al camarero del próximo bar al que vaya a abrevarme…

—Siento que se vaya —dije yo.

—Se rió.

—Si me quedara, usted no estaría aquí… No —prosiguió—, es mejor que me vaya. ¡Cinco años y basta, qué caramba!

Apuró el vaso de un solo trago y pidió otro.

—Se acostumbrará usted en seguida. —Me miraba de arriba abajo—. Es usted simpático. Pero hay algo raro en usted. Su voz.

Sonreí sin contestar. Era un tipo infernal.

—Tiene usted una voz demasiado plena. ¿Es usted cantante, por casualidad?

—¡Oh! A veces canto, para distraerme.

Ahora ya no cantaba. Antes sí, antes de que ocurriera lo del chico. Cantaba y me acompañaba a la guitarra. Pero ya no me apetecía tocar la guitarra. Cantaba los blues de Handy y viejas canciones de Nueva Orleans, y otras que componía yo con la guitarra. Pero ya no me apetecía tocar la guitarra. Necesitaba dinero. Mucho dinero. Para conseguir todo lo demás.

—No habrá mujer que se le resista, con esta voz —dijo Hansen.

Me encogí de hombros.

—¿No le interesa?

Me dio una palmada en la espalda.

—Dese una vuelta por el drugstore. Las encontrará a todas allí. Tienen un club en esta ciudad. Un club de
bobby-soxers
. Ya sabe, de esas niñas que llevan calcetines colorados y jerseys a rayas, y que escriben a Frankie Sinatra. Su cuartel general es el drugstore. ¿No ha visto aún a ninguna? No, claro, se ha quedado usted casi todos los días en la tienda.

Yo también pedí otro bourbon. Circulaba a toda marcha por mis brazos, mis piernas, por todo mi cuerpo. En mi pueblo no teníamos bobby-soxers. No las iba a despreciar. Chiquillas de quince o dieciséis años, de pechos bien puntiagudos bajo jerseys ceñidos, lo hacen a propósito, las muy zorras, de sobra lo saben. Y los calcetines. Calcetines de vivo color verde o amarillo, bien estirados dentro de zapatos sin tacón; y faldas anchas, rodillas redondeadas; y siempre sentadas por el suelo, las piernas bien abiertas, sobre sus braguitas blancas. Sí, me apetecían las bobby-soxers.

Hansen me miraba.

—Y a todas les va la marcha —me dijo—. No se arriesga gran cosa. Conocen muchos lugares adonde llevarle a uno.

—No me tome por un cerdo —dije.

—¡Oh, no! —se explicó—. Quiero decir que le llevan a uno a bailar y a beber.

Sonrió. Sin duda, mi interés era evidente.

—Son divertidas —prosiguió—. Vendrán a verle a la tienda.

—¿Qué pueden querer de allí?

—Compran fotos de actores, y, como quien no quiere la cosa, todos los libros de psicoanálisis. Libros de medicina, quiero decir. Todas estudian medicina.

—Bueno —mascullé—. Ya veremos…

Esta vez logré fingir indiferencia, porque Hansen se puso a hablar de otra cosa. Y luego comimos, y se marchó hacia las dos. Yo me quedé solo frente a la tienda.

CAPÍTULO II

Empecé a aburrirme cuando llevaba allí unos quince días. En todo ese tiempo, no me moví de la tienda. Las ventas iban bien. Los libros tenían buena salida; y en cuanto a la publicidad, me lo daban todo hecho. Cada semana la central me mandaba junto con el paquete de libros en depósito, unos cuantos folletos y desplegables, para que los colocara en las estanterías bajo el libro correspondiente o en un lugar bien visible. En la mayoría de los casos, con leer la reseña del libro y abrirlo por cuatro o cinco páginas distintas ya me hacía una idea más que suficiente de su contenido; más que suficiente, en cualquier caso, para poder dar una respuesta satisfactoria al desgraciado que se dejara convencer por los reclamos al uso: la cubierta ilustrada, el folleto y la foto del autor con la breve noticia biográfica. Los libros son muy caros, y todos esos artificios tienen una finalidad muy concreta; demuestran, además, que la gente no siente ningún interés por comprar buena literatura; el libro que quieren leer es el que recomienda su club, el libro del que se habla, y su contenido les importa un bledo.

De algunos títulos recibía un montón de ejemplares, con una nota recomendándome que los colocara en el escaparate, e impresos para distribuir. Dejaba una pila junto a la caja, y metía uno en cada paquete de libros. La gente no rehúsa nunca los impresos en papel couché, y las pocas frases que en ellos figuraban eran precisamente el tipo de cuento que había que contar a la clientela de una ciudad como aquélla. La central utilizaba este sistema para los libros más o menos escandalosos, y la misma tarde ya habían volado todos los ejemplares.

En realidad, no me aburría del todo. Lo que ocurría es que la rutina de la tienda me resultaba demasiado fácil, y me quedaba tiempo para pensar en lo demás. Que era lo que me ponía nervioso. Todo me iba demasiado bien.

Hacía buen tiempo. Estaba terminando el verano. La ciudad olía a polvo. A la orilla del río, se estaba fresquito bajo los árboles. No había salido aún desde mi llegada, y no conocía nada del campo, de las afueras de la ciudad. Necesitaba cambiar un poco de aires. Pero sentía también una necesidad mucho más acuciante, que me atormentaba. Me hacían falta mujeres.

Aquella tarde, a las cinco, al bajar la persiana metálica, no me quedé dentro trabajando como de costumbre a la luz de los fluorescentes. Cogí el sombrero y, con la chaqueta colgada del brazo, me fui directamente al drugstore de enfrente. Yo vivía justamente encima. En el drugstore había tres clientes. Un chico de unos quince años y dos chicas de la misma edad, más o menos. Me miraron con aire ausente y volvieron a sumirse en la contemplación de sus vasos de leche helada. La mera visión de este brebaje estuvo a punto de matarme. Afortunadamente llevaba el antídoto en el bolsillo de mi chaqueta.

Me senté a la barra, a un taburete de distancia de la mayor de las dos chicas. La camarera, una morena bastante fea, alzó ligeramente la cabeza al verme.

—¿Qué tiene usted sin leche? —le pregunté.

—¿Limonada? —me propuso—. ¿
Grapefruit
? ¿Tomate? ¿Coca-Cola?

—Grapefruit —dije yo—. No me llene mucho el vaso.

Busqué en mi chaqueta y destapé mi petaca.

—Alcohol aquí, no —protestó débilmente la camarera.

—No se preocupe. Es mi medicamento —me reí—. No tema por su licencia…

Le di un dólar. Había recibido mi cheque por la mañana. Noventa dólares por semana. Clem tenía amigos que valían la pena. La camarera me devolvió el cambio y le dejé una buena propina.

No es que sea nada del otro jueves el grapefruit con bourbon, pero de todos modos es mejor que el grapefruit solo. Me sentía mejor. Todo iba a salir bien. Los tres chavales me miraban. Para esos mocosos, un tipo de veintiséis años es ya un viejo; sonreí a la muchachita rubia; llevaba un jersey azul celeste con rayas blancas, sin cuello, con las mangas dobladas hasta el codo, y pequeños calcetines blancos metidos en zapatos de suela de crepé. Era simpática. Muy formada para su edad. Al tacto debía de ser tan firme como las ciruelas bien maduras. No llevaba sostén, y los pezones se dibujaban a través de la lana. Me devolvió la sonrisa.

—Hace calor, ¿eh? —tanteé.

—De muerte —contestó, desperezándose.

En los sobacos se le veían dos manchas de humedad. Eso me produjo no sé qué efecto. Me levanté e introduje una moneda de cinco centavos en la ranura de la máquina de discos.

—¿Le quedan ánimos para bailar? —le pregunté, acercándome a ella.

—¡Oh! ¡Me va a matar! —dijo ella.

Se pegó tanto a mí que se me cortó el aliento. Olía a bebé limpio. Era delgada, podía llegar a su hombro derecho con mi mano derecha. Alcé el brazo y deslicé los dedos justo debajo de su pecho. Los otros dos nos miraron y decidieron imitarnos. Era un estribillo.
Shoo Fly Pie
, por Dinah Shore. La chica lo iba tarareando mientras bailaba. La camarera, al vernos bailar, había levantado la nariz de su revista, pero al poco rato volvió a sumergirse en ella.

No llevaba nada debajo del jersey. Se notaba en seguida. Menos mal que el disco terminó, porque dos minutos más y yo habría dejado de estar presentable. Me soltó, volvió a su asiento y me miró.

—No baila usted mal, para ser un adulto… —me dijo.

—Me enseñó mi abuelo —respondí.

—Se nota —se burló—. Pero por cinco centavos no se puede pedir mucho ritmo…

—De
jive
seguramente puede darme lecciones, pero yo puedo enseñarle otras cosas.

Entornó los ojos.

—¿Cosas de persona mayor?

—Depende de las dotes que usted tenga.

—Sí, ya le veo venir…

—Qué va a verme venir. ¿Alguien tiene una guitarra?

—¿Toca usted la guitarra? —preguntó el chico.

Parecía despertarse, de repente.

—Toco un poco la guitarra —dije.

—Y también canta, entonces —dijo la otra chica.

—Un poco…

—Tiene la voz de Cab Calloway —se mofó la primera.

Parecía molesta de ver que los demás me hablaban. Me dispuse a tranquilizarla.

—Lléveme a donde pueda encontrar una guitarra y le enseñaré lo que sé hacer. No es que quiera hacerme pasar por W. C. Handy, pero puedo tocar un blues.

Sostuvo mi mirada.

—Bueno —dijo—, vayamos a casa de B. J.

—El chico de la guitarra, ¿no?

—No. La chica de la guitarra. Se llama Betty Jane.

—Podía haber sido Baruch Junior —bromeé.

—¡Claro! Vive aquí. Venga.

—¿Vamos ahora mismo? —preguntó el chico.

—¿Por qué no? —repliqué—. La niña necesita que le pongan las peras a cuarto.

—O.K. —dijo el chico—. Me llamo Dick. Y ella Jicky.

Señalaba a la chica con la que yo había bailado.

—Y yo me llamo Judy —dijo la otra.

—Yo Lee Anderson —me presenté—. Trabajo en la librería de enfrente.

—Ya lo sabemos —dijo Jicky—. Hace quince días que lo sabemos.

—¿Tanto os interesa?

—Claro —dijo Judy—. Hay escasez de hombres en la ciudad.

Salimos los cuatro. Dick a regañadientes. Parecían bastante excitados. Y me quedaba bourbon suficiente para excitarlos algo más cuando hiciera falta.

—Os sigo —les dije, una vez fuera.

El
roadster
de Dick, un Chrysler modelo antiguo, esperaba a la puerta. Colocó a las dos chicas delante, y yo me las apañé por el asiento trasero.

—¿A qué os dedicáis en la vida civil, jovencitos? —pregunté.

El coche arrancó bruscamente y Jicky se arrodilló sobre el asiento, volviéndose hacia mí para contestarme.

—Trabajamos…

—¿Estudios…? —sugerí.

—Y otras cosas…

—Si te pasaras aquí detrás —dije levantando un poco la voz para vencer el ruido del viento—, podríamos hablar más cómodamente.

—Nones —murmuró.

Entornó otra vez los ojos. Debía de haber aprendido el truco en alguna película.

—No tienes ganas de comprometerte, ¿eh?

—Está bien —concedió.

La agarré por los hombros y la hice saltar por encima de la separación.

—¡Eh! ¡Vosotros! —dijo Judy volviéndose—. Tenéis una manera de hablar un tanto especial.

Yo estaba ocupado haciendo pasar a Jicky a mi izquierda, y me las ingeniaba para cogerla por los lugares apropiados. No me iba del todo mal. Parecía hacerse cargo de la broma. La senté en el asiento de cuero y le pasé el brazo por el cuello.

—Y ahora, quieta —le dije—. O te voy a dar una tunda.

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