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Authors: Oscar Hernández

Tags: #Drama, #Romántico

El viaje de Marcos (6 page)

—¿Por dónde suelen andar? —le pregunté con intención de evitarlos a toda costa.

—Por todas partes, Marcos. Están en todos los bares, en todas las tiendas, en todas las plazas… Su última estupidez fue obligar al cura a poner una foto de Franco a la derecha del Cristo, imagínate… —dijo levantando los brazos, implorando a la divinidad algo de sentido común para estas alocadas tierras—. ¡Cuándo acabará todo esto! —Le di un beso en la mejilla y continuamos nuestro camino deseando no tener que encontrarnos con aquellos sicarios.

La calle Primo de Rivera, donde estaban los bares, estaba muy bien iluminada. Se trataba de unos cincuenta metros de luces y bullicio. Los bares se asentaban a ambos lados de la calle y la gente entraba y salía de ellos sonriendo, con vasos en la mano, bailando al ritmo de los éxitos del
rock' n' roll
o de Los Brincos, o Los Bravos, o besándose envueltos en las melodías de Cecilia y Nino Bravo.

Avanzamos entre la gente. Todos llevaban pantalones de campana, blusones amplios de colores, enormes solapas chillonas, melenas lisas con raya en medio… Desde luego, llamábamos la atención con nuestros pantaloncitos color caqui y el pelo engominado. Todos nos miraban al pasar; me sentí como un comunista entre norteamericanos, sólo que al contrario: todos eran liberales, progresistas y demócratas, y nosotros dábamos la imagen de ser todo lo contrario. Aunque debajo de la ropa y el fijador, me sentía totalmente identificado con todos aquellos jóvenes de la nueva generación.

Elena nos condujo al final de la calle, a un bar llamado
Don Quijote
, donde solía reunirse con sus amigos de Molinosviejos.

Era un local amplio, presidido por el caudillo, naturalmente, aunque ahora podíamos comprender mejor el porqué de su omnipresencia. Era un bar original. La barra era redonda y estaba en medio del local. Había algunas mesas en los rincones. Luces de colores bañando la estancia, revoloteando al compás de las notas del Dúo Dinámico, y la gente bailando alocadamente, presa de una alegría desbordante, envueltos en una ligera neblina de marihuana. Casi todos bebían cervezas y sonreían desairadamente, sin preocupaciones, estaban de vacaciones.

La mayoría de aquellos jóvenes eran de Ciudad Real, Madrid, Valencia y Barcelona. Venían al pueblo de sus padres y aprovechaban al máximo los cálidos veranos manchegos y su apasionada juventud.

A un lado del bar había unas diez personas sentadas sobre las mesas, en los poyetes de las ventanas, riendo y hablando muy alto mientras las cervezas corrían y los porros se liaban. Por algún retazo de conversación que escuché, pude adivinar que eran los «Hijos del General».

Apenas se dieron cuenta de nuestra presencia, siguieron a lo suyo. Nosotros nos dirigimos al fondo del bar, al lado contrario de donde estaban ellos, donde estaban los amigos de Elena.

—¿Por qué nos has traído aquí? Están esos «Hijos del General» —le pregunté nervioso y en susurros.

—Están en todas partes, tranquilo. Hoy parece que están de buen humor. Lo mejor es que te olvides de su presencia y que te comportes con naturalidad… ¡¡Hola!! —gritó, y salió corriendo hacia un tipo al que abrazó cordialmente.

—Igual es su novio —aventuró Gus antes de alcanzarlos.

Elena nos presentó a sus amigos. Allí estaba Max, bastante colocado y con sus gafas oscuras apoyadas sobre la punta de la nariz; tres o cuatro parejas y otros tantos solitarios. Eran todos jóvenes alegres que nos acogieron amistosamente hablando con nosotros o invitándonos como si nos conocieran de toda la vida. Bromearon sobre nuestro extraordinario peinado, y se aprovecharon de nuestra condición de gemelos para gastarle una broma a otro amigo que no nos había visto llegar y que regresó del baño un par de minutos después. Le hicieron creer que estaba tan borracho que veía doble, y el pobre se frotaba los ojos como un desesperado sin poder hacer desaparecer a uno de esos dos nuevos personajes que habían llegado al
Quijote
.

Enseguida nos integramos en el grupo. Gus se abrazó a una jovencita rubia y no se apartó de ella en toda la noche. Yo, por mi parte, me lo pasé en grande con los amigos de Elena.

Tres horas después, con la vista nublada por el alcohol y la maría que flotaba en el ambiente, despeinado y sentado en el alféizar de una ventana mientras los Rolling Stones me ametrallaban la cabeza, vi entrar a Alejandro.

Me costó hacerme sitio entre la gente, sobre todo porque mi equilibrio me había dejado hacía ya un rato, pero al fin lo alcancé. Se había sentado en la barra y aguardaba a que el camarero le atendiera. Vestía vaqueros negros y una camisa blanca, medio desabrochada, y llevaba el pelo hacia atrás; los mechones más largos casi le tocaban los hombros.

Fumaba un cigarrillo y su mirada denotaba cansancio.

—¡Hola compañero! —dije echándole un brazo sobre el hombro—. ¿Cómo te va?

—Marcos, ¿verdad? —dijo tras fijarse en mí por un instante. Asentí con la cabeza; me estaba mareando—. Lo he sabido por los ojos, los tuyos son negros.

En aquel momento, como diría mi abuela, no estaba el horno para bollos, y no supe percatarme de la tristeza que asomaba por sus enormes ojos castaños.

—Toma, Álex —dije poniendo diez pesetas sobre el mostrador, sin soltarlo—. Muchas gracias por lo de antes.

—¡No! No tienes por qué darme dinero. Lo que hice fue un favor, y los favores no se cobran. Menos a los amigos. Bueno, si es que somos
amigos
.

No escuché la mitad de lo que dijo. Media docena de cervezas y marihuana para tumbar a un regimiento era demasiado para mí; apenas podía mirarlo a los ojos.

—Bueno. Pues te invito a una, a una… cerveza. ¡¡¡Eeeeeh!!! ¡¡¡Manolo!!! —llamé al camarero tropezando conmigo mismo.

Alejandro me sostuvo antes de que me cayera de bruces. Entonces apareció Elena. Ellos eran amigos desde hacía tiempo. Pero Álex no era para mi prima como el resto de sus amigos; su amistad estaba más bien basada en la confianza, en las confesiones, en la sinceridad; era una verdadera amistad, profunda, no como la mayoría de las relaciones entre las personas, basadas en el egoísmo y el propio interés.

Entre los dos me sacaron a la calle. Nos sentamos en la acera, un poco más allá, alejados del bullicio. Álex me trajo un vaso de agua mientras Elena me daba palmaditas en la cara para evitar que me durmiera. A punto estuve de vomitar un par de veces, así que Elena insistió en meterme la cabeza en la fuente que había en la esquina de la calle Primo de Rivera. Al instante me despabilé dando un salto hacia atrás. El efecto del agua fría me despertó de golpe y por un momento quedé desorientado, sin saber qué estaba ocurriendo.

—Cálmate —dijo Álex con su habitual amabilidad—. ¿Te encuentras mejor?

Me eché el pelo hacia atrás. El agua escurrió y se me empapó la camisa. Un escalofrío me inundó y me puse a tiritar. Me abracé a mí mismo al tiempo que me castañeteaban los dientes.

—Estoy helado —dije entre dientes.

—Has bebido demasiado —me recriminó mi prima con los brazos cruzados—. Es mejor que lo eches todo. Métete los dedos —me propuso alegremente.

—Mejor una manzanilla caliente, quizá —dijo Alejandro.

—Prefiero la manzanilla —dije al pensar en lo de los dedos—. O mejor me voy a casa a dormir, a ver si entro en calor. ¡Dios! Me da vueltas la cabeza.

Elena hizo ademán de regresar dentro, al menos su intención era quedarse un rato más. Con la mirada le pidió a su amigo que me acompañase. Deseé que aceptara, porque ya me había colgado de su hombro y no pensaba soltarme.

—No te preocupes, de todas formas yo también pensaba irme pronto. Mañana tengo que trabajar —dijo Álex agarrándome por el cinturón para ayudar a mis piernas a sostenerme en pie.

—Vale, hasta mañana —dijo Elena, y se fue.

—¡Dile a Gus que me he ido! —le grité a mi prima, pero ella también se había ido.

Comenzamos a abrirnos paso entre la gente. Pese a ser más de las tres de la madrugada, la gente persistía en prolongar la fiesta. Los bares deberían haber cerrado a las dos, según la ordenanza municipal, pero las noches de agosto invitaban a bailar y a divertirse hasta el alba.

Al compás del
Te quiero, te quiero
de Nino Bravo, salimos de aquella apasionada calle. Conocía aquella melodía, así que me puse a cantarla. Álex me pidió que bajase la voz, Molinosviejos dormía y los porches de piedra amplificaban el sonido con un eco impresionante. Al llegar a la plaza de España, tuve que sentarme en el suelo a descansar. El sueño me vencía. Álex cogió agua de la fuente con ambas manos, que dormía como el resto del pueblo esperando la aurora para renacer; y me mojó la cara con cuidado de no mojarme, aún más, la ropa. Yo me había callado y él fue quien empezó a tararear una cancioncilla que poco a poco tomó forma.

—¿Qué cantas? —acerté a preguntarle cuando logré coordinar mi cerebro con mi lengua.

—La Canción del Molino
—contestó y siguió cantando en bajo.

—Es bonita.

—Sí, es mi canción favorita. Cuenta la historia de amor entre una molinera y un caballero. Las cruzadas se lo llevan a luchar muy lejos —me explicaba mientras me apartaba el pelo de la cara—, mientras ella espera su regreso con el corazón en un puño. Pero el caballero muere. Aunque antes, en su lecho de muerte, escribe a su amada una carta en la que le dice que la esperará, que viva tranquila porque él la estará esperando el día de su muerte. Ella no puede aguantar el dolor. —Álex bajó la vista y la perdió entre sus propias profundidades—, y se suicida en su molino.

—Es muy triste, pero es bonita. Por lo menos es una historia de amor verdadero. Yo no sé qué es eso, ¿sabes? El amor pasa de mí —le expliqué sin poder controlar mis palabras—. Me gustaría conocerlo de una vez. Gus es más afortunado. Hoy, por ejemplo, ya ha encontrado ligue. Seguro que no viene a dormir —me callé un momento y continué sin reparar en su mirada, en sus ojos, que por un instante abrieron la puerta de su alma por la que no entré—. O quizá soy yo quién no quiere. Igual soy yo quién ha pasado del amor, quizá no lo he dejado entrar…

Álex se puso en pie. Me ayudó a levantarme y en silencio llegamos a casa. La abuela había dejado la puerta abierta, es decir, sin cerrojo. Nunca cerró con llave mientras estuvimos en Molinosviejos. En el interior de la casa, sólo la vela de mi abuelo, eternamente encendida, delataba que lo que veíamos no era un lienzo de colores apagados, de noche plácida, de descanso.

Subimos a la habitación. Al principio, por equivocación provocada por mi falta de conciencia, entramos al cuarto de Elena. Pero recordé y entramos en la mía. Álex me quitó la camisa, bastante húmeda, y los zapatos y cuando logró tumbarme, me tapó con una manta.

De repente oí voces. Como estaba incómodo y la casa no paraba de darme vueltas, no había podido dormirme. Me incorporé. Tuve que apoyarme en la mesilla para no caerme, todo giraba velozmente a mi alrededor. Me costó pero logré llegar a la ventana. Apoyé la cara en el cristal y miré fuera. Había dos chicos discutiendo un poco más abajo, rodeados de sombras. Agudicé la vista. No lograba fijar la visión, pero pude distinguir a uno, era Alejandro. Abrí la ventana para oír la discusión.

—¡Vamos, dime! ¡¿Quién era ese chico?! ¡¿Eh?! —preguntaba acaloradamente el más bajo; con el pelo a lo cepillo y una chaqueta negra.

—Ya te lo he dicho. A ti no te importa.

—Tú y yo tenemos que hablar tranquilamente, Álex. Tú me tienes que escuchar, Álex. Más te vale que me hagas caso, Álex. Álex, yo… ya sabes… escucha…

Alejandro se libró de los brazos de aquel tipo que lo mantenía cogido por los hombros de la camisa, con una rápida maniobra.

—¡¡¡Déjame en paz!!! ¡Ya te lo he dicho mil veces, no, no, NOO! ¡No tengo ni que escucharte siquiera! —Y le dio la espalda avanzando calle abajo—. Con quién ande yo no te importa, ni a ti, ni a tu banda de asesinos. Hazte un favor, ¡olvídame! —gritó y salió corriendo.

Una mujer se asomó en la casa de enfrente y llamó gamberro al otro chico, que había quedado de rodillas, en el suelo, sentado sobre sus pies y con ambos puños cerrados. Se levantó, la insultó y salió corriendo en dirección opuesta a la tomada por Álex, pasando por debajo de mi ventana. No puedo asegurarlo, pero hubiera jurado que estaba llorando.

III

La semana siguiente pasó con lentitud. La resaca me duró todo un día y me prometí a mí mismo divertirme
in crescendo
. El ritmo de aquellos jóvenes
hippies
era desmesurado para mí, que a su lado parecía un principiante que no sabía ni siquiera qué era un cigarrillo. Las noches siguientes empecé con un par de cervezas y así, con cautela y saliendo a respirar de vez en cuando aire puro, libre de humos procedentes de plantas tropicales machacadas, liadas y encendidas, que colmaban el ambiente de aquellos bares, fui aumentando la dosis de alcohol progresivamente para que mi organismo se habituara y así no volviera a perder el control.

Me gustaba beber, pero no acabar tirado en algún rincón habiendo echado hasta la primera papilla. Me gustaba sentir los efectos de aquellos estimulantes sobre mi cerebro. En mi casa, normalmente no bebía. Y cuando salía, apenas si probaba una cerveza. Mis amigos de la ciudad eran gente ye-yé como yo; ricos noveles que vestían la ropa más cara, pero que temblaban de miedo con sólo pensar en enfrentarse al mundo sin la ayuda de papá. Algunos de ellos sí bebían, y en exceso; y tomaban otras cosas cuando salíamos los sábados por la noche. Pero yo pasaba. El solo hecho de pensar en que alguien me tuviera que traer a casa inconsciente me aterraba. Aunque contaba con Gus (y él conmigo) para cubrirnos las espaldas si llegara a darse el caso.

Tal como predije, Gus no apareció hasta las nueve de la mañana. Elena había llegado a las cinco. La abuela no nos dijo nada, se limitó a preguntar cómo lo habíamos pasado, pero su mirada fue suficiente para mostrarnos su desaprobación. Gus se había enrollado con Carmen, una jovencita de diecisiete años, valenciana, y que según mi hermano era una fiera. Gus me confesó que acabaron en la era a las seis de la mañana y que vieron salir el Sol desnudos, abrazados y sin dejar de moverse. Durante los días siguientes, Gus visitó la era asiduamente.

A mi hermano le gustaba tontear con las chicas. En aquellos precisos momentos, estaba saliendo con dos chicas a la vez, y eso sin contar sus momentáneos escarceos, de los cuales presumía sin ningún pudor.

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