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Authors: Frank Schätzing

Tags: #ciencia ficción

El quinto día

 

Lo desconocido se rebela. Una lucha contra reloj para salvar a la humanidad, los científicos descubren verdades sorprendentes.

En Perú, un pescador desaparece sin dejar rastro. Entretanto, los expertos noruegos de una empresa petrolífera se encuentran con extraños organismos que ocupan cientos de kilómetros cuadrados del fondo marino. Y en las las costas de la Columbia Británica comienza a observarse un inquietante cambio en el comportamiento de las ballenas. Algo ha hecho que las criaturas marinas se vuelvan contra el hombre.

Nada de todo esto parece tener una causa común, pero el biólogo Sigur Johanson sospecha que en estas anomalías hay algo más que una simple serie de coincidencias. Lo mismo acaba creyendo el investigador de ballenas canadiense Leon Anawak, quien llega a una preocupante conclusión: una catástrofe está a punto de suceder, y ésta podría poner en peligro la continuidad de la raza humana.

La búsqueda del origen de esta amenaza enfrentará a los biólogos con sus peores pesadillas.

Frank Schätzing

El quinto día

ePUB v1.0

Fanhoe
14.07.11

Amor, más profundo que el océano

Para Sabina

hishuk ish ts'awalk

Tribu de los nuu-chah-nulth,

isla de Vancouver

PRÓLOGO

14 de enero. Huanchaco, costa peruana

Aquel miércoles se cumplió el destino de Juan Narciso Ucañán sin que el mundo se percatara de ello.

Sí lo hizo, sin embargo, unas pocas semanas después, y sin que jamás se pronunciara el nombre de Ucañán. Era uno entre una muchedumbre. Si se le hubiera podido preguntar directamente qué fue lo que sucedió aquella mañana temprano, se habrían encontrado algunos acontecimientos muy similares que tuvieron lugar al mismo tiempo en todo el globo. Y posiblemente el relato del pescador, precisamente porque surgía de su visión más bien simple del mundo, hubiera evidenciado una serie de complejas conexiones que sólo más tarde se confirmaron. Pero ni Juan Narciso Ucañán ni el océano Pacífico frente a las costas de Huanchaco, en el norte de Perú, revelaron nada. Ucañán permaneció tan mudo como los peces que había pescado a lo largo de toda su vida. Cuando finalmente se lo encontró formando parte de una estadística, los sucesos ya habían pasado a otra fase, y las pocas referencias sobre su paradero no revestían mayor interés.

Sobre todo porque ya antes del 14 de enero no había habido nadie que se interesara especialmente por él y por sus problemas.

Así por lo menos lo veía Ucañán, quien no era muy partidario de que Huanchaco se hubiera transformado con los años en un destino turístico internacional, como playa paradisíaca. A él no le servía de nada que unos perfectos desconocidos esperaran que los nativos salieran al mar en arcaicos botes de juncos. Lo arcaico era más bien que todavía salieran. La mayoría de sus paisanos se ganaban la vida en las traineras-factorías y en las fábricas de harina o aceite de pescado, gracias a las cuales Perú, a pesar del descenso de la pesca, seguía encabezando la lista de las naciones pesqueras, junto con Chile, Rusia, Estados Unidos y los principales países asiáticos. A pesar del Niño, Huanchaco se expandía, un hotel pegado al otro, sacrificando sin escrúpulos las últimas reservas de la naturaleza. Al final, todos seguían haciendo de algún modo su negocio. Todos menos Ucañán, a quien casi lo único que le quedaba era su pintoresco botecito, el «caballito», como los maravillados conquistadores llamaron alguna vez a esas peculiares embarcaciones. Pero todo indicaba que tampoco los caballitos iban a seguir existiendo por mucho tiempo.

Al parecer, el milenio que comenzaba había decidido excluir a Ucañán.

Entretanto, él se sentía cada vez más amenazado. Por una parte, por el Niño, que asolaba Perú desde tiempos inmemoriales y del que él no tenía la culpa. Por los ecologistas, que en los congresos sobre pesca excesiva y destrucción de los bosques decían que estaba muy claro que las cabezas de los políticos se daban la vuelta despacio y miraban fijamente a los dueños de las flotas pesqueras, hasta que de repente se daban cuenta de que estaban mirando un espejo. Entonces sus miradas seguían hasta Ucañán, que tampoco tenía la culpa del desastre ecológico. Él no había pedido la presencia de las fábricas flotantes ni de las traineras japonesas y coreanas que, al borde de la zona de las doscientas millas, sólo esperaban encontrar un gran banco de peces locales. Ucañán no era responsable de nada de eso, pero de un tiempo a esta parte, ni él se lo creía, por lo que también se sentía amenazado por su propio sentimiento de culpa, como si fuera él el que sacaba del mar millones de toneladas de atunes y caballas.

Tenía veintiocho años y era uno de los últimos de su especie.

Sus cinco hermanos mayores trabajaban en Lima. Lo consideraban un imbécil porque estaba dispuesto a salir con un bote que era poco más que una tabla de surf, para esperar bonitos y caballas que no llegaban nunca en la inmensidad de las aguas costeras. Solían decirle que no se puede resucitar a los muertos. Pero se trataba de la vida de su padre, que había salido todos los días al mar, a pesar de sus casi setenta años. Al menos hasta hacía unas pocas semanas. Ahora, el viejo Ucañán ya no salía a pescar. Yacía en su casa con una extraña tos y varias manchas en la cara, y parecía perder paulatinamente la razón; Juan Narciso se había emperrado en que podría mantener vivo al anciano mientras mantuviera con vida la tradición.

Desde hacía más de mil años, los antepasados de Ucañán, los yunga y los moche, habían usado botes de juncos, incluso antes de que los españoles llegaran a la región. Habían poblado la zona de la costa desde el extremo norte hasta el sur, hasta la actual ciudad de Pisco, y habían provisto de pescado a Chan Chan, la poderosa metrópolis. En aquel entonces, la región era rica en
wachaques
, pantanos cercanos a las costas, alimentados por fuentes subterráneas de agua dulce. Allí habían brotado grandes cantidades de juncales, y, con ellos, Ucañán y los que quedaban de su clase seguían tejiendo sus caballitos, igual que lo habían hecho sus antepasados. Construir un caballito requería habilidad y serenidad. La fabricación era peculiar: tres o cuatro metros de longitud, con una proa en punta, curvada hacia arriba, y liviano como una pluma; era prácticamente imposible que el hato de juncos se hundiera. En tiempos pasados, miles de ellos habían surcado las olas de la región costera, llamada «pez de oro» porque hasta en los días malos se podía volver a casa con un botín más rico que el que hombres como Ucañán pescaban ahora en sus sueños más osados.

Pero también los pantanos desaparecieron, y con ellos los juncos.

El Niño, por lo menos, era previsible. Cada dos años, por Navidad, la corriente de Humboldt, que normalmente era fría, se calentaba por la ausencia de los vientos alisios y perdía sustancias nutritivas, de tal modo que las caballas, los bonitos y los boquerones no aparecían porque no encontraban nada para comer. Por eso, los antepasados de Ucañán le habían dado el nombre de «el Niño» al fenómeno, en referencia al «Hijo de Dios». A veces, el «Hijo de Dios» se contentaba simplemente con desordenar un poco la naturaleza, pero cada cuatro o cinco años mandaba el castigo del cielo sobre los hombres como si quisiera borrarlos de la faz de la Tierra. Huracanes, aguaceros treinta veces más intensos de lo normal, y mortales aludes de lodo: cientos de personas perdían la vida en ellos. El Niño llegaba y se iba, siempre había sido así. No era que uno pudiera hacerse amigo suyo, pero se podía llegar a un acuerdo con él. Sin embargo, desde que las riquezas del Pacífico sucumbían en redes de arrastre cuyos agujeros eran tan grandes que habrían cabido doce aviones gigantes juntos, ni siquiera las oraciones servían de algo.

«Tal vez soy realmente tonto —pensaba Ucañán mientras la corriente balanceaba su caballito—. Tonto y culpable. Todos nosotros somos tontos porque nos hemos metido con un santo patrono que no hace nada contra el Niño ni contra las asociaciones pesqueras o los acuerdos estatales».

«Antes —pensaba— teníamos chamanes en el Perú».

Ucañán conocía por las leyendas lo que los arqueólogos habían encontrado en los antiguos templos precolombinos cerca de la ciudad de Trujillo, justo detrás de la pirámide de la Luna. Noventa esqueletos yacían allí: hombres, mujeres y niños, muertos a golpes o a puñaladas. En un intento desesperado por detener la irrupción de las aguas del año 560, los sumos sacerdotes habían sacrificado la vida de noventa personas, y el Niño se había ido.

¿A quién había que sacrificar para detener la pesca excesiva?

Ucañán se estremeció ante sus propios pensamientos. Era un buen cristiano. Amaba a Jesucristo y amaba a san Pedro, el patrono de los pescadores. No había ninguna fiesta de San Pedro en la que no estuviera presente con todo el corazón cuando llevaban al santo de madera en un bote de pueblo en pueblo. ¡Y sin embargo...! Por la mañana, todos corrían a la iglesia, pero por la noche ardían los verdaderos fuegos. El chamanismo estaba en pleno apogeo. Pero ¿qué deidad podía ayudarlos cuando incluso el «Hijo de Dios» afirmaba que él no tenía nada que ver con la nueva desgracia de los pescadores, que su influencia se perdía en el caos de las fuerzas de la naturaleza, y que el resto era asunto de los políticos y los grupos de presión?

Ucañán miró al cielo y pestañeó.

Prometía ser un bonito día.

Por el momento, el noroeste peruano tenía un aspecto realmente idílico. Hacía días que no se veía una nube en el cielo. A esa hora tan temprana, los surfistas todavía estaban en la cama. Hacía poco más de media hora que Ucañán se había adentrado en el mar con su caballito por las olas que avanzaban mansas, junto con una docena de pescadores, antes de que apareciera el sol. Ahora, éste salía lentamente tras las montañas neblinosas, y bañaba el mar con una luz color pastel. La inmensidad infinita, hasta ahora plateada, adquirió un tono azul suave. En el horizonte se adivinaban las siluetas de poderosos cargueros que enfilaban hacia Lima.

Ucañán, imperturbable ante la belleza del amanecer, estiró la mano hacia atrás y extrajo el
calcal
, la tradicional red roja de los pescadores en caballito, de algunos metros de largo, y provista de ganchos de diferentes tamaños a su alrededor. Examinó cuidadosamente las mallas de trama fina. Estaba en cuclillas, derecho, sobre el barquito de juncos. Los caballitos no disponían de un espacio interior para sentarse, pero sí de un generoso espacio en la popa para los pertrechos y la red. El remo yacía atravesado delante de él; una caña de Guayaquil cortada en dos que ya no se usaba en ninguna otra parte de Perú. Era de su padre. Lo había llevado consigo para que el viejo pudiera sentir la fuerza con la que Juan Narciso lo hundía en el agua. Todas las noches, desde que su padre estaba enfermo, Juan le ponía el remo al costado y la diestra sobre él, para que lo sintiera: la subsistencia de la tradición, el sentido de la vida.

Tenía la esperanza de que su padre reconociera lo que estaba tocando. A su hijo ya no lo reconocía.

Ucañán finalizó la inspección del
calcal
. Ya lo había examinado en tierra, pero las redes eran muy valiosas y merecían toda la atención posible. La pérdida de una red significaba quedarse fuera. Ucañán podía estar en el bando de los perdedores en esa partida de póquer por lo que quedaba de los recursos del Pacífico, pero no tenía intención de perdonarse la menor de las negligencias ni de entregarse a la bebida. Nada le resultaba más insoportable que la mirada de los desesperanzados que dejaban que se les pudrieran los botes y las redes. Ucañán sabía que, si alguna vez encontraba esa mirada en el espejo, se moriría.

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