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Authors: Giovanni Papini

El piloto ciego

 

Jorge Luis Borges aseguraba que de Giovanni Papini, uno de sus escritores predilectos, pervivirían algunos aforismos, algunas páginas, algunos cuentos… Y entre ellos figuran sin duda varios de los que componen
El piloto ciego,
una de las grandes obras de la literatura fantástica de principios del siglo XX que, inexplicablemente, desde hace décadas no ha sido reeditada en español. Maestro de Dino Buzzati y discípulo de Edgar Allan Poe, «si los cuentos papinianos no reflejan el terror o la morbosidad de la temática de Poe, es evidente que en ellos se desborda la extrañeza y la reflexión metafísica, tratadas con mayor o menor grado de ironía y sarcasmo junto a una magnífica práctica del
suspense,
que acaba provocando en el lector un efecto abrumador de sorpresa, desconcierto y turbación». En todos estos relatos, «envueltos en el humor cáustico de Papini», se refleja la melancolía que emana del escepticismo. A eso se refería Borges cuando afirmaba: «Estos cuentos proceden de una fecha en que el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos…».

Giovanni Papini

El piloto ciego

ePUB v1.2

chungalitos
24.12.11

Revisión de Doña Jacinta & jugaor

Dos imágenes en un estanque

¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve, después de tanto tiempo, en la pequeña capital? Cuando llegué allí no pensaba tener otra razón que ésta.

Volviendo del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las tierras escondidas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Sabía que encontraría todo eso en la pequeña capital, donde, durante cinco años, había estudiado las ciencias más germánicas y más fantásticas.

Recordaba con frecuencia la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una desterrada (he pensado siempre que también hay ciudades exiliadas de su verdadera patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero toda tranquila y resignada en torno al gran palacio rococó, en que charla y duerme la corte. Por las calles, cada cien pasos, hay un pozo, y cerca del pozo, una fuente, y encima de cada fuente, un guerrero de barro cocido, pintado de azul y de rojo descolorido.

Recordaba también la casa donde viví durante los años de mi noviciado científico. Mis ventanas no daban sobre la plaza, sino sobre un gran jardín encerrado entre casas, donde había, en un ángulo, un estanque ceñido por rocas artificiales. Nadie se preocupaba del jardín: el viejo señor estaba muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba los árboles como otros tantos descreídos, y las flores, como tentadoras vanidosas.

También el estanque estaba muerto por su culpa. Ya no salía de su seno ningún surtidor. El agua parecía tan inmóvil y cansada como si fuera la misma desde quién sabe cuántos años. Por otra parte, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente, y también las hojas parecían caídas allí dentro en los otoños de siglos pasados.

Este jardín fue el lugar de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía libertad de poder entrar en él a cualquier hora; apenas terminada la escuela, me sentaba con algún libro cerca del estanque y, cuando estaba cansado de leer o faltaba la luz, intentaba ver mis ojos reflejados en el agua, o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansia sus lentos viajes bajo la respiración desigual del viento. Algunas veces, las hojas se abrían o se reunían todas hacia el fondo, y entonces veía dentro del agua mi rostro, y lo miraba tan largamente que me parecía que ya no existía por cuenta mía, con mi cuerpo, sino que era solamente una imagen fijada en el estanque para la eternidad.

Por esto corrí enseguida al jardín apenas llegué a la pequeña capital. Habían pasado muchos años, pero la ciudad seguía siendo la misma. Por las mismas calles angostas pasaban las mismas mujeres pequeñas y rubicundas con sus sombreros ajados, y los guerreros de barro cocido, inútiles y ridículos, se apoyaban en la empuñadura de sus espadas azules sobre las frecuentes fuentes.

También el jardín estaba como lo había dejado; también el estanque estaba allí como lo vi por última vez, antes de regresar a mi patria. Alguna rama más en la arboleda, alguna hoja de más en el estanque y todo el resto como en el tiempo pasado. Quise volver a ver mi cara en el agua y me di cuenta de que era distinta, bastante distinta de la que yo recordaba tan claramente. El encanto de aquel estanque, de aquel lugar, se apoderaba de nuevo de mí. Me senté en una de las escolleras artificiales y con la mano removí las hojas muertas para hacer un espejo mayor a mi rostro transfigurado.

Hacía algunos minutos que estaba mirando mi imagen y pensando en las extrañas leyes del tiempo, cuando vi dibujarse en el agua, junto a la mía, otra imagen. Me volví impetuosamente: un hombre se había sentado junto a mí y se miraba, junto a mí, en el estanque. Lo miré como en sueños; lo miré todavía más y tuve la impresión de que se me parecía. Dirigí los ojos al estanque y contemplé de nuevo su imagen reflejada sobre el fondo oscuro. En un momento me di cuenta de la verdad:
¡Su imagen era igual a la mía reflejada siete años antes!

En otros tiempos, acaso, eso me hubiera asustado y hubiese gritado, sin duda, como quien se ve preso en el círculo de alguna invencible obsesión. Pero ahora sabía que solamente lo imposible se hace algunas veces real y por eso no me aterré demasiado. Tendí mi mano al hombre, que me la estrechó, y le dije:

—Yo sé que tú eres yo; un yo pasado hace tiempo, un yo que creía muerto, pero que vuelvo a ver aquí, tal como lo dejé, sin ningún cambio visible. Yo no sé, mi viejo yo sobrevivido, lo que quieres de mí ahora, pero cualquier cosa que me pidas no sabré negártela.

El hombre me contempló con cierto estupor, como si me descubriera, y me contestó, después de algún momento de vacilación:

—Quisiera estar contigo. Cuando creíste que partías para siempre yo me quedé aquí, en esta ciudad, donde el tiempo no transcurre, sin moverme, sin hacer nada, esperándote. Sabía que volverías. Habías dejado la parte más sutil de tu alma en el agua de este estanque, y de esta alma he vivido hasta hoy. Pero ahora quisiera volverme a unir contigo, estar cerca de ti, escuchando la narración de tus vidas de estos últimos años. Yo soy como tú eras entonces y sólo conozco de ti lo que tú conocías entonces. Comprende mi deseo de saber y de escuchar. Tenme de nuevo como tu compañero, hasta que partas una vez más de esta ciudad detenida en medio del tiempo.

Hice un gesto afirmativo con la cabeza y salimos del jardín mano con mano, como dos hermanos.

Empezó entonces para mí uno de los períodos más singulares de esta vida mía, ya tan diversa de la de cualquier hombre. Viví conmigo mismo —con el yo mismo transcurrido— algunos días de imprevista alegría. Mis dos yos iban por las calles mal empedradas, bajo el silencio que reinaba desde hacía tanto tiempo en la pequeña capital —¡un silencio que databa del siglo decimoctavo!—, y hablaban sin cansarse, intentando recordar las cosas que vieron, los hombres que conocieron, los sentimientos que los agitaron, los sueños que dejaron un amargo sabor en sus espíritus. Las dos almas —la antigua y la nueva— buscaron juntas la Universidad, silenciosa y sepulcral como un monasterio de montaña; vagaron por el jardín a la francesa, detrás del palacio rococó, donde las estatuas, mutiladas y llenas de liquen, no se dignaban mirar las avenidas sin fin, y llegaron hasta el
Liliensee
, un estanque mal excavado que, por decreto de los viejos príncipes, había llegado a obtener el nombre de lago. Yo no puedo recordar aquellos días de confidencias sin volver a sentir calor en el corazón.

Pero, después de los primeros días de amables efusiones, empecé a sentir un tedio inexpresable escuchando a mi compañero. Ciertas ingenuidades, ciertas brutalidades, ciertos gestos grotescos que ostentaba continuamente, me desagradaban. Me di cuenta, además, hablando largamente con él, de que estaba lleno de ideas ridículas, de teorías ahora ya muertas, de entusiasmos provincianos por cosas y hombres que yo ni siquiera recordaba. Él prestaba fe a ciertas palabras, se conmovía ante ciertos versos, se exaltaba con ciertos espectáculos que a mí, en cambio, me inspiraban disgusto o sonrisas.

Su cabeza estaba todavía llena de aquel romanticismo genérico, a grandes dosis, hecho de cabelleras desordenadas, de montañas malditas, de bosques oscuros, de tempestades y batallas con redobles de truenos y de tambores; su corazón se deshacía en aquel
pathos
germánico (flores azules, luna entre nubes, tumbas de amantes, cabalgadas nocturnas, etc.) del que vivían hace cien años los delicados petimetres melancólicos y las señoritas rubias un poco gordas.

Su ingenuo orgullo, su inexperiencia del mundo, su profunda ignorancia de los secretos de la vida, que en los primeros momentos me habían divertido, acabaron por provocar en mí una especie de compasión despreciativa que, poco a poco, se convirtió en repugnancia.

Durante algunos días supe resistir a mi deseo de insultarlo o de huir: pero una mañana, después que él hubo declamado con gran énfasis un
lied
estúpidamente patético, sentí que mi desprecio se cambiaba en odio.

«Y, sin embargo —pensé—, este hombre del que me río, este joven estúpido e ignorante, ha sido, en otro tiempo, yo mismo. Todavía es, de alguna manera, yo mismo. Durante estos largos años he vivido, he visto, he adivinado, he pensado, y él se ha quedado aquí, en la soledad, intacto, perfectamente igual a lo que yo era el día en que dejé estos lugares. Ahora mi yo presente desprecia a mi yo pasado, y, sin embargo, en aquel tiempo creía, aún más que hoy, que era el hombre superior, perfecto, alto y noble, el sabio universal, el genio en espera. Y recuerdo que entonces despreciaba a mi yo pasado, a mi pequeño yo de niño ignorante y todavía no refinado. Ahora desprecio a aquel que despreciaba. Y todos estos despreciadores y despreciados han tenido el mismo nombre, han habitado el mismo cuerpo, han aparecido a los hombres como un solo viviente. Después de mi yo presente, otro se formará que juzgará mi alma de hoy igual que yo juzgo la de ayer. ¿Quién tendrá piedad de mí, si yo no la tengo de mí mismo?»

Mientras pensaba así, mi antiguo yo hablaba y declamaba. Yo ya no tenía nada que decirle y callaba; él no tenía nada que decirme, pero, en lugar de callar, fabricaba frases estúpidas y recitaba poesías horriblemente largas. ¿Qué había de común ahora entre nosotros? Terminados los recuerdos del pasado lejano, yo no podía hablar con él del pasado próximo, de todo mi mundo más reciente de bellezas descubiertas, de corazones amados y destrozados, de paradojas improvisadas junto a la mesilla de té, y mucho menos del sueño doloroso que llena ahora toda mi alma. Era inútil decirle todo esto: no me comprendía. El sonido de ciertas palabras que me sugería toda una escena, las asociaciones de ideas que en mí suscitaba un nombre, un perfume, no decían nada a su alma. Él me rogaba que le hablara y, si consentía, me escuchaba con curiosidad, pero sin sentir, sin comprender, sin revivir conmigo lo que le contaba. Sus ojos se perdían en el vacío, y, apenas yo callaba, recomenzaba sus declamaciones sentimentales.

Llegó, pues, un día en que el odio contra aquel yo mío pasado ya no supo contenerse. Le dije entonces, con mucha firmeza, que no podía seguir viviendo con él y que tenía que rehuir su compañía para dominar mi disgusto. Mis palabras lo sorprendieron y lo entristecieron profundamente. Sus ojos me miraron suplicando. Su mano me apretó más fuerte.

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