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Authors: Jesús Sánchez Adalid

El mozárabe

 

En el año 929 el emir de Córdoba Abd al-Rahman III se erige como califa, y la España musulmana inicia una etapa de esplendor inigualable. Allí coinciden Asbag y Abuámir, seres de distinto origen, fe y vocación. Asbag, el mozárabe, es un erudito con dotes diplomáticas y será consejero de personajes emblemáticos. El destino de Abuámir no será menos sorprendente. Este joven, atractivo, vividor y ambicioso, desarrollará una fulgurante carrera hasta convertirse en el temido Almanzor.

Jesús Sánchez Adalid

El mozárabe

ePUB v1.2

Audiofonoteca
14.12.2011

© Jesús Sánchez Adalid, 2001

© Ediciones B, S.A., 2004

Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Fotografía de cubierta: © Giraudon

Diseño de colección: Ignacio Ballesteros

Impreso en Argentina / Printed in Argentine

ISBN: 84-666-1634-9 Depósito legal: B. 1.825-2004

Impreso por ARTES GRÁFICAS BUSCHI,

Ferré 2250, Buenos Aires, Argentina,

en el mes de julio de 2004.

Impreso en papel obra de Massuh.

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en las leyes, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

A mis padres y a mi abuelo Apolinar

Nota del autor

Los nombres árabes de esta novela, así como algunos latinos, han sido transcritos de manera que sean más fáciles de leer conforme a su pronunciación; por eso se observará que no coinciden algunos de ellos con las transcripciones de la nota histórica que se presenta a continuación, o con los de los libros y artículos de historia. Asimismo, se apreciará que las rimas de las poesías son irregulares y caprichosas; ello es porque son traducciones de versos árabes de la época, pertenecientes a poetas, como Mutanabbi o Ibn Marwan, entre otros, que eran muy conocidos en el momento. También se incluyen traducciones de algunos zéjeles populares que se han conservado en la tradición andalusí de ciudades como Fez, en las que se asentaron numerosos árabes peninsulares después de la Reconquista.

En relación con las oraciones pronunciadas por Asbag o rezadas en los oficios de monjes que se narran, pertenecen al Salterio; libro de oraciones que se usaba y se sigue usando por parte de los religiosos y los clérigos en diversos momentos de la jornada. Fundamentalmente, se trata de salmos e himnos de las Sagradas Escrituras.

Nota histórica

En el 929 el emir de Córdoba Abd al-Rahman III toma la decisión de proclamarse califa y Emir de los Creyentes, títulos que ya habían adoptado los omeyas de Damasco y ahora utilizaban los abasíes de Bagdad y los fatimíes del norte de África. De esta manera rompía los débiles lazos religiosos que aún unían al estado cordobés con el Oriente musulmán. Se inaugura así en la España musulmana una etapa de florecimiento inigualable, que la colocó al nivel de los países más prósperos del momento, y la fama de su capital, Córdoba, llegará a extenderse por todo el mundo.

Al belicoso Abd al-Rahman sucede su hijo al-Hakam, pacífico, culto, bibliófilo y amante de las letras y las ciencias. Subió al trono a los cuarenta y seis años de edad, por lo que poseía una madura experiencia que iba a permitirle llevar a la cumbre al régimen omeya. Durante los quince años de su reinado (961-976) Alándalus disfrutaría de paz interior, solamente interrumpida por algunas incursiones de corsarios daneses en las costas atlánticas entre el 966 y el 970.

En la segunda mitad del siglo X, momento álgido de la ciudad, Córdoba contaba con una población de medio millón de habitantes, y en ella, según los historiadores árabes, había 130.000 casas, 700 mezquitas, 300 baños públicos, 70 bibliotecas y un montón de librerías. Y todo aquello, cuando en todo Occidente no había ni una sola ciudad cuya población superara los 100.000 habitantes.

La metrópoli, en gloriosa emulación con las metrópolis árabes del Oriente, gozaba entonces, tanto en el exterior como en el propio país, de una reputación estudiosa que ninguna otra ciudad de la península podía soñar en disputarle. Un escritor árabe del siglo siguiente, Said de Toledo, en su libro sobre las
Categorías de las naciones,
nos dice que al-Hakam II «hizo venir de Bagdad, de Egipto y de todas las partes de Oriente las obras capitales más importantes y más raras, referentes a las ciencias antiguas y modernas. Este reunió, hacia el final del reinado de su padre, y después durante su propio reinado personal, una cantidad casi igual a la que fue acopiada por los príncipes abasíes y en un tiempo infinitamente menor». La biblioteca que de este modo reunió al-Hakam II en su palacio de Córdoba era de una riqueza incomparable. Comprendía nada menos que 400.000 volúmenes, y su catálogo, reducido a una simple enumeración de los títulos de las obras y de la mención de los nombres de sus autores, llenaba cuarenta y cuatro registros de cincuenta hojas cada uno. Un verdadero ejército de buscadores de libros, de corredores y de copistas se movía por cuenta del monarca, prosiguiendo sus investigaciones bibliográficas por toda la extensión del mundo musulmán. En la misma Córdoba, un equipo muy numeroso de escribas, de encuadernadores y de iluminadores trabajaba bajo la vigilancia de un alto dignatario y del propio califa, para enriquecer constantemente esta magnífica librería, que contenía verdaderas maravillas.

El papel debió de ser conocido también en aquella época, pues en los textos empieza a aparecer el nombre del oficio,
warraq
(papelero), y lo que es más importante: en algunos manuscritos sobre pergamino del siglo X aparecen intercaladas hojas de papel de trapo hispánico.

Sin duda alguna, una pequeña parte de aquellos innumerables manuscritos se esconde todavía entre los recovecos de obscuras bibliotecas. Levi-Provenzal señala que algunos de estos volúmenes se encuentran en Fez; por ejemplo, uno que lleva la fecha venerable del año 359 (970), con la indicación de que fue transcrito para el califa al-Hakam II. Conservamos los nombres de varios de estos copistas, entre los que figuraban un siciliano emigrado a Córdoba, clérigos de las comunidades de cristianos y hasta una mujer, la poetisa Lubna. De ello nos hablan las obras de Ibn al-Faradí, Ibn Bashkuwal y Dabbí.

Los mozárabes

Durante este periodo, Alándalus dio pruebas de un espíritu tolerante hacia sus súbditos cristianos, que hoy nadie puede poner en duda. En ninguna otra parte del mundo musulmán fueron tan necesarias las relaciones permanentes entre las diversas comunidades religiosas; porque una parte de la población había conservado su religión, leyes y costumbres anteriores a la conquista por los árabes de la España visigoda. A estas comunidades de cristianos se les llamó mozárabes.

La voz procede del árabe
mustarib,
«arabizado», «el que quiere hacerse árabe o se arabiza», y bajo diversas formas (muztárabe, muzárabe, mosárabe, etcétera) aparece en los documentos hispanolatinos de la alta Edad Media con la misma acepción que actualmente le damos. El término es inusitado en la literatura hispanoárabe, en la que los mozárabes son llamados con los nombres generales de ayamíes, nasraníes, rumies, dimmíes, etcétera. Hoy también se aplica el adjetivo mozárabe a la liturgia hispanovisigótica, a la escritura visigótica y al arte hispanocristiano de los siglos IX al XI.

Como es sabido, la doctrina coránica ordena a los musulmanes respetar, bajo ciertas condiciones, las creencias religiosas de la «gente del Libro», es decir, de judíos y cristianos. Al producirse la conquista de España, los vencedores permitieron a las poblaciones que se habían sometido mediante pactos —la mayoría del país— el libre ejercicio de la religión cristiana y la plena posesión de sus iglesias y propiedades.

Más tarde, incluso después de las conversiones en masa de muchos mozárabes deseosos de gozar de un estatuto fiscal preferencial, puesto que los cristianos habían de pagar
újaray
o impuesto, pervivía una considerable proporción de súbditos cristianos que formaban florecientes comunidades en las ciudades andaluzas.

En el siglo X los mozárabes formaban un minoritario grupo religioso y jurídico, no étnico ni lingüístico, dentro de la sociedad hispanomusulmana, vivían en barrios propios y poseían cementerios propios. Tres autoridades civiles elegidas entre ellos eran encargadas de la administración y el gobierno de cada comunidad. Un
comes,
personaje notorio, que ejercía las funciones de gobierno civil, siendo el más destacado el de Córdoba;
xmjudex,
llamado por los musulmanes cadí de los cristianos; y un
exceptar
o recaudador de tributos. En el nombramiento de estas tres autoridades influyó por lo general el gobierno musulmán, bien designándolos directamente, bien aprobando la propuesta presentada por los nobles mozárabes.

A esta minoría el califa le garantizó sin restricciones el libre ejercicio de su religión y culto. Los templos anteriores a la invasión, salvo aquellos que fueron convertidos en mezquitas tras la conquista, fueron respetados, y los mozárabes tenían derecho a repararlos, pero no a construir otros nuevos. Se tiene noticia, por ejemplo, de la existencia en Córdoba de más de diez iglesias, nueve en Toledo, cuatro en Mérida, etcétera. Las campanas podían ser utilizadas, aunque con moderación para no escandalizar a los buenos musulmanes. Abundaron las comunidades monásticas. En los alrededores de Córdoba llegaron a existir más de quince monasterios.

En el reinado de al-Hakam II, tenemos algunas noticias sobre importantes personajes mozárabes: el juez Walid Ibn Jaizuran, que sirvió de intérprete a Ordoño IV cuando éste visitó, en el año 962 (351), al soberano cordobés en su capital, por ejemplo. Pero hemos de señalar especialmente la labor destacada de los dignatarios eclesiásticos como embajadores en países cristianos. Así, la misión que se encomendó, luego de su elevación al episcopado, a Rabí ben Zayd, el renombrado Recemundo, en el Oriente cristiano. Ya Abd al-Rahman III había enviado a este embajador al emperador de Alemania. Era un cristiano de Córdoba, buen conocedor del árabe y del latín, y celoso de la práctica de su religión, que estaba empleado en las oficinas de la cancillería califal, antes de ser nombrado obispo de la diócesis andaluza de Ili-beris (Elvira). Se puso en camino en la primavera de 955 y, al cabo de diez semanas, arribó al convento de Gorze, donde fue bien recibido por el abad, así como luego por el obispo de Metz. Unos meses más tarde llegaba a Francfort, corte del emperador, donde tuvo ocasión de conocer al prelado lombardo Luitprando, a quien decidió a componer su historia, la
Antapodosis,
que el autor le dedicó. Más tarde, Rabí ben Zayd siguió desempeñando un buen papel en la corte califal de al-Hakam II, quien tenía en gran estima sus conocimientos filosóficos y astronómicos, y para quien redactó, hacia el 961, el celebre
kitab al-anwa,
más conocido como «Calendario de Córdoba».

Como vemos, los miembros más influyentes de la Iglesia mozárabe estuvieron próximos al califa, realizando funciones de consejeros, intermediarios, intérpretes y embajadores. Conocemos el nombre de un arzobispo de Toledo, Juan, muerto en 956 (344), al que sucedió un prelado del que sólo sabemos el nombre árabe, Ubaid Allah ibn Qasim, y que parece haber sido trasladado poco después a la sede metropolitana de Sevilla. Como obispo de Córdoba conocemos a un Asbag ibn Abd Allah ibn Nabil.

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