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Authors: Almudena Grandes

Tags: #Drama

El Lector de Julio Verne

 

Nino, hijo de guardia civil, tiene nueve años, vive en la casa cuartel de un pueblo de la Sierra Sur de Jaén, y nunca podrá olvidar el verano de 1947. Pepe el Portugués, el forastero misterioso, fascinante, que acaba de instalarse en un molino apartado, se convierte en su amigo y su modelo, el hombre en el que le gustaría convertirse alguna vez. Mientras pasan juntos las tardes a la orilla del río, Nino se jurará a sí mismo que nunca será guardia civil como su padre, y comenzará a recibir clases de mecanografía en el cortijo de las Rubias, donde una familia de mujeres solas, viudas y huérfanas, resiste en la frontera entre el monte y el llano. Mientras descubre un mundo nuevo gracias a las novelas de aventuras que le convertirán en otra persona, Nino comprende una verdad que nadie había querido contarle. En la Sierra Sur se está librando una guerra, pero los enemigos de su padre no son los suyos. Tras ese verano, empezará a mirar con otros ojos a los guerrilleros de Cencerro, y a entender por qué su padre quiere que aprenda mecanografía.

Almudena Grandes

El lector de Julio Verne

La guerrilla de Cencerro y el Trienio del Terror
Jaén, Sierra Sur, 1947-1949

ePUB v1.1

Creepy
24.04.12

Título Original:
El lector de Julio Verne
, 2012

Autor: Almudena Grandes
[*]

Editorial: Tusquets Editores

Sobre
El lector de Julio Verne

«En un viaje de 2004 mi amigo Cristino Pérez Meléndez, hijo de guardia civil, me contó una historia de su infancia en la que yo vi inmediatamente una novela.
El lector de Julio Verne
es esa novela, la novela de Cristino, que aquella noche me habló de los que se echaron al monte y de Cencerro, de su valor, de su arrogancia, de la leyenda de los billetes firmados y de su muerte heroica en la Sierra Sur de Jaén, y me contó cómo era la vida del hijo de un guardia civil en una casa cuartel como la de Fuensanta de Martos, donde las paredes no sabían guardar secretos y los gritos de los detenidos llegaban hasta las camas de los niños, igual que llegó hasta sus oídos, una noche, la preocupación de su padre por un hijo tan bajito que no iba a dar la talla de mayor, y al que por eso obligó a aprender a escribir a máquina.»

ALMUDENA GRANDES

PLAN DE LA OBRA

I. Inés y la alegría

El ejército de la Unión Nacional Española y la invasión del valle de Arán,

Pirineo de Lérida, 19-27 de octubre de 1944

II. El lector de Julio Verne

La guerrilla de Cencerro y el Trienio del Terror,

Jaén, Sierra Sur, 1947-1949

III. Las tres bodas de Manolita

El cura de Porlier, el Patronato de Redención de

Penas y el nacimiento de la resistencia clandestina contra el franquismo,

Madrid, 1940-1950

IV. Los pacientes del doctor García

El fin de la esperanza y la red de evasión de jerarcas nazis

dirigida por Clara Stauffer,

Madrid-Buenos Aires, 1945-1954

V. La madre de Frankenstein

Agonía y muerte de Aurora Rodríguez Carballeira

en el apogeo de la España nacionalcatólica,

Manicomio de Ciempozuelos (Madrid), 1955-1956

VI. Mariano en el Bidasoa

Los topos de larga duración,

la emigración económica interior y los 25 años de paz,

Castuera (Badajoz)-Eibar (Guipúzcoa), 1939-1964 

A Luis

Otra vez, y nunca serán bastantes

Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas,
Aún en estos libros te es querida y necesaria,
Más real y entresoñada que la otra;
No esa, mas aquella es hoy tu tierra.
La que Galdós a conocer te diese,
Como él tolerante de lealtad contraria,
Según la tradición generosa de Cervantes,
Heroica viviendo, heroica luchando
Por el futuro que era el suyo,
No el siniestro pasado al que a la otra han vuelto.
Lo real para ti no es esa España obscena y deprimente
En la que regentea hoy la canalla,
Sino esta España viva y siempre noble
Que Galdós en sus libros ha creado.
De aquella nos consuela y cura esta.

Luis Cernuda, «Díptico español»,

Desolación de la Quimera
(1956-1962)

A mi amigo Cristino Pérez Meléndez,

que de pequeño vivía en la casa cuartel de Fuensanta de Martos

y era muy canijo.

Y de mayor, dio la talla en todo, pero no fue guardia civil.

Y a mi amiga Ángeles Aguilera Moya,

que es de Alcalá la Real,

y no en vano se apellida casi igual que Pepe el Portugués

(
Interpretación del pesimista
)

Nada es lo mismo.

Nada permanece.

Menos la Historia y la morcilla de mi tierra:

se hacen las dos con sangre, se repiten.

Ángel González, «Glosas a Heráclito»,

Muestra, corregida y aumentada, de algunos

procedimientos narrativos y de las actitudes

sentimentales que habitualmente comportan (1976)

Capítulo 1

1947

La gente dice que en Andalucía siempre hace buen tiempo, pero en mi pueblo, en invierno, nos moríamos de frío.

Antes que la nieve, y a traición, llegaba el hielo. Cuando los días todavía eran largos, cuando el sol del mediodía aún calentaba y bajábamos al río a jugar por las tardes, el aire se afilaba de pronto y se volvía más limpio, y luego viento, un viento tan cruel y delicado como si estuviera hecho de cristal, un cristal aéreo y transparente que bajaba silbando de la sierra sin levantar el polvo de las calles. Entonces, en la frontera de cualquier noche de octubre, noviembre con suerte, el viento nos alcanzaba antes de volver a casa, y sabíamos que lo bueno se había acabado. Daba igual que en uno de esos viejos carteles de colores que a don Eusebio le gustaba colgar en las paredes de la escuela, pudiéramos leer cada mañana que el invierno empieza el 21 de diciembre. Eso sería en Madrid. En mi pueblo, el invierno empezaba cuando quería el viento, cuando al viento se le antojaba perseguirnos por las callejas y arañarnos la cara con sus uñas de cristal como si tuviera alguna vieja cuenta que ajustar con nosotros, una deuda que no se saldaba hasta la madrugada, porque seguía zumbando sin descanso al otro lado de las puertas, de las ventanas cerradas, para cesar de repente, como empachado de su propia furia, a esa hora en la que hasta los desvelados duermen ya. Y en esa calma artera y sigilosa, a despecho de los libros y de los calendarios, aunque no estuviera escrito en ningún cartel, la primera helada caía sobre nosotros. Después, todo era invierno.

El hielo cubría el patio con una gasa blancuzca y sucia, como una venda vieja sobre los raquíticos troncos de los árboles que flanqueaban el pozo, y a la luz aún imprecisa del amanecer, otorgaba una misteriosa relevancia a cada guijarro, perfiles nítidos que se destacaban del suelo encrespado, erizado de frío. También a mi nariz, que se despertaba en mi cara como un apéndice helado, casi ajeno, antes que yo mismo. Entonces sacaba una mano para tocarla, como si me extrañara encontrarla allí, entre mis ojos y mi boca, y el contraste de temperatura me dolía al mismo tiempo en la nariz y en la punta de los dedos. Para evitarlo, metía la cabeza entera bajo las sábanas calientes, ablandadas de calor, y me volvía a dormir, y ese sueño era mejor que el primero, pero, como casi todo lo que es mejor en esta vida, duraba poco. La puerta del cuarto que compartía con mis hermanas quedaba en su mitad, al otro lado de la cortina verde, pero la ventana me correspondía a mí, y por eso madre me despertaba siempre antes que a ellas. Al mismo tiempo que la luz, percibía su voz, vamos, Nino, arriba, que ya es hora, y un instante después, sobre la frente, el beso leve, apresurado, que inauguraba sin remedio la mañana.

Todos los días comenzaban igual, los mismos pasos, las mismas palabras, el pequeño ruido de sus dedos al abrir las contraventanas y aquel beso también pequeño, la piel de mi madre rozando mi piel apenas, una delicadeza que nacía de la prisa y no se parecía a la estruendosa, repetida presión de los labios que me daban las buenas noches como si quisieran quedarse impresos para siempre en mis mejillas. Todos los días comenzaban igual, pero la primera helada, sin cambiar nada, lo cambiaba todo. En otras casas del pueblo, empezaban a mirar al monte con el ceño fruncido, un solo gesto de preocupación en muchos rostros diferentes. En la mía, que no era tal, sino tres habitaciones de la casa cuartel de Fuensanta de Martos, todos nos portábamos mejor, porque sabíamos que al empezar el invierno, mi madre dejaba de estar para bromas.

—Quién me mandaría a mí casarme con este, a ver, quién me lo mandaría, con lo bien que estaba yo en mi pueblo, joder…

Eso era y no era verdad. Ella había nacido al borde del mar, en un caserío de pescadores, tan cerca de Almería que casi parecía un barrio de las afueras de la ciudad. Allí nunca hacía frío. Yo lo sabía porque su hermana pequeña se había casado a principios de marzo, y nos había invitado a la boda. De entrada, la noticia no me impresionó, porque habíamos recibido otras ofertas semejantes y siempre habían sido en vano, pero aquella vez fue distinta a las demás. Primero, porque madre decidió ir, volver a su pueblo después de más de diez años de ausencia. Después, porque decidió llevarnos con ella. En 1947, aquel viaje representaba todo un acontecimiento para cualquier familia de la Sierra Sur.

—¿Y padre por qué no viene? —me atreví a preguntar cuando ya estábamos sentados en el coche de línea que nos llevaría desde Fuensanta hasta Martos, mientras le miraba por la ventanilla, plantado en la acera, diciéndonos adiós con la mano.

—Porque no.

—¿Y por qué no?

—Porque no puede.

—¿Tiene que trabajar?

—Claro.

Aquella mañana, mi pueblo había amanecido con un palmo de nieve. En Martos, la nevada no había cuajado, pero hacía mucho frío. Lo sé porque el autobús nos dejó al lado de la estación con más de veinte minutos de retraso, y llegamos al tren corriendo, pero a pesar de la carrera, de los sudores y el ajetreo de los bultos en los que llevábamos regalos para la novia y su familia, no entramos en calor.

Madre nos arreaba como si fuéramos ovejas mientras avanzaba por los pasillos, buscando a la pareja de la Guardia Civil que viajaba en el convoy con un papel escrito a máquina en la mano. Era la primera vez que me montaba en un tren sin mi padre, y aunque procuraba disimularlo, porque su ausencia me había convertido en el único hombre de la familia, tenía miedo de todo. Cuando venía él, era distinto. Cuando él iba por delante con su uniforme, el tricornio y el arma reglamentaria, los pasajeros nos abrían paso y los revisores, en lugar de pedirnos el billete, se apresuraban a levantar a quien hiciera falta para que pudiéramos sentarnos todos juntos, pero esta vez padre no venía, y yo no acababa de confiar del todo en los dos papeles escritos a máquina que nos había dado dentro de un sobre al despedirse de nosotros en la puerta del coche de línea. Sin embargo, todo salió bien. Madre conocía a uno de los dos guardias que viajaban en aquel tren, un cabo que había pasado por Fuensanta antes de ser trasladado a la Comandancia de Jaén, y él ni siquiera necesitó leer el papel para llamar al revisor, explicarle que éramos la familia de un compañero, acomodarnos a todos y darme un puñado de caramelillos de menta, muy fuertes, de esos que pican a la vez en la lengua y en el paladar.

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