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Authors: Antonio Cabanas

Tags: #Histórico

El hijo del desierto (46 page)

La princesa suspiró resignada, pero enseguida recobró su ánimo pues a no mucho tardar aquel hombre le pertenecería para siempre y nadie, ni su propia madre, podría interponerse entre ellos. Su plan estaba bien trazado, y para llevarlo a efecto debía ser cauta. Por eso, en la recepción ofrecida aquella misma tarde, Nefertiry se había mostrado ausente a los ojos de la corte. Tal y como si en realidad no estuviera, se mantuvo esquiva y apartada de las miradas, colocándose en un segundo plano. Se dedicó a observar con fingida indiferencia a cuantos la acompañaban. La corte le resultaba insoportable desde hacía algún tiempo, y últimamente apenas hablaba con su familia.

Con su hermana casi no tenía relación, ya que ésta pasaba la mayor parte de sus días en Karnak. Sin embargo, no existían diferencias entre ellas; era sólo que vivían en mundos distintos, sin que nadie tuviera culpa de ello. Observó a Amenemhat con disimulo y sintió ganas de abofetearlo en público. Lo detestaba por lo que había ocurrido, y se estremeció al imaginarse ser amada por él. Su estómago le dio un vuelco al pensar en yacer en su lecho, y lo aborreció doblemente por ello.

También se había fijado en su padre. El dios se encontraba pletórico de majestad e irradiaba esa fuerza que poseía su
ka
inmortal, desparramando su poder por toda la sala. Tenía razón su madre: los ojos de Tutmosis no hacían sino dirigirse hacia su nueva esposa, Meritre-Hatshepsut, como si se tratara de un adolescente en busca de su primera noche de amor. Otras reinas menores como Menwi, Merti y Menhet, princesas de origen sirio a las que su padre siempre había amado, permanecían en una posición más discreta, y Nefertiry tuvo que reconocer que Menjeperre se había enamorado.

Para ella resultó toda una prueba el apartar sus ojos de los de su gran amor. Allí estaba, sobresaliendo entre toda la corte, espléndido como un guerrero de los tiempos en los que los milenarios dioses gobernaran Kemet. Su aspecto era el de un hombre curtido por la vida, pletórico de fuerza a sus veinte años, y más guapo de lo que lo recordaba. Hubiera deseado salir corriendo para arrojarse entre sus brazos, para cubrirlo con sus besos, pero Hathor deseaba que esperase un poco más, pues su recompensa se encontraba cerca. Nefertiry se dio cuenta de la desolación de Sejemjet al no ser correspondido por sus miradas, y ella se sintió aún más desolada, aunque se abstuviera de demostrarlo.

Cuando la ceremonia terminó y su amado fue reconocido por el favor del dios ante toda la corte, la princesa se retiró discretamente. Era entonces cuando se pondrían en marcha sus planes; después no habría posibilidad de dar marcha atrás.

Escondida junto al lago, Nefertiry esperó a que la luna se alzara majestuosa, tal y como a ella le gustaba. Fue en ese momento cuando ordenó ir en busca de Sejemjet. Ella se introdujo en el agua, igual que si se tratara de parte de un ritual que ambos habían comenzado años atrás. Así debía ser, pues la misma luna y las aguas que los despidieran un día debían acogerlos de nuevo, como si todo aquel tiempo de ausencia no hubiera sido sino parte de un profundo sueño del que ahora despertaban. Todo estaba como debía. La luz de la luna, las cálidas aguas con las que Hapy les daba la bienvenida, la fragancia de un jardín capaz de embriagar a los dioses... y su pasión, que sabía se desbordaría sin remedio.

Entonces apareció él, y ella lo llamó con voz queda. Al pronunciar su nombre sintió que los labios le quemaban, y que el corazón quería salir a recibirlo antes de que lo hicieran sus brazos. Luego oyó su voz, y lo vio acercarse para acto seguido sumergirse a su lado con el ansia del que encuentra un oasis en el desierto. Después, la diosa del amor les dio por fin su bendición, y las pasiones se desataron como una tormenta. Nefertiry sabía que ya nada sería igual.

* * *

Antes de acompañar a Mini a visitar a su familia, Sejemjet se pasó por casa de Heka. Al verlo, los vecinos lo saludaron con cariño, e incluso le dieron palmadas afectuosas en la espalda.

—Siempre supimos que serías grande, Sejemjet —le dijo una señora—. Desde pequeño diste muestras de tu fuerza. Recuerda que fuiste el único de tu familia con quien la feroz Sejmet no pudo. Todavía te veo corriendo hacia el río para jugar al cabrito a tierra.

El joven sonreía agradecido por el afecto que le demostraban, y al llegar a la casa de Heka percibió otra vez las viejas sensaciones de paz y tranquilidad que reinaban en el hogar de la anciana. Ésta parecía estar esperándole, ya que lo abrazó durante largo rato. Heka se encontraba como siempre, aunque los años ya le pesaban.

—Mi tiempo está próximo a cumplirse, hijo mío. Qué le vamos a hacer, son las leyes de los dioses creadores.

—No digas eso, madre. Tú eres inmortal.

—Qué más quisiera yo —río Heka.

Sejemjet se quedó a dormir aquella noche con la anciana, que le había vuelto a preparar sus platos preferidos. Luego se sentaron junto al fuego y Sejemjet le contó todo lo que afligía a su corazón; su amor por Nefertiry, y cuanto ésta le había dicho acerca de las amenazas de la reina. Heka permaneció abstraída durante varios minutos, observando los caprichosos dibujos de las llamas.

—De poco te servirán mis consejos, pues el corazón de los enamorados sigue a los suyos —dijo de repente.

—La amo con todas mis fuerzas, madre.

—¿Lo ves? Es lo que te decía. —El joven la miró como si suplicara una solución que los labios de Heka no podían darle—. Son poderes que os sobrepasan, Sejemjet.

—Pero nuestro amor es aún más fuerte. Nada podrá contra él.

—Ojalá fuera como aseguras, mas la realidad suele sorprendernos, incluso en casos tan hermosos como el vuestro. —Sejemjet sacudió la cabeza, desanimado—. El poder del dios de Kemet no tiene rival.

—Pero él me ha favorecido con su reconocimiento.

—Eso de nada valdrá en este caso. Hay en juego intereses que nunca podréis manejar. Si os oponéis a sus deseos, la reina os destruirá.

—Pero...

—Hazme caso, hijo mío. No puedes unir tu destino al de una princesa, pues la ira de Egipto caerá sobre vosotros y tú no serás capaz de luchar contra eso. Tu poder de nada servirá en esta ocasión, y tu nombre se acabará perdiendo.

—Si es preciso, abandonaremos Kemet para siempre y empezaremos una nueva vida en otro lugar.

—Las cosas no son tan sencillas. El corazón del amante no es capaz de ver las sombras del camino. Y te aseguro que el vuestro estaría plagado de ellas. Si deseas mi consejo te lo daré, mas no creo que te guste.

—Aun así quisiera escuchar tus palabras. Aunque sólo sea para recordar que un día me advirtieron y no hice caso.

—Olvida a Nefertiry, Sejemjet. Sólo veo dolor y muerte en vuestro amor. Habrá otras mujeres en tu vida con las que podrás encontrar la felicidad que siempre has buscado. Tu camino se abre ahora esplendoroso ante ti, no lo abandones por seguir senderos que sólo te conducirán al desastre.

—Los dioses no son justos. Toda mi vida ha sido una permanente prueba a la que me han sometido con sus dedos caprichosos. Es como si quisieran que vagara sin descanso, sin encontrar la paz que sólo el amor puede dar.

—Ellos siguen su camino. Los dioses acostumbran a burlarse, y poco les importa adónde te dirijas. Mas siempre te dan la opción de elegir, no lo olvides, hijo mío.

Cuando a la mañana siguiente se despidieron, todavía sonaban en su corazón las palabras de Heka. Era su consejo y, aunque cargado de sabiduría, Sejemjet era consciente de que le sería imposible seguirlo. Por primera vez había conocido el amor, y no estaba dispuesto a vivir el resto de sus días sin él.

Al abrazar a Heka, ésta no pudo evitar el derramar algunas lágrimas.

—Allá donde vayas, llevarás mi bendición —le dijo antes de verlo partir.

Heka se quedó un rato observándole mientras se alejaba calle abajo, hasta que desapareció entre la gente. Ya no volverían a verse más.

* * *

Madu estaba tal y como lo recordaba. Calles estrechas, extensos palmerales y por todos lados viejos soldados que compartían sus recuerdos. Al verlos pasar, les sonreían y hubo alguno que hasta se cuadró para saludarlos, como correspondía a un soldado bien disciplinado.

Al llegar a la casa de Mini, su padre se quedó petrificado; aquello más parecía una aparición venida del templo de Montu que una realidad que, en todo caso, le resultaba imposible de asimilar. Su hijo, su pequeño Mini, se había convertido en portaestandarte; asombroso.

—Dime que mis ojos no me traicionan, hijo mío. Dime que no se trata del sueño de un pobre viejo.

—No es ningún sueño. El dios nos ha señalado con su dedo ¡Ahora somos
tay srit!
—exclamó Mini sin poder contener su euforia.

—¡Montu nos proteja! ¡Cuánta alegría! ¡Say, Isis, venid enseguida, mirad quién ha llegado! —gritó Ahmose.

Mini se fundió en un abrazo con su familia. Su madre lo cubrió de besos como si no lo fuera a ver más, y su hermana le sonreía en tanto le cogía la mano.

—¡Hoy tiraremos la casa por la ventana y prepararemos una cena digna del faraón! Nunca pensé en poder ver algo así. Mi hijo convertido en
tay srit,
algo que yo tardé en conseguir toda mi vida. ¡Cuánta emoción!

Aquella noche volvieron a repetir la cena que Sejemjet tan bien recordaba y que no pocas veces le había producido nostalgia. El lugar era tan hermoso que el joven volvió a experimentar aquella sensación única del que se siente en casa. Le gustaba estar allí. Say les preparó un banquete en el que no faltaron las empanadillas de queso, los huevos de codorniz salteados, la ensalada de lentejas, las habas al estilo de Madu y los exquisitos pichones asados que Sejemjet tantas veces había recordado. Acostumbrados a pasar penurias, aquello era un festín de dimensiones colosales.

—Comed hasta que os hartéis —les invitaba Ahmose—, que yo sé bien lo que es pasar calamidades. Tres días llegué a estar una vez sin poder beber agua, y cuando la encontré era tan salobre que parecía orín.

Say se enfadaba al escuchar aquellas cosas, pues era muy considerada en la mesa.

—No empieces con tus historias, Ahmose, que estamos comiendo.

—Mujer, no te enfades, es que hoy es un gran día. ¿Acaso no te alegras del regreso de tu hijo?

—Bien sabe la diosa Isis, de la que soy devota, que soy muy feliz al tenerle de nuevo con nosotros, y también de volver a verte, Sejemjet. Os fuisteis la primera vez siendo casi unos niños y volvéis hechos hombres.

—Y además de los buenos. Nada que ver con los chiquilicuatros que tanto abundan por ahí. Éstos son hombres de verdad. A éstos se los reconoce enseguida —indicó Ahmose.

—Si supierais cuánto me he acordado de vosotros —dijo Mini—. Casi no habéis cambiado... Bueno, mi hermana sí, ya veo que va vestida, y que se ha hecho mujer. Puede que hasta tenga novio.

Isis, la hermana, se ruborizó, ya que era muy tímida.

—No lo tiene, pero podría —intervino su madre—. Como veis es muy bonita, y ya se intuye que se convertirá en una belleza. —Isis se puso colorada como una granada—. Seguro que podrá elegir un marido que la colme de abundancia.

A Isis no le gustaba nada que su madre hablara públicamente de los planes que albergaba para ella. Say estaba obsesionada con la idea de que su hija se casara con un alto funcionario o un jerarca de alguno de los poderosos cleros del país, pero a ella le gustaba pasear por los campos y ver a los animales bañarse en el río, observar cómo los primeros brotes surgían de la tierra y cómo crecían hasta llenar de color los cultivos. Todo era magia, y ella creía entenderla, estaba por todos los lados: en la crecida, en la siembra, en la cosecha, en la luz que acariciaba los palmerales donde se perdía para empaparse de todo lo que la rodeaba. El ciclo natural se hallaba por donde quiera que mirase, y ésa era su felicidad. Formar parte de cuanto veía le parecía mucho más valioso que los palacios con los que soñaba su madre. De ella había heredado sus ojos oscuros y algo rasgados y su devoción por la Gran Madre: Isis. Por eso le impusieron su nombre; un nombre magnífico, al que ella hacía honor ya que la niña parecía estar envuelta en cierto misterio.

Aunque sólo contara con doce años, su mirada proyectaba una luz que le hacía parecer enigmática, como si a través de ella pudiera leer los corazones. Sentada a la mesa, su
ba
se encontraba alegre de ver a su familia tan contenta, de que su hermano hubiera regresado sano y salvo de los lejanos países asiáticos. Con él volvía su amigo, al que recordaba perfectamente. Ahora era un hombre poderoso; sin embargo, ella podía intuir que había sufrimiento en su corazón, y que más allá de la belleza de su rostro y la fuerza de sus músculos, se escondía un gran misterio que lo atormentaba. Isis lo observaba con discreción, pero era capaz de leer cada uno de sus gestos, y como les ocurriera a otros muchos, se sintió fascinada.

—Hoy no podéis rechazar el beber conmigo como corresponde a buenos camaradas. Es vino procedente de los viñedos del templo de Montu. Los
menefyt
solemos ayudar a pisarlo, y aunque no sea el mejor, nos sabe a gloria —dijo Ahmose paladeándolo—. Pero debéis contarme más pormenores de las campañas. Hasta aquí llegaron noticias increíbles sobre conquistas de ciudades y naciones hasta la orilla del Éufrates. El dios tomó todo Retenu, e hizo huir a los mitannios.

—A los mitannios y a muchos más, padre. Tutmosis ha sojuzgado a todos los pueblos de Siria.

Luego le relataron algunas historias; cómo conquistaron Joppa, Kadesh, Ullaza, Aleppo, Karkemish... Ahmose los observaba con los ojos muy abiertos, como si se encontrara ante dos dioses de la guerra.

—Sejemjet fue el primero en atravesar el Éufrates. Él solo hizo correr a los mitannios hacia sus escondrijos. El dios lo ha nombrado
kenyt nesw.

Ahmose tragó saliva con dificultad. Nada menos que valiente del rey... No le cabía duda de que el joven debía ser un guerrero formidable.

—Honras nuestra mesa, noble Sejemjet —dijo respetuosamente—. Yo llegué una vez hasta ese gran río, en los confines de la Tierra. Una zona inhóspita, llena de enemigos que acechan a cada paso. Grande ha sido la victoria del dios contra esa chusma asiática. Brindemos por ello y alegremos nuestros corazones.

El vino dio paso al
shedeh,
y el fortísimo licor empezó a hacer estragos en la lengua del viejo Ahmose.

—¡Contadme de nuevo la conquista de Joppa! —exclamaba eufórico—. Nunca vi ardid semejante.

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