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Authors: Michael Moorcock

Tags: #Fantástico

El dragón en la espada

 

Éstas son las crónicas del Campeón Eterno, conocido en los diferentes planos del Multiverso por muchos otros nombres: Erekosë, Elric, Hawkmoon, Corum...

Michael Moorcock

El dragón en la espada

Crónicas del Campeón Eterno III

ePUB v1.0

Dyvim Slorm
05.12.11

Título original: The Dragon in the Sword

ISBN 84-270-1481-3

1986 by Michael Moorcock

Para Minerva, la más noble romana.

Prólogo

¡Rosa de todas las Rosas, Rosa del Mundo entero!

Tú, también, has venido donde las oscuras olas saltan

sobre los muelles del dolor, y has escuchado

la campana que nos llama, el dulce tañido lejano.

Su eternidad afligió a la Belleza,

te convirtió en uno de los nuestros, y del sombrío mar gris.

Nuestras largas naves rinden sus velas entretejidas de pensamientos y aguardan,

pues Dios les ha prometido compartir el mismo hado,

y cuando, al fin derrotadas en Sus guerras,

se han hundido bajo las mismas estrellas blancas,

Él nunca más escuchará el lamento

de nuestros tristes corazones, que no pueden vivir ni morir.

W. B. YEATS

La Rosa de la Guerra

Soy John Daker, la víctima de los sueños del mundo entero. Soy Erekosë, Campeón de la humanidad, el que exterminó a la raza humana. Soy Urlik Skarsol, señor de la Fortaleza Helada, el que empuñó la Espada Negra. Soy Ilian de Garathorm, Elric Matamujeres, Hawkmoon, Corum y muchos más —hombre, mujer o andrógino—. He sido todos ellos. Y todos son guerreros que combaten en la perpetua Guerra de la Balanza, dedicados a imponer la justicia en un universo siempre amenazado por el Caos incesante, a instaurar el Tiempo en una existencia sin principio ni fin. Sin embargo, no es ésta mi verdadera maldición.

Mi verdadera maldición consiste en recordar, siquiera vagamente, cada encarnación diferente, todos los momentos de una infinidad de vidas, una multiplicidad de edades y mundos, concurrentes y secuenciales.

El Tiempo es a la vez la agonía del presente, el largo tormento del pasado y la terrible perspectiva de incontables futuros. El Tiempo constituye también un complejo de realidades que se entrecruzan sutilmente, de imprevisibles consecuencias y causas ignotas, de profundas tensiones y dependencias.

Aún no sé por qué fui elegido para este destino o cómo llegué a cerrar el círculo que, si no me liberó, al menos contenía la promesa de mitigar mi dolor.

Sólo sé que mi sino es luchar eternamente y disfrutar de la paz en contadas ocasiones, porque soy el Campeón Eterno, defensor, y al mismo tiempo destructor, de la justicia. En mí, toda la humanidad está en guerra; en mí, macho y hembra se aunan, en mí combaten; en mí, muchas razas aspiran a convertir en realidad sus mitos y sueños...

No obstante, soy tan humano como cualquiera de mis iguales. El amor y la desesperación, el miedo y el odio se apoderan de mí con idéntica facilidad.

Fui y soy John Daker, y conseguí hallar por fin una cierta paz, la apariencia de una conclusión. Voy a tratar de poner por escrito mi historia final...

Ya he explicado cómo fui llamado por el rey Rigenos para luchar contra los Eldren y cómo me enamoré y cometí un terrible pecado. He narrado asimismo lo que ocurrió cuando (supongo que en castigo por mi crimen) fui llamado a Rowernarc, cómo fui inducido a empuñar de nuevo la Espada Negra contra mi voluntad, cómo encontré a la Reina de Plata, y lo que hicimos juntos en las llanuras del Hielo Austral. Creo que también he contado en alguna parte otras de mis aventuras, o acaso fueron transmitidas por otros que las oyeron de mis labios. Me he referido a las circunstancias que me llevaron a viajar en una nave oscura, guiada por un timonel ciego. Sin embargo, no estoy seguro de haber descrito cómo abandoné el mundo del Hielo Austral y mi identidad de Urlik Skarsol, así que empezaré mi historia con mis últimos recuerdos del planeta agonizante, cuyas tierras sucumbían lentamente al asalto del frío y cuyos mares perezosos estaban tan saturados de sal que podían sostener el peso de un hombre adulto. Habiendo expiado hasta cierto punto mis anteriores pecados en aquel mundo, confiaba en reunirme con mi único amor, la hermosa princesa de los Eldren, Ermizhad.

Aunque un héroe para aquellos a los que había ayudado, me abismé cada vez más en mi soledad y sufrí raptos de una melancolía casi suicida. En ocasiones, me encolerizaba sin objeto contra mi hado, contra aquello y aquellos que me separaban de la mujer cuyo rostro y presencia llenaban mis horas, tanto despierto como dormido. ¡Ermizhad! ¡Ermizhad! ¿Habría existido alguien que amara con tal profundidad y constancia?

Recorría el Hielo Austral en mi carruaje de plata y bronce tirado por grandes osos blancos, siempre inquieto, acosado por los recuerdos, rezando para volver junto a Ermizhad, presa de un anhelo casi doloroso. Dormía poco. De vez en cuando regresaba al Fiordo Escarlata, donde muchos se alegraban de ser mis amigos y oyentes, pero las ocupaciones habituales que llenaban las vidas de la gente conseguían irritarme. Evitaba su hospitalidad y compañía siempre que me era posible, pues detestaba parecer hosco. Me confinaba en mis aposentos y allí, medio dormido, siempre agotado, intentaba abstraerme por completo, separarme de mi cuerpo, buscar en el plano astral, como yo lo denominaba, a mi amor perdido. Sin embargo, había muchos planos de existencia, un infinito número de mundos en el multiverso, como ya sabía, una enorme variedad de cronologías y geografías posibles. ¿Cómo podría explorarlos todos y encontrar a mi Ermizhad?

Me habían dicho que tal vez daría con ella en Tanelorn, pero ¿dónde se hallaba Tanelorn? Sabía por mis recuerdos de otras existencias que la ciudad adoptaba muchas formas y resultaba muy difícil localizarla, incluso para alguien avezado en moverse entre las numerosísimas capas del Millón de Esferas. ¿Qué posibilidades tenía, encadenado a mi cuerpo, encadenado a un plano terrenal, de encontrar Tanelorn? Si bastara con el anhelo, ya habría descubierto la ciudad una docena de veces.

Poco a poco, los efectos del agotamiento se hicieron notar. Algunos pensaban que iba a morir, otros que me volvería loco. Les tranquilicé, aduciendo que mi voluntad era demasiado fuerte para permitirlo. Accedí, no obstante, a aceptar medicamentos que me ayudaron, por fin, a dormir profundamente y, casi con alegría, empecé a experimentar los sueños más extraños.

Al principio, me pareció que iba a la deriva en un océano informe de luz y color que remolineaba en todas direcciones. Poco a poco comprendí que contemplaba el multiverso. Percibía, hasta cierto punto, todas las capas y todos los períodos al mismo tiempo. Sin embargo, mis sentidos eran incapaces de seleccionar un detalle en particular de esta visión asombrosa.

Después, fui consciente de que caía muy despacio, pasando a través de todas las edades y planos de la realidad, a través de mundos, ciudades, grupos de hombres y mujeres, bosques, montañas y océanos, hasta que vi frente a mí una pequeña isla llana y verde que ofrecía una tranquilizadora apariencia de solidez. Cuando mis pies se posaron sobre ella, olí a hierba fresca y vi pequeñas extensiones de césped y algunas flores silvestres. Todo semejaba de una sencillez maravillosa, aunque existiera en aquel caos revuelto de color puro, de oleadas de luz que cambiaba constantemente de intensidad. Otra figura se erguía sobre aquel fragmento de realidad. Iba cubierta de pies a cabeza con una armadura a cuadros amarillos y negros, y la visera me impidió discernir algún detalle del ser en cuestión.

Sin embargo, sabía quién era, pues nos habíamos encontrado antes. Le conocía como el Caballero Negro y Amarillo. Le saludé, pero no respondió. Me pregunté si habría muerto petrificado en el interior de su armadura. Una bandera de color claro, desprovista de insignias, ondeaba entre nosotros. Podía tratarse de una bandera de tregua, pero no existía enemistad entre ambos. Era un hombre gigantesco, más alto que yo. Nuestro último encuentro había tenido lugar sobre una colina, mientras veíamos a los ejércitos de la humanidad luchar a lo largo y ancho de los valles. Ahora no mirábamos nada. Yo deseaba que alzara el yelmo y descubriera su rostro. No lo hizo. Deseaba que hablara. No fue así. Deseaba escuchar la confirmación de que estaba vivo. No se produjo.

El sueño se repitió muchas veces. Noche tras noche le supliqué que me revelara su identidad, formulé las mismas peticiones de siempre y no obtuve ninguna respuesta.

Por fin, una noche, hubo un cambio. Antes de que procediera a recitar mis súplicas rituales, el Caballero Negro y Amarillo me habló...


Ya te lo he dicho antes. Responderé a cualquier pregunta que me hagas.

Era como si prosiguiera una conversación cuyo principio yo hubiera olvidado.


¿Cómo puedo hallar de nuevo a Ermizhad?


Tomando pasaje en el Bajel Negro.


¿Dónde encontraré el Bajel Negro?


El barco irá a tu encuentro.


¿Cuánto tiempo he de esperar?


Más del que deseas. Debes dominar tu impaciencia.


Esa respuesta es muy vaga.


Te prometo que es la única que puedo darte.


¿Cómo te llamas?


Al igual que tú, he sido dotado de muchos nombres. Soy el Caballero Negro y Amarillo. Soy el Guerrero Que No Puede Combatir. A veces me llaman el Lirio Blanco.


Déjame ver tu cara.


No.


¿Por qué?


Ah, ésa es una pregunta delicada. Creo que todavía no ha llegado el momento. Si te revelara demasiadas cosas, eso afectaría a demasiadas cronologías. Has de saber que el Caos amenaza todos los planos del multiverso. La Balanza se inclina en exceso a su favor. Hay que respaldar la Ley. Hemos de evitar males mayores. Estoy seguro de que pronto sabrás mi nombre. Pronto, según tu medida del tiempo. En la mía, bien podrían pasar diez mil años...


¿Puedes ayudarme a regresar junto a Ermizhad?


Ya te he explicado que debes esperar el barco.


¿Cuándo hallaré la paz espiritual?


Cuando hayan concluido todas tus tareas, pero antes te esperan algunas.


Eres cruel, Caballero Negro y Amarillo, por responderme con tanta vaguedad.


Te aseguro, John Daker, que no poseo respuestas más concretas. No eres el único que me acusa de crueldad...

Hizo un amplio ademán, y pude ver que señalaba un risco. Hilera tras hilera de guerreros provistos de armaduras abolladas se alineaban hasta el mismo borde, algunos a pie, otros a lomos de monturas que no podían ser calificadas de caballos normales. Me hallaba lo bastante cerca para observar sus rostros. Tenían ojos vacuos, que habían contemplado horrores sin cuento. No podían vernos, pero me dio la impresión de que nos estaban suplicando; al menos, al Caballero Negro y Amarillo.


¿Quiénes sois?
—grité.

Y entonces me contestaron, alzando la cabeza para entonar una letanía aterradora.


Somos los olvidados. Somos los últimos. Somos los crueles. Somos los Guerreros en los Confines del Tiempo. Somos los pisoteados, los desesperados, los traicionados. Los veteranos de mil guerras psíquicas.

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