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Authors: Lian Hearn

Tags: #Aventura, Fantastico

El brillo de la Luna (5 page)

A menos que pudiésemos cruzar el río, nos encontrábamos atrapados.

—Cabalga conmigo hacia delante —le propuse a Makoto—. Echemos una ojeada.

Le pedí a Kahei que hiciera avanzar al resto del ejército a paso lento, con la excepción de un centenar de hombres, que debían permanecer en la retaguardia para tomar rumbo hacia el este en caso de que nos topáramos con tropas enemigas.

Apenas habíamos avanzado un kilómetro Makoto y yo, cuando escuché el amenazador rugido del río desbordado. Aumentado por la nieve derretida, su caudal, de un verde amarillento, cruzaba a toda velocidad el paisaje primaveral. Mientras íbamos abandonando el bosque, atravesábamos las plantaciones de bambú y llegábamos a la orilla cubierta de juncos, tuve la impresión de que arribábamos al ancho mar. El agua se extendía más allá de lo que nuestros ojos podían ver y la lluvia, que caía incesante sobre la superficie del río, tenía el mismo tono plomizo del cielo. Debí de ahogar un grito de sorpresa, porque Makoto me dijo:

—No es tan grave como parece a simple vista. Casi todo son terrenos de cultivo inundados.

Entonces distinguí los diques y caminos que delimitaban los campos de arroz. Las plantaciones, habitualmente poco profundas, estaban cubiertas por el río desbordado. El caudal, de unos treinta metros de anchura, había sobrepasado algunos diques de protección, por lo que llegaba a tener más de tres metros de profundidad. Podían contemplarse los restos del puente de madera: dos pilares que elevaban sus oscuras puntas entre los remolinos de agua. Parecían desamparados bajo la intensa lluvia, como si fuesen testigos de que los sueños y ambiciones de los hombres suelen quedar arruinados por la fuerza de la naturaleza y el paso inexorable del tiempo.

Estaba contemplando el río y meditando sobre la posibilidad de cruzarlo a nado o acaso reconstruir el puente, cuando escuché por encima del incesante rugido del agua sonidos que denotaban actividad humana. Agucé el oído y me pareció distinguir voces, el sonido de un hacha y el inconfundible golpe seco de los troncos al caer.

A mi derecha, corriente arriba, el curso del río formaba un meandro donde el bosque se acercaba más a la orilla. Vi los restos de lo que podía haber sido un embarcadero o un muelle de carga, posiblemente para trasladar la madera hasta el pueblo más cercano. Hice girar la cabeza de mi caballo y sin pensarlo dos veces empecé a cabalgar a través de los campos anegados en dirección a la curva del río.

—¿Qué ocurre? —preguntó Makoto a gritos, mientras me seguía.

—Hay alguien allí.

Aoi
se resbaló, estuvo a punto de caerse y tuve que agarrarme a las crines con fuerza.

—¡Regresa! —me pidió Makoto con un grito—. Puede resultar peligroso. No debes ir solo.

Oí cómo Makoto se descolgaba el arco del hombro y colocaba una flecha en la cuerda. Los caballos hundían las pezuñas en el barro y salpicaban el agua poco profunda. En mi mente iba tomando forma el recuerdo de otro río, también infranqueable. En ese momento, averigüé a quién encontraría.

Allí estaba Jo—An, medio desnudo, empapado, con más de treinta parias. Habían recogido las maderas sueltas del embarcadero, destrozado por la crecida de las aguas, y habían talado varios árboles y cortado cañas en cantidad suficiente como para construir uno de sus puentes flotantes.

Cuando me vieron hicieron un alto en su trabajo y, uno a uno, empezaron a caer de rodillas sobre el barro. Me pareció reconocer a algunos de los hombres de la curtiduría. Seguían con el mismo aspecto famélico y desarrapado de entonces y sus ojos ardían con la misma intensidad. Intenté imaginar las penalidades por las que habrían pasado para escapar, junto a Jo—An, de su territorio; estaban quebrantando las leyes sobre la tala de árboles, y sólo por la débil promesa de que yo les traería paz y justicia. No deseaba pensar sobre el sufrimiento al que serían sometidos en caso deque les fallara.

—¡Jo—An! —le llamé con un grito.

Se acercó y se situó a uno de los flancos de mi caballo. Éste resopló ante su presencia e intentó encabritarse, pero el paria agarró las riendas y lo apaciguó.

—Que continúen trabajando —dije, y añadí—: Mi deuda contigo es cada vez mayor.

—No me debes nada —replicó él—. Todo se lo debes a Dios.

Makoto se acercó a nosotros a lomos de su caballo y abrigué la esperanza de que no hubiera escuchado las palabras de Jo—An. Nuestras monturas juntaron los hocicos, y el semental negro relinchó e intentó morder al otro animal, Jo—An le propinó un manotazo en el cuello.

Makoto clavó la mirada en el paria.

—¿Parias? —exclamó, sin dar crédito—. ¿Qué hacen aquí?

—Salvarnos la vida. Están construyendo un puente colgante.

Makoto tiró de las riendas e hizo retroceder al caballo. Bajo su yelmo percibí una mueca de desdén.

—Nadie lo utilizará... —empezó a decir; pero yo le interrumpí.

—Lo harán, porque yo así lo ordeno. Es nuestra única vía de escape.

—Podemos abrirnos camino luchando hasta llegar al puente de Yamagata.

—¿Y así perder un tiempo precioso? En cualquier caso, nos superarían en una proporción de cinco hombres a uno y careceríamos de ruta por la que batirnos en retirada. No voy a tomar esa decisión. Cruzaremos el río por el puente. Regresa hasta donde se encuentran los hombres y trae a un buen número de ellos para trabajar junto a los parias. Que los demás se preparen para atravesar las aguas.

—Nadie querrá cruzar este puente construido por parias —sentenció Makoto.

Me habló como si yo fuera un niño, lo que me enfureció. Tuve la misma sensación que meses atrás, cuando los guardias de Shigeru permitieron la entrada de Kenji al jardín de la casa de Hagi, engañados por los trucos de éste, sin caer en la cuenta de que se trataba de un experto asesino de la Tribu. Yo sólo podía proteger a mis hombres si éstos me obedecían. Olvidé que Makoto era mayor que yo, más instruido y con mayor experiencia. Dejé que la cólera me obcecara.

—Haz inmediatamente lo que te ordeno. Debes persuadirlos o, de lo contrario, tendrás que vértelas conmigo. Que los guerreros actúen de centinelas mientras que los caballos de carga y los soldados de a pie cruzan el río. Trae un destacamento de arqueros para que cubran el puente. Lo atravesaremos antes del anochecer.

—Señor Otori —contestó Makoto, e inclinó la cabeza.

Acto seguido, dirigió a su caballo a través de los anegados campos de arroz y ascendió por la ladera de la montaña.

Me quedé mirándole hasta que desapareció entre las varas de bambú y entonces dirigí mi atención a la labor de los parias. Estaban atando las planchas de madera del antiguo embarcadero y los troncos recién talados para formar balsas, cada una de las cuales se asentaba sobre hatillos de cañas unidos por cuerdas elaboradas con cáñamo y corteza de árbol. Según iban terminando las balsas, las colocaban sobre el agua y las amarraban a continuación de las que ya flotaban sobre el río; pero la fuerza de la corriente las empujaba hacia la orilla.

—Hay que anclar el puente en la orilla de enfrente —le comenté a Jo—An.

—Alguien irá nadando hasta allí —replicó él.

Uno de los hombres más jóvenes agarró un rollo de cuerda, se lo ató alrededor de la cintura y se lanzó al río; pero la corriente le arrastró. Vimos cómo levantaba los brazos por encima de la superficie y, entonces, desapareció bajo las aguas amarillentas. Otros hombres le sacaron a tierra; había estado a punto de ahogarse.

—Dadme la cuerda —ordené.

Jo—An, angustiado, dirigió la vista a la otra orilla.

—No, señor. Espera —me suplicó—. Cuando lleguen tus hombres, pídele a uno de ellos que cruce el río a nado.

—Cuando mis hombres lleguen, el puente tiene que estar acabado —repliqué con tono de enfado—. Dame la cuerda, te digo.

Jo—An desató la cuerda de la cintura del joven, quien en ese momento se encontraba sentado en el suelo escupiendo agua, y me la entregó. Sin perder un momento, me la até alrededor de la cintura y espoleé a mi caballo para que avanzara. La cuerda se le enredó en una de las patas, lo que le hizo dar un salto; antes de que pudiera darse cuenta, se había zambullido en el agua.

Yo lanzaba gritos de ánimo y el animal echó hacia atrás una oreja para escucharme. Al principio el agua sólo le cubría hasta el corvejón; cuando el río se hizo más profundo y el agua le llegó hasta los hombros, el caballo arrancó a nadar. Intenté mantener su cabeza en la dirección indicada; pero, a pesar de la fortaleza del animal, las aguas nos arrastraron río abajo, hacia los restos del antiguo puente.

La visión resultaba desoladora. La corriente arrojaba ramas y desechos contra los pilares; si mi caballo se viese atrapado allí, el pánico le invadiría y ambos nos ahogaríamos. La fuerza torrencial del río me aterrorizaba, al igual que a mi caballo, que echaba las orejas hacia atrás y ponía los ojos en blanco. Por fortuna, el miedo le otorgaba mayor fuerza. Con un esfuerzo titánico, empezó a mover las cuatro patas. Logramos esquivar los pilotes por tan sólo unos metros y, de repente, la corriente remitió. Habíamos superado la mitad de la anchura del río. Momentos más tarde, el caballo pudo apoyar las patas y empezó a avanzar, no sin dificultad, pues las pezuñas se le hundían en el barro del lecho del río. Por fin, consiguió trepar hasta la orilla y se quedó inmóvil, con la cabeza gacha y falto de respiración, su anterior majestuosidad esfumada por completo. Desmonté y le di unas palmadas en el cuello al tiempo que alababa su pericia como nadador y le decía que su padre debía de haber sido un espíritu del agua. Ambos nos encontrábamos tan empapados que se diría que fuéramos peces.

Yo notaba el tirón de la cuerda en mi cintura y temí que me arrastrara de vuelta al agua. Me acerqué medio a gatas hasta una pequeña arboleda situada a orillas del río. Los árboles rodeaban un minúsculo santuario dedicado al dios del zorro, a juzgar por las estatuas blancas. A causa del desbordamiento, los troncos estaban sumergidos hasta las ramas más bajas. El agua golpeaba contra la base de las estatuas y daba la impresión de que los zorros de piedra flotasen sobre la superficie. Pasé la cuerda alrededor del tronco del árbol más cercano —un arce de pequeño tamaño que acababa de echar hojas— y empecé a tirar con fuerza. Las raíces oponían resistencia, pero por fin, con desgana, el arbolillo ascendió desde el río. Una vez que hube tirado de él lo suficiente, lo até al tronco de otro árbol de mayor tamaño. Tenía la impresión de que con mi actitud estaba mancillando el santuario, pero en aquel momento no me importaba a qué dios, espíritu o demonio estuviera ofendiendo, siempre que consiguiera que mis hombres atravesaran el río a salvo.

Mientras tanto, no paré de aguzar el oído. No podía creer que aquel lugar estuviese tan desierto como a simple vista parecía; no en vano allí se había erigido el puente de lo que parecía una carretera frecuentemente transitada. A través del siseo de la lluvia y el rugido del río, escuchaba el lamento del milano real, el croar de centenares de ranas entusiasmadas ante la abundancia de humedad y el graznido de los cuervos, que llamaban con aspereza desde el bosque. ¿Dónde estaba la gente?

Una vez asegurada la cuerda, unos diez parias cruzaron el río aferrados a ella. Con más habilidad de la que yo tenía, desataron los nudos, los hicieron de nuevo e instalaron un sistema de poleas utilizando las suaves ramas del arce. Lenta y laboriosamente, fueron tirando de las balsas, faltos de respiración y con los músculos tan tensos como cuerdas. El río se abalanzaba contra las balsas, indignado por semejante intrusión en su dominio; pero los parias perseveraron y éstas, que se mantenían a flote gracias a los colchones de caña sobre los que se apoyaban, respondieron como si fueran bueyes; centímetro a centímetro, se fueron acercando hasta nosotros.

Uno de los extremos del puente flotante fue arrastrado por la corriente y quedó atascado entre los pilares de la antigua pasarela. De no haber sido así, con toda probabilidad el río nos habría derrotado. El puente estaba a punto de completarse, pero no había señal alguna de Makoto ni de los guerreros. Había perdido el sentido del tiempo, porque las nubes estaban demasiado bajas y oscuras como para poder discernir la posición del sol, si bien calculé que habría pasado cerca de una hora. ¿Es que Makoto no había conseguido persuadirlos? ¿Habrían regresado a Yamagata, como él había sugerido? Aunque fuera mi mejor amigo, le mataría con mis propias manos si es que había actuado de tal forma. Agucé el oído, pero no escuché nada, con la excepción del río, la lluvia y el croar de las ranas.

Más allá del santuario en el que me encontraba, la carretera emergía de las aguas. Al fondo se divisaban las montañas, y de sus laderas la bruma colgaba a jirones. Mi caballo tiritaba de frío y decidí moverlo para que entrase en calor. Me monté y avancé cierta distancia por la carretera, pensando que desde una posición superior divisaría con mayor claridad las tierras a la otra orilla del río.

No lejos de allí se encontraba una especie de choza de madera y adobe, con una tosca techumbre de caña. Junto a ella discurría una carretera en la que se había colocado una barrera de madera. Me pregunté qué sería aquello: no parecía un puesto fronterizo oficial y tampoco se veían centinelas por allí.

Al acercarme vi que de la barrera colgaban varias cabezas humanas; algunas, recién cercenadas, y otras, ya convertidas en calaveras. Apenas tuve tiempo de experimentar la repugnancia que aquella visión me provocaba, pues a mis espaldas escuché los ruidos que había estado aguardando: los cascos de caballo y las pisadas de los soldados que llegaban desde el otro lado del río. Miré hacia atrás y, a través de la cortina de lluvia, vi cómo la vanguardia de mi ejército emergía del bosque y se encaminaba hacia el puente chapoteando sobre el agua. Reconocí el yelmo de Kahei, quien cabalgaba a la cabeza, con Makoto a su costado.

Me invadió una sensación de alivio. Hice que
Aoi
girase hacia detrás y cuando el animal divisó las lejanas siluetas de los caballos soltó un sonoro relincho. Al momento surgió de la choza un grito aterrador. La tierra tembló cuando se abrió la puerta de la cabaña y en el umbral apareció el hombre más descomunal que yo jamás había visto, más grande aún que el gigante que acompañaba a los carboneros.

Mi primera impresión fue que se trataba de un ogro o un demonio; no podía ser un humano. Medía más de dos metros y era tan ancho como un buey. A pesar incluso de su enorme tamaño, la cabeza parecía demasiado grande, como si nunca hubiera dejado de crecer. El cabello de aquel ser extraordinario era largo y enmarañado y sus ojos no eran rasgados, sino redondos como los de un animal. Sólo tenía una oreja, inmensa y oscilante. En el lugar donde debiera estar la otra se veía una cicatriz de color gris azulado que brillaba a través del cabello. No obstante, cuando habló, entendí que se trataba de un hombre.

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