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Authors: Martín Lobo

Tags: #Gay, #Fiction

Diario De Martín Lobo (3 page)

Además, hacía meses que guardaba en la guantera de mi cerebro un proyecto que cambiaría mi vida. La idea estaba ahí, en silencio, agazapada y esperando una señal. Sólo era necesario un guiño divino, un golpe del destino, el momento exacto para salir a la luz. Y si los pequeños incidentes de Nochevieja no habían sido suficiente signo, que bajara Dios y me lo dijese a la cara. Iba a cumplir treinta años y, salvo algunos esbozos de bonanza y sosiego que nunca duraban más de veinticuatro horas, mi vida era una auténtica mierda. En lugar de penetrarme, mimarme e invitarme a cenar, los hombres me humillaban, me engañaban y me robaban la cartera. Y mientras no cambiase el zumbido sordo de las discotecas por un club dominical de senderistas vírgenes, esta tendencia autodestructiva no se invertiría jamás.

Me faltaban cojones y dinero para contratar los servicios de un profesional de la psiquiatría, y necesitaba una válvula de escape gratuita y eficaz. Así que había llegado el momento. Tras consultarlo con las altas esferas de la redacción —directores, redactores jefes y demás seres vivos con corbata—, decidí compartir con el común de los mortales los detalles más escabrosos de mi vida íntima. Como no podía vomitar mis frustraciones en el diván de un terapeuta, comencé a escribir un blog en la web del periódico que me da de comer.

—¿Estás seguro, Martín? —me preguntó el responsable de la edición digital—. Vas a exponerte al desprecio, a las fobias y al odio de miles de personas.

Desprecio, fobias, odio... Todo este léxico de bajos instintos sonaba interesante, excitante, reconstituyente. Y a mí siempre me ha gustado meter los dedos en el enchufe.

—No tengo nada que perder. Los pormenores de mi existencia deben ser de dominio público, y quiero compartir con la Humanidad esta gran crónica del desastre.

Mi enajenación mental es un secreto a voces, y esta verborrea con honores de cataclismo ya no extraña ni a propios ni a extraños. Mi jefe resopló, resignado, y desplazó levemente el rostro hacia el cielo. Eso era un sí. El nombre de esta catarsis cibernética sería «Blogback Mountain. Diario de un gay». Yo, Martín Lobo, te bautizo.

2 - Las mil caras del enemigo

16 de enero.
Juro que me he levantado con ganas de portarme bien, con un repugnante entusiasmo invernal, con una sonrisa generosa, juguetona y abierta como las piernas de una hembra de vida alegre. He bebido un Cola-Cao —brebaje de la inocencia que reservo para mañanas exultantes o noches de lluvia— y me he atrevido con una maratoniana sesión de gimnasio —egolatría obliga.

Primer error; compartir sudor y pesas con una manada de heterosexuales bufando una chorrada detrás de otra me destroza los chacras, me descoloca las energías interiores, me sube la bilirrubina... o como se diga. Y para que esta llamada de atención a la estupidez heterosexual no parezca el desvarío folclórico, irritante, alocado y petardo de un gay con un día tonto, voy a poner varios ejemplos. (Vaya por delante mi respeto a la libertad de expresión hetera y la libertad de mi deliciosa escritura.)

Clase de
ciclying
—música, bicicletas estáticas y cambios de velocidad... Un terrorífico festival cardiovascular en una sala que alcanza los 50° centígrados en invierno y 180° en agosto—. El entrenador felicita a uno de sus alumnos por su próxima paternidad. Y yo, periodista y con muy buen oído, estiro la antena para escuchar.

—Así que va a ser niño... ¿Y qué vas a hacer si te sale maricón?

—Matarlo. O presentártelo a ti, gilipollas —responde, todo ternura, el futuro papá.

—Pues como te salga maricón y socialista, entonces te suicidas.

Carcajada general (resulta que yo no soy el único con la parabólica encendida, así que toda la clase —madres de bien, lolitas en la edad del pavo, jubilados...— es cómplice de este derroche de exquisitez).

Odio la palabra maricón desde que tenía doce años, cuando a algunos de mis compañeros de clase les dio por el arte urbano y jugaron a ser grafiteros por un día. La fachada de mi colegio amaneció con una pintada que aún hoy retumba en mi cabeza:

MARTIN LOBO ES MARICÓN

La homofobia gratuita me enferma, me subleva y me predispone al accidente cardiovascular. Heteras del mundo: ni sois tan vírgenes, ni sois tan castos, ni sois tan
gentlemen
como anuncian vuestros susurros de fidelidad eterna. Tenéis la mente igual de sucia que los gays, pero nosotros, que somos muy sufridos, hemos decidido cargar con la fama de putas —yo llevo mi cruz de ramera con la barbilla muy alta y la honra muy limpia—. Es hora de aparcar el romanticismo y de asumir, de una vez por todas, vuestro genoma de perversión.

Como soy un genio generoso, compartiré mi Teoría de los Gays-Heteros-Comunicantes con el universo universal. No copuláis tanto como el sector homosexual por una razón aplastante: porque no compartís urinario con señoritas con pechos como frutas del tiempo y piernas como enredaderas. Si así fuera, iríais todo el día con las ballestas en alto, las comisuras rebosantes de babas y la mirada atolondrada por el deseo.

Que es, por otra parte, lo que nos suele pasar a nosotros. Porque volverán las oscuras golondrinas, ladrarán los gays de vida monacal y me lloverán los palos de bloguero maldito... pero la mayoría de los homosexuales la tenemos más tiempo dentro que fuera. Esto es así, aunque escueza y perfore millones de conciencias, y punto. (Y yo no tengo la culpa, como tampoco fui el encargado de soltar la bombita de Hiroshima.)

Cambiemos, y esto es un suponer, los pechos como frutas de vuestra señorita imaginaria por unos bíceps de cincelado renacentista. Y sus piernas como enredaderas por una mandíbula diseñada para el pecado, una espalda ascendente y palpitante y, muy importante, la predisposición genética de acostarse contigo tras un simple guiño de pestañas. Pues yo tengo que lidiar en esta plaza desde que, allá por los trece, mi escroto empezó a hacer bulto bajo la cremallera.

El sistema, o la sociedad, o vaya usted a saber qué mente maliciosa, me pone gays-trampa a cada paso: en el metro, en el urinario vecino, en la acera de enfrente, en la moto que frena en un semáforo... Y caigo. ¿Ustedes no caerían, amigos heteros, en las peligrosas redes de su despampanante compañera de retrete? Sí, sí y mil veces sí. Pero la vida es muy injusta, y en vez de aficionadas al sexo exprés tenéis que bregar con hembras difíciles y, en muchos casos, torturadoras. Traducción: la clave no reside en que los gays seamos muy frescos, sino en que las mujeres son muy complicadas.

Como no os basta un chasquido con los dedos para meterlas en vuestra cama, habéis desarrollado unas estrategias de ligue tan rudimentarias como ridículas. Suelo alternar con amigos heterosexuales, y me caigo de bruces cada vez que veo los trompicones de su cortejo empapado en alcohol.

Acarician los treinta y siempre escenifican el mismo vodevil: que si «hazme la cobertura con la amiga fea», que si «bailo como si fuera un bufón de la corte para hacerme el payaso», que si «me pongo la corbata en la cabeza en la boda de mi prima», que si «la llevo en mi supercoche a 180 km/h», que si «soy agente financiero en una multinacional japonesa»...

Ante este panorama desolador, existen dos finales posibles:

a) La tía es muy fea y, milagro, todo acaba en cópula.

b) Debacle absoluta y, en consecuencia, una nueva noche de autosatisfacción manual.

Moraleja: aunque os repugne, no somos tan distintos. Compartimos genética, nos afeitamos la barba y sufrimos las mismas pulsiones entre las piernas. La única diferencia es nuestro «público objetivo». Y, al fin y al cabo, no vamos a llevarnos mal por veinte centímetros de nada, ¿no os parece?

El estreno mundial de mi blog pasó factura a mi fértil vida social. Los diez mandamientos del lobby gay y mi pequeña reprimenda al colectivo heterosexual no sentaron nada bien a la plana mayor de mis amigos. En una labor diplomática sin precedentes, convoqué un gabinete de crisis al más alto nivel. A saber: Zeltia (lesbiana), Titán (homosexual), Alvarito (gay por descubrir), un servidor (maricón perdido), pizza (con mucha cebolla y extra de queso, por favor) y cerveza (mucha cerveza). Y, por delante, toda una tarde de lluvias e invierno para hacer y deshacer el mundo, mi decálogo, la sexualidad de la avispa nicaragüense y cualquier asunto de candente actualidad que mereciese nuestra exquisita capacidad de análisis.

—¿Ibiza, infidelidad, heterosexuales patéticos? —Titán, al que llamamos así por sus 195 centímetros de estatura, rompió el hielo—. ¿Eres idiota? Reclamamos libertad, igualdad, fraternidad y toda esa prosa revolucionaria para que, en diez minutos, un inadaptado como tú reviente nuestra lucha.

—¿Qué lucha? —respondí—. ¿La de los maromos reventando tangas a lomos de una carroza el Día del Orgullo Gay? Pues menuda mierda de reivindicación. A lo mejor estoy haciendo mucho más por la normalización homosexual de lo que tú te crees. Le he echado un par de cojones al salir del armario en un foro tan multitudinario como internet. Mis jefes, mis compañeros de mesa, los becarios, los fotógrafos, los maquetadores y las señoras de la limpieza van a estar puntualmente informados de mis traumas infantiles, mis eyeculaciones, los pelos de mi escroto... De todas maneras, muchas gracias por tu apoyo, bocazas.

—Hombre, reconoce que te has pasado un poco.

—¿Tú no vas al gimnasio? ¿Y no te derrites cuando ves un poco de carne suelta? Venga, Titán, no me jodas. En Ibiza, donde tú y yo hemos pasado noches memorables, rebañabas los glandes de tres en tres.

Aquel viaje a nuestra isla preferida fue concebido como una escapada de relax. Pero Ibiza, como buena hippy, es impredecible, y su ONU en bañador de alemanes, suecos, italianos y franceses con ganas de más cambió nuestros planes. Ya en el aeropuerto, el viaje se transformó en una competición humillante y sin cuartel. ¿Quién era más puta, Titán o Martín? Por supuesto, gané yo, aunque el muy cabrón consiguió una honrosa medalla de plata gracias a un argentino que, según él, sabía a hierbabuena. Nunca supe si esta paranoia aromática se debió al abuso de las drogas o si, realmente, aquel ahijado de Evita Perón desprendía flujos de mojito. Lo que sí vi, lo juro por los Cien Mil Hijos de San Luis, fue un bulto entre sus piernas que desafiaba cualquier ley matemática posible. Y aunque yo me alegro mucho por el bienestar de mis amigos, cuando ese bienestar mide más de veinte centímetros ya no soy tan generoso. Soy muy egoísta, pero también soy muy honesto, así que no me avergüenza reconocer este desajuste psicológico sin importancia: me molesta, e incluso llega a rozar el dolor físico, que a otros les vaya bien en el terreno sexual. Quiero todas las pollas para mí.

Tras nuestro particular Ibiza Connection, Titán y yo descubrimos que el universo gay —con sus penes, sus carnes prietas y sus hombrecillos de acento eslavo— era demasiado pequeño para los dos. Por ello, y para evitar confrontaciones genitales, siempre intentamos vernos a la luz del día y al calor de un café. Algunas veces lo logramos. Otras, presos de la debilidad humana, nos derrumbamos y nos perdemos en los agujeros prohibidos de Madrid. Eso sí; juntos, pero nunca revueltos.

Andaba yo acariciando los recuerdos isleños cuando Alvarito, el tercero en discordia, me devolvió a la dureza del invierno peninsular.

—Martín, no te pases. Titán sólo te echa en cara que generalices. Hablas de los gays como si todos fueseis iguales, y hablas de los heteros como si todos fuésemos iguales.

¡Qué atrevimiento! Alvarito, pobre infeliz, capea el temporal de su virginidad con suerte dispar. Él no lo sabe, pero a pesar de sus lecciones de ética para principiantes es tan homosexual como Titán y como yo. Sólo le hace falta un pequeño empujón que le arranque, por fin, el contoneo de caderas definitivo (sí, ese movimiento inconfundible que los gays compartimos con Celia Cruz y Normal Duval). Mientras llega ese momento, su vida gira alrededor de tres principios fundamentales:

a) Actúa como un hetero convencido, pero nunca ha probado un clítoris ni, mucho menos, las mieles de un buen miembro viril.

b) Se escandaliza constantemente con mis cacareos sexuales, mis salidas de tono y mi vocabulario de penitenciaría.

c) Está enamorado de su madre, hecho dramático que explicaría su virginidad y su preocupante confusión sexual.

—¡Ya está aquí el abogado de las causas perdidas! —le contesté—. Al menos él tiene relaciones sexuales sin prejuicios; tú ni siquiera has tenido cojones para venir a Ibiza. Vive, arriésgate, sal de tu casa, haz el amor. ¿De qué se supone que debo escribir? ¿De literatura escandinava? ¿De subcultura moscovita? ¿De folclore etíope? ¡Es un blog gay, por el amor de Dios! Además, a Flora le ha gustado mucho lo que he escrito hasta ahora, y con eso me basta.

—¿Quién es Flora? —preguntó Titán.

—Una amiga.

—¿Qué amiga?

—¿Y a ti qué te importa?

Con cincuenta y seis años, noventa y cinco kilos y tres maridos muertos a sus espaldas —una parada cardiorrespiratoria, un cáncer linfático y una miga de pan que entró por el agujero equivocado—, Flora espantaba las penas de su viudedad con la lectura. Era una de las limpiadoras del periódico, y buscaba en los libros la felicidad que la vida, puta vida, se empeñaba en robarle con cada funeral y cada golpe de fregona. En sus ratos libres, cuando la lejía le daba un respiro, se dejaba caer por mi mesa y nos enfrascábamos en alguna tertulia literaria. Nos prestábamos novelas, criticábamos el género policíaco o la ciencia ficción y nos volvíamos locos con el romanticismo edulcorado. Yo solía enseñarle mis textos, y ella acababa por descubrirme varios poemas escritos a mano que guardaba celosamente en un cuaderno azul. No sé muy bien cómo llegamos a ese nivel de intimidad, pero lo cierto es que ella me conocía mejor que muchos amigos e infinitamente mejor que cualquier amante. Flora, que tras su batín granate amamantaba una sensibilidad maravillosa, había seguido el nacimiento de mi blog desde sus primeros esbozos. Incluso cuando Blogback Mountain era un embrión de letras traviesas y sin sentido, ella ya intuía mis instintos creativos. Flora, la gran Flora, inteligente, tierna, obesa y desgraciada, se había convertido en mi mejor consejera.

—Quizá el decálogo del gay perfecto sea un poco manido —me había dicho un día frente a la máquina de café de la redacción—. Pero es un mal necesario. Es el primer post, y es lo más parecido a una introducción que se me ocurre. Debes provocar, sobre todo al principio. Que se enfaden contigo, que te odien, que deseen tu muerte. Eso está bien, Martín, y significa que el blog funciona. Ya tendrás tiempo de escribir cosas menos comerciales.

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