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Authors: Ignacio Escolar

Tags: #Novela negra

31 noches

 

«En la casa del colombiano encontraron dos pistolas, una escopeta recortada, un hacha de carnicero, una sierra, algo de cocaína, tres teléfonos móviles casi prehistóricos y 19.000 euros en siete fajos de billetes arrugados, escondidos tras un cajetín de la luz. Pero lo que más inquietó a Velasco, lo único que le alteró el pulso, fue una habitación sin ventanas, con todas las paredes, el techo y el suelo forrados de plástico, como el que se usa para proteger los muebles cuando se va a pintar. No había ninguna brocha en la casa. La habitación estaba limpia y completamente vacía, salvo por un cubo. El cubo estaba lleno de ácido sulfúrico».

31 noches es un mes de agosto que empieza y acaba en ese cubo, que está esperando un cadáver para disolver. Es una historia corrosiva, sumergida en las tripas de una discoteca, la sala Premium, donde un periodista se ve arrastrado en una trama de narcos, matones de discoteca y deudas pendientes en la noche de Madrid. «Soy de los que dicen que no soportan la violencia, de los que se creen incapaces de hacer daño a una mosca. Aquel verano descubrí que no es verdad».

El joven periodista Ignacio Escolar debuta con esta turbadora novela en el mundo de la narrativa con el acierto, pulso y claridad de ideas a los que nos tiene acostumbrados en sus trabajos como columnista y analista político. Impecable en su ritmo y desarrollo, demoledora en su retrato de la realidad que nos rodea, el género negro cuenta con una nueva obra de referencia.

Ignacio Escolar

31 noches

ePUB v1.0

Polifemo7
02.06.12

© 2012 Ignacio Escolar

© De esta edición:

2012, Santillana Ediciones Generales, S.L.

Torrelaguna, 60. 28043 Madrid

Teléfono 91 744 90 60

Telefax 91 744 92 24

www.sumadeletras.com

ISBN ebook: 978-84-8365-370-8

Diseño de cubierta: Miguel Sánchez Lindo

Conversión ebook: Javier Barbado

Editor original: Polifemo7 (v1.0)

ePub base v2.0

Una primera versión reducida y comprimida de
31 noches
fue publicada en agosto de 2009 en las páginas del cuadernillo de verano
Libre
, del diario
Público
. Este libro está dedicado a todos mis compañeros en esa redacción.

Cualquier parecido con la realidad de la trama de esta novela es pura coincidencia. Todos los personajes son ficticios, aunque ellos no lo saben. En sus nombres, entre líneas, están también mis agradecimientos a los amigos que me ayudaron a terminar este libro. Ellos saben quiénes son.

I
LA HABITACIÓN DE PLÁSTICO

En la casa del colombiano encontraron dos pistolas, una escopeta recortada, un hacha de carnicero, una sierra, algo de cocaína, tres teléfonos móviles casi prehistóricos y 19.000 euros en siete fajos de billetes arrugados, escondidos tras un cajetín de la luz. Pero lo que más inquietó a Velasco, lo único que le alteró el pulso, fue una habitación sin ventanas, con todas las paredes, el techo y el suelo forrados de plástico, como el que se usa para proteger los muebles cuando se va a pintar. No había ninguna brocha en la casa. La habitación estaba limpia y completamente vacía, salvo por un cubo.

El cubo estaba lleno de ácido sulfúrico.

Tres días después, Velasco dice que aún no se le ha pasado el susto, pero lo disimula bastante bien mientras bromea en la barbacoa, junto a la piscina.

—Chaval, que eso no solo pasa en México, que también pasa en Madrid, pero como solo se matan entre ellos nadie pregunta ni se preocupa demasiado. Quitamos el plástico acojonados por si aparecía un diente o algo así, pero no había nada, estaba todo limpio. Los hemos detenido, pero los cargos son una puta mierda y casi no había droga en el piso. Ya habrán salido —me cuenta mientras mastica una hamburguesa.

Velasco habla con la boca llena. A mí hace tiempo que se me quitó el hambre, pero no puedo dejar de preguntar.

—¿Se cargaban a los tíos con el ácido?

—No, joder, no seas sádico. Imagino que no. Lo del ácido es para deshacerte del cadáver, pero para cargarte a alguien se usan métodos más tradicionales. Claro, que si te pones en plan hijo puta, pues también puedes matar a alguien con ácido, pero debes tener cuidado, no te vaya a salpicar. Te tienen que haber hecho una putada muy gorda, eso sí. Además, no creo que allí hubiesen matado a alguien. El ácido estaba limpio, sin usar. Además, la mezcla del ácido con la carne huele fatal y allí no olía raro. Eso estaba sin estrenar, esperando a alguien. No creo que montasen todo ese lío para jugar al quimicefa.

—¿Cuánto tardas en deshacerte de un cuerpo con ácido? ¿Un día o así?

—A ver, que la cosa no es tan rápida. Depende de la pureza del ácido. Los huesos tardan bastante, pero con tres o cuatro días, una semana como mucho, vas bien. Depende de la concentración del ácido sulfúrico. Si es industrial, tardas menos.

—¿Y de dónde sacas el ácido?

—Eso está tirado. Tienes ácido sulfúrico en cualquier batería de coche. La peña lo suele sacar de las autocaravanas, que son baterías más grandes. Hay también una marca de desatascador de tuberías que tiene una concentración del 95 por ciento que se vende hasta en el Leroy Merlin. Con unos cuantos botes tardas tres o cuatro días, una semana como mucho. Tampoco te creas que deshaces el cuerpo del todo, algo te queda. Pero es más fácil de eliminar que un cadáver completo y casi imposible de identificar. Lo que quede de los huesos lo metes en bolsas de basura y a correr.

—¿Cómo era de grande el cubo?

—Grande, pero tampoco era un bidón. Como el cubo de basura de un restaurante.

—¿Y ahí cabe una persona?

—Qué va. Para meter a alguien dentro, antes tienes que trocearlo. Para eso habían forrado todo con plástico, claro, para no mancharlo todo. Hay que tener mucho cuidado porque el ácido reacciona con el agua del cuerpo y entra en ebullición, puede salpicar y quemarte. Tampoco te vale cualquier cubo para contener el ácido. Tiene que ser de polietileno o polipropileno de alta densidad, que, si no, te quedas sin cubo y la que puedes liar con el ácido es cojonuda.

—Pero ¿tanta peña se cargan así?

—Pues unos cuantos. A ver, en España se denuncian 8.000 desapariciones al año de mendas que nunca más aparecen. Si no hay cadáver, no hay asesinato. Pero ya te digo yo que muchos de esos acaban en ácido, que no son todos de los que se bajan a por tabaco y se fugan con la secretaria al Caribe. ¡Hay gente muy mala por ahí!

Velasco ya ha terminado la hamburguesa y se levanta para buscar algo más de comer en la parrilla. Alek mira mi cara lívida y se ríe de mí.

—¡Que te está vacilando, periodista!

—¡Qué sabrás tú, listo! —le responde a gritos Velasco mientras ensarta un chorizo en un trozo de pan.

Estoy algo mareado, probablemente sean las cervezas y el calor. Entro en el chalé buscando un cuarto de baño. Pruebo varias puertas: la cocina, un armario... Al final del pasillo hay otra puerta que abre mal, está enganchada. Empujo fuerte y consigo que ceda. Un trozo de plástico se había quedado trabado bajo la puerta. Toda la habitación está forrada del mismo material. En el centro hay un cubo.

Un mes antes

II
ALEKSANDER

A Alek lo conocí hace casi dos años. Es cuarentón, gigantón, tranquilote y simpático. Le gusta la montaña y hacer bromas. Se ríe con facilidad. Mide casi dos metros, pesa más de cien kilos y le cuesta enfadarse. Solo lo hace por trabajo, solo cuando no queda otra opción. Es polaco, tiene amigos poco recomendables y un pasado del que no le gusta hablar. Ahora lleva una vida mejor y más tranquila: trabaja de jefe de los porteros de la discoteca Premium.

—A ver, periodista. ¿Qué coño os pasa a los españoles, que no queréis trabajar? Aquí somos dos ecuatorianos, dos rumanos, un peruano, una argentina, una mexicana y un polaco. Y ningún español.

Alek me pasa el brazo por el hombro y me zarandea en un gesto amistoso que hace que parte del
gin-tonic
me empape la camisa.

—¡Ningún español! —repite.

Alek se disculpa, llama a la camarera y me pide otra copa. Él solo toma Coca-Cola Zero a sorbitos mientras de cuando en cuando se distrae de la conversación. Parece que escucha voces y, en efecto, eso es lo que le pasa cuando alguno de los otros porteros le habla por el pinganillo que lleva en la oreja.

—Perdona, tío, ahora mismo vuelvo.

Alek parece preocupado.

La Premium es una sala más bien pija, en el centro de Madrid; una de esas discotecas que se construyeron en los setenta en el sótano de un edificio de oficinas. Quince euros, entrada con consumición; doce euros por copa. Queda cerca de la redacción y Alek siempre me invita a la primera; ya soy un habitual.

La música en la Premium está alta, pero no tanto como para que no pueda escuchar los gritos desde la barra en la que estoy, algo apartada de la pista. Hay bronca en la puerta. Como ya llevo más de tres
gin-tonics
y he perdido cualquier resto de prudencia, me asomo por la escalera hacia la calle para ver qué es lo que pasa. Alek ya no parece tan simpático. «El menda se puso chulito», me contaría más tarde.

El Menda ahora está suspendido en el aire mientras Alek le agarra de las orejas. El Menda chilla, cae al suelo y recibe una patada en el estómago. El Menda se queda sin respiración y durante tres segundos deja de chillar. Alek agarra al Menda, que vuelve a volar hasta estamparse contra la acera. El Menda recoge su móvil por un lado y la batería por el otro —es un modelo bastante antiguo, todo un zapatófono—. El Menda se levanta y, cojeando, se aleja de la Premium. Se gira, como con ganas de querer decir la última palabra. Mira a Alek, se lo piensa mejor, baja la cabeza y se va. Alek se sacude la ropa, me ve y vuelve a sonreír.

—Perdona, tío, ¿qué te estaba contando?

Soy de los que dicen que no soportan la violencia, de los que se creen incapaces de hacer daño a una mosca. Aquel mes de agosto descubrí que no es verdad. Si fuese cierto, no me hubiese hecho amigo de Alek, nunca habría conocido a Velasco ni habría acabado así. Fue mi propia decisión, mi absoluta voluntad, la incoherencia entre mis buenas intenciones y la verdad de mis actos, lo que me sumergió en las tripas de la sala Premium con todas sus consecuencias, hasta el final. No puedo alegar que no sabía dónde me metía, no faltaron advertencias previas de que aquello no podía terminar bien.

Fue Alek quien me presentó a mi asesino, pero no le guardo rencor.

III
VELASCO

Una noche Alek ganó 18.000 euros. No pudo dormir. Al día siguiente decidió cambiar de vida porque pensaba que era demasiado fácil como para durar siempre. Probablemente tenía razón.

Alek es sensato y no presume de su dinero. Velasco no puede evitarlo; casi parece que lo que de verdad le mueve no es la pasta, sino el poder contarlo, como el sexo en la adolescencia. En la nómina de Velasco pone que gana 1.687,25 euros brutos, 1.340,90 euros netos al mes. Lo he buscado por Internet en las tablas salariales de la Policía porque Velasco es incapaz de acordarse, yo creo que ni mira la cuenta corriente. Nunca le he visto sacar dinero del cajero ni tirar de tarjeta, por mucho que se alargue la noche. Siempre lleva fajos de billetes sujetos con una pinza de metal, como si fuese un constructor. En las últimas semanas, le he visto llegar en una moto deportiva, en un Mercedes descapotable y en un Porsche Cayenne. También los pasea por la comisaría. Nadie pregunta.

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