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Authors: Brian Lumley

Vampiros

 

Seres enterrados y que piensan… pero cuyos pensamientos sólo pueden expresar a través de Harry Keogh, el necroscopio. Ésa es la facultad de Harry, y también su carga, pues a veces los no-muertos piensan cosas inconcebibles. Harry Keogh ha vencido por fin al nigromante y vampiro Boris Dragosani, aliado de la peor facción de la KGB soviética. Pero en la batalla Harry ha perdido, si no la vida, al menos la corporeidad. Ahora es una mente —o alma— descarnada y prisionera del continuo metafísico de Möbius, por el que deambula comunicándose con vampiros y almas errantes de ese mismo ámbito. En su incorpóreo estado, Harry debe enfrentarse a un nuevo y muy maligno personaje, Yulian Bodescu, un joven vampiro corrompido desde su nacimiento que siente ahora una extraña necesidad: descubrir a su verdadero padre y difundir su obra en el extranjero. Y sólo Harry Keogh puede impedírselo.

Brian Lumley

Vampiros

Crónicas Necrománticas - 2

ePUB v1.0

elchamaco
02.09.12

Título original:
Wamphyri!

Brian Lumley, 1988.

Traducción: José Ferrer

Diseño/retoque portada: elchamaco

Editor original: elchamaco (v1.0)

ePub base v2.0

A Dave y a Pete y a todos los tíos

que conocí en la Casa de la Frontera

en julio de 1986. ¡Salud!

Muchos y multiformes son los oscuros horrores de la tierra, que han infestado sus caminos desde su albor. Duermen debajo de la piedra no levantada; se elevan con el árbol desde su raíz; se mueven en el fondo del mar y en lugares subterráneos; moran en los más recóndidos santuarios; surgen a veces del sepulcro cerrado de majestuoso bronce y otras de la tumba más humilde cubierta de arcilla. Hay algunos conocidos desde hace largo tiempo por el hombre, y otros todavía desconocidos pero que se acercan a los días terribles de la revelación. Los más espantosos y aborrecibles son los que, por casualidad, no se han declarado todavía. Pero entre los que se han revelado en tiempos pasados y manifestado su verdadera presencia, hay uno que no puede ser nombrado claramente por su extremada vileza. Es aquel engendro que el morador oculto de los panteones ha impuesto a los mortales…

Clark Ashton Smith (Por Abdul Alhazred)

Dicen que seres viles de los Viejos Tiempos

acechan todavía en rincones olvidados,

y ciertas noches, todavía, se abren puertas

de las que salen formas del Infierno…

Robert E. Howard (Por Justin Geoffrey)

Capítulo 1

Tarde del lunes cuatro de enero de 1977; el
château
Bronnitsy, junto al camino a Serpukhov, no lejos de Moscú; las 2.40 de la tarde, hora de Europa central, y un teléfono en la sala provisional de Control de Investigación, llamando… llamando… llamando. El
château
Bronnitsy se alzaba en el centro de un terreno despejado y turboso, en mitad de una región densamente poblada de árboles y blanca ahora bajo la capa de nieve. Casa o mansión de degradada herencia y mezclados antecedentes arquitectónicos, varias alas recientemente añadidas eran de ladrillo visto sobre viejos cimientos de piedra, mientras otras eran de bloques baratos de carbonilla, disfrazados con pintura gris y verde. Un antiguo patio en la «U» de las alas estaba ahora cubierto, el techo pintado de manera que hiciese juego con el terreno circundante. Asentadas sus bases en los gruesos y fuertemente inclinados muros de los extremos, dos minaretes gemelos alzaban sus rotas cúpulas en cebolla sobre el paisaje, con las ventanas entabladas como ojos tapados. En consonancia con el aspecto generalmente ruinoso del resto del edificio, las partes superiores de aquellas torres estaban estropeadas, deterioradas como colmillos careados. Desde lo alto, el
château
habría parecido una vieja y lúgubre ruina. Pero no era nada de eso, pese a que las torres no eran lo único en decadencia.

Fuera del patio cubierto, se hallaba un camión militar cerrado, de diez toneladas, con las lonas de atrás recogidas y el tubo de escape que expelía un humo acre y azul al aire glacial. Un hombre de la KGB, conspicuo en su «uniforme» de abrigo gris oscuro y sombrero de fieltro, miró el contenido del camión por la puerta de atrás, que estaba bajada, y se estremeció. Con las manos hundidas en los bolsillos, se volvió a un segundo individuo que vestía la bata blanca de los técnicos y le hizo una mueca.

—Camarada Krakovitch —gruñó—, ¿qué diablos son ésos? ¿Y qué están haciendo aquí?

Félix Krakovitch lo miró, sacudió la cabeza y dijo:

—Si se lo dijese, no lo comprendería. Y si lo comprendiese, no lo creería.

Como su ex jefe, Gregor Borowitz, Krakovitch consideraba a todos los de la KGB como seres inferiores. Reduciría su información y su ayuda al mínimo posible; con ciertos límites de prudencia y de seguridad personal, claro está. La KGB no solía perdonar ni olvidar.

El fornido policía especial se encogió de hombros, encendió un cigarrillo negro y chupó con fuerza la boquilla de cartón.

—Dígamelo de todos modos —dijo—. Aquí hace frío, pero puedo resistirlo. Mire, cuando vaya a informar al camarada Andropov, y no tengo que recordarle su posición en el Politburó, querrá que le dé algunas respuestas, y por lo tanto usted tiene que dármelas. Por consiguiente, estaremos aquí hasta que…

—¡
Zombies
! —dijo bruscamente Krakovitch—. Momias. Hombres que murieron hace cuatrocientos años. Puede verlo por sus armas y…

Ahora oyó la insistente llamada del teléfono, se volvió hacia la puerta de hierro ondulada del patio cubierto.

—¿Adonde va? —El hombre de la KGB salió de su imperturbabilidad y sacó las manos de los bolsillos—. ¿Espera que le diga a Yuri Andropov que esa… esa
carnicería
… ha sido hecha por hombres muertos?

Casi se le atragantaron las últimas palabras; tosió con fuerza y escupió en la nieve.

—Quédese ahí mucho rato —dijo Krakovitch por encima del hombro—, respirando los vapores del tubo de escape mientras fuma esa hierba, ¡y ya puede subir al camión con ellos!

Cruzó la puerta y la cerró de golpe.

—¿
Zombies
?

El agente frunció la nariz y miró de nuevo el cargamento de cadáveres.

Él no podía saberlo, pero eran tártaros de Crimea, muertos
en masse
por los refuerzos rusos que acudían a toda prisa al devastado Moscú. Habían muerto y se habían hundido en sangre y fango y lodo, para yacer, en parte conservados, en la turba de un campo de bajo nivel, y volver a levantarse, hacía dos noches, para entablar una guerra contra el
château
. Los tártaros y su joven líder inglés, Harry Keogh, habían triunfado en esta guerra, pues sólo cinco de los defensores del
château
habían sobrevivido. Krakovitch era uno de ellos. Cinco de treinta y tres, y la única baja del enemigo había sido el propio Harry Keogh. Una proporción sorprendente, a menos que se contara a los tártaros. Pero difícilmente se los podía contar, ya que estaban muertos antes de empezar la lucha…

Esto era lo que pensaba Krakovitch al entrar en el que mucho tiempo atrás había sido un patio empedrado y ahora era una vasta zona con baldosas de plástico y divididas en espaciosos invernaderos, pequeños compartimientos y laboratorios, donde los operarios de la Organización E habían estudiado y practicado sus dotes esotéricas con cierta comodidad, en el medio y condiciones más adecuados para su trabajo. Cuarenta y ocho horas antes, el lugar había sido inmaculado; ahora estaba hecho un desastre. Los tabiques habían sido agujereados por las balas y los efectos de las explosiones y del fuego podían verse en todas partes. Era extraordinario que todo el edificio no hubiese sido pasto de las llamas y arrasado en su totalidad.

En un sector relativamente despejado —la llamada Sala de Control de Investigación— se había colocado una mesa sobre la cual estaba el teléfono que en ese momento sonaba. Krakovitch, que se dirigía a él, se detuvo un momento para apartar un gran trozo de tabique que le cerraba el paso. Debajo del mismo, medio enterrados bajo cascotes de yeso, cristales rotos y los restos de un sillón de madera, un brazo y una mano humanos yacían como una enorme babosa gris. La carne estaba encogida, su color era de cuero, y el hueso que sobresalía a la altura del hombro, blanco y brillante. Aquello era casi un fósil. Todavía se descubrirían muchos más fragmentos como éste, desparramados en todo el
château
, pero, aparte de su aspecto repulsivo, eran… inofensivos. Krakovitch había visto trozos como éste, sin cabeza o cerebro que los guiase, que se arrastraban, luchaban, ¡mataban…!

Se estremeció, apartó el brazo a un lado con el pie y se dirigió al teléfono.

—Diga. Aquí, Krakovitch.

—¿Quién? —replicó la persona desconocida que llamaba—. ¿Krakovitch? ¿Es usted quien está al mando ahí?

Era una voz femenina que hablaba con resolución.

—Supongo que sí, sí —respondió Krakovitch—. ¿En qué puedo servirle?

—A mí, en nada. En cuanto al jefe del Partido, sólo él puede decírselo. ¡Ha estado tratando de hablar con usted desde hace cinco minutos!

Krakovitch estaba cansado. No había dormido desde aquella pesadilla y dudaba de que pudiera dormir de nuevo. Él y los otros cuatro supervivientes, uno de ellos loco de atar, no habían salido de la cámara de seguridad hasta el domingo por la mañana, cuando el aire se había agotado. Después, los otros habían prestado declaración y luego enviados a casa. El
château
Bronnitsy era un establecimiento de alta seguridad, por lo que sus relatos no serían para consumo general. En verdad, Krakovitch, que era el único superviviente realmente coherente, había pedido que el caso en su totalidad fuese enviado directamente a Leónidas Brezhnev. En todo caso, esto era lo pertinente: Brezhnev era el hombre en la cumbre, directa y personalmente responsable de la Organización E, a pesar de que había delegado en Gregor Borowitz. Pero esta rama había sido importante para el jefe del Partido, que estaba enterado de todo lo que había salido de ella (o al menos de todo lo que tenía alguna importancia). Borowitz tenía que haberle contado también algunas cosas sobre el trabajo paranormal —literalmente Espionaje— para que Brezhnev pudiese juzgar con cierto conocimiento de causa, lo que había sucedido allí. O así lo esperaba Krakovitch. En todo caso, ¡tenía que ser mejor que explicarlo a Yuri Andropov!

—¿Krakovitch? —ladró el teléfono. (¿Era realmente el jefe del Partido?)

—Pues… sí, señor, Félix Krakovitch. Pertenecí al personal del camarada Borowitz.

—¿Félix? ¿Por qué me dice el nombre además del apellido? ¿Espera que lo llame por su nombre?

La voz era cortante, pero también sonaba como si el que hablaba estuviese comiendo algo blando. Krakovitch había oído alguno de los poco frecuentes discursos de Brezhnev; sólo podía ser él.

—Yo… no, claro que no, camarada jefe del Partido. —(¿Cómo diablos había que dirigirse a él?)— Pero yo…

—Escuche, ¿tiene usted el mando ahí?

—Sí…, camarada jefe…

—¡Déjese de tonterías! —gruñó Brezhnev—. No necesito que me recuerden lo que soy; sólo quiero respuestas. ¿No queda nadie que sea superior a usted?

—No.

—¿Alguien que sea igual a usted?

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