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Authors: Alicia Giménez Bartlett

Serpientes en el paraíso (2 page)

—¿Y usted, dónde ha estado usted, Fermín?

—¡Bah, en un sitio y en otro! Voy a explicarle lo del papa antes de que entremos ahí para que no se gane ningún bufido del comisario. Es muy fácil. El papa visitará Barcelona dentro de un mes, un encuentro con la juventud o no sé qué zarandajas. Hay que organizar un dispositivo de seguridad del copón. Encima, la misa multitudinaria se celebrará ahí al lado, enfrente de la catedral, de modo que la responsabilidad de ese acto recae exclusivamente en nuestra comisaría. ¿Qué le parece?

Pensé, sonreí.

—Pues que si el papa quiere encontrarse con la juventud podría invitarlos al Vaticano.

—No tendrá suficientes tazas de té.

Antes de que golpeara rítmicamente la puerta del despacho de Coronas, le pregunté una vez más:

—¿Dónde ha pasado las vacaciones, Fermín?

Pero no respondió, quien lo hizo fue el comisario con un atronador:

—¡Adelante!

Coronas lucía un bronceado casi perfecto. Deduje que también a él la cruda realidad del delito acababa de cogerlo por el cuello justo después de llegar de vacaciones. Insistí en la pretensión de un saludo especial tras un período de ausencia y fracasé de nuevo. Nuestro superior abrió fuego verbal sin decir ni «buenos días».

—¡Vaya, por fin la gente va apareciendo! Los esperan en Sant Cugat. Urbanización «El Paradís». Allí está ya el inspector Beltrán y su equipo de huellas. El caso, si es que lo hay, viene adjudicado a nuestra comisaría. Ha aparecido muerto un abogado joven, vecino de la urbanización. Los primeros indicios podrían indicar asesinato. Salgan pitando para allá. Me dicen que el juez ya ha llegado. Asistan al levantamiento y a ver qué dice el forense.

—¿Eso es todo, señor? —preguntó Garzón no sé si con ánimo irónico.

—Sí —dijo escuetamente el comisario metiendo las narices en el ordenador. Cuando ya teníamos un pie fuera de la estancia añadió—: ¡Ah, Petra, y recuerde que no está excluida de las reuniones del papa por no ser creyente! Garzón le explicará.

Garzón me explicó en el coche camino de Sant Cugat. Para que el dispositivo de seguridad que se pretendía montar fuera operativo al ciento por ciento, se realizaban reuniones casi diarias coordinando varias comisarías.

—¡Maravilloso, ¿no le parece, inspectora?, como si no tuviéramos otra cosa que hacer!

—¿Por qué está de tan mal humor, Fermín?

—¿Quiere que le cuente qué caso me ha endilgado Coronas para que lo resuelva yo solito?

A medida que iba contándomelo o, mejor, escupiéndomelo, comprendía que su ánimo sombrío no era exagerado. Se trataba del típico caso ratonera para el que nadie en comisaría se hubiera ofrecido voluntario. Un asesinato entre familias rivales de etnia gitana, o sería más correcto decir entre clanes rivales. Un joven de veintisiete años había aparecido muerto de una puñalada asestada en el curso de una pelea. Existían sin duda testigos, pero ninguno estaba dispuesto a hablar, ni siquiera los familiares del muerto. Según el subinspector, éstos esperaban mejor ocasión para tomarse la justicia por su mano. La familia del presunto agresor echaba tierra encima de todo el asunto. El papel de la policía en este tipo de crímenes no podía ser más desairado: dar tumbos de un testigo mudo a otro, practicar alguna detención cautelar, lanzar globos sonda con la esperanza de que alguno hiciera saltar chispas, y cruzar los dedos para que al asesinato investigado no siguieran otro u otros. Frustración, ése solía ser el resultado final.

Intenté animarlo con frases hechas acerca de la profesionalidad y el sentido del deber, pero no encontré respuesta por su parte. Seguía gruñendo como un animal en su madriguera.

—Oiga, Garzón, aparte del trabajo intensivo y el síndrome posvacacional, ¿le ocurre algo más?

Me miró de reojo. Negó con un gesto.

—Quizá si me contara algo sobre sus vacaciones se sentiría un poco oxigenado y mejoraría su humor.

—¡Bah, aún sería peor recordar el pasado! Lo real es que ahora estoy pringado hasta las cejas, ya me ve.

Al subinspector le sucedía algo anormal, estaba convencida. No había querido soltar ni una palabra de sus vacaciones, y eso era inédito en él. Además, el ejercicio de la profesión, por muy duro que fuera, nunca lo sumía en semejantes estados de pesimismo. Decidí en aquel momento que, aparte de investigar el caso de Sant Cugat, averiguaría también qué le había pasado a mi compañero.

Cuando llegamos a la urbanización «El Paradís», el sol lucía con algo más de fuerza. Garzón dio varias vueltas en coche por el hermoso entorno hasta dar con la pequeña parada policial que solía indicar el comienzo de un caso: una ambulancia, dos coches patrulla y varios vehículos más. Nos esperaban ya con cierta impaciencia. El inspector Beltrán y los rastreadores del terreno habían extendido su campo de acción. Me alegró comprobar que el juez de guardia era Joaquín García Mouriños, un gallego de cierta edad, cordial y cachazudo con el que había coincidido varias veces y me llevaba muy bien.

—¿Ha visto esto, Petra? —me recibió abriendo las manos al estilo patriarcal—. Venga, venga aquí.

Me tomó del brazo y me hizo acercarme a la gran piscina que había al fondo. Me quedé sin habla al descubrir que, sobre el agua azul, flotaba boca abajo un hombre completamente vestido.

—Dígame qué le recuerda, venga, rápido, dígamelo.

No estaba para adivinanzas, la fascinación del cuerpo sin vida acaparaba toda mi atención. García Mouriños se impacientó:

—¡Vamos, Petra, está perdiendo facultades! ¿Cae o no cae?


El crepúsculo de los dioses
—musité.

El gallego hizo coincidir una palmada y una risa para festejar mi acierto.

—¡Exacto! Como si el gran Willy Wilder hubiera querido repetir su excelsa película en la realidad. No me extrañaría ver aparecer por aquí a Gloria Swanson dentro de un momento.

—¿Qué ha pasado, juez? —pregunté sin dejarme arrastrar por los apasionamientos de cinéfilo empedernido que ya le conocía.

—Se trata de Juan Luis Espinet, un abogado joven y, según su reputación, muy competente. Anoche estaban reunidos él y su esposa con dos matrimonios amigos que viven en la misma urbanización. Celebraban una cena. A las tres de la madrugada salió a buscar algo que había en casa de los Puig y no regresó. A los veinte minutos, mosqueados por lo que tardaba, salieron a buscarlo. Y lo hallaron aquí. A su mujer le ha dado un ataque de nervios muy aparatoso. Se la han llevado a casa de sus padres en Barcelona. A sus dos niños, también.

—¿Signos externos de violencia? —preguntó Garzón.

—Hasta que no saquen el cadáver... en seguida llegará el forense, espero, llevo más de una hora aquí.

—¿Dónde está el inspector Beltrán?

—Con sus hombres, inspeccionando la urbanización. Si quieren encontrarlos, sigan el camino central de las acacias y en seguida los verán.

—Iré yo —se ofreció el subinspector.

Lo vimos desaparecer a paso ligero. García Mouriños volvió a sus pensamientos.

—¡Una gran película, sí, señor, ya no se hacen películas así!

—¿Tiene alguna idea de lo que ha pasado aquí, juez?

—A lo mejor estaba borracho y se cayó.

—¡Bah, ninguno de los thrillers que usted ve se sustentaría con ese argumento! ¿Qué han estado haciendo los hombres de Beltrán?

—Buscar huellas e indicios como locos. Aparte de eso, también buscaban como locos la manera de tomar un café. Ya les advertí que dudaba mucho que encontraran un bar en esta urbanización; esto es un pequeño paraíso para jóvenes patricios. Mucho lujo, más del que usted y yo podremos disfrutar nunca, aunque luego resulte que, a la hora de la verdad, no puedes tomarte ni un mal café.

—¿Dónde están los amigos del muerto?

—Permanecen concentrados en casa de Espinet, es lo que determiné por si usted quería verlos a todos juntos.

En ese momento hicieron su aparición una ambulancia y un coche.

—Aquí tenemos a la autoridad sanitaria —proclamó alegremente el gallego.

Se notaba que ya llevaba unos cuantos años en mi profesión, al forense también lo conocía. Alfredo Martínez, un tipo esquinado que casi siempre exhibía en público su perenne mal humor. El entorno de naturaleza y silencio tampoco parecía influir en su ánimo. Saludó lo imprescindible y se dirigió con una libretita y una cámara fotográfica hacia la piscina.

—¡Joder!... —exclamó—. Los cuerpos encontrados en el agua siempre complican las cosas.

No tenía ganas de escuchar sus exabruptos, de modo que decidí dejarlo solo mientras trabajaba, dando la posibilidad a García Mouriños de que hiciera otro tanto.

—¿Me acompaña a buscar al inspector Beltrán? Van a ser sus hombres quienes tendrán que sacar el cadáver de la piscina.

El juez se adhirió en seguida a mi propuesta; también conocía al doctor Martínez. Caminamos juntos por el sendero por el que Garzón había desaparecido.

—Es mal encarado el tal Martínez —comenté.

—¡Así es la viña del Señor! —filosofó mi compañero de paseo—. ¡No hay nadie completamente de una pieza en la personalidad humana! Seguro que Martínez tiene sus días buenos. Sólo el cine da personajes y situaciones que uno entiende y disfruta en profundidad.

Dejé de escuchar la previsible charla sobre séptimo arte que siguió para concentrarme en el panorama del pequeño «paraíso». A aquellas horas se empezaba a ver movimiento en la urbanización. Sin embargo, nadie salía para ver qué pintaba tanta policía por allí. Si sentían curiosidad, la controlaban muy bien. Se veían luces encendidas y olía a café. Eran los únicos síntomas de que, tras las paredes de los lujosos chalets, existía vida. En algunos jardines había juguetes abandonados el día anterior: pelotas, pequeñas bicicletas de colores vivos. Sin duda, todos aquellos «jóvenes patricios», tal y como los había definido acertadamente el juez, tenían hijos pequeños en quienes habían pensado para tomar la decisión de irse a vivir a aquel lugar. Macizos de flores, árboles bien podados, setos uniformemente recortados... era un decorado tan idílico como irreal. Había sido preparado hasta el último detalle, nada crecía allí por generación espontánea. Las vallas que rodeaban las casas eran de poca altura, al estilo americano. Todas tenían colocadas en la puerta unos carteles que bautizaban las residencias con nombres de flores: «Los Geranios», «Los Lirios», «Las Violetas»... No dejaba de ser una cursilada, pero supuse que el promotor de la idea debió de sentirse un genio el día en que se le ocurrió.

Resultaba chocante pensar que, a pocos kilómetros de allí, se extendían las ciudades dormitorio periféricas de Barcelona. Obviamente, aquellos que podían se dotaban a sí mismos de una realidad creada artificialmente que nada tenía que ver con la fealdad, el ruido o la contaminación del entorno real. Sin embargo, todo era tan cuidadoso, tan elaboradamente aséptico, que parecía una especie de jardín botánico. Habría sido terrible para mí vivir en un sitio semejante, sin una tienda, ni un bar, un quiosco de periódicos o una parada de autobús. Lo peor, sin embargo, se me antojaba la falta de diversidad: familias de edades parecidas, de la misma raza y clase social y probablemente con parecidas ideas y principios. Representé mentalmente mis salidas matutinas de la casa de Poble Nou para ir a trabajar a comisaría: las viejas señoras que acuden temprano a comprar como si el día fuera a quedárseles corto, mi charla diaria con el vendedor de periódicos, que me proporcionaba un primer acercamiento crítico a la actualidad nacional... los bares atestados, los currantes con mono de faena... No, no me acostumbraría jamás a levantarme y ver las flores que un jardinero ha plantado para mí, ni las calles que un constructor ha programado pensando en gente como yo, ni la casa que un arquitecto ha imaginado como habitáculo ideal para que yo viva dentro. Sería como permanecer aislada en un gueto concebido para obtener un determinado tipo de felicidad basada en la negación de otros mundos.

Cuando volví a conectar con la charla de García Mouriños, éste se hallaba disertando sobre la excesiva violencia de las películas de Tarantino. Afortunadamente, en seguida avistamos al grupo policial que buscábamos. Se encontraban en un punto de la valla metálica que protegía el perímetro completo de la urbanización. Beltrán hablaba animadamente con Garzón mientras varios policías jóvenes se acuclillaban en el suelo.

Nos hicieron un resumen preciso de la cuestión. Un intruso había cortado el alambre de la verja y posteriormente había penetrado en el recinto. Habían encontrado unas llaves cerca de la piscina, las que el muerto llevaba en el bolsillo.

—Sin duda, el intruso venía preparado —dijo Beltrán—. No se corta este calibre de cable con cualquier cosa. Debía de llevar consigo una cizalla.

Habían encontrado una única huella de un pie, el derecho, impresa en una pequeña zona en la que escaseaba el césped protector. Nada en la parte externa a la urbanización, ni siquiera marcas de neumáticos. Como si quienquiera que fuera hubiera aparecido allí volando.

Los hombres se afanaban en sacar un molde de la pisada.

—¿No hay guardia de seguridad? —pregunté.

—Dos, uno de día y otro de noche. El de noche lleva consigo un rottweiler.

—¿Y no oyó nada?

—Dice que no.

El hecho de que un extraño hubiera traspasado la barrera prohibida le daba un enfoque concreto al asunto. La posibilidad de un asesinato se concretaba ahí. Como siempre que me enfrentaba a los prolegómenos de un nuevo caso, sus componentes se me agolpaban en un estado de desorden absoluto, pugnando por conseguir un lugar preferente en mi atención. Varias preguntas concatenadas que los presentes me dirigieron acabaron de potenciar esa sensación:

—¿Quiere interrogar al guardia de seguridad?

—¿Vamos a ver la casa de la víctima?

—¿Buscamos ya testimonios?

—Lo primero es sacar el muerto del agua —dijo con firmeza el juez ante mi falta de respuestas.

—Supongo que sí —musité, haciendo visible mi turbación. García Mouriños se dio cuenta de mi estado y comentó:

—El responsable de una investigación es como el director de una película, debe poner orden en el caos.

Llevaba razón, y el caos se hallaba en aquel momento instalado cómodamente en el centro de mis neuronas. Atajé mis dudas embarulladas y bajé la claqueta: ¡Acción!

Sacar el cadáver del agua no era una operación sencilla. El doctor Martínez se negó a que se arrastrara el cuerpo hasta la orilla con algún instrumento por miedo a los roces o alteraciones que pudiera sufrir. Los policías de Beltrán empezaron a agitar el agua con las manos con la esperanza de que el cuerpo derivara hacia la zona poco profunda de la piscina. Lo consiguieron con destreza en muy pocos intentos. Después, pidiendo perdones hacia mí, se quitaron los zapatos y los pantalones. En calzoncillos se echaron al agua para izarlo. Eran jóvenes y alegres, de manera que, aunque su cometido se revelara como macabro, no podían dejar de sonreír y soltar bromas en voz baja como si estuvieran en medio de un juego acuático.

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