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Authors: Jane Austen

Tags: #Clásico,Romántico

Sentido y Sensibilidad (4 page)

Elinor había pensado siempre que sería más Prudente para ellas establecerse a alguna distancia de Norland antes que entre sus actuales conocidos, por lo que no se opuso a las intenciones de su madre de irse a Devonshire. La casa, además, tal como la describía sir John, era de dimensiones tan sencillas y el alquiler tan notablemente moderado, que no le daba derecho a objetar punto alguno; y así, aunque no era un plan que atrajera su fantasía y aunque significaba un alejamiento de las vecindades de Norland que excedía sus deseos, no hizo intento alguno por disuadir a su madre de escribir aceptando el ofrecimiento.

CAPITULO V

Apenas despachada su respuesta, la señora Dashwood se permitió el placer de anunciar a su hijastro y esposa que contaba con una casa y que ya no los incomodaría sino hasta que todo estuviera listo para habitarla. La escucharon con sorpresa. La señora de John Dashwood no dijo nada, pero su esposo manifestó cortésmente que esperaba que no se irían lejos de Norland. Con gran satisfacción, la señora Dashwood le respondió que se iban a Devonshire. Edward rápidamente levantó los ojos al escuchar esto, y con una voz de sorpresa y preocupación que no requirieron de mayor explicación para la señora Dashwood, repitió: «¡Devonshire! ¿En verdad van allá? ¡Tan lejos de aquí! ¿Y a qué parte?».lla le explicó la ubicación. Estaba a cuatro millas al norte de Exeter.

—No es sino una casita de campo —continuo—, pero espero ver allí a muchos de mis amigos. Será fácil agregarle una o dos habitaciones; y si mis amigos no encuentran impedimento en viajar tan lejos para verme, con toda seguridad yo no lo encontraré para acomodarlos.

Concluyó con una muy generosa invitación al señor John Dashwood y a su esposa para que la visitaran en Barton; y a Edward le extendió otra con aun mayor afecto. Aunque en su última conversación con su nuera las expresiones de ésta la habían decidido a no permanecer en Norland más de lo que era inevitable, no produjeron en ella el efecto al que principalmente apuntaban: separar a Edward y Elinor estaba tan lejos de ser su objetivo como lo había estado antes; y con esa invitación a su hermano, deseaba mostrarle a la señora de John Dashwood cuán escasa importancia daba a su des-aprobación de esa unión.

El señor John Dashwood le repitió a su madre una y otra vez cuán profundamente lamentaba que ella hubiera tomado una casa a una distancia tan grande de Norland que le impediría ofrecerle sus servicios para el traslado de su mobiliario. Se sentía en verdad molesto con la situación, porque hacía impracticable aquel esfuerzo al que había limitado el cumplimiento de la promesa a su padre. Los enseres fueron enviados por mar. Consistían principalmente en ropa blanca, cubiertos, vajilla y libros, junto con un hermoso piano de Marianne. La señora de John Dashwood vio partir los bultos con un suspiro; no podía evitar sentir que como la renta de la señora Dashwood iba a ser tan insignificante comparada con la suya, a ella le correspondía tener cualquier artículo de mobiliario que fuera hermoso.

La señora Dashwood arrendó la casa por un año; ya estaba amoblada, y podía tomar posesión de ella de inmediato. Ninguna de las partes interesadas opuso dificultad alguna al acuerdo, y ella esperó tan sólo el despacho de sus efectos desde Norland y decidir su futuro servicio doméstico antes de partir hacia el oeste; y esto, dada la extrema rapidez con que llevaba a cabo todo lo que le interesaba, muy pronto estuvo hecho. Los caballos que le había dejado su esposo habían sido vendidos tras su muerte, y habiéndosele ofrecido ahora una oportunidad de disponer de su carruaje, aceptó venderlo a instancias de su hija mayor. Si hubiera dependido de sus solos deseos, se lo habría quedado, para mayor comodidad de sus hijas; pero prevaleció el buen juicio de Elinor. Fue también su sabiduría la que limitó el número de sirvientes a tres, dos doncellas y un hombre, prontamente seleccionados entre los que habían constituido su servicio en Norland.

El hombre y una de las doncellas partieron de inmediato a Devonshire a preparar la casa para la llegada de su ama, pues como la señora Dashwood desconocía por completo a lady Middleton, prefería llegar directamente a la cabaña antes que hospedarse en Barton Park; y confió con tal seguridad en la descripción que sir John había hecho de la casa, que no sintió curiosidad de examinarla por sí misma hasta que entró en ella como su dueña. La evidente satisfacción de su nuera ante la perspectiva de su partida, apenas disimulada tras una fría invitación a quedarse un tiempo más, mantuvo intacta su ansiedad por alejarse de Norland. Ahora era el momento en que la promesa de John Dashwood a su padre podría haberse cumplido con especial idoneidad. Como había descuidado hacerlo al llegar a la casa, el momento en que ellas la dejaban parecía el más adecuado para ello. Pero muy pronto la señora Dashwood abandonó toda esperanza al respecto y comenzó a convencerse, por el sentido general de sus palabras, de que su ayuda no iría más allá de haberlas mantenido durante seis meses en Norland. Tan a menudo se refería él a los crecientes gastos del hogar y a las permanentes e incalculables demandas monetarias a que estaba expuesto cualquier caballero de alguna importancia, que más parecía estar necesitado de dinero que dispuesto a darlo.

Muy pocas semanas después del día que trajo la primera carta de sir John Middleton a Norland, todos los arreglos estaban tan avanzados en su futuro alojamiento que la señora Dashwood y sus hijas pudieron comenzar su viaje.

Muchas fueron las lágrimas que derramaron en sus últimos adioses a un lugar que tanto habían amado.

—¡Querido, querido Norland! —repetía Marianne mientras deambulaba sola ante la casa la última tarde que estuvieron allí—. ¿Cuándo dejaré de extrañarte?; ¿cuándo aprenderé a sentir como un hogar cualquier otro sitio? ¡Ah, dichosa casa! ¡Cómo podrías saber lo que sufro al verte ahora desde este lugar, desde donde puede que no vuelva a verte! ¡Y ustedes, árboles que me son tan familiares! Pero ustedes, ustedes seguirán iguales. Ninguna hoja se marchitará porque nosotras nos vayamos, ninguna rama dejará de agitarse aunque ya no podamos mirarlas. No, seguirán iguales, inconscientes del placer o la pena que ocasionan e insensibles a cualquier cambio en aquellos que caminan bajo sus sombras. Y, ¿quién quedará para gozarlos?

CAPITULO VI

La primera parte del viaje transcurrió en medio de un ánimo tan melancólico que no pudo resultar sino tedioso y desagradable. Pero a medida que se aproximaban a su destino, el interés en la apariencia de la región donde habrían de vivir se sobrepuso a su decaimiento, y la vista del Valle Barton a medida que entraban en él las fue llenando de alegría. Era una comarca agradable, fértil, con grandes bosques y rica en pastizales. Tras un recorrido de más de una milla, llegaron a su propia casa. En el frente, un pequeño jardín verde constituía la totalidad de sus dominios, al que una pulcra portezuela de rejas les permitió la entrada.

Como vivienda, la casita de Barton, aunque pequeña, era confortable y sólida; pero en tanto casa de campo era defectuosa, porque la construcción era regular, el techo tenía tejas, las celosías de las ventanas no estaban pintadas de verde ni los muros estaban cubiertos de madreselva. Un corredor angosto llevaba directamente a través de la casa al jardín del fondo. A ambos lados de la entrada había una salita de estar de aproximadamente dieciséis pies cuadrados; y luego estaban las dependencias de servicio y las escaleras. Cuatro dormitorios y dos buhardillas componían el resto de la casa. No había sido construida hacía muchos años y estaba en buenas condiciones. En comparación con Norland, ¡ciertamente era pequeña y pobre! Pero las lágrimas que hicieron brotar los recuerdos al entrar a la casa muy pronto se secaron. Las alegró el gozo de los sirvientes a su llegada y cada una, pensando en las otras, decidió parecer contenta. Recién comenzaba septiembre, el tiempo estaba hermoso, y desde la primera visión que tuvieron del lugar bajo las ventajas de un buen clima, la impresión favorable que recibieron fue de primordial importancia para que se hiciera acreedor de su más firme aprobación.

La ubicación de la casa era buena. Tras ella, y a no mucha distancia a ambos lados, se levantaban altas colinas, algunas de las cuales eran lomas abiertas, las otras cultivadas y boscosas. La aldea de Barton estaba situada casi en su totalidad en una de estas colinas, y ofrecía una agradable vista desde las ventanas de la casita. La perspectiva por el frente era más amplia; se dominaba todo el valle, e incluso los campos en que éste desembocaba. Las colinas que rodeaban la cabaña cerraban el valle en esa dirección; pero bajo otro nombre, y con otro curso, se abría otra vez entre dos de los montes más empinados.

La señora Dashwood se sentía en general satisfecha con el tamaño y mobiliario de la casa, pues aunque su antiguo estilo de vida hacía indispensable mejorarla en muchos aspectos, siempre era un placer para ella ampliar y perfeccionar las cosas; y en ese momento contaba con dinero suficiente para dar a los aposentos todo lo que requerían de mayor elegancia.

—En cuanto a la casa misma —dijo—, por cierto es demasiado pequeña para nuestra familia; pero estaremos aceptablemente cómodas por el momento, ya que se encuentra muy avanzado el año para realizar mejoras. Quizá en la primavera, si tengo suficiente dinero, como me atrevo a decir que tendré, podremos pensar en construir. Estos recibos son los dos demasiado pequeños para los grupos de amigos que espero ver a menudo reunidos aquí; y tengo la idea de llevar el corredor dentro de uno de ellos, con quizá una parte del otro, y así dejar lo restante de ese otro como vestíbulo; esto, junto con una nueva sala, que puede ser agregada fácilmente, y un dormitorio y una buhardilla arriba, harán de ella una casita muy acogedora. Podría desear que las escaleras fueran más atractivas. Pero no se puede esperar todo, aunque supongo que no seria difícil ampliarlas. Ya veré cuánto le deberé al mundo cuando llegue la primavera, y planificaremos nuestras mejoras de acuerdo con ello:

Entre tanto, hasta cuando una mujer que nunca había economizado en su vida pudiera llevar a cabo todos estos cambios con los ahorros de un ingreso de quinientas libras al año, sabiamente se contentaron con la casa tal como estaba; y cada una de ellas se preocupó y empeñó en organizar sus propios asuntos, distribuyendo sus libros y otras posesiones para hacer de la casa un hogar. Desempacaron el piano de Marianne y lo ubicaron en el lugar más adecuado, y colgaron los dibujos de Elinor en los muros de la sala.

Al día siguiente, apenas terminado el desayuno, se vieron interrumpidas en sus ocupaciones por la entrada del propietario de la cabaña, que llegó a darles la bienvenida a Barton y a ofrecerles todo aquello de su propia casa y jardín que les pudiera faltar en el momento. Sir John Middleton era un hombre bien parecido de unos cuarenta años. Antes había estado de visita en Stanhill, pero hacía de ello demasiado tiempo para que sus jóvenes primas lo recordaran. Su semblante revelaba buen humor y sus modales eran tan amistosos como el estilo de su carta. Parecía que la llegada de sus parientes lo llenaba de real satisfacción y que su comodidad era objeto de verdadero desvelo para él. Se explayó en su profundo deseo de que ambas familias vivieran en los términos más cordiales y las exhortó tan afablemente a que cenaran en Barton Park todos los días hasta que estuvieran mejor instaladas en su hogar, que aunque insistía en sus peticiones hasta un punto que sobrepasaba la buena educación, era imposible sentirse ofendido por ello. Su bondad no se limitaba a las palabras, porque antes de una hora de su partida, un gran cesto de hortalizas y frutas llegó desde la finca, seguido antes de terminar el día por un presente de animales de caza. Más aún, insistió en llevar todas sus cartas al correo y traer las que les llegaran, y rehusó lo privaran de la satisfacción de enviarles a diario su periódico.

Lady Middleton les había mandado con él un mensaje muy cortés, en que manifestaba su intención de visitar a la señora Dashwood tan pronto como pudiera estar segura de que su llegada no le significaría un inconveniente; y como este mensaje recibió una respuesta igualmente atenta, al día siguiente les presentaron a su señoría.

Por supuesto, estaban ansiosas de ver a la persona de quien debía depender tanto de su comodidad en Barton, y la elegancia de su apariencia las impresionó favorablemente. Lady Middleton no tenía más de veintiséis o veintisiete años, era de hermoso rostro, figura alta y llamativa y trato gracioso. Sus modales tenían todo el refinamiento de que carecía su esposo. Pero le habría venido bien algo de su franqueza y calidez. Y su visita se prolongó lo suficiente para hacer disminuir en algo la admiración inicial que había provocado, al mostrar que, aunque perfectamente educada, era reservada, fría, y no tenía nada que decir por sí misma más allá de las más trilladas preguntas u observaciones.

No faltó, sin embargo, la conversación, porque sir John era muy locuaz y lady Middleton había tenido la sabia precaución de llevar con ella a su hijo mayor, un guapo muchachito de alrededor de seis años cuya presencia ofreció en todo momento un tema al que recurrir en caso de extrema urgencia. Debieron indagar su nombre y edad, admirar su apostura y hacerle preguntas, que su madre contestaba por él mientras él se mantenía pegado a ella con la cabeza gacha, para gran sorpresa de su señoría, que se extrañaba de que fuera tan tímido ante los extraños cuando en casa podía hacer bastante ruido. En todas las visitas formales debiera haber un niño, a manera de seguro para la conversación. En el caso actual, tomó diez minutos decidir si el niño se parecía más al padre o a la madre, y en qué cosa en especial se parecía a cada uno; porque, por supuesto, todos discrepaban y cada uno se manifestaba estupefacto ante la opinión de los demás.

Muy pronto las Dashwood tuvieron una nueva oportunidad de conversar sobre el resto de los niños, porque sir John no dejó la casa sin que antes le prometieran cenar con ellos al día siguiente.

CAPITULO VII

Barton Park estaba más o menos a media milla de la cabaña. Las Dashwood habían pasado cerca de allí al cruzar el valle pero desde su hogar no lo veían, pues lo tapaba la saliente de una colina. La casa misma era amplia y hermosa, y los Middleton vivían de manera que conjugaba la hospitalidad y la elegancia. La primera se daba para satisfacción de sir John, la última para la de su esposa. Casi nunca faltaba algún amigo alojado con ellos en la casa, y recibían más visitas de todo tipo que ninguna otra familia de los alrededores. Ello era necesario para la felicidad de ambos, dado que a pesar de sus diferentes caracteres y comportamientos, se parecían extremadamente en la total falta de talento y gusto, carencia que limitaba a un rango en verdad estrecho las ocupaciones no relacionadas con la vida social. Sir John estaba entregado a los deportes, lady Middleton a la maternidad. El cazaba y practicaba el tiro, ella consentía a sus hijos; y éstos eran sus únicos recursos. Lady Middleton tenía la ventaja de poder mimar a sus hijos durante todo el año, en tanto que las ocupaciones independientes de sir John podían darle sólo la mitad del tiempo. No obstante, continuos compromisos en la casa y fuera de ella suplían todas las deficiencias de su naturaleza y educación, alimentaban el buen ánimo de sir John y permitían que su esposa ejercitara su buena crianza.

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