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Authors: Donna Leon

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Muerte y juicio (19 page)

Los dos hombres se estrecharon la mano y abandonaron el andén por las escaleras del paso subterráneo que los conduciría a la salida del otro lado de las vías, donde aguardaba el coche de la policía, con el motor en marcha y el conductor al volante.

Mientras el coche reptaba lentamente entre un tráfico espasmódico, Brunetti preguntó:

—¿Alguien de su oficina ha hablado con mi jefe?

—¿Patta? —preguntó Della Corte, pronunciando el nombre con una expulsión de aliento que podía significar cualquier cosa. O nada.

—Si.

—Que yo sepa, no. ¿Por qué?

—Me ha sugerido que la investigación de la muerte de Favero se la deje a ustedes. Del suicidio. Me preguntaba si la sugerencia había partido de la gente de aquí.

—Es posible —dijo Della Corte.

—¿Ha tenido más problemas?

—En realidad, no. Todo el mundo hace como si hubiera sido suicidio. Todas las investigaciones las hago en mi tiempo libre.

—¿Como ahora? —preguntó Brunetti, haciendo un amplio ademán para abarcar todo el coche.

—Sí. Puedo almorzar donde quiera.

—¿E invitar a un amigo de Venecia? —preguntó Brunetti.

—Exactamente —convino Della Corte en el momento en que el coche se detenía junto al bordillo, delante del restaurante. El uniformado conductor se apeó rápidamente, abrió la puerta trasera y la sostuvo mientras salían los dos hombres—. Vaya a almorzar, Rinaldo —dijo Della Corte—. Venga a las tres.

El joven saludó y subió al coche.

Había un pino de Norfolk en miniatura, en jardinera de barro, a cada lado de la puerta del restaurante, que se abrió al acercarse los dos hombres.

—Buenas tardes, caballeros —les saludó un hombre con traje oscuro, cara alargada y ojos de perro basset.

—Buenas tardes —dijo el capitán—. Della Corte. He reservado mesa para dos.

—Su mesa ya está preparada. Por aquí, si tienen la bondad.

El hombre se paró a recoger dos menús alargados de un escritorio situado cerca de la puerta, antes de conducir a los clientes a un comedor pequeño, en el que no habría más de seis o siete mesas, todas ellas, excepto una, ocupadas. Al otro lado de un arco, Brunetti distinguió otro comedor, lleno también de comensales masculinos, al parecer, hombres de negocios. Como las ventanas, situadas a gran altura, dejaban entrar poca luz natural, se había disimulado una suave iluminación indirecta en las vigas de roble que cruzaban el techo. Pasaron junto a una mesa redonda en la que se exponían
antipasti
de todas clases: salami, marisco, jamón, pulpo… El hombre los llevó hasta la mesa libre, sostuvo la silla a Brunetti y luego dejó los menús delante de cada uno de ellos.

—¿Puedo ofrecerles un
prosecco,
caballeros?

Los dos policías asintieron y el hombre se alejó.

—¿Es el dueño? —preguntó Brunetti.

—Sí.

—Parece preocupado.

—Es natural. Todo el mundo se preocupa cuando viene la policía a hacer preguntas —dijo Della Corte, abriendo el menú y centrando en él su atención. Lo leyó de arriba abajo sosteniéndolo con el brazo extendido y lo dejó en la mesa—. Dicen que el pato es muy bueno.

Brunetti pasó la mirada por el menú y comprobó que nada parecía más atractivo. Cuando lo cerraba, volvió el dueño con una botella de
prosecco,
llenó dos esbeltas copas situadas a la derecha de los platos y pasó la botella a un camarero que llegó tras él.

—¿Ya han elegido,
capitano
? —preguntó.

—Yo tomaré los
fettuccine
con trufas —dijo Della Corte. Brunetti movió la cabeza afirmativamente mirando al dueño—. Y de segundo, el pato. —Brunetti repitió el gesto de aprobación.

—Para beber les sugiero el merlot del Piave. —Della Corte asintió, y el dueño, esbozando una mínima reverencia, se retiró.

Della Corte levantó la copa y tomó un sorbo del burbujeante vino. Brunetti hizo otro tanto. Hasta que llegó el primer plato estuvieron hablando de cosas de interés general, y Della Corte comentó que probablemente las elecciones celebradas recientemente provocarían una fuerte convulsión en la policía de Padua, por lo menos, al más alto nivel.

Brunetti recordó entonces su poco lucido comportamiento en las últimas elecciones municipales de Venecia, y no hizo comentarios. Ninguno de los dos candidatos —el filósofo sin experiencia política propuesto por los ex comunistas y el empresario apoyado por la Lega— le convencía, y salió de la cabina sin haber sido capaz de decidirse, algo que no había confesado a Paola, que estaba tan contenta con la victoria del filósofo que no se preocupó de averiguar a quién había votado su marido. Quizá todas aquellas nuevas elecciones hicieran que las cosas empezaran a cambiar, pero Brunetti lo dudaba. Hacía mucho tiempo que se movía en medios gubernativos como para pensar que cualquier cambio pudiera ser más que puramente cosmético.

El comisario centró ahora de nuevo su atención en la mesa, a la que habían llegado dos platos de
fettuccine
esmaltados de mantequilla. Volvió el dueño, con una trufa pequeña en una fuente blanca en una mano y un rallador metálico en la otra. Dejó la fuente en la mesa, se inclinó sobre el plato de Della Corte y frotó la trufa en el rallador, se incorporó y repitió la operación en el plato de Brunetti. El delicado olor a bosque y a musgo que se elevó de los humeantes
fettuccine
envolvió no sólo a los tres hombres sino toda la zona de alrededor. Brunetti hizo girar el tenedor en la pasta y empezó a comer, entregándose a la voluptuosa degustación de la pasta cocida al punto justo, suavizada por la mantequilla y aromatizada por la exquisita trufa.

Estaba claro que Della Corte no era partidario de estropear la comida con la charla, y en aquella mesa se habló poco hasta que se retiraron los platos —el pato estaba tan bueno como las trufas, o casi, pues para Brunetti nada era comparable a las trufas— y les sirvieron unos calvados.

En aquel momento se acercó a su mesa un hombrecito chaparro de aire jovial, con la chaqueta blanca y el lazo negro de los camareros.

—Dice el
signor
Germani que desea usted hablar conmigo,
capitano.

—¿Esta mañana he hablado por teléfono con usted? —preguntó Della Corte, separando de la mesa una silla e invitando al hombre con un ademán a sentarse en ella.

El camarero apartó la silla un poco más, para dejar espacio a su corpulencia y se sentó.

—Sí, señor.

—Me gustaría que repitiera delante de mi colega lo que me ha dicho antes. —Señaló a Brunetti con un movimiento de cabeza.

Mirando a Della Corte, el camarero empezó:

—Como le he dicho por teléfono, en el primer momento de ver la foto en el periódico no lo reconocí. Pero después, cuando el barbero estaba cortándome el pelo, de pronto, sin más, me vino a la cabeza quién era. Y llamé a la policía.

Della Corte sonrió y asintió, como felicitando al camarero por su civismo.

—Continúe —dijo.

—No creo que pueda añadir gran cosa a lo que le he dicho esta mañana,
capitano.
Él estaba con una mujer, ya se la he descrito por teléfono.

—¿Puede repetir ahora lo que me ha dicho? —le pidió Della Corte.

—Era alta, tan alta como él, ojos y piel claros, y el pelo casi rubio, pero no del todo. Era la misma de otras veces.

—¿Habían estado aquí antes?

—El mes pasado y también este verano, no sabría decirle cuándo exactamente. Sólo recuerdo que hacía mucho calor y que ella llevaba un vestido amarillo.

—¿Cómo se comportaban? —preguntó Della Corte.

—¿Se refiere a sus modales?

—No; me refiero a cómo estaban el uno con el otro.

—Ah, ¿quiere decir si había algo entre ellos?

—Sí —respondió Della Corte, y movió la cabeza de arriba abajo.

—No lo creo —dijo el camarero, y reflexionó. Después de una pausa prosiguió—: Desde luego, no estaban casados. —Antes de que Della Corte pudiera preguntar, el camarero explicó—: No sé por qué lo digo, pero a lo largo de los años he observado a una infinidad de parejas, y cuando están casados se nota, por su forma de tratarse. Quiero decir que, aparte de si son felices o no en su matrimonio y hasta de si se odian, siempre están cómodos con el otro. —Agitó las manos, desesperando de poder dar una explicación. Brunetti sabía lo que el hombre quería decir, pero tampoco hubiera podido explicarlo.

—¿Y ellos no daban esa impresión? —preguntó Brunetti, hablando por primera vez.

El camarero movió negativamente la cabeza.

—¿Sabe de qué hablaban?

—No —dijo el hombre—, pero lo que fuera les alegraba. Él sacó unos papeles y se los enseñó. Ella estuvo mirándolos un rato. Para eso se puso las gafas.

—¿Tiene idea de qué eran los papeles? —preguntó Della Corte.

—No, señor. Cuando les serví la pasta, ella se los devolvió.

—¿Y él qué hizo?

—Debió de guardarlos en el bolsillo. No me fijé. —Brunetti miró a Della Corte, que sacudió la cabeza indicando que no se habían encontrado papeles en los bolsillos de Favero.

—¿Podría decirnos algo más sobre el aspecto de la mujer? —preguntó Della Corte.

—Pues, como le digo, unos treinta y tantos años. Alta, pelo claro, aunque no color natural. Pero tenía la piel blanca y los ojos claros, de modo que quizá no era teñido sino sólo aclarado.

—¿Algo más? —preguntó Brunetti sonriendo y tomando un sorbo de calvados, para dar a entender que la pregunta no tenía especial importancia.

—Bueno, ahora que sé que él ha muerto, que se ha suicidado, no sé si lo noté entonces o se me ocurrió después, cuando ya sabía lo que le había ocurrido. —Ni Della Corte ni Brunetti preguntaron ahora—. Entre ellos había algo raro. —El hombre barrió unas migas con los dedos de una mano recogiéndolas con la palma de la otra mano, estuvo un instante sin saber qué hacer con ellas y se las echó al bolsillo de la chaqueta.

Ante el silencio de los dos policías, el hombre prosiguió, hablando lentamente, como si por primera vez diera forma a un pensamiento.

—Hubo un momento, mientras ella repasaba los papeles, en que levantó la cara y lo miró de un modo…

—¿De qué modo? —preguntó al fin Della Corte, después de un largo silencio.

—No sé, no como si estuviera enfadada ni nada parecido. Más bien como se mira en el zoo algo nunca visto. Como si él fuera de otra especie o hubiera salido de una nave espacial. No sé si me explico… —Su voz se apagó y la frase quedó en el aire.

—¿Le pareció una mirada amenazadora?

—Oh, no, en absoluto. —Movió la cabeza con énfasis, deseoso de convencerles—. Eso es lo extraño, que no había cólera. No había nada. —Hundió las manos en los bolsillos y sonrió, incómodo—. Perdonen que no sepa explicarme mejor.

—¿Él se dio cuenta?

—No, señor. En aquel momento servía vino. Pero yo lo vi.

—¿Y las otras veces que estuvieron aquí? —preguntó Brunetti—. ¿Había buen ambiente?

—Oh, sí, señor. Las otras veces, sí. Y no es que la otra noche no lo hubiera. Estaban cordiales, pero de un modo semiformal.

—¿Sacaron papeles las otras veces?

—No, señor. Estaban como dos amigos, mejor dicho, como dos empresarios o profesionales. Eso es, como dos hombres en una comida de negocios. Quizá eso es lo que siempre me pareció curioso, porque ella era muy atractiva y él, un hombre apuesto, pero entre ellos no había esa tensión que se observa entre un hombre y una mujer. Sí, ahora que lo pienso, eso era lo extraño. —Sonreía, satisfecho de haberlo descubierto.

—¿Recuerda qué bebían? —preguntó Brunetti. El camarero y Della Corte lo miraron con extrañeza.

El hombre reflexionó.

—Barolo —dijo al fin—. Un tinto con mucho cuerpo que iba bien con los
bistecche.
Y, con el postre,
vin santo.

—¿Él se levantó de la mesa alguna vez? —preguntó Brunetti, pensando en la graduación de los vinos y en la posibilidad de echar algo en una copa.

—No recuerdo. Quizá.

—¿Recuerda si pagó con tarjeta? —preguntó Brunetti.

—No, señor; en efectivo, y me parece que las otras veces, también.

—¿Sabe si había venido otras veces, además de las ocasiones en las que usted los vio?

—He preguntado a los otros camareros, y ninguno los recuerda. No es probable. Cerramos los martes y miércoles y todos los otros días yo estoy aquí. No he faltado ni un solo día en trece años, por lo que, si vinieron, yo tenía que estar aquí, y no recuerdo haberlos visto más que la semana pasada y las otras dos veces. A ella la recordaría.

Della Corte miró a Brunetti, pero éste movió la cabeza negativamente. No tenía más preguntas, por el momento. Della Corte sacó una tarjetita del bolsillo.

—Si recuerda algo más, llámeme a la
questura
—dijo entregándole la tarjeta. Luego, con estudiada naturalidad, agregó—: Pregunte directamente por mí.

El camarero guardó la cartulina, se levantó y se alejó de la mesa, pero entonces, bruscamente, se paró y volvió sobre sus pasos.

—¿Quieren las gafas de la mujer? —preguntó a boca-jarro.

—¿Cómo dice?

—Las gafas. Ella las olvidó. Quedaron en la silla que tenía a su lado. Debió de quitárselas después de mirar los papeles y las olvidó. Las encontramos cuando ya se habían ido. ¿Las quieren?

Della Corte reaccionó inmediatamente.

—Sí, por supuesto.

El camarero desapareció para volver a los pocos instantes trayendo en una mano unas gafas con montura metálica. Levantándolas para mostrarlas a los dos policías, dijo con una satisfacción casi infantil:

—Miren. —Asió una varilla con cada mano y dobló la montura hacia afuera como si las gafas fueran de goma y él, un hábil prestidigitador que las hubiera convertido en una rosquilla. Luego retiró la tensión y las gafas recuperaron inmediatamente su forma original—. Es fantástico, ¿verdad? —dijo. El hombre dio las gafas a Della Corte y se alejó en dirección a la cocina.

—¿Por qué no se rompen? —preguntó Della Corte, retorciendo la montura como había visto hacer al camarero.

—Titanio —respondió Brunetti, aunque la pregunta había sido puramente retórica.

—¿Cómo? —preguntó Della Corte.

—Titanio —repitió Brunetti—. El mes pasado, mi mujer se cambió las gafas de lectura y me habló de esas monturas. ¿Me permite? —preguntó alargando la mano. Della Corte se las dio, y Brunetti se las acercó a los ojos y las examinó atentamente—. Mire —dijo devolviéndolas a Della Corte mientras señalaba con el índice la minúscula marca que había en una de las varillas, cerca de la bisagra.

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