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Authors: Alain Mabanckou

Tags: #Humor

Memorías de puercoespín

 

Alain Mabanckou, joven autor de Congo-Brazzaville, vuelve a visitar con profundidad numerosos lugares fundadores de la literatura y la cultura africanas con amor, humor e irrisión.

Parodiando libremente una leyenda popular según la cual cada ser humano posee su doble animal, este relato nos brinda la historia de un asombroso puercoespín, que por encargo de su álter ego humano, llamado Kibandi, lleva a cabo una serie de asesinatos rocambolescos con la ayuda de sus temibles pinchos. ¡Ay de los aldeanos que se crucen en el camino de Kibandi, porque su amigo puercoespín está dispuesto a todo para satisfacer la locura sanguinaria de su «dueño»!

Alain Mabanckou, transforma con brío y picardía los códigos narrativos de la fábula y renueva las formas tradicionales del cuento africano en un relato truculento y picaresco donde convergen el arte de la ironía y la elocuencia inventiva, rasgos que hacen de él una de las voces capitales de la literatura francófona actual.

Memorias de Puercoespín
ha sido galardonada en 2006 con el Premio Renaudot.

Alain Mabanckou

Memorias de puercoespín

ePUB v1.0

Dawo
17.07.12

Título original:
Mémoires de porc-épic

Alain Mabanckou, 2006.

Traducción: Mireia Porta i Arnau

Editor original: Dawo (v1.2)

Corrección de erratas: Mística

ePub base v2.0

Dedico estas paginas a mi amigo y protector El Caracol Tozuda, a los clientes del bar
El Crédito se fue de viaje
y a mi madre Pauline Kengué, a quien debo esta historia (con alguna que otra mentira más)

CÓMO LLEGUÉ APURADÍSIMO HASTA TU PIE

o sea que no soy más que un bicho de tres al cuarto, los hombres dirían un
animal salvaje
como si, en su especie, no los hubiera más animales y más salvajes que nosotros, para ellos no soy más que un puercoespín, y como sólo se fían de lo que ven, deducirían que no tengo nada de particular, que pertenezco al rango de los mamíferos provistos de largos pinchos, y agregarían que soy incapaz de correr tan rápido como un perro de caza, que la pereza me obliga a no vivir lejos del lugar donde me alimento

a decir verdad, nada tengo que envidiar a los hombres, me importa un bledo su pretendida inteligencia, puesto que yo mismo fui durante largo tiempo el
doble
del hombre al que llamaban Kibandi y que murió anteayer, yo me amadrigaba la mayor parte del tiempo no lejos del pueblo, sólo iba al encuentro de ese hombre a altas horas de la noche, cuando debía ejecutar las misiones precisas que me encargaba, soy consciente de las represalias que me habría infligido de haberme oído en vida confesarme como ahora, con una libertad de tono que habría tomado por ingratitud porque, como quien no quiere la cosa creyó durante toda su vida que le debía algo, que no era más que un pobre figurante, que podía decidir mi destino a su antojo, pues, sin querer apuntarme tantos a mi favor, también puedo decir lo mismo respecto a él, puesto que sin mí no habría sido más que un miserable vegetal, su vida de humano no habría valido siquiera tres gotitas de pipí del viejo puercoespín que nos gobernaba en la época en que todavía formaba yo parte del mundo animal

tengo cuarenta y dos años a día de hoy, me siento aún muy joven y si fuera un puercoespín como los que merodean por los campos de ese pueblo, no habría tenido una vida tan larga ya que, para nosotros, los puercoespines de esta región, la gestación dura entre noventa y tres y noventa y cuatro días, en el mejor de los casos podemos vivir hasta veintiún años cuando estamos en cautividad, pero qué aliciente tiene pasarse la vida en reclusión como un esclavo, qué aliciente tiene imaginar la libertad detrás de las alambradas de púas, eh, sé que algunos animales perezosos se complacerían en ello, incluso llegarían a olvidar que la dulzura de la miel jamás les consolaría de la picadura de la abeja, yo prefiero los escollos de la vida sabanera a las jaulas en las que varios de mis congéneres se ven secuestrados para terminar un buen día como albóndigas de carne en las marmitas de los humanos, es cierto que he tenido el privilegio de batir el récord de longevidad de mi especie, de contar el mismo número de años que mi dueño, no pretendo que haber sido su doble resulté una bicoca, era un verdadero trabajo, mis sentidos eran solicitados, le obedecía sin chistar aun cuando, durante las últimas misiones, comenzaba a tener cierto reparo, a decirme que estábamos cavando nuestra propia tumba, sin embargo, le debía obediencia, asumía mi condición de doble como una tortuga que trajina su concha a todas partes, yo era el tercer ojo, la tercera ventana de la nariz, el tercer oído de mi dueño, lo cual significa que lo que él no veía, lo que él no olía, lo que él no escuchaba, yo se lo transmitía en sueños, y cuando no respondía a mis mensajes, aparecía ante él a la hora en que los hombres y las mujeres de Sekempebe iban al campo.

no asistí al nacimiento de Kibandi como esos dobles que nacen el mismo día que el niño que verán crecer, ésos son
dobles pacíficos
, no se exponen ante su dueño, sólo intervienen en casos precisos, por ejemplo, cuando su iniciado se pone enfermo o cuando es víctima de la mala fortuna, los dobles pacíficos llevan una vida monótona, no sé yo cómo soportan semejante existencia, son fofos, lentos, su primera preocupación es huir a la que hay jaleo, esta actitud tan idiota los lleva incluso a desconfiar de su propia silueta, tengo entendido que la mayoría de ellos son sordos, ciegos, pero que uno no puede sorprenderlos en su vigilancia debido a su olfato infalible, digamos que protegen al ser humano, lo guían, le labran el camino de su vida, mueren como nosotros el mismo día que su dueño, la transmisión de tal poder la asegura el abuelo en cuanto nace el ser humano, el viejo se apodera del bebé tras consultarlo con sus progenitores, desaparece con él detrás la cabaña, le habla, le escupe, lo lame, lo sacude, le hace cosquillas, lo manda por los aires, lo atrapa mientras el espíritu del doble pacífico abandona el cuerpo del viejo para infiltrarse en el del pequeño ser, el iniciado se consagrará a hacer el bien, se distinguirá por su generosidad sin límites, dará dinero a los paralíticos, a los ciegos, a los mendigos, respetará a sus semejantes, estudiará las plantas con objeto de curar a los enfermos y procurará transmitir sus dones a las futuras generaciones en cuanto le aparezcan las primeras canas en la cabeza, es una vida aburridísima, por no decir monótona, no habría tenido nada que contarte hoy de haber sido uno de esos dobles pacíficos sin historia, sin nada excepcional

pertenezco mas bien al grupo de los
dobles nocivos
, somos los más agitadores de los dobles, los más temibles, los menos numerosos también, y como te figurarás, la transmisión de tal doble es más complicada, más restringida, se opera en el transcurso del décimo año del chiquillo y además hay que conseguir hacerle tragar el brebaje iniciático llamado
mayamvumbi
, el iniciado lo beberá regularmente a fin de sentirse en el estado de embriaguez que le permite desdoblarse, liberar su
otro yo
, un clon bulímico que no para de correr, cabalgar, salvar los ríos y ocultarse en el follaje, cuando no ronca en la cabaña del iniciado, y yo me encontraba en medio de esos dos seres, pero no como espectador, puesto que, sin mi, el otro yo de mi dueño habría sucumbido por no saciar su glotonería, puedo confiarte que si los padres de los niños a los que se transmite un doble pacífico están al corriente de la iniciación y la alientan, no sucede lo mismo cuando hay la transmisión de un doble nocivo, aquí se opera contra la voluntad del chiquillo, se efectúa a espaldas de su madre, hermanos y hermanas, los seres humanos cuya encarnación animal no se dejará habitar por los sentimientos como la compasión, la conmiseración, los remordimientos, la misericordia, harán malabarismos con la noche y una vez consumada la transmisión, el doble nocivo deberá abandonar el mundo animal con el fin de no vivir lejos del iniciado y cumplirá sin chistar las misiones que éste le encargará, desde cuándo se ha visto además un doble nocivo desacreditar al hombre al que debe su existencia, eh, lo nunca visto en memoria de puercoespín, y los elefantes no son los únicos que poseen una memoria fiable, éste es uno de los prejuicios de la especie humana

mucho antes de que mi dueño se arriesgara a jugar con fuego, disfruté de unos meses de descanso, aprovechaba para contemplar la vida que se desarrollaba a mi alrededor, el aire fresco me colmaba los pulmones, el alborozo me empujaba a retozar y corría, corría sin parar, me detenía en la cima de una colina desde la que podía otear con una mirada la agitación de la fauna, me gustaba observar a los demás animales, su vida cotidiana, dicho de otro modo, me reconciliaba con la sabana, podía desaparecer, dejar de dar señales de vida a mi dueño, miraba la puesta de sol, luego cerraba los ojos para escuchar los grillos hasta que me despertaran al día siguiente los estridores de las cigalas y, durante esos periodos de inactividad, de tregua, comisqueaba mucho, cuanto más comía, más hambre tenía, fíjate que ya ni me acuerdo de la cantidad de campos de tubérculos que frecuenté, para gran desesperación de los campesinos de Sekepembe, que acusaban sin razón a un monstruo medio hombre medio animal cuyo estómago era tan profundo como el pozo de la ignorancia de aquéllos, después iba a primera hora a acechar a los patos silvestres que chapoteaban en el río, sus abigarradas plumas se reflejaban en las ondas, me divertía verlos cortejar por encima de las aguas sin ahogarse, y alzaban el vuelo hacía otros espacios en cuanto uno de ellos tocaba el final del recreo o un cazador se aventuraba en las inmediaciones, la última hora de la mañana abría el desfile de las cebras, los ciervos, los jabalíes, luego los leones que circulaban en manada a lo largo del río, las crías delante, los viejos rugiendo por nimiedades, ese mundo animal no se cruzaba, había como un reparto natural del tiempo, y mucho más tarde, al alcanzar el sol el cenit, aparecía el ejército de los monos, asistía alas peleas entre machos, sin duda por una cuestión de autoridad o de hembra, me lo tomaba como un entrenamiento, sus gestos me recordaban a los humanos, sobre todo cuando esos antropoides se distraían con sus albondiguillas, se rascaban las partes genitales, se olisqueaban seguidamente los dedos para luego poner cara de asco, y me preguntaba si entre ellos algunos no serían los dobles nocivos de seres humanos, pero recapacitaba, pues sabía que un doble nocivo está obligado a alejarse de la vida en comunidad

sí, en aquellos tiempos era un puercoespín feliz y enderezo los pinchos cuando lo afirmo, lo cual es una manera para nosotros de jurar, si no, levantamos también la pata derecha y la sacudimos tres veces seguidas, sé que los humanos tienen la costumbre, ellos, de poner en juego la cabeza de sus difuntos o convocar a su Dios que nunca lo han visto y que adoran a ojos cerrados, consagran su existencia a leer Sus palabras relatadas en un libro gordo que los hombres de piel blanca trajeron aquí en la época remota en que los habitantes de este país se cubrían el ridículo sexo por medio de pieles de leopardo o de hojas de plátano e ignoraban que detrás del horizonte habitaban pueblos distintos a ellos, que el mundo se extendía también allende los mares y océanos, que cuando caía la noche aquí, en otra parte era de día, que cuando llovía aquí, en otra parte hacía sol, y resulta que mi dueño Kibandi poseía ese libro de Dios en el que hay un montón de historias que los hombres se ven forzados a creer a riesgo de no merecer un lugar en lo que llaman
el Paraíso
, como te puedes figurar, metí la nariz en él por curiosidad puesto que sabía leer perfectamente como mi dueño, a veces, hasta leía en su lugar cuando él estaba demasiado agotado, recorrí pues ese libro de Dios, páginas enteras, muy palpitantes y, patéticas, te lo digo de veras, subrayé fragmentos con la ayuda de mis pinches, oí con mis propios pequeños oídos varias de esas historias en boca de personas serias, personas de perilla gris, personas que iban los domingos a la iglesia del pueblo, contaban esas historias con tanta precisión y tanta fe que cualquiera habría deducido que ellos mismos habían sido testigos oculares de los hechos narrados, que sepas que el episodio más contado por esos bípedos dotados de facundia es el de un tío misterioso, una especie de caballero andante carismático, el hijo de Dios, admiten ellos, que vino al mundo por un medios muy complicado, sin que se detalle siquiera en ese libro como su padre y su madre se acoplaron, es el tío ese que se paseaba tan pancho por encima de las aguas, también es él el que transformaba agua en vino, también es él el que multiplicaba los panes para dar de comer al pueblo, también es él el que respetaba a las prostitutas a las que la población arrojaba piedras, también es él el que volvía a dar piernas a los paralíticos más desesperados y la vista a los ciegos, y vino al mundo para salvar a la humanidad entera, comprendidos nosotros los animales porque, agárrate fuerte, ya en una época lejana, para preservar al menos un espécimen de cada especie que vivía en esta tierra, no nos olvidaron, nos agruparon también en esa jaula bautizada
Arca de Noé
para que sobreviviéramos a una lluvia torrencial de cuarenta días y cuarenta noches, el
Diluvio
se llamaba, pero resulta que muchas épocas después el hijo único que Dios mandó en este bajo mundo fue blanco de los hombres incrédulos, de los impíos que lo flagelaron, crucificaron, dejaron en pleno sol ardiente, y el día de su juicio por los mismos que lo acusaban de haber perturbado el orden público por culpa de sus milagros espectaculares, cuando fue cuestión de elegir entre él y otro excusado, un ruin individuo que no temía ni a Dios ni al Diablo denominado Barrabás, prefirieron indultar al salteador de caminos, y mataron a ese pobre hijo de Dios, pero chúpate ésa, regreso del Reino de los Muertos como aquel que se despierta de una siestecilla de nada, y si te hablo de ese tío misterioso no es para alejarme de mis confesiones, es porque estoy persuadido de que no era un cualquiera, ese hijo de Dios era un iniciado como mi dueño, sin embargo estaría protegido por un doble pacífico, ya que jamás perjudico a nadie, eran los otros los que le buscaban las pulgas on la tonsura, digamos que si Kibandi ya no leía esas historias, sí prefería más bien el universo de los libros esotéricos, es porque estimaba que el libro de Dios censuraba sus propias creencias, criticaba sus prácticas y lo alejaba de las enseñanzas de sus antepasados, de modo que no creía en absoluto en Dios en la medida en que Éste siempre, dejaba para mañana el cumplimiento de las plegarias, mientras que mi dueño deseaba resultados concretos e inmediatos, le importaban un bledo las promesas del paraíso, por eso soltaba a veces, con objeto de cortar por lo sano discusiones de los creyentes más determinados del pueblo, «si quieres que Dios se tronche, cuéntale tus proyectos», además, por mucho que los hombres juren por la cabeza de sus difuntos o en nombre de su Todopoderoso, y es lo que hacen desde los tiempos inmemoriales, acaban un buen día traicionando su palabra porque saben que la palabra no es nada de nada, sólo compromete a los que creen en ella

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