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Authors: Aristófanes

Tags: #Clásico, Humor, Teatro

Lisístrata

 

Cansadas de soportar las prolongadas ausencias del hogar que la guerra impone a los varones y de la consiguiente escasez de relaciones sexuales, las mujeres de toda la Hélade, convocadas en Atenas por Lisístrata, deciden hacer que tan incómoda situación obre en su favor, llevándola a sus últimos extremos. Para conseguir la paz fuera de sus casas declararán la guerra dentro de ellas: forzarán a los hombres a concertar la paz, negándose por completo a mantener relaciones sexuales con ellos mientras dure la guerra.

Aristófanes

Lisístrata

Introducción, traducción y notas de Luis M. Macía Aparicio

ePUB v1.0

Tammy_Baker
15.07.12

Título original:
Lysistráte

Aristófanes, 411 a. C.

Traducción: Luis M. Macía Aparicio

Ediciones Clásicas

Editor original: Tammy_Baker (v1.0)

ePub base v2.0

INTRODUCCIÓN
La obra en su contexto histórico

Suele aceptarse que
Lisístrata
compitió en el concurso dramático de las
Leneas
del año 411 a. C. Por entonces Calias era arconte en Atenas, según apunta el Argumento I de nuestra obra, que, en cambio, nada nos dice de los rivales con que compitió ni del puesto que esta comedia consiguió en el certamen.

Si esa opinión es acertada, su representación habría tenido lugar sólo unos meses antes del triunfo de la famosa asonada oligárquica de aquel año que interrumpió durante un breve espacio de tiempo el sistema democrático de gobierno de Atenas. Nuestra obra ofrece información de ciertos detalles de los inicios de ese movimiento
[1]
, pero sus noticias requieren una evaluación prudente, porque la Comedia es un género literario al que no le es exigible el rigor histórico.

De todas formas, la situación política y las perspectivas de Atenas en su confrontación bélica con Esparta, que duraba ya veinte largos años, se habían deteriorado tanto como para que se contemplase sin excesiva preocupación el posible final del sistema democrático que desde tiempos muy remotos había sido el santo y seña de la ciudad
[2]
. Cabe imaginar que el hastío y 1a decepción, por una parte, y el miedo, por otra, se habrían adueñado del espíritu de los atenienses, que quizá veían en el cambio político que amenazaba una posible solución y un modo de detener la imparable carrera de la ciudad hacia su ruina. Los hechos que habían conducido a tan desesperada situación son bien conocidos, pero creo necesario exponerlos en un breve resumen.

En el año 415 a. C., la Asamblea ateniense, abandonando la prudente estrategia bélica que diseñara Pericles, aprobó, seducida por las atractivas perspectivas que abría ante sus ojos el encantador y ambicioso Alcibíades, el envío de una importante expedición militar a Sicilia, cuyo objetivo era someter a la ciudad de Siracusa, poderosa amiga de Esparta, que, aunque hasta el momento se había mantenido al margen del conflicto entre atenienses y espartanos, constituía una amenaza potencial para la seguridad de Atenas.

Desde el mismo momento de la partida de la expedición —y antes incluso— empezó a producirse una cadena de acontecimientos que al cabo de cuatro años llevaría a la caótica situación que preparó el camino para la ya mentada revuelta oligárquica del 411 a. C. Y en todos ellos Alcibíades fue destacado protagonista.

Acusado junto a otros prestigiosos atenienses de la sacrílega parodia de los Misterios de Eleusis y de la mutilación de los
hermes
[3]
, Alcibíades, que junto a Nicias y Lámaco, a quienes la Asamblea le había puesto como colegas en el mando para limitar sus excesos, había zarpado al mando de la expedición, fue reclamado en Atenas para someterse al juicio correspondiente. Sin embargo, asustado ante la más que probable condena, desertó para salvar su vida antes de arribar a Sicilia y se pasó al bando enemigo. Llegado a Esparta compareció ante la Apella, justificó como lógicos los perjuicios que hubiera podido causar en el ejercicio de su mando y puso a disposición de la mortal enemiga de Atenas su buen conocimiento de la intenciones y, sobre todo, de los puntos débiles de ésta. Y no puede negarse que su función asesora se dejara notar.

Haciendo caso a Alcibíades, Esparta le dio un mayor dinamismo a su actividad bélica frente a Atenas: tras adueñarse en su habitual incursión anual del estratégico enclave de Decelía, cercano a la ciudad, un contingente espartano quedó de retén en la plaza, sin retirarse completamente del territorio, como habían hecho siempre hasta entonces. Con fuerzas enemigas tan próximas los habitantes de Atenas no podían ya cultivar el campo ni alejarse demasiado de su ciudad; incluso la peregrinación anual a Eleusis para celebrar los
Misterios
se vio perturbada por la presencia de los lacedemonios en Decelía, pues los atenienses se vieron forzados a hacer por mar el viaje al santuario de Deméter y Perséfone, que distaba de la ciudad sólo 25 kms. por el Camino Sagrado
[4]
.

También por sugerencia del tránsfuga Esparta intervino en la campaña de Sicilia, enviando al espartiata Gilipo como director de operaciones. Su concurso, que logró impedir apenas llegar que los atenienses cerraran por completo la tenaza que habían empezado a tender en torno a Siracusa, unido al entusiasmo de los propios siracusanos y sus aliados en la lucha, hizo que la expedición ateniense terminara en un completo y costosísimo fracaso. Era el año 413 a. C. y la fallida campaña siciliana se convertía en el segundo golpe que recibía Atenas en poco tiempo. El desastre económico y la pérdida de numerosas vidas se sumaba ahora a la enojosa presencia de los espartanos en Decelía.

La ciudad se tambaleó, y todos sus enemigos vieron llegado el momento de pasarle factura: empezando por Quíos, las ciudades del imperio ateniense situadas en la costa de Jonia hicieron defección de éste y se pasaron a Esparta. La intervención de Alcibíades había sido decisiva también en este asunto, recomendando a sus actuales amigos de Esparta
[5]
que apoyaran decididamente a los rebeldes y, al poco tiempo, asumiendo él mismo
in situ
la promoción de la revuelta, que, como reguero de pólvora, se extendió por toda la costa jonia: Eritras, Clazómenas y Mileto se unieron sucesivamente a los espartanos.

La pérdida de las ciudades jonias comprometía seriamente la llegada a Atenas del flujo de mercancías que garantizaba la subsistencia de la ciudad, acosada por tierra por las fuerzas espartanas
[6]
; pero había aún otra negra nube que se levantaba ominosa en el horizonte de Atenas: la posibilidad de que Persia entrara en el conflicto en apoyo de Esparta.

Es que Tisafernes, el sátrapa de Jonia, creía llegada la ocasión de recuperar para el Gran Rey las ciudades de la zona, perdidas en las Guerras Médicas, si intervenía en la guerra entre Atenas y Esparta en favor de esta última: la potencia de Lacedemonia, que no tenía intereses económicos ni vínculos de sangre con esas ciudades, no opondría mayores reparos en cedérselas al persa a cambio de su ayuda. Y aunque, en efecto, fue precisamente eso lo que en definitiva hizo Tisafernes, en el momento que describimos la rocambolesca actuación de Alcibíades le hacía mantener su decisión en suspenso.

En efecto, Alcibíades había empezado a distanciarse de Esparta, donde se había creado poderosos enemigos, y había iniciado un acercamiento a Tisafernes, por una parte, y a la facción oligárquica de Samos, el último bastión de Atenas en Jonia, por otra. Alcibíades recomendaba a Tisafernes que no se precipitara en otorgar decididamente su apoyo a ningún bando, sino que dejara a los dos debilitarse mutuamente y aguardara para caer sobre el vencedor y quedarse con todo. En cuanto a los de Samos, les prometía el apoyo del persa —a quien afirmaba tener completamente de su parte— si conseguían terminar con el régimen democrático ateniense, que tantos perjuicios había ocasionado al Gran Rey y que tanto le molestaba. Y así hicieron los samios: primero en la propia Samos y luego en Atenas, Pisandro y otros impusieron el cambio político. La ciudad había de gobernarse, aunque fuera sólo durante unos cuantos meses, con un régimen oligárquico.

Tema y estructura

Así las cosas, y ante el inminente cambio político, Aristófanes presentó al concurso esta pieza, que constituye un auténtico manifiesto en pro de la paz. Su eslogan, como el de aquellos hippyes de los sesenta, podría ser
quien hace la guerra no hará el amor
.

Su argumento es sobradamente conocido. Cansadas de soportar las prolongadas ausencias del hogar que la guerra impone a los varones y de la consiguiente escasez de relaciones sexuales, las mujeres de toda la Hélade, convocadas en Atenas por Lisístrata, nuestra protagonista de premonitorio nombre
[7]
, deciden hacer que tan incómoda situación obre en su favor, llevándola a sus últimos extremos. Para conseguir la paz fuera de sus casas declararán la guerra dentro de ellas: forzarán a los hombres a concertar la paz, negándose por completo a mantener relaciones sexuales con ellos mientras dure la guerra. Ése es el plan principal, que finalmente consigue el fin perseguido. Pero casi de pasada, y como simple refuerzo de ese plan principal las viejas de Atenas se adueñarán de la Acrópolis para hacerse con el control del tesoro de Atenea e impedir que se siga gastando en el pago de los gastos de guerra. Se trata, pues, de una acción unitaria que se divide en dos partes, la acción de las jóvenes: castidad forzosa para todos, y la de las viejas: golpe de estado y control del gasto
[8]
. Y puede que esa complejidad sea la causa de que el desarrollo de esta comedia sea un tanto complicado.

Con las primeras luces del alba, las mujeres de Atenas y las
delegadas
de Esparta, Tebas y Corinto se reúnen ante la casa de Lisístrata. Ésta, después de hacerles reconocer que no pueden soportar por más tiempo las privaciones que impone la guerra, les expone sin ambages el plan que ha ideado: las viejas de Atenas van a apoderarse de la Acrópolis y a controlar el tesoro de la diosa; en cuanto a ellas, deben comprometerse por un juramento solemne a abstenerse totalmente de mantener relaciones sexuales con sus maridos mientras dure la guerra.

La propuesta causa estragos en las filas de las mujeres, cuya decisión —así lo exige el tópico cómico de su afición al sexo— flaquea. No obstante, Lisístrata consigue el apoyo de la espartana Lampito y, por fin, aunque a regañadientes, el juramento de todas. En este punto (v. 250) concluye el
prólogo.

Y enseguida comienza el
agón
, el apartado en el que se resuelve el problema planteado. Curiosamente, sin embargo, la solución afecta a la parte del plan de Lisístrata que parecía menos importante a juzgar por la forma de presentarlo en el
prólogo.
Me refiero a la toma de la Acrópolis por las viejas, es decir, a la asunción del poder por las mujeres y a su conquista del control sobre el tesoro de la diosa.

Primero un grupo de viejas frente a otro de viejos —el coro cómico, dividido en dos semicoros— que, recordando tiempos pasados, acuden en defensa de la ciudadela
[9]
, y después Lisístrata ante un importante miembro del gobierno, que reivindica, mitad colérico y mitad simplemente estupefacto ante la inimaginable osadía de las mujeres, el inalienable derecho de los varones a gobernar y a controlar el gasto público, imponen con argumentos —y también con golpes— las razones de las mujeres. El
agón
termina (v. 705) tras el abandono precipitado de la escena por el antagonista, derrotado en toda regla como es usual, y la tensa situación en que quedan los dos semicoros, a punto de reiniciar la pelea. La parte de la acción encomendada a las viejas se ha llevado a cabo con éxito.

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