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Authors: Nicholas Wilcox

Las trompetas de Jericó

 

Los nazis intentan ganar la segunda guerra mundial recuperando el Arca de la Alianza. Año 1943. Los nazis están perdiendo la segunda guerra mundial. Un arqueólogo alemán encuentra en Venecia la pista del Arca de la Alianza que los templarios ocultaron en un cementerio de Túnez en 1308. En la antigüedad, el Arca de la Alianza se reveló como una formidable arma de guerra que otorgó a los judíos la posesión de la Tierra Prometida. La noticia del hallazgo conmociona a Hitler y a los jerarcas nazis, que ven una posibilidad de inclinar la balanza de la guerra a su favor. Así nace la operación Trompetas de Jericó, en memoria de la ciudad destruida por el conjuro del Arca. Himmler comprende que sólo un cabalista puede tener el conocimiento necesario para hacer funcionar el Arca y encarga a Otto Von Kessler, un héroe de guerra nazi al que las multinacionales han retirado del frente, que lo encuentre.

Nicholas Wilcox

Las trompetas de Jericó

Trilogía templaria II

ePUB v1.0

jubosu
15.11.11

Título original: The templar trilogy (II). The Trumpets of Jerico

© Nicholas Wilcox, 2000

© por la traducción, Juan Eslava Galán, 2000

© Editorial Planeta, S. A., 2003

Avinguda Diagonal, 662, 6.a planta. 08034 Barcelona (España)

Diseño de la cubierta: adaptación de la idea original de Jordi Salvany

Ilustración de la cubierta: foto © Albert Chust

Primera edición en Colección Booket: septiembre de 2001

Segunda edición en Colección Booket: febrero de 2002

Tercera edición en Colección Booket: octubre de 2002

Cuarta edición en Colección Booket: julio de 2003

Depósito Legal: B. 33.021-2003

ISBN: 84-08-04017-0

Impreso en: Litografía Roses, S. A.

Encuadernado por: Litografía Roses, S. A.

Printed in Spain - Impreso en España

Edición Digital Abril 2005 por Kory

INTRODUCCIÓN

Una rubia totalmente desnuda, sólo con un sombrero de paja y unas alpargatas de cintas, le guiñaba un ojo desde la página central de la revista masculina
Yanks
de enero del 1943, clavada con chinchetas en la pared.

Bob Handfast, en calzoncillos, sudoroso, contemplaba a la rubia. Estaba echado en el camastro de un barracón prefabricado, en una meseta rocosa del desierto de Eritrea.

«No es un lugar idílico para unas vacaciones —le había escrito Bob Handfast a su familia—, de día te asas, de noche te hielas, y los vientos arrastran partículas de arena que cortan como cuchillos», pero la censura militar había tachado esta parte de la carta. El destino del Segundo Batallón de Transmisiones de la Marina de los Estados Unidos era secreto.

Era mediodía, la mejor hora del día para masturbarse sin peligro de interrupciones inoportunas, pero hacía tanto calor en el barracón que el cabo Handfast sentía su voluntad escindida entre la lujuria y la pereza. A punto de vencer la lujuria, un timbrazo inoportuno lo sobresaltó. El timbre, conectado al receptor de radio SCR44, avisaba de que el transmisor berlinés de la Telefunken acababa de salir al aire. El cabo saltó de la litera, se precipitó sobre el panel de mandos de la radio y accionó el conmutador que ponía en marcha la grabadora. Se colocó los auriculares para oír la transmisión mientras vigilaba la cinta de papel marcada por los puntos y rayas del código morse que brotaba de una ranura de baquelita y serpenteaba sobre el tablero de la consola. El mensaje iba dirigido a Gaimn Dai Jim. Bob Handfast desconocía el significado de aquellas palabras, pero sabía que eran el comienzo de un texto cifrado que requería prioridad absoluta.

Washington D. C.

Catorce horas después, las siete de la mañana en Washington D. C, una ligera llovizna se abatía sobre los tilos, los parterres y los rosales de los jardines de Arlington Hall. El edificio, una antigua escuela femenina, estaba ocupado por la Cuarta Oficina de Criptografía Militar, especializada en descifrar los códigos del Ministerio de Asuntos Exteriores japonés. La cifradora japonesa se llamaba oficialmente T-97, pero los americanos la conocían por
Magia.

El sargento de comunicaciones navales terminó de transcribir el mensaje en código morse y contempló el resultado: un galimatías de letras dispuestas en grupos de cinco. Retocó un par de ellas con lápiz y llevó la cuartilla al despacho 22, en la zona restringida, donde había una réplica de la máquina cifradora
Magia
conectada a una consola llena de indicadores. El teniente tecleó los grupos de cinco números y las luces de la consola fueron iluminándose al tiempo que el mecanismo interior se ponía en marcha con un rumor de engranajes bien engrasados y el mensaje decodificado, en japonés, iba saliendo en una cinta de papel continuo. El teniente aguardó a que la máquina terminara su trabajo, cortó la cinta, la troceó para pegarla sobre un papel de telegrama y la entregó personalmente en el despacho 12, donde un profesor de lenguas orientales de Nueva York tradujo el texto al inglés. Después el teniente grapó la traducción al original, y los introdujo en una cartera de cuero que cerró con un candado; un ordenanza la llevó inmediatamente a la Sección C de la Rama Especial de Distribución del Subjefe de Estado Mayor del Ejército de los Estados Unidos, que era como se denominaba oficialmente la Oficina de Inteligencia Militar.

El general Douglas Whitaker se estaba afeitando en el pequeño cuarto de baño anejo a su despacho cuando sonaron unos golpes en la puerta.

Un joven teniente de comunicaciones se cuadró ante el general, con la cara enjabonada y en camiseta, y lo saludó llevándose enérgicamente la mano a la visera. El general reparó en la cartera.

—¿De qué se trata, teniente?

—Un mensaje captado ayer por Charlie 22, señor. Es un código Gaimn Dai Jim, señor, o sea, a la Oficina Exterior del Gran Hombre.

El general asintió. Una comunicación directa del embajador Oshima a la casa militar del emperador del Japón.

—¿Lo han descifrado?

—Sí, señor.

—Pues ¿a qué espera, teniente? Abra la jodida cartera y léamelo.

El teniente extrajo un folio mecanografiado, que llevaba, escrito en rojo, la clasificación máximo secreto y el número dos, las copias autorizadas del documento. El embajador japonés en Berlín, Hiroshi Oshima, le comunicaba al emperador que durante una visita al cuartel general de Hitler se había enterado, extraoficialmente, de la existencia de una nueva arma secreta alemana.

El general Whitaker se había cortado. Un hilillo de sangre teñía el jabón; trató de restañarlo delicadamente con el dedo, pero la sangre volvía a brotar de la piel rasurada.

—¿
Jericó,
dice?

—Sí, señor, Jericó.

—Jericó, ¿eh? ¿De qué me suena Jericó?

—Es una ciudad de la Biblia, señor. Me he permitido buscar la cita, general. Está en el libro de Josué, capítulo sexto.

El teniente extrajo un papel del bolsillo de su guerrera y leyó: «Yavé dijo a Josué: Mira, yo pongo en tus manos a Jericó y a su rey. Vosotros, valientes guerreros, rodearéis la ciudad y daréis una vuelta alrededor durante siete días. El séptimo día, cuando suene la trompeta, el pueblo clamará y el muro de la ciudad se vendrá abajo. Y el pueblo se lanzará al asalto.»

—Jericó —masculló el general.

El general tomó el mensaje cifrado y volvió a leerlo como si en sus vagas palabras pudiera esconderse otro significado distinto. El mensaje japonés hablaba de una arma secreta decisiva. Los alemanes preparaban una operación Jericó. Una ciudad de la Biblia cuyas murallas se vinieron abajo.

—¿Y qué pasó en Jericó, teniente?

El teniente volvió a leer su papel: «Los guerreros escalaron la ciudad y se apoderaron de ella. Pasaron a cuchillo a todo lo que había en la ciudad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos.»

—Un programa estupendo —murmuró el general.

Le acababan de estropear la mañana.

—¿Hago las copias habituales, señor? —preguntó el teniente. Los asuntos importantes se comunicaban a dieciocho personas, entre ellas el presidente, en copias numeradas que viajaban en valijas cerradas.

El general lo pensó un poco mientras se restañaba la sangre del corte.

—No, nada de copias. Llame inmediatamente a la Casa Blanca y consígame una audiencia especial con el presidente.

Una hora después el general Douglas Whitaker se entrevistaba con el presidente Roosevelt en el despacho oval. El mensaje cifrado del embajador japonés en Berlín estaba sobre el escritorio del presidente.

—¿De dónde procede esta comunicación?

—De Charlie 22, señor presidente. Es una estación de escucha del Segundo Batallón de Trasmisiones de la Marina en las montañas de Eritrea, África.

—¿Tan lejos?

—Sí, señor presidente. Las montañas del desierto de Eritrea son un lugar excelente para interceptar las señales telegráficas entre Berlín y Tokio. Los mensajes radiados que la compañía Telefunken transmite desde Berlín se captan y repiten por dos relés intermedios, en Estambul y Bandung, antes de alcanzar Tokio. El Segundo Batallón de Transmisiones capta los que entran en Estambul y sus repeticiones vía Bandung. No se les escapa ninguno. La mayoría de los mensajes son comerciales y carecen de importancia, pero entre ellos van otros codificados de la embajada japonesa.

—Bien —asintió Roosevelt—, ¿y qué le sugiere este mensaje?

—Señor presidente, los alemanes pueden tener una arma secreta definitiva a la que denominan Jericó. Los analistas de inteligencia piensan que este nombre, tomado de la Biblia, podría sugerir algo sobre la naturaleza del arma. En la Biblia dice —el general sacó del bolsillo de la guerrera el papel y leyó—: «Tocaron las trompetas y el muro se vino abajo», y más adelante dice: «pasaron a cuchillo todo lo que había en la ciudad, hombres y mujeres»...

—...«jóvenes y viejos, bueyes, ovejas y asnos —completó la cita de memoria el presidente—. «Y prendieron fuego a la ciudad con todo lo que contenía.» Josué, capítulo sexto. ¿Qué te sugiere, Douglas?

El general Whitaker tragó saliva y se irguió solemnemente.

—Una arma secreta que aniquila a todo bicho viviente e incendia la ciudad. Me sugiere que los alemanes podrían tener entre manos algo parecido a nuestro Proyecto Manhattan, señor presidente.

Proyecto Manhattan. Así se llamaba en clave todo lo relacionado con la fabricación de la primera bomba atómica.

—Que Dios se apiade de nosotros si los alemanes tienen esa arma —reflexionó Roosevelt, volviendo a leer el mensaje del embajador japonés—. Creo que debemos informar a los británicos.

Londres, 7 de marzo de 1944

En Whitehall lloviznaba a ratos. Cuando escampaba descendía sobre la ciudad una niebla sucia con partículas de hollín en suspensión procedentes de las chimeneas de las fábricas que alimentaban noche y día la industria de la guerra.

Un coche negro y reluciente como un catafalco enfiló Oxford Road, y tras atravesar los distritos industriales, con sus siniestras naves fabriles de ladrillo oscuro y sus descampados de chatarra y escombros, salió a la verde y ondulada campiña. Desde el cómodo asiento trasero del automóvil, el comandante Kirkpatrick contempló la sucesión de suaves colinas cubiertas de hierba, las hazas cultivadas y los huertos familiares. La guerra parecería lejana si no fuera porque cada pocos kilómetros aparecía, en cualquier recodo del camino, un control militar de la Home Guard, veteranos de la Gran Guerra con viejos fusiles que se cuadraban marcialmente después de comprobar la identidad del pasajero. También se notaba en los jardincillos de las casas sembrados de patatas y coles, y en las trincheras y casamatas que de vez en cuando introducían una nota dramática en el idílico paisaje. Se hicieron dos años antes porque Inglaterra creyó que la invasión alemana era inminente y se preparó para defenderse. Ahora la amenaza de la invasión parecía definitivamente conjurada, las cosas comenzaban a irles mal a los alemanes. Por eso resultaba alarmante que hubieran fabricado una arma secreta, y más preocupante todavía que esa arma se llamara Jericó.

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