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Authors: Jorge Molist

La reina oculta (5 page)

—Pero... —balbució— no podéis hacer eso. No me podéis echar sin más, sin aviso previo...

—Os he avisado ya suficiente.

—No, no podéis echarme —afirmó Guillermo, aparentando una seguridad que no tenía.

—¡Claro que sí! —afirmó el prior irritado. El muchacho se quedó observándole, ponderando la reacción de su oponente. Pensaba a toda velocidad en cómo salvarse de aquello, en cómo recomponer la situación. Allí había algo muy raro. Y de pronto, se le ocurrió que el viejo estaba fingiendo.

—¿Quién se esconde tras la celosía? —inquirió señalando al enrejado de la pared.

—¿Qué?

—Vos habéis estado actuando para alguien, ésta no es vuestra forma de ser.

Alguien detrás de la celosía nos observa.

—¿Por qué creéis eso?

—Porque jamás os atreveríais a expulsarme sin antes hablarlo con mi padre, y éste hubiera recurrido al Rey. No tenéis la autoridad. Por alguna razón queréis asustarme y si os comportáis de forma tan distinta a la habitual, es porque actuáis para alguien más poderoso que vos.

Era ahora el prior de la Universidad de París quien miraba asombrado. Se había quedado en silencio. Guillermo se lanzó hasta la celosía intentando arrancarla, pero el maderamen estaba muy bien sujeto, no iba a ceder.

Miró por el entramado y vio como una figura se movía en la oscuridad, saliendo de la estancia.

—¿Quién es? —gritó,— ¿Quién estaba aquí?

Se volvió hacia el prior interrogante, pero no tuvo tiempo de formular una nueva pregunta. La puerta de la estancia se abrió y un imponente personaje cruzó el umbral. Era alto, de unos cincuenta años, de andar y ademanes seguros, y vestía capa y bonete púrpuras. Guillermo anduvo unos pasos atrás, como intentando protegerse, conforme el hombre se desplazaba hasta el centro de la sala.

—Arnaldo Amalric —anunció el viejo,— abad general del Císter, antiguo prior de Poblet y legado con plenos poderes del Papa.

Guillermo intentaba reponerse de la sorpresa pensando aún más aprisa, mientras se acercaba sumiso al prelado e, hincando la rodilla, le tomaba la mano para besársela. Al serle concedida ésta, el muchacho se tranquilizó algo, aún sin dejar de preguntarse qué pintaba allí semejante jerarca.

—Yo sí puedo expulsaros a pesar de vuestro padre y del Rey —afirmó Arnaldo altivo.

Guillermo se mantuvo en genuflexión y cabizbajo, convencido de que la humildad era la virtud que más le convenía en ese momento. Mientras, el legado papal empezó a moverse a sus espaldas al tiempo que hablaba con el prior.

—Decidme, prior Gerard —su voz sonaba potente,— ¿qué motivos podríamos tener para aceptar en nuestra comunidad eclesiástica a semejante individuo? ¿Veis alguno?

El prior no respondió mientras Arnaldo llegaba al fondo de la sala, se sentaba en una silla e invitaba a Gerard a hacer lo mismo. Guillermo continuaba semiarrodillado y de espaldas a ellos.

—El prior no ve ningún motivo —continuó el abad del Císter.— Venid aquí, dadnos vos alguna razón para que, a pesar de vuestro historial violento, libertino y pecaminoso, no os echemos ahora mismo.

El muchacho obedeció y, recuperado su aplomo, se plantó frente a los dos eclesiásticos.

—Me enmendaré, padre —dijo.

—¿Y qué más? —interrogó Arnaldo.

—Cumpliré con eso tan especial que me queréis pedir.

—¿Que os queremos pedir algo?

—Sí, padre —conforme crecía en seguridad, más le costaba a Guillermo mantener su tono humilde.

—¿Qué os hace pensar tal cosa?

El muchacho clavó sus ojos en los del abad del Císter y repuso con un toque arrogante:

—Es sencillo, padre. El prior Gerard no puede expulsarme sin más. Vos sí, pero sois demasiado importante y estáis demasiado ocupado predicando la cruzada como para preocuparos por un tema intrascendente de disciplina universitaria. Además, no os interesa enemistaros con mi familia, precisáis de su apoyo para el negotium pacis et fidei. No, sin duda, no habéis venido a castigarme. Entonces, me intimidáis porque queréis algo de mí, algo que pensáis que no haría por mi propia voluntad y por eso recurrís a la amenaza.

¿Qué es?

El legado le observó unos momentos en silencio para estallar después en una carcajada.

—Tenías razón, Gerard —dijo dirigiéndose al prior,— este muchacho tiene audacia y sagacidad. Quizá sirva.

—¿Servir? ¿Para qué?

—Para una misión en nombre del Papa, que también beneficia a vuestro Rey.

—¿Cuál es? —Guillermo recordó de inmediato la «misión» secreta que el abad del Císter, Arnaldo, le había encomendado a su primo.

—Primero debéis aceptarla.

—¿Aceptar algo que desconozco?

—Sí, y jurar por la salvación de vuestra alma que os aplicaréis con la máxima diligencia, me obedeceréis en todo y que guardaréis el secreto.

—No hago yo tratos sin conocer las condiciones.

Arnaldo sonrió ante el descaro del muchacho.

—El asunto es fácil: si no obedecéis, se os expulsará de la carrera eclesiástica.

Guillermo pensó unos instantes. La sonrisa aún bailaba en la boca de Arnaldo, pero no tenía duda de que hablaba en serio, que sus tropelías eran suficientemente conocidas y truculentas para justificar la expulsión y que el legado tenía el poder. Posiblemente ni las influencias de sus parientes Montfort ante el rey de Francia, a pesar de la estrecha alianza de éste con el Papa, le salvaran. Se dio cuenta de que estaba en sus manos, pero aun así quiso negociar.

—Y si obedezco, ¿qué tendré a cambio? La pregunta tomó por sorpresa a Arnaldo.

¿Cómo se atrevía ese mozalbete a negociarle?

—Permitiré que continuéis con vuestra carrera.

—De acuerdo; pero si cumplo bien mi misión, quiero que me aseguréis un obispado.

—¿Un obispado? —exclamó el legado.— Estáis loco. Precisáis, al menos, de veinte años de brillante y virtuosa carrera eclesiástica. Y no veo virtud en vos.

—Hay quien es obispo ya de nacimiento —repuso el caballero irónico.— Yo no tendré esa virtud, pero tengo otras. ¿Por qué si no habéis venido hoy a verme? Y posiblemente me necesitéis por lo mismo que me censuráis. Pues sabed que si no voy a ser obispo, prefiero que me expulséis ahora. Me dedicaré a las armas.

—Los obispados los da el Papa con el consejo de los reyes. Yo no tengo el poder.

—Pues encargaos vos de hablar en mi favor al Papa, que mis parientes ya lo harán con el Rey. Ésa es mi condición; si triunfo, vos me recomendaréis en el momento oportuno como obispo.

Arnaldo medía, con su mirada de ceño fruncido, a aquel muchacho arrogante.

¿Cómo se atrevía a plantarle cara cuando grandes y poderosos barones se inclinaban ante él como representante plenipotenciario del Papa? Sin duda, el viejo prior Gerard no se equivocó; ése era el hombre que precisaba para aquella misión: seguro de sí mismo, listo, pronto para la acción, pero astuto. No había esperado que fuera especialmente fácil tratar con semejante tipo, pero Guillermo superaba las expectativas.

Sopesó la situación. Ése era el hombre para el trabajo, pero parecía dispuesto a negarse sin una firme promesa de su parte. No perdería tiempo discutiendo.

—De acuerdo; si triunfáis y dejáis de escandalizar con vuestra conducta, os apoyaré para un obispado en el momento oportuno.

—¿Qué he de hacer? —repuso Guillermo aliviado.

—Hace unos meses, un legado papal, Peyre de Castelnou, fue asesinado por los herejes cerca de Saint Gilles y unos documentos muy importantes que traía consigo, robados —concretó Arnaldo.— Vos os uniréis a la cruzada, saldréis hacia el sur y los encontraréis para mí.

Guillermo vio de inmediato que no le quedaba otra salida, tendría que cruzarse y olvidar a la dama casada de París.

—¿Y cómo esperáis que encuentre los documentos?

—Usad vuestro ingenio, pero tendréis que aprender la lengua de oc, naturalmente.

El prior Gerard dice que tenéis una habilidad extraordinaria con los idiomas. Y en ocasiones, deberéis mezclaros con la chusma en las tabernas e indagar. También sois hábil en eso,¿verdad?

Guillermo preguntó más sobre las circunstancias del asalto, pero Arnaldo liquidó el tema con concisión: ya se enteraría por el camino de los detalles. Despidió al muchacho, que en genuflexión volvió a besarle el anillo, y llamaron a un fraile para que le acompañara a la puerta. Su mente funcionaba a toda velocidad. «¿Por que me pide que encuentre lo robado y no al culpable?», se preguntaba. Aquello era extraño. Quizá el abad pensaba que lo uno llevaría a lo otro.

Cuando llegaron al patio de caballerizas, Guillermo, con la excusa de que conocía bien la casa y que quería saludar a un conocido, se despidió de su acompañante. La conversación con el aludido fue muy breve y, tan pronto vio que el fraile desaparecía, volvió a entrar en el edificio principal y se dirigió a la habitación que daba al otro lado de la celosía. Desde allí pudo observar al legado, que ya se despedía del prior Gerard.

—Teníais razón, Gerard; es el hombre para esta misión. Sagaz, ambicioso, atrevido.

—Pero no es persona piadosa, nunca lo será —advirtió el anciano.

—Hoy la Iglesia no necesita hombres con piedad —repuso Arnaldo esbozando una sonrisa extraña.

10

«On está la filia del comte don Denís? robada, l'an robada.»

[(«¿Dónde está la hija del conde don Denís? Se la llevaron, la raptaron...»)]

Canción popular

Entonces no fui capaz de apreciarlo, pero algo muy extraño estaba ocurriendo. Era jueves, el día principal de mercado, y doña Bernarda regateaba emocionada con ese mercader de sedas nuevo. Pero lo que al principio parecían gangas tales que hacían que mi ama, raro en ella, palpara varias veces su bolsa, después no lo eran tanto y el inconsecuente estilo del negociante, volviéndose atrás en alguno de los precios, empezó a irritar tanto a la mujer que fue elevando su voz conforme su indignación crecía. Pero el género era excelente, el diseño, original y ella, incapaz de resistirse a la seda. Yo me aburría y empecé a curiosear en los tenderetes vecinos. Estábamos lejos de la plaza donde los comerciantes habituales tenían lugares fijos designados por los cónsules de la ciudad. Era una callejuela lateral, cercana a la judería, a la que acudimos atraídas por el rumor de la buena seda a precio excelente. Fue entonces cuando un muchachito se acercó y, mostrándome un pergamino con una espléndida ilustración miniada, me preguntó si me interesaba ver libros. Imposible resistirme a aquellas bellas imágenes de Dios creando el mundo y al preguntarle dónde estaban los libros, me respondió que en un tenderete en la siguiente esquina. Debí sospechar; los libros, y más los ilustrados, son artículos muy lujosos y no se venden en la calle; muchos se hacen por encargo y tardan años en terminarse. Los marchantes acostumbran a visitar directamente a sus posibles clientes: grandes clérigos, nobles o ricos burgueses; no van a los mercados.

Seguí ingenuamente al chico y casi de inmediato noté una mano cubriéndome la boca y cómo me arrastraban al interior de una casa. Allí había varias personas que me sujetaron, aun sin poder evitar que antes de amordazarme, en mi pataleo, soltara un chillido agudo. Pero enseguida me metieron un paño en la boca, anudándomelo alrededor de la cabeza. Por un momento pensé que me asfixiaban. ¿Qué ocurría? ¿Por qué me hacían aquello? ¿Qué querrían de mí? Sentía gran angustia.

En aquellos días Hugo estaba en la ciudad y siempre acudía al mercado antes de misa de doce para coquetear con miradas, sonrisas y alguna que otra frase que ya por entonces intercambiábamos. Estaba buscándonos cuando le dijeron que nos habían visto en las callejas cercanas a la judería. Llegó para encontrarse con doña Bernarda regateando, pero no conmigo. Su reacción fue inmediata; él sabía algo que yo no y, sin ningún miramiento, agarró a mi ama por el brazo y le dio un buen tirón para interrogarla:

—¿Dónde está la dama Bruna? La mujer miró asustada a su alrededor balbuciendo:

—Estaba aquí.

Al fin, alarmada al no verme, se puso a chillar con su voz potente:

—¡Bruna!

Eso atrajo la atención de toda la calle y Hugo empezó a inquirir sobre la Dama Ruiseñor.

Como hija del senescal, yo era bien conocida en la ciudad y una mujer que vendía cestos de mimbre dijo haberme visto momentos antes y oír, al poco, un chillido desde la casa de enfrente, que parecía deshabitada. El trovador encargó a mi ama que pidiera ayuda mientras él forcejeaba con una puerta sólidamente atrancada. No podía abrirla.

En la casa, me taparon los ojos, atándome, pero como aún me debatía, anudaron las cuerdas de los pies con las de las manos de forma que impedían casi totalmente mis movimientos. Yo estaba muy asustada. Nunca había sido maltratada antes. Esa violencia me era extraña y aún más el sentimiento de impotencia, de saber que estaba a merced de lo que aquellos rufianes quisieran hacer conmigo. Eso me hacía temblar y un nudo se formó en mi garganta. Fue entonces cuando oí golpes en la puerta y la voz de Hugo pidiendo que abrieran. Aquello me dio esperanza.

Mis captores se pusieron muy nerviosos, pero el que mandaba dijo que nada había que temer si cada cual cumplía según lo acordado. Sentí que me cargaban en volandas, me pasaban con dificultades por un lugar estrecho, golpeándome contra los muros, y me bajaban al sótano. Después, me volvieron a subir y pensé que estaría de nuevo al nivel de la calle. El jefe preguntó y respondieron que todo estaba listo. Al poco noté que aún me ataban más, esta vez contra una superficie plana de madera. Pusieron cuerda tras cuerda hasta que no pude moverme lo más mínimo. Después colocaron por encima una estructura de madera que dejaba un espacio para respirar y lo cubrieron todo con telas. A continuación noté que aquello empezaba a moverse, traqueteando, a veces con grandes saltos, y supe que me llevaban en algún tipo de carro. Sentía en mis costillas las sacudidas de los baches y piedras que topábamos en la calle y me puse a rezar. ¿Qué sería de mí?

¡Cómo sufriría mi pobre padre cuando supiera que me habían raptado! ¿Le volvería a ver?

¿Vería de nuevo a Hugo?

11

«Qui buena dueña escarnece, e la dexa despuos atal le contesca, o siquier peor.»

[(«Quien a una dama maltrata, y la ofende traidor, que esto le acontezca o incluso algo peor.»)]

Poema de Mío Cid

Hugo de Mataplana pidió ayuda a grandes gritos clamando que raptaban a la Dama Ruiseñor. Varios feriantes y curiosos se prestaron a ayudar, en especial un alfarero fornido que acudió cargando una larga banqueta. Usándola cual ariete, golpearon la puerta, hasta lograr romper los atranques al tercer envite. Pero al entrar se encontraron la casa vacía. Hugo estaba perplejo. ¿Era ése el lugar? Su incertidumbre duró sólo unos instantes.

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