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Authors: Greg Bear

La radio de Darwin (45 page)

BOOK: La radio de Darwin
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56. Nueva York

Mitch vio los titulares de la mañana en una pila del
Daily News
en la estación Penn:

DISTURBIOS FRENTE AL CAPITOLIO

Asalto al Senado.

Cuatro senadores fallecidos; docenas de muertos.

Miles de personas heridas

Él y Kaye habían pasado la noche anterior cenando a la luz de las velas y haciendo el amor. Muy romántico, algo que ya no se estilaba en las presentes circunstancias.

Se habían separado hacía tan solo una hora; Kaye se estaba vistiendo, eligiendo los colores cuidadosamente, con la perspectiva de un día difícil por delante.

Compró un periódico y subió al tren. Mientras se sentaba y lo abría, el tren comenzó a moverse, acelerando, y se preguntó si Kaye estaría a salvo, si los disturbios habrían sido espontáneos u organizados, si eso importaba.

El pueblo había hablado, o más bien, había gruñido. Estaban hartos de los fracasos e inacción de Washington. El presidente estaba reunido con sus asesores de seguridad, los jefes de estado mayor, los dirigentes de selectos comités y el presidente de la corte suprema. A Mitch eso le sonaba a que se estaban acercando a una declaración de ley marcial.

No quería estar en el tren. No veía qué podría hacer Merton por él, ni por Kaye; y no podía imaginarse dando clases de simple huesología, a estudiantes universitarios, y no volver a poner los pies en una excavación.

Dejó el periódico sobre el asiento y cruzó el pasillo hasta la cabina telefónica que estaba al final del vagón. Llamó al número de Kaye, pero ya había salido y no le pareció correcto llamarla a Americol.

Inspiró profundamente, intentando tranquilizarse, y volvió a su asiento.

57. Baltimore

Dicken se reunió con Kaye en la cafetería de Americol a las diez. La conferencia estaba fijada para las seis en punto, y se habían inscrito varios visitantes, entre ellos el vicepresidente y el asesor científico del presidente.

Dicken tenía un aspecto horrible. No había dormido en toda la noche.

—Ahora soy yo el que está hecho polvo —comenzó—. Creo que el debate ha terminado. Hemos perdido, se acabó. Podemos seguir gritando, pero no creo que nadie vaya a escucharnos.

—¿Y qué hay de la ciencia? —protestó Kaye—. Te esforzaste mucho para que siguiésemos peleando después del desastre de lo del herpes.

—El SHEVA muta —respondió Dicken. Golpeó la mesa con la mano de forma rítmica.

—Ya te he explicado de qué se trata.

—Sólo has demostrado que el SHEVA mutó hace mucho tiempo. Se trata tan sólo de un retrovirus humano, uno muy antiguo, con una forma lenta pero muy inteligente de reproducirse.

—Christopher...

—Vas a tener la oportunidad de que te escuchen —continuó Dicken. Terminó la taza de café y se levantó de la mesa—. No me lo expliques a mí. Explícaselo a ellos.

Kaye le miró, enfadada y sorprendida.

—¿Por qué has cambiado de idea después de tanto tiempo?

—Empecé buscando un virus. Tus artículos, tu trabajo, me sugirieron que podría tratarse de otra cosa. Podemos estar confundidos. Nuestro trabajo es buscar pruebas, y cuando es necesario tenemos que abandonar nuestras ideas más preciadas.

Kaye se puso en pie a su lado y le golpeó con un dedo.

—Dime que se trata sólo de ciencia.

—Por supuesto que no. Estuve en la escalinata del Capitolio, Kaye. Pude haber sido uno de esos pobres bastardos que murieron por los disparos o los golpes.

—No estoy hablando de eso. Dime que respondiste a las llamadas de Mitch después de nuestra reunión en San Diego.

—No lo hice.

—¿Por qué no?

Dicken la miró.

—Después de lo de anoche, cualquier asunto personal es algo trivial, Kaye.

—¿Lo es?

Dicken cruzó los brazos.

—Nunca podría presentarle a alguien como Mitch a alguien como Augustine y confiar en convencerle de nuestra idea. Mitch tenía información interesante, pero sólo demuestra que el SHEVA lleva mucho tiempo con nosotros.

—Él confió en nosotros.

—Confía más en ti, creo —comentó Dicken, apartando la mirada.

—¿Ha afectado eso a tus opiniones?

Dicken se enfureció.

—¿Ha afectado a las tuyas? No puedo ir a mear sin que alguien le cuente a otra persona cuánto tiempo he pasado en el baño. Pero tú... tú subes a Mitch a tu apartamento.

Kaye se encaró con Dicken.

—¿Augustine te dijo que me acosté con Mitch?

Dicken no se iba a dejar avasallar. Apartó con suavidad a Kaye y se echó a un lado.

—¡Odio esto tanto como cualquiera, pero es lo que hay que hacer!

—¿Según la opinión de quién? ¿Augustine?

—A Augustine también lo controlan. Estamos en medio de una crisis. Maldita sea, Kaye, a estas alturas debería ser evidente para todos.

—¡Nunca dije que fuese una santa, Christopher! Confié en que no me abandonarías cuando me metiste en todo esto.

Dicken bajó la cabeza y miró hacia un lado, y luego hacia el otro, desgarrado por la rabia y la tristeza.

—Pensé que podrías ser una buena compañera.

—¿Qué tipo de compañera, Christopher?

—Un... apoyo. Un igual intelectualmente.

—¿Una novia?

Durante un momento, el rostro de Dicken mostró la expresión de un chiquillo abrumado. Miró a Kaye con tristeza y anhelo a la vez. Apenas podía tenerse en pie de lo cansado que se encontraba.

Kaye se echó atrás y reflexionó. No había hecho nada para incitarle; nunca se había considerado a sí misma una belleza turbadora con un atractivo irresistible para los hombres. No podía haber imaginado la profundidad de los sentimientos de ese hombre.

—Nunca me dijiste que sintieses nada más que curiosidad —le dijo.

—Nunca soy lo bastante rápido y nunca digo lo que pienso —respondió Dicken—. No te culpo por no haberlo sospechado.

—Pero te duele que escogiese a Mitch.

—No puedo negar que me hace daño. Pero no afecta a mis opiniones científicas.

Kaye rodeó la mesa, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué podemos salvar de todo esto?

—Puedes presentar tus pruebas. Simplemente no creo que vayan a resultar convincentes. —Se volvió y salió de la cafetería.

Kaye llevó la bandeja con los platos hasta la cinta transportadora que conducía a la cocina. Miró el reloj. Necesitaba una dosis fuerte de relación personal, de cara a cara; deseaba hablar con Luella Hamilton. Podía salir del INS y estar de vuelta antes de la reunión.

Llamó a un coche de la compañía desde el mostrador de seguridad de la planta baja.

58. Beresford, Nueva York

Mitch salió del enorme pabellón blanco que cubría la antigua estación de tren del pequeño pueblo de Beresford. Se protegió los ojos del sol de la mañana y contempló un llamativo macetero con narcisos amarillos situado junto a un contenedor de basura de color rojo. Había sido el único viajero que había descendido del tren.

El aire olía a grasa caliente, alquitrán y hierba recién cortada. Buscó con la mirada a alguien que hubiese ido a recogerle, esperando ver a Merton. El pueblo, visible al otro lado de las vías, accesible a través de un paso peatonal elevado, era poco más que una hilera de tiendas y el aparcamiento de Amtrack.

Un Lexus de color negro entró en el aparcamiento y Mitch vio a un hombre pelirrojo que salió del coche, miró a través de la reja que rodeaba la estación y le saludó.

—Se llama William Daney. Es el dueño de la mayor parte de Beresford, bueno, más bien, su familia lo es. Tienen una propiedad a diez minutos de aquí que podría competir con Buckingham Palace. Fui lo bastante ingenuo como para olvidarme de cuál es el tipo de realeza que América adora: dinero antiguo gastado de forma extravagante.

Mitch escuchó a Merton mientras el periodista conducía por una carretera sinuosa de dos carriles, rodeada de árboles espléndidos, robles y arces, con las hojas recientes de un verde tan intenso que le parecía formar parte de una película. El sol lanzaba destellos dorados sobre la carretera. Hacía cinco minutos que no se veía otro coche.

—Daney era aficionado a la navegación. Gastó millones perfeccionando un barco precioso y perdió unas cuantas carreras. Eso fue hace más de veinte años. Luego descubrió la antropología. El único problema es que odia la tierra. Le encanta el agua y odia la tierra, odia las excavaciones. A mí me encanta conducir en América. Pero esto es casi como conducir en Inglaterra. Incluso podría... —Merton se desvió brevemente atravesando la línea central e introduciéndose en el carril izquierdo— dejarme llevar por el instinto. —Corrigió la maniobra rápidamente y le sonrió a Mitch—. Lamento lo de los disturbios. Inglaterra todavía está relativamente tranquila, pero espero un cambio de gobierno en cualquier momento. Nuestro querido PM todavía no lo ha captado. Sigue pensando que el cambio al euro es su mayor problema. Odia el aspecto ginecológico de todo este lío. ¿Qué tal le va al señor Dicken? ¿Y a la señora Lang?

—Están bien —contestó Mitch, reacio a hablar mucho hasta ver en dónde se estaba metiendo. Le gustaba bastante Merton, lo encontraba interesante, pero no confiaba en él en lo más mínimo. Le molestaba que pareciese saber tanto de su vida privada.

La mansión de Daney formaba una curva de piedra grisácea de tres pisos de altura al final de un camino de ladrillo flanqueado por zonas de césped cuidadosamente recortado, perfecto como un campo de golf. Había unos cuantos jardineros podando setos, y una mujer mayor, vestida con pantalones de montar y un sombrero de paja grande y viejo, les saludó al pasar junto a ella.

—La señora Daney. La madre de nuestro anfitrión —comentó Merton, saludando por la ventana—. Vive en la casita de los caseros. Es una anciana agradable. No entra a menudo en las habitaciones de su hijo.

Merton aparcó frente a los escalones de piedra que conducían a la enorme puerta de entrada de doble hoja.

—Estamos todos —dijo—. Tú, yo, Daney y
Herr Professor
Friedrich Brock, anteriormente de la Universidad de Innsbruck.

—¿Brock?

—Sí. —Merton sonrió—. Dice que estuvo contigo en una ocasión.

—Así es —contestó Mitch—. Una vez.

La entrada a la mansión de Daney estaba en penumbra, un vestíbulo enorme recubierto de paneles de madera oscura. Tres rayos de sol paralelos caían desde un tragaluz sobre el suelo de piedra caliza oscurecido por los años, incidiendo sobre una gran alfombra de seda china, en medio de la cual se alzaba una mesa redonda cubierta con un centro de flores. A un lado de la mesa, en la sombra, había un hombre.

—William, éste es Mitch Rafelson —dijo Merton, cogiendo a Mitch por el codo y conduciéndole adelante.

El hombre que estaba en la sombra extendió una mano, que quedó iluminada por el sol, y tres anillos de oro brillaron en sus gruesos y fuertes dedos. Mitch le dio un apretón firme. Daney tenía cincuenta y pocos años, bronceado, con el cabello blanquecino retrocediendo ante una frente wagneriana. Tenía una boca pequeña y perfecta, predispuesta a la sonrisa, ojos marrón oscuro y mejillas suaves como las de un niño. Llevaba una chaqueta gris con hombreras que le ensanchaba los hombros, pero sus brazos tenían aspecto musculoso.

—Es un honor conocerle, señor —dijo Daney—. Yo se las hubiese comprado a sus amigos si las hubiesen puesto en venta, sabe. Y luego las hubiese devuelto a Innsbruck. Se lo he contado a
Herr Professor
Brock y me ha dado la absolución.

Mitch sonrió educadamente. Él había venido aquí por Brock.

—En realidad, William no posee restos mortales humanos de ningún tipo —aclaró Merton.

—Me contento con duplicados, moldes y esculturas —dijo Daney—. No soy un científico, tan sólo un aficionado, pero espero honrar al pasado intentando comprenderlo.

—Bienvenido a la Sala de la Humanidad —dijo Merton, haciendo un gesto elegante con la mano. Daney asintió con orgullo y les guió.

La exposición ocupaba un antiguo salón de baile en el ala este de la mansión. Mitch no había visto nada igual fuera de un museo: docenas de urnas de cristal dispuestas en hileras, con pasillos alfombrados en medio, conteniendo muestras y replicas de cada uno de los principales especímenes antropológicos.
Australopithecus afarensis
y
robustus
;
Homo habilis
y
Homo erectus
. Mitch contó dieciséis esqueletos neandertales diferentes, todos montados de forma profesional, y cinco de ellos con reproducciones en cera del aspecto que podrían haber tenido los individuos en vida. No había ninguna pretensión de evitar ofensas al pudor: todos los modelos estaban desnudos y sin cabello, eludiendo cualquier especulación sobre las ropas o los peinados.

Fila tras fila de simios sin pelo, iluminados por focos elegantes y respetuosamente suaves, contemplaban a Mitch con la mirada vacía cuando pasaba ante ellos.

—Increíble —exclamó Mitch a su pesar—. ¿Por qué nunca he oído hablar de usted, señor Daney?

—Me relaciono con pocas personas. La familia Leakey, Björn Kurtén, y pocos más. Mis amigos cercanos. Soy un excéntrico, lo sé, pero no me gusta hacer alarde de ello.

—Ahora formas parte de los elegidos —le comentó Merton a Mitch.

—El profesor Brock está en la biblioteca —añadió Daney, indicándoles el camino. A Mitch le hubiese gustado quedarse más tiempo en la sala. Las estatuas de cera eran extraordinarias y las reproducciones de los especímenes de primera clase, casi indistinguibles de los originales.

—No, en realidad estoy aquí. No podía esperar. —Brock salió de detrás de una de las urnas y se acercó—. Me siento como si le conociera, doctor Rafelson. Y tenemos conocidos comunes, ¿no es así?

Mitch le estrechó la mano a Brock, bajo la mirada radiante y aprobadora de Daney. Caminaron varios metros hasta la biblioteca adyacente, amueblada con el epítome de la elegancia eduardiana, tres niveles de pasillos con barandilla conectados por dos puentes de hierro forjado. Enormes pinturas de Yosemite y los Alpes, de atmósferas dramáticas, flanqueaban el único gran ventanal, orientado al norte.

Se sentaron en torno a una mesa redonda, grande y baja, situada en el medio de la habitación.

—Mi primera pregunta —comenzó Brock— es si sueña usted con ellos, doctor Rafelson. Porque yo sí, a menudo.

Daney sirvió el café él mismo, después de que lo trajese una joven robusta y sombría vestida con un traje negro. Les tendió a cada uno de ellos una taza de porcelana estilo Flora Dánica, diseños botánicos que mostraban las plantas microscópicas nativas de Dinamarca, basados en ilustraciones científicas del siglo diecinueve. Mitch examinó su platillo, adornado con tres dinoflagelados bellamente plasmados, y se preguntó qué haría si tuviese más dinero del que pudiese gastar en toda su vida.

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