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Authors: Eowyn Ivey

Tags: #Narrativa

La niña de nieve

 

Jack y Mabel han viajado hasta Alaska, ese paisaje hermoso y extremo de inviernos crudos y veranos bañados en luz, dispuestos a iniciar una nueva vida. Lejos de parientes y amigos; lejos de la tumba de su único hijo, que murió al nacer.

Pero las cosas no son fáciles en la agreste Alaska y un año después Mabel se enfrenta al inminente invierno, sin saber si podrá soportar los largos meses de nieve y silencio que la acechan desde las cumbres. Jack, por su parte, se siente derrotado por esa tierra hostil que labra penosamente y que no concede nada sin esfuerzo. Ambos están a punto de renunciar a su sueño. Una vez más, la vida parece haberlos vencido…

Hasta que una noche, maravillados ante la primera nevada del año, Jack y Mabel se olvidan de sus problemas y hacen un muñeco de nieve al que visten con una bufanda y unos guantes de lana. A la mañana siguiente, el muñeco se ha fundido, las prendas de ropa han desaparecido y en la nieve pueden verse unas diminutas pisadas que se internan en el bosque. Pertenecen a Faina, una niña esquiva y misteriosa que aparece y desaparece con las estaciones. Faina es capaz de sobrevivir en las montañas con la única compañía de un zorro de dientes afilados al que ha convertido en su mascota. Para Jack y Mabel la aparición de la niña cambia su vida, puesto que no tarda en convertirse en la hija que nunca tuvieron. Pero, como sucedía en un cuento de hadas que Mabel leía en su infancia, esa niña salvaje parece ahogarse con el calor del hogar…

La niña de nieve explora con sensibilidad un paisaje y unos personajes duros y frágiles, al tiempo que nos cuenta una historia de amor, superación y ansias de libertad que tiene la belleza de las antiguas leyendas del norte.

Eowyn Ivey

La niña de nieve

ePUB v1.0

Dirdam
23.06.12

Título original:
The Snow Child

Eowyn Ivey, 2011

Traducción: Toni Hill Gumbao

Editorial: Random House Mondadori, S. A.

ISBN: 978-84-25346606

Editor original: Dirdam (v1.0
)

ePub base v2.0

Para mis hijas, Grace y Aurora

Primera parte

—Esposa, salgamos al patio de atrás y hagamos una niña de nieve; quizá cobre vida y se convierta en una hija para nosotros.

—Esposo —dice la anciana—, nadie sabe lo que va a pasar. Salgamos al patio a hacer esa niñita de nieve.

De «The Little Daughter of the Snow»,

de Arthur Ransome

Capítulo 1

Río Wolverine, Alaska, 1920

Mabel ya sabía que habría silencio. Al fin y al cabo se trataba de eso. De un silencio libre de arrullos y de llantos de bebés. Sin gritos de niños que juegan en las casas vecinas. Sin el rumor de pasitos sobre unos escalones de madera gastados por los años y las generaciones, sin el traqueteo de juguetes arrastrados por el suelo de la cocina. Desaparecerían todos esos ruidos que clamaban su fracaso y su pena, y en su lugar solo habría silencio.

Había imaginado que el silencio de las tierras de Alaska sería sereno, como una nevada nocturna, un aire cargado de promesas mudas, pero no era exactamente eso lo que había encontrado. En cambio, cuando barría el suelo de madera, las cerdas de la escoba rascaban como afiladas musarañas que mordisqueaban su corazón. Mientras fregaba los platos, tenía la impresión de que la loza se rompía en pedazos. El único ruido que no salía de ella era un susurro súbito procedente del exterior. Mabel escurrió un trapo en la pila y miró por la ventana justo cuando un cuervo saltaba de una rama desnuda a otra. No había críos persiguiéndose sobre un lecho de hojas de otoño, llamándose unos a otros. Ni siquiera un niño solitario meciéndose en un columpio.

Hubo uno. Diminuto, prematuro y silencioso. Hacía ya diez años, pero a pesar del tiempo transcurrido se descubría evocando ese nacimiento, ese momento en que cogió el brazo de Jack para detenerlo antes de que se lo llevara. Debería haberlo hecho. Debería haber apoyado la cabecita del bebé en la palma de su mano y cortado algunos cabellos para conservarlos de recuerdo en un broche. Debería haber mirado su carita, saber si era niño o niña, y haber estado junto a Jack mientras lo enterraba en el suelo invernal de Pensilvania. Debería haber marcado su tumba. Debería haberse permitido ese dolor.

Al fin y al cabo era un bebé, aunque más bien parecía uno de esos niños robados de los cuentos. Carita transida por el dolor, barbilla diminuta, orejitas puntiagudas; era lo único que había visto de él, e incluso así había llorado porque en el fondo de su corazón sabía que lo habría querido de todas formas.

Mabel permaneció frente a la ventana durante un buen rato. El cuervo ya se había perdido entre los árboles. El sol se había ocultado detrás de las montañas y la luz se había amortiguado. Las ramas estaban desnudas, la hierba era de un gris amarillento. Ni un solo copo de nieve. Era como si todo lo bello, lo reluciente, hubiera sido arrancado del mundo y barrido como si fuera polvo.

Noviembre estaba al caer, y le asustaba saber lo que traería consigo: un frío que se extendía por el valle como un sudario, un viento glacial que penetraba por las rendijas de las paredes de madera. Pero, sobre todo, oscuridad. Una oscuridad tan absoluta que invadía incluso las escasas horas de luz pálida.

Se había enfrentado a ciegas al invierno anterior, sin saber qué le depararía en esa tierra desconocida y agreste. Pero ahora ya no había lugar a engaño. En diciembre, el sol saldría justo antes del mediodía y alumbraría las cimas durante unas breves horas de brillo crepuscular antes de volver a esconderse. Mabel dormitaría sentada en una silla junto al horno de leña. No tendría ganas de releer ninguno de sus libros favoritos, simples páginas sin vida. Ni de dibujar: ¿qué podía plasmar en el cuaderno de dibujo? Cielos insulsos, rincones en sombras. Cada mañana le costaría más levantarse de la cama. Deambularía por la casa como una sonámbula, haría cualquier cosa de comer y colgaría la colada en el interior de la cabaña. Jack se esforzaría por mantener vivos a los animales. Días que se sucedían como si fueran uno solo. El manto opresivo del invierno.

Durante toda su vida había creído en algo más, en las imágenes misteriosas que sus sentidos intuían en las formas cambiantes. El aleteo de una mariposa sobre un cristal, la visión de unas ninfas en los lechos veteados de los arroyos. El aroma de los robles de la tarde en que se enamoró y la forma en que el amanecer se derramaba sobre el abrevadero y convertía el agua en luz.

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