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Authors: Anne Rice

La Momia

 

La historia trata sobre el faraón Ramsés II que se se hace inmortal al beber el elixir de la vida y desde ahí se convierte en Ramsés el maldito (él mismo se autodenomina con ese nombre) porque queda condenado a recorrer el planeta para saciar deseos que nunca serán satisfechos, tales como el hambre,la sed, el deseo etc.

Tras un amor doloroso y la muerte de su amada Cleopatra, Ramsés decide dormir hasta ser despertado de nuevo. Bastante tiempo después, un famoso egiptólogo encuentra una extraña tumba en Egipto. Los restos son trasladados al Londres de 1914. La momia resucita en el Londres eduardiano, donde se encontrara con "los tiempos modernos". Conocerá a Julie, hija del egiptólogo, de la que pronto se enamorará. Juntos regresarán a El Cairo. Le persigue el recuerdo de Cleopatra, quien fue su amada y por la cual se sumió en su largo sueño. Su anhelo por la reina de Egipto le lleva a cometer un acto que devastará los corazones de aquellos que lo rodean.

Anne Rice

La momia

o Ramsés el maldito

ePUB v1.0

Polifemo7
08.07.11

Título original: The Mummy or Ramsés the dammed

Fecha de publicación: 6 de mayo de 1989

ISBN: 0-345-36000-1

Esta novela está dedicada con amor a Stan Rice y Christopher Rice
y

a Gita Mema, una inspiración súbita,

a sir Arthur Conan Doyle

por sus espléndidas historias de momias

El lote n.° 249 y
El anillo de Thoth

y

a H. Rider Haggard, que creó a la inmortal
She y

a todos los que han dado vida a «la momia» en cuentos,
novelas y películas. Y finalmente

a mi padre, Howard O'Brien, que me rescató más de una
vez del cine del barrio cuando «la momia» me había aterrorizado hasta tal punto que no podía soportar ni siquiera la siniestra música que llegaba al vestíbulo desde la sala de proyección.

Mi especial agradecimiento a

Frank Konigsberg

y

Larry Sanitsky

por su apoyo entusiasta al proyecto de La Momia y
por su contribución al desarrollo de la historia.

PRIMERA PARTE

Los fogonazos de las cámaras lo cegaron por un momento. Ojalá hubiera podido mantener alejados a los fotógrafos. Pero llevaban ya meses pegados a sus talones, desde que habían encontrado los primeros restos en aquellas áridas colinas al sur de El Cairo. Era como si ellos también hubieran sabido que algo iba a ocurrir. Después de tantos años de trabajo, Lawrence Stratford estaba a punto de hacer un descubrimiento fabuloso.

Y allí estaban, con sus cámaras dispuestas y los
flashes
humeantes. Casi le hicieron perder el equilibrio con sus empujones mientras se abría paso por el estrecho pasadizo que conducía a la puerta de mármol cubierta de inscripciones. El crepúsculo pareció cerrarse a su alrededor súbitamente. Podía ver las letras, pero no las distinguía con claridad.

—¡Samir! —gritó—. Necesito más luz.

—Bien, Lawrence.

Al instante una antorcha se encendió a sus espaldas y la poderosa luz amarilla iluminó con claridad la gran losa de piedra. Sí, eran jeroglíficos, profunda y diestramente grabados en mármol italiano. Jamás había visto nada igual.

Sintió el tacto cálido y sedoso de la mano de Samir en su hombro mientras leía en voz alta:

—«Ladrones de los Muertos, alejaos de esta tumba o despertaréis a su ocupante, cuya ira nadie puede contener. Ramsés el Maldito es mi nombre.»

Miró a Samir. ¿Qué podía significar aquello?

—Adelante, Lawrence, sigue traduciendo. Tú eres mucho más rápido que yo —lo apremió Samir.

—«Ramsés el Maldito es mi nombre. En otro tiempo Ramsés el Grande, rey del Alto y el Bajo Egipto; azote de los hititas, constructor de mil templos; adorado por su pueblo; y guardián inmortal de los reyes y reinas de Egipto a lo largo de los siglos. En el año de la muerte de la gran reina Cleopatra, al convertirse Egipto en provincia romana, me entrego a la oscuridad eterna; cuidaos de mí si dejáis que los rayos del sol crucen esta puerta.»

—Pero no tiene sentido —susurró Samir—. Ramsés el Grande reinó mil años antes que Cleopatra.

—Y sin embargo no hay duda de que estos jeroglíficos son de la dinastía XIX —repuso Lawrence. Limpió con impaciencia la tierra que cubría las letras—. Mira, a continuación se repite el mismo texto en latín y en griego.

Hizo una pausa y finalmente leyó las últimas líneas en latín.

—«Cuidado: Mi sueño es como el sueño de la tierra bajo el cielo nocturno o bajo la nieve del invierno; si se me despierta, no seré servidor de mortal alguno.»

Por el momento Lawrence se quedó boquiabierto, sin poder apartar la vista de la inscripción que acababa de leer. Apenas oyó las palabras que Samir pronunciaba tras él.

—No me gusta. No sé lo que significa, pero es una maldición.

Lawrence se volvió de mala gana y vio que la desconfianza de Samir se había convertido en miedo.

—El cuerpo de Ramsés el Grande está en el museo de El Cairo —dijo Samir con impaciencia.

—No —replicó Lawrence, consciente de que un escalofrío le recorría la espina dorsal—.

Hay
un cuerpo
en el museo de El Cairo, pero no es el de Ramsés. ¡Mira los cartuchos, los sellos! En tiempos de Cleopatra no había nadie capaz de escribir en jeroglíficos antiguos, y éstos son perfectos... como las traducciones griega y latina.

Si al menos pudiera compartir aquel momento con Julie, pensó Lawrence con amargura.

Julie, su hija, no tenía miedo a nada. Ella hubiera comprendido como nadie lo que aquel momento significaba para él.

Casi perdió el equilibrio al retroceder por el pasadizo apartando de su camino a los fotógrafos. De nuevo volvieron a relampaguear los
flashes
de las cámaras. Los periodistas se abalanzaron hacia la puerta de mármol.

—¡Que los hombres vuelvan al trabajo enseguida! —gritó Lawrence—. Que terminen de despejar el pasaje hasta la puerta. Quiero entrar esta noche en esa tumba.

—Lawrence, no te precipites —le advirtió Samir—. Hay algo en todo esto que no debemos menospreciar.

—Samir, me asombras —respondió Lawrence—. Hace diez años que excavamos estas colinas en busca de algo como esto. Y nadie ha tocado esa puerta desde que fue sellada hace dos mil años.

Con gesto malhumorado apartó a los periodistas que se agolpaban a su alrededor. Hasta que llegara el momento de abrir la puerta necesitaba refugiarse en su tienda y en su diario, el único confidente apropiado en aquel momento. De repente se sintió mareado por el calor del largo día.

—No hay declaraciones por el momento, señores —dijo Samir cortésmente. Como siempre, Samir era el enlace entre Lawrence y el mundo real.

Lawrence descendió por el irregular sendero cojeando ligeramente mientras entrecerraba los ojos y admiraba la sombría belleza de las tiendas iluminadas por antorchas a la suave luz violeta del atardecer.

Tan sólo una cosa distrajo su atención antes de que se refugiara en su tienda, ante la mesa de campaña: la visión de su sobrino Henry, que lo observaba con aire indolente desde cierta distancia; Henry, enfundado en su arrugado traje de lino blanco y con cara de pocos amigos, tan incómodo y fuera de lugar en Egipto; Henry, con el inevitable vaso de whisky en la mano y el eterno cigarro en los labios.

Sin duda estaba con él Malenka, aquella bailarina del vientre
de
El Cairo que entregaba a su señor inglés todo lo que ganaba.

Lawrence no conseguía olvidarse nunca por completo de Henry, pero tenerlo delante era más de lo que podía soportar.

En una vida plena de satisfacciones, Henry era la única decepción: el sobrino a quien no preocupaba nadie ni nada más que la mesa de juego y la botella; el único heredero varón de los millones de la familia Stratford, a quien no se podía confiar ni un billete de una libra.

Sintió un agudo dolor al recordar a Julie, su amada hija, que debería haber estado allí junto a él, y que habría estado de no haberla convencido su joven prometido para que permaneciera en Londres.

El motivo de la visita de Henry era el dinero. Había traído documentos de la compañía para que Lawrence los firmara. Y el padre de Henry, Randolph, lo había enviado con aquella desagradable misión, desesperado como siempre por cubrir las deudas de su hijo.

«Una buena pareja», pensó Lawrence sombríamente. Un holgazán y el presidente del consejo de Stratford Shipping, la gran compañía de transportes marítimos, que desviaba con torpeza los beneficios de la empresa hacia los bolsillos sin fondo de su hijo.

Pero en realidad Lawrence le hubiera perdonado cualquier cosa a su hermano Randolph.

Desde su punto de vista, lo había cargado con todo el peso del negocio familiar, con sus inmensas presiones y responsabilidades, para poder dedicar los últimos años de su vida a excavar en busca de las ruinas egipcias que tanto amaba.

Y para ser escrupulosamente justos, Randolph había conseguido un éxito notable en la dirección de Stratford Shipping. Es decir, hasta que su hijo lo había empujado a convertirse en un malversador y en un ladrón. Lawrence sabía que su hermano admitiría todo si lo obligaba, pero él mismo era demasiado egoísta para provocar esa confrontación. No quería abandonar Egipto ni una sola vez más para volver a las asfixiantes oficinas de Stratford Shipping. Ni siquiera Julie había conseguido persuadirlo de que volviera a casa.

Y allí estaba Henry, esperando el momento de abordarlo. Pero Lawrence aplazó una vez más la entrevista, entró apresuradamente en su tienda y se sentó ante su mesa. Sacó de un cajón un cuaderno con tapas de cuero que quizás había estado reservando para un descubrimiento como el que estaba a punto de hacer y anotó con rapidez lo que recordaba de la inscripción de la puerta de mármol y las incógnitas que planteaba.

—Ramsés el Maldito. —Se arrellanó en la sil a de tijera y contempló el nombre. Y por primera vez sintió levemente la inquietud que había invadido a Samir.

¿Qué podía significar todo aquello?

Las doce y media de la noche. ¿Estaba soñando? La puerta de mármol de la tumba había sido retirada, fotografiada y transportada con cuidado a su tienda, y todo estaba dispuesto para volar la entrada de la tumba. Por fin era suya.

Hizo a Samir un gesto de asentimiento y sintió cómo una oleada de nerviosismo agitaba a la multitud. Los
flashes
se dispararon mientras Lawrence se cubría los oídos con las manos, y entonces sonó la explosión, que tomó a todos por sorpresa. Lawrence la sintió en la boca del estómago.

No había tiempo que perder. Empuñó la linterna, y estaba a punto de entrar cuando Samir intentó una vez más detenerlo.

—Lawrence, puede haber trampas, podría haber...

—Aparta de mi camino.

El polvo lo hacía toser, y le lloraban los ojos.

Introdujo la linterna por el boquete que había abierto la explosión. Las paredes estaban cubiertas de jeroglíficos. Una vez más se trataba del inconfundible estilo de la dinastía XIX.

Sin dudarlo un momento se introdujo en la cámara. La sensación de frescor era extraordinaria. Y el olor... Era curioso que se hubiera conservado el perfume a lo largo de tantos siglos.

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