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Authors: Paul Doherty

Tags: #Histórico, Intriga

La máscara de Ra (4 page)

Amerotke continuó mirándolo, con una mano en el pectoral de Maat.

—¿Qué más podemos hacer? —preguntó otro de los embalsamadores.

El juez desvió la mirada hacia el nuevo interlocutor.

—Podemos hacer mucho más —se apresuró a decir el jefe. No era nada tonto y había visto la expresión de desagrado en el rostro del juez—. Construiremos una tumba, con galerías, capillas, cámaras y depósitos para esta encantadora familia que ha sufrido tanto.

Amerotke miró a los padres de la víctima; oyó un murmullo de descontento entre los embalsamadores.

—¿Alguna objeción? —preguntó Amerotke—. ¿Alguien más entre vosotros desea unirse a vuestro compañero en las Tierras Rojas?

—No, mi señor —respondió uno de los embalsamadores. Su tono era sincero, su mirada firme—. Lo que hizo fue una abominación y no pido compasión para nosotros, pero ¿ser enterrado en la tierra ardiente? ¿Sentir como la tierra te llena la boca y los ojos? ¿Morir de una muerte tan horrible oyendo sólo los aullidos de las hienas como un himno a tu alma que está a punto de atravesar el desierto de la muerte?

—¿Me pides compasión?

—Sí, mi señor. Me humillo en el polvo ante vos, ese hombre era mi primo.

Amerotke miró a los padres de la joven muerta.

—Nada puede vengar el insulto a vuestra hija —declaró—. ¿Aceptáis la compensación ofrecida?

Los padres asintieron, el marido con un brazo sobre los hombros de la mujer.

—¿Queréis que se muestre compasión?

—Por el bien del alma de nuestra hija, mi señor —respondió el hombre—, la muerte será suficiente.

—Que así quede registrado —manifestó Amerotke. Llamó a uno de los correos que estaban detrás de los escribas—. Decidle a quienes se llevaron al prisionero, que es decisión de esta corte que al condenado se le dé veneno antes de ser enterrado.

El correo partió de inmediato. Amerotke se levantó, señal de que la sesión había concluido.

—Ésta es la sentencia de la corte —anunció—. El caso está cerrado.

Los embalsamadores se marcharon haciendo múltiples reverencias, agradecidos de que no les hubieran incluido en ningún castigo. Amerotke dio la mano a los padres, avisándoles que debían acudir a él e informarle inmediatamente si no recibían toda la compensación. Luego entró en la pequeña antecámara que utilizaba como capilla privada, se arrodilló ante el camarín sagrado donde estaba la estatua de Maat, echó incienso en el brasero y puso en orden sus pensamientos. Le alegraba haber acabado con el caso. Se sentía satisfecho con el embalsamador, que no había tenido miedo, y de que se hubiera hecho justicia. El caso había escandalizado a Tebas y también había causado un gran daño a la cofradía de embalsamadores, así que su sentencia quizá restauraría el equilibrio. Cerró los ojos y le rezó a la diosa para pedirle sabiduría. Le esperaban otros asuntos. Oyó el ruido de unos pasos.

—¡Mi señor, debemos irnos!

Amerotke exhaló un suspiro y se levantó. El jefe de la guardia del templo estaba en el umbral, con el bastón de mando en una mano y la otra apoyada en el pomo de la espada. El juez disimuló una sonrisa. Daba lo mismo el tiempo que hiciera, ya podía hacer un calor y una humedad insoportable en la sala, que Asural siempre insistía en llevar el corselete de bronce, el faldellín de cuero y el casco empenachado que ahora sostenía debajo del brazo. Sin embargo, aunque era una persona quisquillosa y dada a las discusiones, el jefe era un hombre al que no se podía comprar o sobornar.

—Muy pronto será la hora —añadió Asural. Sonrió y los pliegues de grasa casi ocultaron sus ojos—. Celebro la sentencia; enseñará a esos rufianes del otro lado del río una lección que nunca olvidarán.

Se apartó para permitir el paso del juez supremo pero luego lo cogió por el codo. Amerotke sonrió; esto era algo que le encantaba a Asural, pues demostraba a todos los presentes en la sala que el juez supremo y él no sólo eran colegas sino buenos amigos.

—Me gustaría poder adelantar en el otro asunto —murmuró Asural.

—¿Más robos? —preguntó Amerotke.

—Se trata de algo muy astuto, muy hábil —afirmó el jefe de la guardia—. Las tumbas siempre están selladas. Sin embargo, cada vez que las abren para introducir otro cadáver, siempre falta algo. Dicen que es obra de los demonios, si no es así, ¿cómo puede la carne y la sangre pasar por las gruesas paredes de ladrillos?

—¿Qué se llevan los demonios?

—Collares, estatuillas, anillos, cajitas, cuencos menudos y copas.

—¿Nada de gran tamaño?

—No. —El jefe de la guardia meneó la cabeza.

—¿O sea que tenemos a unos demonios a quienes sólo les interesan los objetos preciosos pequeños? ¿Nada grande o incómodo de llevar?

El jefe de la guardia observó el rostro de Amerotke para ver si se estaba burlando.

—No creo que sean demonios —opinó el juez—, sino un ladrón muy astuto. ¡Prenhoe! —llamó.

El escriba, que estaba reunido con sus colegas, charlando tranquilamente ahora que había concluido el caso, se levantó de un salto. Acudió a la llamada, intentando disimular una mancha de tinta en la túnica.

—¿Sí, Amerotke… quiero decir, mi señor?

—Averigua el nombre de ese embalsamador que habló para pedir piedad, quizá pueda ayudarnos. La respuesta a los robos en las tumbas está en saber muy bien qué contiene cada una. Alguien que conozca bien la necrópolis será de gran ayuda.

—Sí, mi señor, y el otro caso… —Prenhoe le miró, expectante.

—Todo está preparado —contestó Amerotke—. Sólo desearía no ser yo quien deba juzgarlo.

Miró la estatua de Maat. Tres meses atrás, el faraón Tutmosis había regresado victorioso de la guerra sólo para morir repentinamente a los pies de la estatua de Amón-Ra. Su fallecimiento había causado una gran consternación en la corte y la ciudad. La gente rumoreaba: su hijo, que llevaba su mismo nombre, sólo era un niño de siete años, mientras que la viuda, la reina Hatasu, no estaba preparada para gobernar. Se hablaba de una regencia, del poder en manos del gran visir Rahimere. Por supuesto, tuvieron que investigar la muerte súbita del faraón: llamaron al médico real y así descubrieron la mordedura de una víbora en un talón del cadáver real. Entonces todo el mundo recordó el aspecto débil y enfermizo del faraón mientras lo transportaban en el palanquín por la Vía Sagrada. El único momento en que el pie sagrado había tocado el suelo fue cuando dejó su trono a bordo de la galera real. Se realizó una exhaustiva búsqueda y encontraron una víbora debajo del trono real. No se sospechó en ningún momento que se tratara de un acto premeditado, pero el dedo de la acusación había señalado a Meneloto, el capitán de la guardia del faraón. Le habían acusado de negligencia, de faltar a sus deberes, y ahora debía comparecer ante Amerotke en la Sala de las dos Verdades.

—¿Qué hora es? —preguntó Amerotke, volviendo a la realidad.

Prenhoe fue a mirar la clepsidra colocada junto a un pequeño estanque en un extremo de la sala.

—¡Las once! —gritó—. ¡Tenemos tres horas!

—También está el otro asunto —insistió el jefe de policía.

El murmullo de los escribas sonó más alto. Amerotke se volvió a tiempo para ver a dos figuras grotescas que avanzaban hacia él. Vestían faldellines rojos y dorados, cintos negros tachonados cruzaban los pechos desnudos, y cubrían sus rostros con las máscaras de chacal del dios Anubis al tiempo que empuñaban los bastones con conteras de plata que eran el símbolo de su oficio. Amerotke se tocó el pectoral de Maat y rezó pidiendo coraje. Los dos emisarios del jefe de los verdugos saludaron al juez supremo con sendas reverencias.

—¡Todo está preparado! —dijo uno, y la voz detrás de la máscara sonó hueca.

—¡Se ha de cumplir la sentencia! —afirmó el otro.

—Lo sé, lo sé —replicó Amerotke—, y yo debo ser testigo. —Hizo un gesto—. ¡Entonces que se cumpla!

C
APÍTULO
II

A
merotke, precedido por los ayudantes enmascarados del verdugo mayor, y acompañado por Asural y Prenhoe, salió del recinto del templo. Cruzaron un patio pequeño y entraron en la Casa de las Tinieblas, un laberinto de celdas y mazmorras debajo del templo de Maat. El juez bajó las escaleras y levantó las manos para que un sirviente mudo se las lavara con agua sagrada. Luego, le dio la vuelta al pectoral de Maat para que mirara hacia su pecho, como si quiera ocultar de los ojos de la diosa lo que estaba a punto de suceder.

Avanzaron por un largo pasillo de piedra negra que resplandecía con la luz de las lámparas de aceite colocadas en los nichos de las paredes. Amerotke se estremecía de miedo cada vez que entraba en esta antesala de la muerte. Por lo general, la sentencia de los jueces disponía que, si el prisionero había sido condenado a beber veneno, se le autorizaba a volver a su casa o en algunas ocasiones a tomarlo en la misma sala. Pero este caso era muy diferente.

El reo asesinó a su esposa y a su amante y, antes de marcharse, volcó unas cuantas lámparas de aceite, convirtiendo la opulenta mansión de un jefe del ejército egipcio en un infierno que consumió otros edificios cercanos, incluidos los alojamientos de los criados. Además de los cuerpos de los dos amantes, sacaron de las ruinas otros siete cadáveres calcinados. Amerotke no debía olvidarlo: si se destruía un cuerpo entonces no se podían realizar los ritos funerarios. Al Ka de las personas muertas se le negaría la entrada al otro mundo; se trataba de un caso de sacrílega blasfemia además de un asesinato.

Los dos ayudantes se detuvieron delante de una puerta, construida con gruesos tablones de madera libanesa y reforzada con flejes de cobre. Abrieron la puerta y entraron en una habitación lóbrega, con la única luz de las antorchas colocadas en los candeleros. Dos soldados, mercenarios del regimiento de los shardana, montaban guardia en un rincón con las espadas desenvainadas. En un extremo de la habitación, se encontraba un hombre en cuclillas sobre un catre. El cuerpo casi desnudo brillaba con la luz de las antorchas; su único vestido era unas sandalias de papiro y un taparrabos mugriento. Junto al camastro, vestido con un faldellín plisado negro con bordados de oro, se encontraba el verdugo. Su rostro, como era la costumbre, estaba cubierto con una máscara de chacal hecha de cuero hervido pintado de negro, con las orejas, el hocico y la boca forrados con oro.

—Aquí estoy —anunció Amerotke.

—Tú eres Amerotke —la máscara del verdugo asordinó la voz y la hizo sonar más escalofriante—, juez supremo de la Sala de las Dos Verdades en el templo de Maat. —El ejecutor señaló el hacha ceremonial de dos filos—. Estás aquí para ver ejecutada la sentencia. Sólo esperamos al padre divino, el sumo sacerdote Sethos.

Amerotke se inclinó respetuosamente, pues conocía el protocolo. Sethos era el sumo sacerdote de Amón-Ra, el fiscal del reino, los ojos y los oídos del faraón. Era su deber presentar la acusación y asegurar que se cumpliera la justicia del soberano. Amerotke había mantenido unos cuantos enfrentamientos con él, aunque sólo eran una manera de disimular la profunda amistad que los unía.

Sethos era juez y sacerdote y, lo mismo que Amerotke, un niño de la casa divina. Había sido criado y educado en la corte de Tutmosis I, aquel venerable pero astutísimo faraón que expulsó a los enemigos de Egipto más allá de las fronteras antes de emprender el viaje eterno hacia el lejano horizonte.

Amerotke intentó no mirar al prisionero: si descubría la compasión en los ojos del juez, el reo podía, como habían hecho otros, ponerse de rodillas y suplicar perdón. Sin embargo, se había dictado sentencia y la única persona que tenía poder para indultarlo era el faraón, un chiquillo de siete años. Por cierto, que si los rumores eran auténticos, no había faraón. La súbita muerte de Tutmosis II había sumido en el caos a la casa divina y Tebas era un hervidero de murmuraciones.

El juez oyó pisadas en el pasillo y se volvió. Sethos entró en la habitación: le brillaba la calva untada con aceite, vestía una túnica blanca plisada y sandalias con ribetes dorados, le colgaba del cuello un collar de esmeraldas y amatistas que reflejaban la luz de las antorchas, y cubría sus hombros con la capa de piel de leopardo que formaba parte del vestuario oficial de los sumos sacerdotes. El pendiente de plata que colgaba del lóbulo de una de sus orejas lanzaba destellos con cada uno de sus movimientos.

El verdugo pronunció las palabras del saludo ritual. Sethos las aceptó con una inclinación al tiempo que respondía con la fórmula de rigor.

—¡He venido a la Casa de las Tinieblas! —la voz de Sethos era clara y sonora—, para ver que se cumpla la sentencia del faraón, el amado de Amón-Ra, el ojo de Horus, soberano de las Dos Tierras y bendecido por Osiris.

Se giró para sonreírle a Amerotke. El juez se limitó a apretar los labios, como una señal secreta de mutua comprensión, porque ninguno de los dos disfrutaba con lo que iba a suceder.

—¡Que se ejecute la sentencia! —declaró Sethos—. ¡En presencia de testigos!

El verdugo recogió el hacha y tocó al condenado en cada hombro.

—¿Tienes algo que decir?

—Sí. —El prisionero se levantó.

Amerotke vio entonces las cadenas en las muñecas y los tobillos del condenado. El hombre avanzó arrastrando los pies, escoltado por el verdugo enmascarado mientras los mercenarios se erguían atentos a lo que el prisionero pudiera hacer. En el rostro del reo apareció una sonrisa.

—No pretendo ofender a nadie —manifestó, inclinándose ante Amerotke—. Mi señor juez, dispensador de justicia. —El hombre sostuvo la mirada del magistrado—. ¿Habéis revisado las pruebas?

—Todas aquellas que fueron presentadas en el juicio —contestó Amerotke—. Intentasteis hacer ver que os habíais incorporado a vuestra unidad en el desierto al norte de Tebas. Afirmasteis que habíais dejado la casa al anochecer para viajar con la fresca, y el conductor de vuestro carro juró que era cierto. —El juez acarició la insignia de Maat en su anillo—. Sin embargo, la persona que entró en vuestra casa en mitad de la noche sabía perfectamente donde ir, incluso cuando los vecinos afirmaron que el edificio estaba a oscuras, y sólo vos teníais ese conocimiento. Además, sólo alguien que supiera que había aceite en las bodegas y cañas de papiro secas en los depósitos podía provocar semejante incendio.

—Vuestro carretero mintió —intervino Sethos—, y ahora está en un campo de prisioneros en las Tierras Rojas. Se quedará allí por el resto de su vida y tendrá tiempo para reflexionar sobre sus mentiras aunque, por su puesto, se le debe alabar la lealtad.

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