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Authors: Karel Capek

Tags: #Ciencia Ficción

La guerra de las salamandras (4 page)

—Capitán, nosotros tenemos que irnos ya para no perder el tren de la noche.

—Les acompañaré hasta el puerto —dijo el capitán con la fuerza de la costumbre, y empezó a levar anclas.

—Me alegro de que hayan venido, señores. Conozco a un redactor en Surabaya, buen muchacho,
yes, a good friend of mine
. Un tremendo borracho, jovencitos. Si tienen interés, les puedo buscar un puesto en el periódico de Surabaya. ¿No quieren? ¡Está bien, muchachos!

Al ponerse en marcha el tren, el capitán J. van Toch les dijo adiós, despacio y con solemnidad, agitando su inmenso pañuelo azul. Al hacerlo, se le cayó al suelo una gran perla, de forma irregular. Perla que nunca encontró nadie.

3

G.H. Bondy y su paisano

Es cosa sabida que, cuanto más importante es una persona, menos tiene escrito en la placa de su puerta. Un señor como el viejo Max Bondy, de Jevícko, tenía carteles sobre su tienda, a los lados de las puertas y en las ventanas, que decían que allí estaba Max Bondy, comerciante en toda clase de artículos al detalle, ajuares para novias, batistas, toallas, servilletas, manteles y sábanas, holandas y algodones, paño de primera calidad, sedas, cortinas, visillos, pasamanería y todo lo necesario para coser. Casa fundada en el año 1885.

Su hijo G.H. Bondy, capitán de industria, presidente de la sociedad M.E.A.T., consejero de la Cámara de Comercio, consejero de la Bolsa, vicepresidente de la Sociedad de Industriales, Cónsul de la República del Ecuador, miembro de muchos consejos de administración, etc., etc., tenía en su puerta una sencilla placa de cristal negro con letras doradas, en la que decía simplemente:

Nada más. Solamente Bondy. Hay otros que escriben en sus puertas: «Julio Bondy, representante de la firma tal o cual», o «Dr. Ervin Bondy» o «S. Bondy y Compañía». Pero hay sólo un «Bondy» que es sencillamente «Bondy», sin ninguna indicación adicional. Según tengo entendido, el Papa tenía también escrito en su puerta solamente «PÍO», sin ningún título ni número. Y Dios no tiene puesta placa ni en la Tierra ni en el Cielo. Eso ya lo debes de saber tú, ¡hombre!, que Él vive allí. Pero esto no viene a cuento, y quede mencionado solamente, entre paréntesis.

Ante aquella placa de cristal se paró, un día de calor agobiante, un señor con una gorra blanca de capitán de marina, y se limpió el pescuezo con su pañuelo. «¡Maldita casa de nobles!» pensó, y un poco inseguro tiró del mango de latón de la campanilla.

En la puerta apareció el portero Povondra, midió con los ojos a aquel inmenso caballero, desde los pies hasta los galones de la gorra, y dijo con cierta reserva:

—¿Qué desea usted?

—Oye, muchacho —resonó la voz del inmenso caballero—, ¿vive aquí un tal señor Bondy?

—¿Desea usted?… —preguntó el señor Povondra con frialdad.

—Dígale que quisiera hablarle el capitán J. van Toch, de Surabaya…
Yes
——dijo recordando—, aquí está mi tarjeta. Y entregó una tarjeta de visita al señor Povondra, en la que, bajo un ancla…

El señor Povondra inclinó la cabeza y vaciló un momento. «¿Debo decirle que el señor Bondy no está en casa? ¿O que lo siento, pero que el señor Bondy tiene una importante conferencia?» Hay visitas que se deben anunciar, y otras que un portero como es debido resuelve por sí mismo. El señor Povondra sintió una atormentadora ausencia de intuición, que era la que le había ayudado siempre en casos parecidos. Aquel grueso caballero no podía contarse entre la acostumbrada clase de visitas que no se anuncian. No parecía ni agente comercial, ni funcionario de alguna sociedad benéfica.

Mientras tanto, el capitán J. van Toch se limpiaba la frente con su pañuelo azul, y curioseaba el recibidor.

—¡Caramba! ¡qué bien puesta tiene la casa Gustl! Parece el salón de uno de esos barcos que navegan de Rotterdam a Batavia. ¡Qué dineral debe de costar todo esto! Y entonces era un judiíto lleno de pecas… —se extrañaba el capitán.

Mientras, G.H. Bondy miraba sorprendido la tarjeta del capitán.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó pensativo.

—No sé, señor —contestó respetuosamente el señor Povondra.

El señor Bondy tenía todavía en sus manos la tarjeta. Un ancla. Capitán J. van Toch, Surabaya. «¿Dónde está Surabaya? ¿No es por Java?» El señor Bondy sentía la impresión de algo extraño, lejano. «Kandong Bandoeng… eso suena a golpes de gong. Surabaya… Y hoy, precisamente, hace un tiempo verdaderamente tropical. Surabaya…»

—Bien, ¡hágalo pasar! —ordenó el señor Bondy.

En la puerta apareció un hombre inmenso, con una gorra de capitán de marina, que le saludaba.

G.H. Bondy salió a su encuentro.


Very glad to meet yon, captain. Please, come in
.

—¡Hola, hola, señor Bondy! —exclamó jovialmente el capitán.

—Pero… ¿usted es checo? —dijo extrañado el señor Bondy.


Yes
, checo. Nosotros, señor Bondy, nos conocemos de Jevícko. Tienda de granos van Toch.
Do you rememberf

—Cierto, cierto —se alegró ruidosamente Bondy, pero sintiendo como una especie de decepción. (¡Así que no es holandés!)

—Sí, la tienda de granos van Toch, en la plaza, ¿verdad? No ha cambiado usted mucho, señor van Toch. ¡Siempre el mismo viejo! Y, ¿qué?, ¿cómo le va la tienda?

—Gracias —contestó el capitán atentamente—. Papá hace tiempo que se fue… ¿cómo se dice?

—¿Murió? ¡Caramba, caramba! ¡Si es verdad! Usted debe de ser el hijo. —Los ojos del señor Bondy se animaron con los recuerdos—. ¡Hombre de Dios! ¿No es usted aquel van Toch con el que me pegaba yo en Jevícko cuando éramos pequeños?


Yes, yes
, ése soy yo —confirmó el capitán seriamente—. Por ese motivo me mandaron mis padres a Moravská Ostrava.

—Peleábamos muy a menudo, pero usted era más fuerte que yo —reconocía sinceramente el señor Bondy.

—Sí, sí. Usted entonces era un judiíto flacucho, y aguantaba mucha leña en el trasero… ¡Muchísima!

—Es verdad, mucha leña —recordó G.H. Bondy conmovido.

—Bueno, siéntese, paisano. Es usted muy amable al haberse acordado de mí. Y, ¿de dónde sale, capitán?

El capitán van Toch se sentó dignamente en el sillón de cuero y colocó su gorra en el suelo.

—Estoy aquí de vacaciones, señor Bondy. Sí, así es. Eso mismito.

—¿Recuerda usted —dijo enfrascándose en los recuerdos el señor Bondy— cómo gritaba persiguiéndome: «Judío, judío, te llevará el demonio»?…


Yes
—dijo el capitán, y trompeteó conmovido en su pañuelo azul—. ¡Ay, sí, qué tiempos más hermosos aquéllos, muchacho! ¡Qué se le va a hacer! El tiempo vuela. Ahora los dos somos capitanes y ambos de bastante edad.

—Es verdad, usted es capitán —recordó el señor Bondy—. ¡Quién lo hubiera dicho!
Captain of long distances…
¿se dice así?


Yes, sir. A bighseaer. East India and Pacific Lines, sir
.

—¡Hermosa profesión! —suspiró el señor Bondy—. Me cambiaría ahora mismo con usted, capitán. Tiene que contarme muchas cosas.

—Eso es lo que quiero —se animó el capitán—. Yo quisiera contarle algo, señor Bondy. Una cosa muy interesante, joven-cito.

El capitán J. van Toch miró intranquilo a su alrededor.

—¿Busca usted algo, capitán?


Yes
, ¿tú no bebes cerveza, señor Bondy? A mí me ha entrado una sed en mi viaje desde Surabaya…

El capitán empezó a buscar en los inmensos bolsillos de su pantalón y sacó un pañuelo azul, un saquito de tela con algo dentro, una bolsa de tabaco, una navaja, un compás y un fajo de billetes de banco.

—Quisiera enviar a alguien a por cerveza. Quizá ese
stewart
que me trajo a esta cabina…

El señor Bondy tocó el timbre.

—¡Déjelo, capitán! Encienda, mientras tanto, uno de estos cigarros.

El capitán tomó un puro con anillo negro y dorado y lo olfateó.

—Esto es tabaco de Lombok. Allí son grandes ladrones, a decir verdad.

Y luego, ante los ojos horrorizados del señor Bondy, aplastó el costoso puro en su potente palma y metió la picadura en su pipa.

—Sí, Lombok o Surabaya.

Mientras tanto, apareció en la puerta el señor Povondra.

—Traiga cerveza —ordenó el señor Bondy.

El señor Povondra alzó las cejas.

—¿Cerveza?… y… ¿cuánta?

—Un galón —gruñó el capitán, aplastando la cerilla encendida contra la alfombra—. En Aden hacía un calor terrible, muchacho. Yo tengo una novedad que contarte, señor Bondy. De las islas de la Sonda, ¿sabes? Allí se podría hacer un negocio formidable.
A big business
. Pero para eso, tendría que contarte toda… ¿cómo se dice?,
the story
, ¿no?

—La historia.


Yes
. Es una magnífica historia, señor. Espere —el capitán clavó en el techo sus azules ojos color nomeolvides—. No sé por dónde empezar.

«Otro negocio» —pensó G.H. Bondy. «¡Señor, qué aburrimiento! Me va a decir que podría exportar máquinas de coser a Tasmania, o calderas de vapor e imperdibles a las Fidji. ¡Formidable negocio! ya sé… Para eso ha venido. ¡Al demonio! Yo no soy ningún tendero. Tengo fantasía, soy un poeta a mi manera. ¡Cuénteme, marinero, de las Sindibads o de Surabaya, o de las islas Fénix! ¿No te llevó a su nido un grifo? ¿No vuelves con un cargamento de perlas, canela y bezoar? ¡Venga hombre, empieza a mentir!»

—Bien, creo que empezaré por lo de aquellos animales —dijo el capitán.

—¿Por qué animales? —preguntó extrañado el financiero Bondy.

—Bueno, con esos… ¿cómo se dice?…
lizards
.

—¿Lagartos?


Yes
, ¡caramba!, lagartos. Allí hay unos lagartos, señor Bondy…

—¿Dónde?

—En una de aquellas islitas. El nombre no se lo puedo decir, muchacho. Es un gran secreto, que vale muchos millones. —El capitán van Toch se secó la frente con su pañuelo—. Oye, ¿dónde está esa cerveza?

—En seguida la traen, capitán.


Yes
. Está bien. Para que usted lo sepa, señor Bondy, son animales muy simpáticos y muy buenos, esos lagartos. Yo los conozco muy bien, muchacho —el capitán dio un puñetazo en la mesa—: y eso de que son diablos, es una gran mentira.
A damned lie, sir
. Más fácil es que usted o yo seamos diablos, ¡yo, el capitán van Toch, señor! Puede usted creerme.

G.H. Bondy empezó a inquietarse. «Delirium» se dijo. «¿Dónde estará ese maldito Povondra?» —Allí hay unos cuantos miles de lagartos, pero los devoran esos… ¡caramba! ¿cómo se dice?

Sharks
.

—¿Tiburones?


Yes
, tiburones. Por eso son tan escasos esos lagartos, señor Bondy, y solamente existen en un lugar de la costa que no le puedo decir.

—Entonces, ¿esos lagartos viven en el mar?


Yes
, en el mar. Solamente cuando anochece salen a la orilla, pero a las pocas horas tienen que volver de nuevo al agua.

—¿Y qué aspecto tienen? —el señor Bondy se esforzaba por ganar tiempo hasta que volviese el maldito Povondra.

—Bueno… por el tamaño serían como focas, pero cuando caminan sobre las patas de atrás, entonces son así de altos —señalaba el capitán—. No se puede decir que sean bonitos, ¡eso no! No están cubiertos por esas laminillas…

—¿Escamas?


Yes
, escamas. Están completamente pelados, señor, como las ranas y las salamandras, y sus patas delanteras son como las manitas de los niños, pero con cuatro dedos. ¡Son tan infelices! —añadió compasivo el capitán—, pero muy listos y muy simpáticos, señor Bondy. —El capitán se puso en cuclillas y en esa posición empezó a balancear su enorme cuerpo de un lado para el otro—. Así andan aquellos lagartos, señor Bondy.

El capitán van Toch se esforzaba por dar cierto ritmo ondulante a sus movimientos y, al mismo tiempo, levantaba las manos como un perrito pedigüeño, clavando en el señor Bondy sus ojos color nomeolvides, que parecían implorar simpatía.

G.H. Bondy estaba fuertemente impresionado y, podría decirse, «humanamente avergonzado». Y para colmo de sus males, apareció en la puerta el silencioso señor Povondra con la jarra de cerveza, y levantó sorprendido sus expresivas cejas al ver la posición poco digna del capitán.

—¡Deje aquí la cerveza y váyase! —exclamó apresuradamente el señor Bondy.

El capitán se levantó resollando.

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