Read La fría piel de agosto Online

Authors: Julio Espinoza Guerra

La fría piel de agosto (2 page)

Olga sigue mirando el cuadro de su propia ventana. Se da cuenta de que detrás de esa pintura, de la mugre, de las bragas resecas y nada sensuales, hay una mujer tirada en un sofá, durmiendo o intentando dormir, pero también hay varias escenas familiares, como la tarde en la que en el suelo de la cocina concibieron a Agustín. Había sido un día rutinario. Toda la mañana había estado traduciendo medio desnuda —ese calor de los veranos madrileños— un
best seller
yanqui que no le gustaba y que firmaría con seudónimo. Ya se sabe, hay que hacer de todo para sobrevivir. A la hora de la comida había puesto al horno una pizza precocinada, pensando que su marido no regresaría hasta la tarde. Cuando la estaba sacando, escuchó el sonido de las llaves en la cerradura. No se inmutó. Solo se giró, con la pizza en la mano, y advirtió con claridad su mirada calenturienta. A ella no se le ocurrió nada mejor que preguntar si quería. Y él le dijo que sí, que por supuesto, y se le acercó despacio, sacándose la corbata. Cogió la pizza, la dejó sobre la vitrocerámica, le acarició el cuello, el rostro. Sus manos descendieron hasta sus senos. Deslizó el sujetador hacia abajo y cogió con el pulgar y el corazón los pezones, de los que tiró levemente, lo suficiente para endurecerlos. Luego, bajó la cabeza y pasó la lengua por el contorno.

Olga siente como si se lo estuviera haciendo ahora mismo y se olvida de que Agustín murió antes de nacer. De nuevo se le clavan las bragas en el culo, el coño se le va llenando de flujo al tiempo que desliza su mano por el clítoris y con la otra, la izquierda, tira de sus pezones.

Entonces él había apoyado sus manos en los glúteos. Primero se los apretó empujándola hacia adelante. Luego le dio uno, dos, tres golpes y ella sintió cómo después de cada uno de ellos su ano se dilataba. Le agarró la boca y la saliva de ambos se deslizó cuellos abajo. Con una pequeña presión en los hombros, la empujó hasta su cintura. Como si se tratara de una orden, Olga le bajó los pantalones, los calzoncillos y pasó su lengua por el pene. Se entretuvo en él hasta sentir la primera gota de líquido seminal y después se sacó las bragas y él, el pantalón. Se tiró sobre ella y tocándole el coño con una mano introdujo su verga. Había sido rápido. Ni veinte minutos. Pero cuando el semen se expandió por su útero, una satisfacción que no conocía le llenó los brazos, la lengua, el vientre. Las últimas gotas volvió a beberlas y hubiese seguido si no hubiera sido porque el calor los estaba derritiendo.

Olga se detiene. Acaba de escuchar unos pasos en el rellano y el tintineo de unas llaves. Apresuradamente baja su persiana. El corazón le late demasiado rápido, pero deja un resquicio por donde mirar. El recién llegado se apoya en el alféizar. Saca un cigarrillo y se lo pone entre los labios, así, tal cual, sin encender. Mira fijamente hacia la ventana, su ventana, como adivinando que alguien se esconde tras ella, y Olga ve sus ojos, claros, directos y, podría decirse, alegres. Se estremece nuevamente, pero no por la emoción. No se ha dado cuenta, pero sus dedos no han dejado de moverse sobre el clítoris. Las bragas las tiene metidas en el culo, los dedos en el coño. Olga tiene que aguantar el grito. Su vecino, lentamente, como si supiese, cierra las ventanas.

 

 

 

 

Olga se pregunta, tendida en el sofá y a oscuras, qué le ha sucedido. Ella no es mujer de reacciones viscerales, tampoco se caracteriza por ser pasional, y aunque suele recordar a su marido, no lo hace pensando en el sexo o en el tiempo que lleva sin acostarse con nadie. Es más, siempre se ha sentido orgullosa de lo cerebral que es. Solo cuando traduce una novela suelta uno que otro suspiro y en contadas ocasiones ha llegado a llorar o excitarse. Pero masturbarse mirando un cuadro o sintiendo la mirada de un desconocido, eso nunca. Hasta ahora. Aunque lo peor de todo no es eso, sino que le ha quedado un escozor en el coño que la incomoda y necesita tocárselo una y otra vez hasta correrse de nuevo, presionando fuerte el clítoris, metiéndose los dedos hasta el fondo, tirándose de los pezones y deseando con fuerza que una polla le rompa el culo y le chorree semen por la boca hasta hacerla atragantar. Lo ve a él, a su vecino, sobre ella, haciéndole lo que le venga en gana. Y cuando ya se ha corrido, su razón le dice que cómo es posible que caiga en eso. Transcurridas dos horas, a lo sumo tres, vuelve a escocerle el coño. Y vuelve a masturbarse.

Olga intenta descubrir alguna variante lógica a lo que le ocurre. Se dice, allí, sobre el sofá, que si solo se hubiese tratado de ese instante no pasaría nada. Al fin de cuentas, quién no se ha corrido sintiendo una mirada sobre el propio cuerpo. Lo que no encaja es la necesidad de seguir tocándose, como si acabara de descubrir que tiene tetas y coño y lengua y ano y piel.

Olga se levanta del sofá y camina hacia el baño. Ni siquiera lleva bragas, porque para la que es su ultimísima labor necesita estar desnuda. Desde hace dos días solo le hace caso a su coño. Va y viene por él. No le ha prestado atención a nada. No sabe si la vieja ha vuelto a subir al piso o si el cartero se ha saltado alguna de sus visitas. Pero ya no aguanta más. Quiere decirle no a su coño, no a que la controle, no a que haga con ella lo que quiera, porque si en alguno de esos momentos hubiese entrado el cartero, se lo habría tirado sin piedad, se le hubiese subido encima, hubiese sacado su polla y se la hubiese estrujado hasta matarlo. Sin importarle que hubiese sido el cartero. Sin importarle lo feo que es.

Pero el cartero nunca toca su timbre y Olga, ahora, se desliza hacia el baño, hacia el bidé, porque el coño le ha empezado a escocer nuevamente; pero no quiere masturbarse, esta vez no. Al contrario, se sienta, abre la llave y se lo enjuaga bruscamente, sin llegar nunca a los movimientos acompasados para una buena paja, sin permitírselos, hasta que lo siente fresco y casi anestesiado, desbordado de agua, no de flujos. Después, coge la toalla más áspera y se lo seca, también bruscamente, como si fuese su enemigo, un contrincante peligroso al que hay que vencer por knockout.

Se levanta solo un par de segundos para coger el espejo de mano que guarda en un cajón. Lo coloca debajo de su culo y se sienta de nuevo. Se mira superficialmente. Es un ejercicio que hace por primera vez en su vida. Por lo menos, en su vida adulta. Se da cuenta de que su coño y ella son unos desconocidos. Hace cuánto no te veo, le susurra, y admira sus pelillos negros y tersos todavía, sus labios mayores que parecieran recibirla con una sonrisa como la de
La Gioconda
, su piel más oscura que en cualquier otra parte de su cuerpo, su culo que durante estos días se ha ido transformando en una prolongación de su sexo.

Olga está maravillada. Le gusta su coño. Por un instante queda pasmada. Y es que se ha dado cuenta de que no tiene idea de quién es, ya no su coño, sino ella misma. Decide tocarse no para masturbarse, sino más bien dispuesta a entrar en la caverna y averiguar qué es lo que allí se esconde. Sus manos avanzan sobre los labios mayores, los pulgares se apoyan en el vértice y con los dedos índice y medio los abre: delante, en el espejo, está su propia profundidad, su secreto, su propia imagen reflejada en una mancha no transcrita del test de Rorschach. Olga se observa intentando entrarse por todos los ángulos que el espejo le permite, pero es pequeño y no llega; no llegará, por mucho que lo intente, más que a la superficie. Por eso se levanta y busca un espejo más grande. Coge el que cuelga frente al lavabo y separa el cristal de su estructura. Encaja casi de manera perfecta en el bidé. Se sienta, se abre ya sin miedo, y observa lo mismo que hace unos instantes.

Frente a la imposibilidad de ir más lejos, piensa que esa caverna no acaba en la vagina ni en el útero ni en las trompas, sino que sigue más allá y llega hasta su piel. Que allí, sobre sí misma, tiene diferentes salidas que no puede descifrar.

Olga se ha levantado, se ha desnudado y ha abierto el grifo de la bañera. Cierra los ojos. Poco a poco el agua va cubriéndola y entiende que su cuerpo es un lugar por descubrir, un lugar que solo llegó a conocer a medias, mal y pobremente, durante esas madrugadas, tardes y noches que pasaba con Luis, cuando la tocaba y la lamía y la besaba. Aunque permanecía con los ojos cerrados, Olga veía algo que pensaba era el amor. Y después, cuando Agustín ya estaba allí, en su vientre, él seguía hablándole, recitándole poemas de Celan, mientras observaba su coño todavía abierto. Pero todo había acabado en la oscuridad el día en que Luis estrelló el coche, reventándose contra el parabrisas y el asfalto, tronchando la vida de Agustín, al que había parido esa misma noche en la UCI, más que a la vida, a la muerte. Después comenzaron a pasar las horas y los días y los meses, navegando sobre un sillón cada vez más viejo y una mujer joven cada vez más anciana.

Olga, dentro del agua, se da cuenta de que lleva mucho tiempo ciega, sin haber llegado a conocer su propia profundidad, habiendo perdido todo el tiempo del tiempo. En vez de traductora debí haber sido espeleóloga, piensa y sonríe. Lo que no sabe es que ha estado metida en el centro de la caverna y recién ahora, quizá por esos cuadros, quizá por ese hombre que pinta ventanas cerradas y manchas de sangre, esté comenzando a ver la luz.

 

 

 

 

Olga, al vislumbrar una luz en su tormenta interior, ha pensado que sería bueno ir a dar un paseo. Hace meses que no sale a la calle, pero ahora se cree con fuerzas para atravesar ese vacío lleno de murmullos que es una ciudad.

Sentada en el mismo sofá de sus penas, que ha llevado de vuelta al salón, se siente feliz del día de ayer. Al principio no lo había notado: tan concentrada estaba en ella y su coño, su coño y ella. No fue sino hasta muy tarde, a la hora en la que los comercios frente a la plaza habían cerrado, cuando se asomó para ver si el locutorio de la esquina de la calle Sombrerería seguía abierto, que se dio cuenta: llevaba una tarde entera sin pensar en la muerte, en la soledad, en que todo estaba perdido y la vida no valía una puta mierda; era la primera vez desde que se encerró que su mente se arrancaba hacia un lugar diferente y respiraba y veía y olía y escuchaba pensamientos distintos al choque de Luis, el coche hecho pedazos, el cuerpo tendido varios metros más allá.

Mordiéndose los nudillos, siente que al mirarse en el espejo, aunque solo haya sido su coño, miró su cara por primera vez desde cuando le dijeron en el hospital que el niño había nacido muerto, y se vio más vieja de lo que era, paseando por allí una mirada acartonada, ennegrecida, que la asustó. Quizá esa nueva convivencia, el escozor, ese coño rebelde que no sabía que tenía, era el culpable de hacerla pensar en que la luz al final de todo sí existía, y recordó los cuadros del vecino y quiso creer que los milagros, como los finales felices, podían hacerse realidad.

Olga se levanta y camina a su habitación. Allí le saca al espejo la toalla que le puso encima cuando no quiso mirarse más. Se desnuda y tira el chándal sobre la cama. Está delgada. No en extremo. Pero se desconoce. Nota el miedo, pero hay una parte de ella que tiene que morir si desea sentir que los días valen la pena. Abre el armario y con premura se abalanza a revisar cada uno de los colgadores. Desliza sus manos y sus ojos por las prendas. Cada una le trae un recuerdo diferente, hasta que el temor la paraliza. Se sienta en el borde del colchón y aprieta los labios hasta dejarlos morados, casi negros. No puede soportar esas visiones, y en un acceso de cólera se levanta. Casi sin mirar, va sacando las perchas y tirándolas al suelo, como si se tratase de un ejército enemigo que lucha por destrozarla. Los vestidos parecen cuerpos sin vida acumulándose en una fosa común. Está a punto de abrir la ventana y arrojarlos a la calle, pero se detiene.

Se empina y coge la maleta grande que tiene sobre el armario. La abre. Sale de dentro un olor muy fuerte a naftalina. Comienza a echar, desordenadamente, todo en su interior. Una vez hecho el esfuerzo, cuando sobre una de las baldas solo queda un pantalón vaquero y una camisa todavía en su envoltorio, cierra la cremallera, presionando la maleta con uno de sus pies.

Se sienta en el borde de la cama. Suda. Se levanta de inmediato. Camina. Corre las cortinas y abre la ventana. Deja entrar la luz y el frescor de las primeras horas. Se sienta nuevamente y, por fin, respira tranquila. Pasa un minuto y una pequeña sonrisa sale de su boca. Está asombrada de que en tan poco tiempo haya sido capaz de hacer tantas cosas. Ya se lo decía su psicóloga. Pero ella no le creía.

Olga se tiende sobre el colchón. No lo ha probado desde hace meses, cuando descubrió que el solo hecho de apoyar la cabeza en la almohada le traía pesadillas. Pero ahora se lo permite contenta, sin atender al blanco de las paredes ni al azul del techo, concentrándose en la blandura, en el bienestar. Es como si hubiese matado a algún fantasma y, aunque sabe que todavía queda un batallón completo, disfruta de su primer triunfo. Así que se estira todo lo largo y lo ancho que puede. Los muelles le sientan bien a su espalda, que está cada vez peor después de llevar tanto tiempo incrustada en el sofá. Suspira. Afuera se debe estar bien; merezco salir, piensa como queriendo regalarse algo. Además, tiene la excusa perfecta para romper el enclaustramiento: no le queda ropa, con excepción de ese vaquero y esa camisa aún nueva. Se levanta de un salto y se viste. Se mira al espejo y aunque no ve a la octava maravilla, pareciera que el movimiento continuo, la rabia incluso, le han devuelto algo de color, algo de alegría. Por lo menos no tiene esa apariencia de espectro de hace unos instantes.

Camina hacia el baño y se moja la cara. Recoge su pelo con unas horquillas, coge el neceser, lo abre… y lo cierra. Olga no se atreve a pintarse. Es más: no quiere pintarse. No lo siente necesario. Era él quien se lo pedía. Le gustaba verla bonita, como decía casi rogándole. Y antes había sido su madre, su abuela, hasta su padre. A ella nunca le gustó eso de andarse echando cosas en la cara. Quizá de noche para sacarse la suciedad o una crema al principio del día. Pero nada más. Así que Olga toma el neceser y se lo lleva a la habitación. Abre el bolsillo exterior de la maleta y lo mete dentro, al fondo de todo, deseando que desaparezca. Una vez hecho el trabajo, se queda recta, mirándola, casi desafiante, casi feliz.

Other books

Naked by Eliza Redgold
Never Leave Me by Margaret Pemberton
Vampire Love Story by H. T. Night
The Gray Zone by Daphna Edwards Ziman
The Stonecutter by Camilla Läckberg
Blindfolded by Breanna Hayse
Where Love Shines by Donna Fletcher Crow
Primal by Leigh, Lora


readsbookonline.com Copyright 2016 - 2024