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Authors: Kevin J. Anderson

Tags: #Ciencia Ficción

La espada oscura (10 page)

»La Nueva República necesita Caballeros Jedi para que difundan la paz y la estabilidad, por lo que no podemos permanecer indefinidamente en nuestra cómoda Academia Jedi. —El Maestro Skywalker contempló a los empapados candidatos y después bajó la mirada hacia su túnica, que también estaba empapada—. Bueno, puede que no siempre sea muy cómoda... —añadió.

Los estudiantes Jedi rieron en voz baja.

Kyp se sintió repentinamente nervioso. Llevaba mucho tiempo esperando con impaciencia el momento de su graduación, pero de repente se sentía como si estuviera poniendo fin a una de las épocas más importantes de su vida..., aunque eso significara que estaba a punto de iniciar una fase todavía más crucial o emocionante.

—Tres estudiantes han decidido marcharse del
praxeum
, la Academia Jedi en la que aprendemos a actuar y vamos descubriendo los misterios de la Fuerza.

Kyp y Dorsk 81 avanzaron para detenerse junto a Cilghal, y se volvieron hasta quedar de cara a los otros estudiantes Jedi. Cilghal alzó la cabeza hacia el cielo, permitiendo que la lluvia chorrease sobre su cara.

—Han aprendido todas y cada una de las lecciones que he preparado para ellos —dijo Luke Skywalker—. Han construido sus espadas de luz y han completado su adiestramiento.

Cilghal sacó la empuñadura de su espada de luz de su túnica azul océano. Su arma era una delicada protuberancia plateada con sutiles protuberancias e indentaciones, como si fuese algo que hubiera crecido orgánicamente, y tenía un aspecto general muy parecido al de los colosales cruceros estelares de Mon Calamar¡. Kyp y Dorsk 81 también empuñaron sus espadas de luz, y los tres graduados activaron sus armas al unísono. El vapor siseó a su alrededor cuando las gotas de lluvia se evaporaron con un estridente chasquido al caer sobre las hojas resplandecientes.

—Los tres debéis partir y convertiros en guardianes de la galaxia, protectores de la Nueva República —dijo el Maestro Skywalker—. Debéis enfrentaros al lado oscuro y combatirlo en todas sus manifestaciones. Ahora sois Caballeros Jedi.

Cilghal clavó sus redondos ojos de pez en la hoja que zumbaba delante de ella.

—Volveré a mi mundo natal, donde desempeñaré la doble función de embajadora y protectora Jedi. Los habitantes de Mon Calamar¡ son una raza inteligente e industriosa. Podemos aportar nuestros recursos a la mejora de la estabilidad de la Nueva República.

Dorsk 81 abrió y cerró sus ojos amarillos y lanzó una mirada llena de nerviosismo a Kyp, quien le animó a hablar con una casi imperceptible inclinación de cabeza.

—Yo también deseo volver a mi planeta natal —dijo el clon alienígena—. Volveré a Khomm, donde nuestra sociedad ha permanecido inmutable durante siglos. Mostrarles que he cambiado, que me he convertido en un Caballero Jedi, supondrá toda una conmoción para ellos. —Los delgados labios que enmarcaban la rendija de su boca se curvaron hacia arriba en una leve sonrisa— Creo que necesitan que alguien vuelva a despertarlos.

Después el Maestro Skywalker miró a Kyp, quien se irguió hasta parecer tan alto como Dorsk 81.

—De momento iré con él —dijo—. Su mundo natal se encuentra muy cerca del centro de la galaxia, y está a muy poca distancia de los Sistemas del Núcleo. Me preocupa mucho que el Imperio haya estado tan poco activo durante los dos últimos años. Oh, claro, hemos tenido que enfrentarnos a la almirante renegada Daala y al Ojo de Palpatine...

El Maestro Skywalker torció el gesto de una manera casi imperceptible y volvió la mirada hacia Calista, que seguía irradiando afecto hacia él aunque estaba empapada y un poco harta de soportar el molesto aguacero.

—Pero sigo pensando que los señores de la guerra deben de estar planeando algo —dijo Kyp—. No puedo imaginarme ningún servicio más grande a la Nueva República que el averiguar lo que está ocurriendo. Me infiltraré en esos sistemas y espiaré al Imperio.

Kyp miró a los demás y vio inquietud o firme determinación. Tionne asintió apaciblemente. Kam Solusar, el Jedi duro e implacable, permanecía inmóvil bajo la lluvia y ni siquiera parpadeaba, como si nada pudiera afectarle. Kirana Ti, la guerrera de Dathomir, se alzaba orgullosa y segura de sí misma en su reluciente armadura de escamas rojas y verdes. Junto a ella estaba Streen, el ermitaño medio loco de Bespin, que contemplaba las gotas de lluvia que habían caído en sus manos y volvía velozmente la mirada de un lado a otro. Kirana Ti puso una robusta mano sobre su hombro, como si fuese repentinamente capaz de percibir sus dudas.

Los otros reaccionaron a su manera, mostrándose de acuerdo o desviando la vista. Kyp conocía muy bien al grupo original de estudiantes de Luke. Otros eran recién llegados que venían para ser adiestrados a medida que la noticia se iba difundiendo de un sistema a otro y se iban encontrando más Caballeros Jedi en potencia.

El Maestro Skywalker dejó caer las manos junto a los costados y se relajó. Kyp apagó su espada de luz, y la empuñadura engulló la hoja de energía plateada. Cilghal y Dorsk 81 también extinguieron el resplandor de sus armas.

Luke les sonrió a todos.

—Creo que ya nos hemos mojado lo suficiente —dijo—. Volvamos al templo.

Kyp sintió como la tensión se desvanecía súbitamente de la atmósfera, y de repente pareció como si fueran un grupo de compañeros que estuvieran de paseo en vez de estar asistiendo a una ceremonia tan importante que afectaría a toda la galaxia.

El Maestro Skywalker se unió al grupo de estudiantes y buscó a Calista. Le tomó la mano, y los dos enamorados se sonrieron el uno al otro mientras guiaban a los demás por un sendero medio oculto entre la maleza para volver al Gran Templo.

Dorsk 81 pilotaba la pequeña nave espacial que la Nueva República les había entregado. Iban hacia Khomm, y el clon alienígena contemplaba cómo el punto brillante que era su mundo natal iba creciendo delante de él.

—Aproximación a lo largo del vector estándar —dijo Kyp desde el asiento de pasajeros mientras conectaba el sistema de comunicaciones—. Kyp Durron y Dorsk 81 se aproximan a Khomm y solicitan coordenadas de descenso.

Unos instantes después la voz tranquila y pausada de un controlador del tráfico espacial proporcionó a Kyp los datos que necesitaba.

—¿Nos esperaban? —preguntó Kyp, lanzando una mirada llena de curiosidad a Dorsk 81.

El alienígena de piel aceitunada meneó la cabeza.

—No. Es sólo que raramente responden a ningún acontecimiento de una forma que se salga de lo habitual.

Kyp contempló al clon alienígena, y se acordó de una ocasión anterior en la que también habían viajado juntos. Mientras estaba bajo la influencia de Exar Kun, el antiguo Señor Oscuro del Sith, Kyp y Dorsk 81 habían ido a un templo abandonado de la jungla que era la fortaleza privada de la soledad de Kun. Una vez allí el negro espíritu del mal había intentado destruir a Dorsk 81 por puro capricho, meramente para hacer una demostración del poder del lado oscuro. Kyp le había salvado, aunque Dorsk 81 ni siquiera lo había sabido.

Después de la derrota de Kun, cuando Dorsk 81 se hubo enfrentado a sus temores y a sus carencias, el clon alienígena se había ido volviendo más fuerte gracias a haber aceptado sus propias limitaciones. Kyp nunca le había presionado, y había permitido que el alienígena de lisa piel aceitunada siguiera su propio camino.

La esfera verde pálido de Khomm fue haciéndose más y más grande, y acabó llenando todo el visor. Visto desde aquella distancia el planeta parecía apacible y borrosamente uniforme, como si careciese de particularidades o accidentes geográficos. No tenía satélites naturales, y ni siquiera fases de la luna que pudieran producir un cambio regular. La órbita de Khomm era prácticamente circular y la inclinación de su eje inexistente, por lo que no creaba ningún cambio de estaciones. Al estar tan cerca del centro de la galaxia, el cielo carente de lunas estaba repleto de estrellas muy brillantes.

—¿Tienes muchas ganas de volver a casa? —preguntó Kyp mientras Dorsk 81 manipulaba los controles de navegación para colocar su nave en una órbita de baja energía desde la que podrían iniciar un lento descenso hacia el espaciopuerto.

El alienígena asintió.

—Siento grandes deseos de volver a ver a mis duplicados —dijo.

Todos procedían de la misma serie de clones, por lo que obviamente Dorsk 81 no podía llamarles parientes o familiares, ya que genéticamente todos eran el mismo ser. Aun así, Dorsk 81 había experimentado un cambio muy sutil: esa alteración le había proporcionado la capacidad de sentir la Fuerza, una peculiaridad que ningún clon de su serie había mostrado hasta el momento.

—Y en particular tengo muchas ganas de ver a Dorsk 82 —añadió—. Creció a partir de mis genes, y probablemente ya habrá madurado durante el tiempo que he estado fuera.

Kyp parpadeó, bastante sorprendido. No sabía que Dorsk 81 tuviera un... niño, descendiente, duplicado más joven o lo que fuese.

—Yo también tengo muchas ganas de conocerle.

Mientras Dorsk 81 pilotaba la nave durante la maniobra de descenso, Kyp alzó los ojos hacia las masas de estrellas que creaban un gran río de luz extendido a través de la noche del espacio y se juró a sí mismo que averiguaría qué había estado haciendo el Imperio durante todo ese tiempo.

SISTEMAS DEL NÚCLEO
Capítulo 9

La verdadera noche era imposible en los Sistemas del Núcleo. Las estrellas estaban tan cerca las unas de las otras que incluso las regiones más negras del espacio eran una sinfonía de llamaradas estelares y masas de gases calientes ionizados que se acumulaban en regiones antiguamente consideradas inhabitables. En un infierno navegacional como aquél, los restos del Imperio se escondían entre los sistemas todavía no cartografiados donde podían esperar y recuperarse..., y guerrear entre ellos.

La almirante Daala caminaba con el cuerpo muy erguido, un orgulloso ejemplo de adiestramiento imperial que no necesitaba la compañía de nadie mientras los guardias de las tropas de asalto le proporcionaban una escolta armada durante su entrada en la fortaleza de Harrsk el Supremo Señor de la Guerra. Su rostro parecía haber sido cincelado a partir de un bloque de piedra. Seguía siendo hermoso, pero se había ido curtiendo poco a poco de tal manera que sus contornos acabaron por adquirir una terrible agudeza. Demasiados años de apretar los dientes y demasiados meses intentando unir a los señores de la guerra eternamente enfrentados entre ellos que se peleaban por los restos del poderío militar del Imperio, igual que sabuesos nek haciendo pedazos los restos de una presa, habían creado arruguitas casi imperceptibles alrededor de su boca.

Los ojos de Daala estaban llenos de sombras, recuerdos del fracaso y un ardiente deseo de venganza casi apagado, pero el verde de sus iris llameaba con reflejos de metal fundido cuando pensaba en lo sencillo que resultaría volver a asestar un golpe realmente efectivo a la débil y torpe Nueva República. Los rebeldes todavía no habían conseguido consolidar su dominio sobre la galaxia a pesar de que el Imperio les había dado muchos años para lograrlo.

Los soldados de las tropas de asalto formaron una apretada v reconfortante guardia de honor alrededor de Daala mientras avanzaba por los corredores abiertos en el lecho rocoso. El Supremo Señor de la Guerra Harrsk había establecido su fortaleza en un planeta rocoso que se movía en una órbita bastante cercana a una gigante roja. La corteza superficial del planeta siempre estaba blanda v repleta de grietas, v rezumaba lava como una herida incapaz de curarse.

Las gigantescas fundiciones solares que orbitaban el planeta proporcionaban energía y procesaban las materias primas para construir la flota personal de Destructores Estelares de la clase Imperial de Harrsk. Nada más llegar allí Kratas, el leal lugarteniente de Daala, había subido al Onda de Choque, el navío insignia, para inspeccionar el armamento. Hasta el momento Harrsk había construido doce Destructores Estelares, y para ello había utilizado todos los recursos que pudo arrancar a los sistemas estelares que se encontraban dentro de su radio de acción.

Daala pensó en toda la fortaleza militar por explotar oculta y protegida por las sombras del planeta de Harrsk, allí donde los temibles rayos de la gigante roja no podían dañar los sistemas de las naves. Cuando se le ordenó que protegiera la Instalación de las Fauces, Daala sólo había contado con cuatro Destructores Estelares..., y había perdido tres de esas naves en su pequeña guerra privada con los rebeldes.

Sí, Daala podía consolarse a sí misma con el recuerdo de que había destruido una colonia rebelde, hecho pedazos un convoy que se dirigía a una nueva base militar y atacado y causado graves daños al mundo acuático de Calamar¡..., pero en conjunto sus tácticas habían resultado lamentablemente anticuadas y pésimamente mal concebidas. Daala había permitido que las tinieblas de la ira la cegasen y le impidieran ver los puntos débiles de sus planes. También había padecido una suerte diabólicamente mala, pero no tenía ninguna intención de permitir que la suerte volviera a ser un factor a considerar.

Daala había renunciado a todo para volver arrastrándose al Imperio, y había conseguido sobrevivir dentro del maltrecho casco medio destrozado por la batalla de su último Destructor Estelar, el
Gorgona
. Cuando llegó al santuario que andaba buscando, quedó muy poco impresionada ante los débiles e infantiles señores de la guerra que habían pasado a tener el futuro del Imperio en sus manos. Las autoridades imperiales le habían quitado las tropas que le quedaban y las habían dispersado entre otras naves de sus flotas. Después habían desmontado el
Gorgona
, llevándose los escasos componentes utilizables para reconstruir otras naves.

Pero Daala no les había dado ocasión de que la reasignaran a un grupo de combate, y había preferido actuar como una especie de embajadora por cuenta propia, una pacificadora que visitaba a los señores de la guerra dispersos por entre los Sistemas del Núcleo. Cada uno de ellos se había inventado un título crecientemente ridículo para sí mismo, intentando superar a su competidor más cercano. Los títulos iban desde Gran Almirante a Líder de Combate Omnipotente, pasando por Súper Almirante y Comandante Supremo. La almirante Daala había conservado su sencillo rango original, no necesitando nuevas medallas o títulos. Su misión unificadora aún no había sido completada, y ella y el comandante Kratas viajaban de un sistema a otro, utilizando su reputación y hablando a oídos que, desgraciadamente, parecían estar llenos de duracreto.

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