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Authors: Paul Theroux

Tags: #Aventuras, Relato

La Costa de los Mosquitos

 

Un personaje extraordinario, Allie Fox, genio autodidacta, inventor visionario y fanático adversario del
american way of life
, mantiene despóticamente a su familia bajo la fascinación de sus extravagantes ideas e iniciativas. Una mañana, harto de lo que él llama civilización, decide partir hacia un misterioso destino. No será hasta más tarde, ya embarcada en un carguero atiborrado de plátanos, cuando la familia conocerá el fin que le espera:
La Costa de los Mosquitos
, en Honduras, donde empezará para ella una aventura delirante. En la azarosa lucha por construir y sostener la disparatada utopía del «padre», crece el sutil enfrentamiento entre éste y su hijo, verdadero narrador de un viaje que pocos podrán olvidar. A pocos se les escapará en
La Costa de los Mosquitos
el homenaje al
Robinson Crusoe
y a Daniel Defoe, su creador, aunque el estrafalario personaje Theroux, Allie Fox, contrariamente a Crusoe, se niega obstinadamente a volver a casa, al mundo civilizado.

Paul Theroux

La Costa de los Mosquitos

ePUB v1.0

GONZALEZ
27.04.12

Título original:
The Mosquito Coast

Traducción de Manuel Sáenz de Heredia

© 1981, Paul Theroux

A «Charlie Fox», cuya historia se relata aquí, y cuyo coraje me enseñó que no se puede matar a los valientes. Con todo mi agradecimiento por muchas horas de pacientes explicaciones y buen humor ante mi ignorante interrogatorio. Encuentre la paz que merece en esta costa más segura
. Naksaa.

P. T.

P
RIMERA PARTE

E
L BARCO BANANERO

1

Tras pasar por delante de la residencia de Tiny Polski, salimos a la carretera principal, recorriendo las cinco millas hasta Northampton sin que Padre parase un instante de hablar de salvajes y de lo espantosa que era América... cómo se había convertido en una ulcerosa zona de peligro, consumo de drogas y atrancamiento de puertas, para carroñeros rabiosos y millonarios criminales y sujetos ruines e inmorales. Y qué me dices de las escuelas. Y qué me dices de los políticos. Y no hay un solo graduado de Harvard capaz de cambiar una rueda pinchada o hacer diez flexiones de brazos. Y en Nueva York había gente que se alimentaba de comida para animales domésticos, gente capaz de matarte por unas monedas. ¿Era eso normal? Y, si no lo era, ¿por qué tenía nadie que aguantarlo?

—No sé —dijo, respondiéndose a sí mismo—. Sólo estoy pensando en voz alta.

Antes de salir de Hatfield había aparcado la camioneta en una elevación de la carretera, apuntando hacia el sur.

—Ahí llegan los salvajes —dijo, y allí subían, cruzando los campos desde una hoz de árboles entre los perfiles del aire recalentado, húmedo y gomoso, de los cobertizos de Polski. Eran de tez oscura, y vestían harapos. Algunos llevaban harapos en la cabeza, otros, sombreros de ala ancha. Eran hombres y niños, unos cuantos no mayores que yo, todos portando grandes cuchillos.

El dedo de Padre me asustaba más que aquellos hombres. Seguía apuntándoles. Le faltaba la punta del índice hasta la primera articulación, por lo que el muñón del dedo, romo por los pliegues de piel cosida y plagado de horrendas cicatrices, sólo podía aproximarse a la dirección requerida.

—¿Por qué se molestan en venir aquí? —dijo—. ¿Dinero? ¿Cómo puede ser por el dinero?

Parecía mascar las preguntas de la punta de su cigarro puro.

Era mediodía, ya demasiado caliente para el mes de mayo en Massachusetts. El valle tenía un aspecto requemado por la sequedad primaveral que estábamos sufriendo, y las zanjas, poco profundas, humeaban como estiércol de vaca fresco. En los surcos rasgados entre terreno y terreno solo asomaban minúsculos penachos de Maíz Milagro. No se oía el piar de un solo pájaro. Y los campos de espárragos, adonde se dirigían los hombres, estaban tan marrones y lisos como si hubieran pelado el cuero cabelludo de hierba verde y apisonado toda la calva.

Padre movió la cabeza de lado a lado. Soltó el freno y escupió por la ventanilla.

—No es el dinero, ni por asomo —dijo—. Hoy en día un dólar no vale más de veinte centavos.

Más allá de Hatfield y de la casa de Polski, en el borde superior de la artesa del valle, había almenas frondosas, algunas, pálidas como espuma de limonada, y otras, protuberancias oscuras y racimos de arbustos como escarabajos, y empalizadas de ramas reventonas que se avenían a mi idea del entorno de la jungla. Pocas horas antes, cuando nos despertamos, el suelo estaba recubierto de brillantes cuentas de rocío helado. Me lo imaginé como hielo de verano. Exhalaba nubes de vapor. En el cielo había bolsas de nubes. Ahora el sol estaba alto, llenando el valle de luz y calor que relampagueaban sobre aquellos hombres, dándoles un aspecto de escuálidos demonios.

Quizá a ello se debiera el que, pese a haber visto ya a aquellos hombres —los salvajes, en el mismo lugar y lo bastante cerca como para ver los cardenales que el sol formaba en su piel color cuero marrón—, su aparición me alarmara, como el dedo de Padre.

—Esta es la parte que detesto —dijo cuando entramos en Northampton. Llevaba una gorra de béisbol y conducía con el codo apoyado en la ventanilla.

—No me refiero a las chicas del Instituto, que ya dejan bastante que desear. Fíjate en esa Anita Remolcador, menudo tamaño. Es tan grande que con once como ella ya tienes la docena. Pero eso es grasa... no es salud. Eso son hamburguesas con queso —y sacó la cabeza por la ventanilla y gritó—: ¡Eso son hamburguesas con queso!

Bajando Main Street («Van todos drogados») pasamos junto a una gasolinera Getty, y Padre clamó contra el precio de la gasolina.
DOS
MUERTOS
EN
UN
TIROTEO
, se leía en un quiosco de periódicos, y él dijo:

—Papeles de mierda.

La sola palabra «Coleccionables» en el escaparate de un almacén le irritó. Y, cerca de la ferretería, había una máquina que vendía hielo en bolsas.

—Venden hielo... diez libras por veinticinco centavos, cuando el agua es tan gratuita como el aire. ¡Esos caraduras están vendiendo agua! El agua es la nueva industria del progreso. Agua mineral, agua de manantial, agua con burbujas. ¡Gran noticia! ¡El agua te sienta bien! Esa cerveza baja en calorías... ¿sabes qué lleva dentro? ¿Sabes por qué te mantiene delgado? ¿Sabes por qué cuesta más que la normal? ¡Agua!

Lo pronunció con acento yanqui.

Siguió adelante, cada vez de peor humor, hasta encontrar un parquímetro en marcha donde todavía quedaba tiempo. Aparcó allí y regresamos a pie a la ferretería.

—Quiero una junta de goma, ocho pies, con refuerzo de espuma —dijo Padre y, mientras el hombre iba a buscarla, añadió—: Probablemente por eso es tan cara la gasolina. Le echan agua. ¿No me crees? Si piensas que los mercachifles tienen moral... —yo no había dicho esta boca es mía— ... a ver cómo me explicas por qué dos terceras partes de la carne que el Gobierno inspecciona condene cantidades sustanciales de nitratos cancerígenos y por qué esa comida-basura —lo cual es un hecho probado— no tiene el más mínimo valor nutritivo...

El empleado de la ferretería regresó con un rollo de goma y se lo entregó a Padre, quien lo examinó y se lo devolvió.

—No lo quiero —dijo.

—Es lo que ha pedido —repuso el hombre.

Padre puso cara de pena.

—¿Qué pasa? Trabaja para los japoneses, ¿o qué?

—Si no lo quiere, no tiene más que decirlo.

—Acabo de decírselo, Jack. Está hecho en Japón. No quiero que los cuartos que me he ganado con el sudor de mi frente se transformen en divisas para los nipones. No quiero financiar a otra generación de kamikazes. Quiero un rollo americano de junta de goma, con espuma...
¿es que no trabaja aquí?

Y soltó una maldición porque el hombre se había puesto a atender a otro cliente.

Padre encontró la junta de goma que buscaba en una ferretería más pequeña de una calle lateral, pero, cuando llegamos a la furgoneta, casi le había dado ya un ataque de pensar en lo que le habría gustado decir en la primera ferretería.

—Debí decir «Sayonara», montar un escándalo.

En nuestro parquímetro había un policía, cubriéndolo con las manos, la barbilla apoyada en los dedos, como un buscador de oro descansando en el mango de su pala. Miró a Padre, sonrió como diciendo hola, y entonces me vio y se mordió los labios.

—¿No debería estar en el colegio?

—Enfermo —dijo Padre, sin perder el paso.

El policía siguió a Padre hasta la puerta de la camioneta, enganchó los dedos en el cinturón de su pistola y dijo:

—Un momento. ¿Por qué no está en la cama?

—Por una infección de
hongos
.

El policía bajó la cabeza y me miró desde el otro lado del asiento.

—Vamos, Charlie, enséñaselos. A mí no me cree. Quítate el zapato. Déjale que huela.

Me solté los cordones de los zapatos, y el policía dijo:

—Olvídalo.

—No se disculpe —dijo Padre, sonriendo al policía—. La buena educación es muestra de debilidad. Y ésa no es forma de luchar contra el crimen.

—¿Decía algo?

El policía apretó las mandíbulas y se irguió en toda su altura. Estaba muy enfadado. Tenía un aspecto cauteloso y pesado.

Pero Padre seguía sonriendo.

—Estaba pensando en voz alta.

No volvió a abrir la boca hasta que llegamos a la carretera de Hatfield.

—¿Estabas dispuesto a quitarte los zapatos y enseñarle a ese poli tus dedos sanos?

—Me dijiste que lo hiciera —repuse.

—Cierto —dijo—. ¡Pero qué clase de país es éste que transforma a los tenderos en traidores y a los hombres sinceros en mentirosos! Nadie piensa nunca en irse de este país. ¡Yo, Charlie, lo pienso todos los días!

Siguió conduciendo.

—¡Y soy el único que lo hace, porque soy el último hombre!

Así era allí nuestra vida; la finca y el pueblo. A Padre le gustaba el trabajo en la finca de Tiny Polski, pero el pueblo le sacaba de quicio. Por eso no me llevaba al colegio. Y tampoco a Jerry y a las gemelas.

Más avanzado el día, mientras arreglábamos una bomba junto a un terreno cultivado, vimos otra vez a los salvajes.

—Vienen de la jungla Trabajadores emigrados. Estaban bien y no se enteraban. Yo les habría cambiado el puesto. Creen que esto es jauja. No deberían haber venido.

Padre había inventado la bomba para Polski, hacía un año. Tenía un vástago puntiagudo, sensible, que penetraba como una raíz en el terreno, y, cuando el suelo se secaba, un cable activaba un interruptor y ponía la bomba en marcha. Padre, que era inventor, era un verdadero genio con cualquier cosa mecánica. «Nueve patentes», le gustaba decir, «cinco pendientes». Se jactaba de haber abandonado Harvard para conseguir una buena educación, listaba más orgulloso de su primer trabajo de conserje que de su beca en Harvard. Había inventado una fregona mecánica... uno la aguantaba fuerte y ella zigzagueaba por el suelo, y después se escurría sola. Decía que usar esa fregona era como bailar con una mujer sin cabeza. La llamaba La Mujer Silenciosa. Lo que más le gustaba era desarmar cosas, incluso libros, hasta la Biblia. Decía que la Biblia era como un manual de instrucciones, un manual de reparación para un invento no terminado. También decía que la Biblia era un yermo. Una de las teorías de Padre era que había partes de la Biblia que nadie había leído, igual que hay partes del mundo donde nadie ha puesto el pie.

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