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Authors: Josep Montalat

Goma de borrar (18 page)

BOOK: Goma de borrar
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Mamen, que hablaba perfectamente francés puesto que había estudiado en el Lycée Francés de Barcelona, se quedó hablando con Petra mientras Cobre iba al servicio a hacerse una raya. A su regreso, se despidieron y mientras bajaban las escaleras, Mamen hablaba de la mujer del extranjero.

—Muy interesante, esta mujer. Me ha explicado muchas cosas. Por lo visto, de joven conoció mucho a Dalí en París y lo visitaba en Cadaqués.

Al reencontrarse con su grupo de amigos, Cobre aprovechó para despistarse y en poco rato liquidó todas las papelas de cocaína que llevaba encima, y ya terminado su trabajo dedicó atención a su novia, bailando incluso con ella en la pista. Mientras estaban en la barra principal, Mamen le preguntó la hora.

—Las cuatro y medía. ¿Quieres que nos vayamos?

—No. Esperemos a que cierren, si te parece. Esta noche lo estoy pasando muy bien; me siento muy feliz y no quisiera que acabase —dijo la chica, apoyando la cabeza en su pecho.

Él la besó en la boca. Al separarse y mientras cogían sus respectivas bebidas de la barra, Cobre vio que alguien estaba mirándolos; era Mati, con una visible cara de enfado, nada buena para el cutis.

—Eres un mentiroso, Cobre. Me dijiste que habías cortado con ella. No te quiero ver más. Fúndete —habló, propinándole una sonora bofetada y saliendo disparada en dirección a las escaleras.

Mamen siguió la escena y contempló cómo Cobre, petrificado, se frotaba la mejilla con la mano y era observado por la gente de alrededor.

—¿Quién era ésa? —preguntó, disgustada.

—No sé, debe de haberse confundido —respondió, pasmado.

—¿Confundido? He oído que decía tu nombre. Es la camarera del
pub
de Empuriabrava, donde te encontré una noche. Me estás mintiendo. ¿Qué pasa, Cobre, piensas que soy tonta?

—No te miento, no sé qué quería.

—Ninguna mujer pega así sin motivos a un hombre —anunció la chica, apartándose de su lado.

—Mamen, espera —dijo él, agarrándole el brazo.

—Déjame —apartó su mano—. ¿Has tenido un rollo con ella, verdad? —preguntó, mirándole a los ojos.

Cobre no respondió.

—No quiero saber nada más de ti, olvídame —dijo Mamen, marchándose en dirección a las escaleras de salida.

Él permaneció allí. Todos lo miraban y él era consciente. Quiso multiplicarse por cero y se marchó hacia el otro lado. Confundido entre la multitud, se detuvo a reflexionar. Estaba aturdido. En menos de treinta segundos había echado al traste dos relaciones sentimentales, aunque en aquellos instantes no se planteó si había batido un récord Guinness sino que pensó que debía beber algo, fumarse un cigarro y evaluar con calma la situación. Se encaminó en dirección al Club, pasando por detrás de la barra. Pero alguien lo detuvo, cogiéndole de su brazo y llamándole por su nombre.

—Hola, Sindy —reconoció al girarse a la holandesa.

—¿Dónde vas tan deprisa? —preguntó ella con su peculiar acento.

—Voy a beber algo.

—Te invito, si quieres —dijo, poniendo su mano en un pequeño bolso, que hacía conjunto con su elegante vestido.

—Vale —aceptó Cobre sin pensárselo mucho—. ¿No bailas? —le preguntó, por decir algo.

—¿Te apetece bailar conmigo? —le preguntó Sindy, con una sonrisa maliciosa.

—No sé si estoy para bailar esta noche. Acabo de discutir con mi novia.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, mirándolo a los ojos.

—Lo hemos dejado.

—¿Definitivo?

—Creo que sí.

—Lo siento —le dijo, con una entonación que parecía sincera.

—Ha sido culpa mía —reconoció Cobre—. ¿Me invitabas a algo, no? —dijo, cambiando de tema.

—¿Qué te pido? —le preguntó la chica con la tarjeta de consumición VIP en la mano.

—Un gin-tonic, por favor.

—¿Johan te ha dejado sola en fin de año? —preguntó, mientras la camarera la servía.

—Sí, cada año lo hace. Es el día perfecto para pasar sin peligro las fronteras. A las doce y media pasa la francesa cerca de Lille y a las nueve de la mañana la española, por Portbou. Sabe que no hay policía.

—Jondia!!!, no es tonto el tío —dijo Cobre, tomando su bebida.

—No.

—¿Estás sola, pues?

—Sí, hasta mañana a las once.

—¿Hasta las once de la mañana?

—Sí, desayunará y descansará algo en Portbou después del viaje y luego vendrá a casa —explicó la chica—. ¿Tienes coche? —preguntó seguidamente.

—Sí, ¿por qué?

—He venido con Gunter, le puedo decir que tú me llevas a casa —le propuso, acariciándole la mano, que ahora tenía cogida entre las suyas.

—Sindy, eres muy mala —declaró él, apartándose ligeramente.

—Hasta las once hay tiempo, si quieres —insistió la chica, mirándolo con sus bellos ojos azules.

Cobre bebió un largo trago de su gin-tonic y luego pensando hizo una profunda calada a su cigarrillo.

—No sé, Sindy… Esta noche parece surrealista.

—Nos haremos compañía un rato —dijo, con una sonrisa, interpretando su estado de ánimo, bajando la mano que le tenía cogida en dirección a su entrepierna.

Cobre sintió la agradable piel de su muslo y luego el suave tacto de la seda de la braguita que cubría el sexo de la holandesa. A lo hecho, pecho, pensó, dirigiendo su mirada a las dos protuberancias de piel que, libres de sujetador, parecían querer salir de aquel elegante vestido.

—Venga, vamos —dijo, sintiéndose mejor gracias a ella.

Mientras Sindy se ponía en pie, él terminó su bebida y dejó el vaso vacío sobre la barra.

—Espérame en el guardarropa —le dijo la chica, dándole su
ticket
—. Voy a decirle a Gunter que me llevas a casa —añadió, subiendo las escaleras que había frente a ellos.

En la guardarropía Cobre aguardó su turno. Cogió su ticket del bolsillo trasero del pantalón y se percató que también tenía el de Mamen. Entregó los tres papeles. Primero le dieron su chaqueta y un abrigo. Luego la chica fue en busca de la prenda de la holandesa a otro cuarto. Apareció con un hermoso y ligero abrigo de piel, que le entregó justo en el momento en que Sindy aparecía a su lado.

—Gunter me ha dado para ti esta tarjeta de su hotel. Me ha dicho que lo llames mañana. Dice que quiere pedirte un favor —le anunció la chica, entregándole una tarjeta del Hotel Almadraba Park de Roses.

Se la guardó en el bolsillo. Sindy vio que llevaba otro abrigo y sin que ella le preguntase nada, le dijo que era el de su novia. Salieron juntos del Chic en busca del Seat Panda.

—¿Dónde vamos? —preguntó Cobre al abrir la puerta del coche.

—¿Tienes algún sitio? — preguntó asimismo ella desde el otro lado.

—Mi apartamento. Estoy solo.

—Perfecto. Vamos ahí.

Enfilaron el coche en dirección a Empuriabrava. Cobre le explicó por encima lo que le había sucedido con Mamen y Mati. Ella dijo que era todo un Don Juan, riéndose, distendiendo el ambiente. Llegaron al apartamento. Hacía frío y Cobre encendió el radiador del salón. Estaba nervioso, siempre le ocurría la primera vez que estaba con una chica, aunque en este caso ella ya fuera «coñocida», valga la expresión. Puso una cinta en el radiocasete y pulsó el
play
, al tiempo que le preguntaba a Sindy si quería beber algo.

—¿Qué tienes? —le dijo cuando la música empezó a sonar.

—En la nevera tengo una botella de champán, si te apetece.

—Perfecto.

—Siéntate —la invitó a sentarse en el sofá—. Voy a abrirla.

Ella tomó asiento, abrigada aún, ya que el vestido que llevaba era muy ligero, sin hombros, muy escotado, y el apartamento todavía estaba frío. Cobre fue a su habitación, encendió también allí el radiador, cerró la puerta y luego fue a la nevera en busca del champán. Cogió unas copas y lo llevó todo al salón. Se sentó al lado de Sindy, sirvió la bebida y brindaron. Los dos tomaron unos sorbos. Luego invitó a la chica a un Marlboro y ella le dijo que prefería el suyo, Dunhill. Sacó un cigarrillo de su pequeño bolso y él se lo encendió con su elegante mechero de Carnicería Rodríguez.

—¿Te importa si me pincho? —preguntó la chica en el momento en que él, después de dar una calada a su cigarrillo, se recostaba en el sofá.

—No, hazlo si te apetece —le respondió Cobre, incorporándose ligeramente.

—¿Quieres?

—¿Heroína? Nunca la he probado.

—Mejor no tomes, engancha mucho.

—Sí, yo voy a hacerme una raya de coca.

Sindy sacó un pequeño estuche de su bolso en el que había una jeringuilla y una papela con la heroína y él por su parte puso la suya de cocaína sobre la mesilla.

—Perdona, ¿tienes una cuchara? —preguntó la chica.

—¿Una cuchara? —preguntó extrañado.

—Sí, por favor. Es para calentarla.

Cobre se fue a la cocina. Regresó con una cucharilla, se la dio y se sentó de nuevo.

—¿No tienes otra más grande? —preguntó al verla.

—Perdona —se excusó—. He entendido una cucharilla.

Fue de nuevo a la cocina y regresó con una cuchara sopera, se la dio y se sentó otra vez a su lado. Abrió entonces la papela de la cocaína para prepararse su raya.

—Perdona, ¿No tendrás un poco de agua? —la interrumpió de nuevo ella.

—¿Agua? —preguntó un poco mosca por tener que levantarse tantas veces.

—Sí, del grifo mismo.

Regresó con un vaso lleno y se sentó otra vez. La chica puso un poco de heroína sobre la cuchara y luego agua encima. Con una mano aguantaba la cuchara y con el dedo removió la mezcla. Cobre estaba centrado cortando la cocaína con una Gillette, mirándola de vez en cuando.

—¿Me pasas el mechero, por favor? —pidió la chica al cabo de poco.

—Sí, claro —respondió, dándoselo.

Sindy colocó la llama bajo la cuchara, removiendo la mezcla con el dedo mientras él la observaba.

—¿No habías visto a nadie chutarse? —preguntó, con mucho acento extranjero al pronunciar la palabra «chutarse».

—No, es la primera vez que lo veo.

Cuando la chica consideró que la heroína estaba mezclada, dejó la cuchara sobre la mesa apoyada en su paquete de tabaco y con la jeringuilla fue succionando su contenido. Cobre acabó de cortar la cocaína y miró cómo Sindy terminaba la operación. Ella lo dejó todo sobre la mesa y bebió de su copa de champán, sonriéndole con la mirada.

—¿Me dejas tu cinturón? —preguntó.

—¿El cinturón?

—Sí, no llevo. Es para atármelo en la pierna.

—¡Ah! Sí, perdona —respondió Cobre, levantándose del sofá, desprendiéndose del cinturón.

Se lo dio y volvió a sentarse, esnifó su raya de cocaína y, buscando relajarse, se recostó en el sofá mirando cómo la chica se anudaba el cinturón en la pierna izquierda, apretándoselo fuerte.

—¿Me lo sujetas? Será más fácil.

—Sí, claro —se prestó complaciente, levantándose, pero viendo que cada vez que intentaba relajarse ella le pedía algo—. ¿Te pinchas en la pierna?

—Lo haré en el pie, se disimulan mejor las huellas de la aguja.

Sujetó el cinturón mientras ella con la mano libre se pinchaba en una vena cerca del tobillo. Luego fue vaciando poco a poco el contenido de la jeringuilla.

—Ya está. Gracias —dijo Sindy, quitándose el cinturón de la pierna.

—¿Qué tal?

—El efecto tarda unos dos o tres minutos. Ya me está subiendo… muy bien… súper bien… —le iba diciendo mientras iba recostándose con los ojos cerrados hacia atrás en el sillón, con la sonrisa que ya conocía, ahora muy marcada en sus labios.

Se quedó mirándola mientras, sin apenas abrir los ojos, se desprendía del abrigo, y notó cómo los pezones de sus pechos, libres de sujetador, se le endurecían bajo el ligero vestido. Él, sintiendo por empatía el placer que ella percibía, también notó cómo su miembro ganaba firmeza. Se levantó y se sentó al lado de la chica, en el brazo del sofá, acariciándole con la mano derecha los turgentes senos y acercando su boca a la de ella. La chica abrió los labios, aceptando el beso. Sus lenguas se entrecruzaron al tiempo que Sindy, muy lentamente, como si no tuviera prisa, buscó con la mano la cremallera del pantalón y empezó a bajarle la bragueta. Cobre se levantó para facilitarle la tarea y se los bajó, dejándolos a media hasta. Sindy viendo que lo ayudaba se puso de pie y sin desabotonarle la camisa se la sacó, directamente por arriba, besándolo de nuevo. Luego deslizó los tirantes de sus hombros hacia los lados y el vestido de seda cayó al suelo por su propio peso. En la sala todavía no hacía demasiado calor, pero la chica parecía notarlo en exceso. Se desprendió ella misma de su braguita con mucha lentitud, bajándosela por sus largas piernas como si lo hiciera a cámara lenta, quedándose completamente desnuda, sólo con el elegante collar colgado del cuello. Cobre se la había quedado mirando, como extasiado y al bajarle Sindy los calzoncillos, el erecto miembro le salió disparado. La chica se lo agarró y tiró de él en dirección a la habitación en la que supuso que estaba la cama. Él intentó seguirla pero los pantalones bajados hasta sus zapatos le impedían avanzar, con lo que iba dando pequeños saltos mientras ella seguía tirando de su pene, hasta que dos saltos después tropezó con el estorbo de los pantalones y cayó de bruces. Sindy pareció despertar y se rio al verlo en el suelo con los pantalones trabados en sus tobillos.

Cobre se desprendió de los zapatos, de los pantalones y se levantó. Ella volvió a asirle el miembro con una de sus manos, mientras con la otra abría la puerta de la habitación, alcanzando la cama.

No se entretuvieron en preámbulos. Cobre sacó un preservativo del cajón de la mesilla noche y se lo puso con rapidez. Al cabo de nada estaban haciendo el amor. Al terminar, después de un rato de reposo, contempló el rostro de la chica en el que vio la sonrisa que ya conocía.

—¿Cómo estás?

— Muy bien… flotando en las nubes —respondió Sindy, suspirando.

—¿Tienes frío? —le preguntó él, viendo la puerta abierta.

—No, estoy muy bien.

—¿Quieres un cigarrillo?

—Sí, por favor.

Cobre se levantó de la cama y, rápidamente, fue al salón a buscar los paquetes de tabaco y un cenicero. También sacó la cinta del radiocasete, que había terminado ya, colocó otra y regresó igual de rápido por el frío, cerrando la puerta. Puso una prenda de ropa sobre la lámpara de la mesilla de noche y la encendió, quedando la habitación iluminada por una cálida luz, y se acostó desnudo a su lado.

Encendieron sus cigarrillos y fumaron con la vista dirigida al techo. En el comedor se oía la música de los Rolling Stones.

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