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Authors: Lian Hearn

Tags: #Aventura, Fantastico

El Suelo del Ruiseñor

 

Este libro es la primera entrega de la saga, Leyendas de los Otori, saga que trascurre en un mundo imaginario, que bien podría ser el Japón feudal, a mitad de camino entre la fantasía y la tradición.

Takeo pertenece al clan de los Ocultos, cuando descubre que todo su clan ha sido aniquilado por los Tohan emprende una desesperada huida de la que sale bien parado gracias a la intervención de Shigeru, señor del clan Otori, quien le adopta y prepara para cumplir con un misterioso destino. Los extraordinarios poderes que Takeo posee lo convierten en la pieza clave de la intriga, al tiempo que se enfrenta a la pasión de un amor inalcanzable.

Un paisaje de gran belleza desgarrado por luchas intestinas. Una antiquísima tradición minada por espías y asesinos. Una sociedad de rígidos códigos y castas trastocadas por amor.

Lian Hearn

El Suelo del Ruiseñor

Leyendas de los Otori - 1

ePUB v1.1

OZN
 
26.05.12

2002,
Across the Nightingale Floor

Traducción: Mercedes Núñez

1

A menudo mi madre me amenazaba con descuartizarme en ocho pedazos si derramaba el cubo lleno de agua o si fingía no oír su llamada para que volviera a casa al atardecer, cuando las cigarras cantaban con más intensidad. Yo oía cómo su voz, áspera y cortante, hacía eco a través del valle solitario: "¿Dónde estará ese bribón? ¡Le haré trizas en cuanto regrese!".

Pero cuando volvía a casa —cubierto de barro tras deslizarme por la ladera de la colina, magullado a causa de las peleas y en una ocasión sangrando a borbotones por una pedrada que recibí en la cabeza (aún tengo la cicatriz, una marca plateada con forma de uña)—, me encontraba con la hoguera encendida y la sopa humeante; los brazos de mi madre no me hacían trizas, sino que intentaban sujetarme para limpiarme la cara o atusarme el cabello, mientras yo me retorcía como una lagartija tratando de librarme de ella. Mi madre era robusta, debido a los años de duro trabajo, y todavía joven: me dio a luz antes de cumplir los 17 años. Cuando me sujetaba, caía yo en la cuenta de que nuestro tono de piel era el mismo, aunque era esto lo único que teníamos en común, pues sus rasgos eran anchos y serenos, mientras que los míos, según me decían (en la remota aldea montañosa de Mino no había espejos), eran más afilados, como los de un halcón. Ella solía salir victoriosa del forcejeo, y su premio era el abrazo del que yo no podía escapar. Entonces me susurraba al oído la bendición de los Ocultos, mientras que mi padrastro se lamentaba, a regañadientes, de que me mimaba demasiado, y las pequeñas, mis hermanastras, saltaban a nuestro alrededor con el deseo de compartir el abrazo y la bendición de nuestra madre.

Así pues, yo estaba convencido de que la amenaza de mi madre sólo era una forma de hablar. Mino era un lugar apacible, demasiado apartado de las salvajes batallas entre los clanes. Yo nunca había imaginado que los hombres y mujeres pudieran ser literalmente descuartizados en ocho pedazos, ni que sus fuertes extremidades de color miel pudieran ser arrancadas y lanzadas a los perros hambrientos. Criado entre los Ocultos, había adquirido la gentileza que los caracterizaba, e ignoraba que los humanos pudieran cometer tales atrocidades.

Cuando cumplí los 15 años, mi madre ya no vencía en nuestros forcejeos. Yo crecía unos 15 centímetros al año, y para cuando cumplí los 16 era más alto que mi padrastro. Éste refunfuñaba cada vez más, e insistía en que yo debía sentar la cabeza, dejar de vagar por la montaña como un mono salvaje y unirme por medio del matrimonio a una de las familias del poblado. No me disgustaba la idea de casarme con alguna de las chicas junto a las que había crecido, y ese verano puse más empeño al trabajar junto a mi padrastro, dispuesto a ocupar el lugar que me correspondía entre los hombres de la aldea. Es cierto que algunas veces no podía resistirme a la fascinación que la montaña ejercía sobre mí, y al final del día me escabullía atravesando la plantación de bambú, con sus troncos altos y suaves entre los que la luz adquiría un tono verdoso. Entonces, ascendía por el sendero rocoso, pasando por el santuario del dios de la montaña —donde los lugareños depositaban mijo y naranjas a modo de ofrendas—, y me adentraba en el bosque de abedules y cedros, donde los ruiseñores y los cuclillos lanzaban sus seductores cantos. Allí contemplaba los zorros y los ciervos, y escuchaba el melancólico lamento de los milanos reales que surcaban el aire.

Aquella tarde había atravesado la montaña en dirección a la zona donde crecían las setas más deliciosas. Ya había llenado un saco con ellas: unas blancas y pequeñas como hebras; otras grandes y anaranjadas, con forma de abanico. Pensaba en lo contenta que se iba a poner mi madre y en cómo las setas apaciguarían el mal humor de mi padrastro. Se me hacía la boca agua con sólo pensar en comerlas. A medida que corría entre el bambú y me acercaba a los arrozales, donde los lirios rojizos ya habían florecido, me pareció apreciar en el aire un olor a quemado.

Los perros de la aldea ladraban, como solían hacer a la caída de la tarde, y el olor se tornaba más acre e intenso. No es que sintiera miedo, al menos de momento, pero un presentimiento hacía latir mi corazón con más fuerza. Más tarde vería la aldea envuelta en llamas.

Los incendios no eran infrecuentes en nuestro poblado, pues la mayoría de nuestras pertenencias estaban elaboradas con madera o con paja. Lo extraño era que no se oía el griterío, ni el sonido de los cubos de agua al pasar de mano en mano, ni los alaridos y maldiciones habituales. Las cigarras cantaban con la misma intensidad de siempre y las ranas croaban desde los arrozales. En la distancia, el sonido de los truenos hacía eco entre las montañas; el aire era húmedo y pesado.

Yo no dejaba de sudar, pero el sudor se helaba en mi frente. Crucé de un salto la zanja del último de los campos que formaban bancales, y contemplé a mis pies lo que hasta entonces había sido mi hogar: la casa había desaparecido.

Me acerqué; las llamas todavía crepitaban y lamían las vigas ennegrecidas. No había rastro de mi madre o mis hermanas. Intenté gritar, pero la garganta no me obedecía, y el humo, que me ahogaba, hacía que las lágrimas brotaran a borbotones. La aldea entera estaba en llamas, pero ¿dónde estaban todos?

En ese momento estallaron los gritos. Procedían del templo, a cuyo alrededor se apiñaba la mayoría de las casas. Recordaban al aullido de un perro herido, aunque el perro pronunciaba palabras humanas entre sus gritos de agonía. Creí reconocer las oraciones de los Ocultos, y un escalofrío me recorrió el cuerpo. Deslizándome como un fantasma entre las casas envueltas por el fuego, dirigí mis pasos hacia el sonido.

El poblado estaba desierto y yo no podía imaginar dónde estaría mi familia. Me dije que habrían escapado: tal vez mi madre había llevado a mis hermanas al bosque y allí estarían a salvo. En cuanto averiguase quién gritaba, iría a buscarlas. Pero al acceder desde el callejón a la calle principal, me topé con dos hombres que yacían en el suelo. La suave lluvia del ocaso caía sobre ellos, que mostraban una expresión de asombro, como si no acertaran a comprender por qué estaban tumbados bajo la llovizna. Ya no importaba que sus ropas se empaparan, pues nunca más se podrían levantar.

Uno de ellos era mi padrastro.

Desde ese momento, el mundo no fue el mismo para mí. Ante mis ojos surgió una especie de niebla y, al desvanecerse, ya nada parecía real. Tuve la sensación de haberme trasladado al otro mundo, al que coexiste junto al nuestro, ese mundo que visitamos en nuestros sueños. Mi padrastro vestía su mejor túnica; la tela azulada se había oscurecido con la lluvia y lamenté que se hubiera estropeado, pues él siempre se había sentido orgulloso de ella.

Me alejé de los cadáveres y atravesé la cancela del templo. Sentía el frescor del agua sobre mi rostro. Súbitamente, los gritos cesaron.

En los jardines del santuario había unos hombres desconocidos que parecían estar realizando una especie de ritual sagrado. Llevaban paños enroscados sobre la cabeza, estaban desnudos de cintura para arriba, y sus brazos relucían, empapados por el sudor y la lluvia. Jadeaban, faltos de respiración, y sonreían mostrando sus blancos dientes, como si una matanza fuera tan laboriosa como la recolección del arroz.

Goteaba agua del aljibe donde los devotos acostumbraban a lavarse las manos y la boca para librarse de las impurezas antes de acceder al templo. Poco antes, cuando el mundo era normal, alguien había encendido incienso en el enorme caldero, y el olor de los últimos rescoldos se extendía por el patio, enmascarando el amargo hedor a sangre y muerte.

El hombre al que habían descuartizado yacía sobre las piedras mojadas. Tan sólo pude identificar los rasgos de la cabeza, ahora seccionada del cuerpo: era Isao, el señor de los Ocultos. Su boca permanecía abierta e inmóvil, mostrando una última mueca de dolor.

Los asesinos habían apilado pulcramente sus casacas junto a una columna, y en ellas se distinguía con claridad el blasón de la triple hoja de roble: eran hombres Tohan, procedentes de Inuyama, la capital del clan. Recordé entonces a un viajero que había atravesado la aldea a finales del séptimo mes. Se hospedó en nuestra casa, y cuando mi madre inició las oraciones para bendecir la comida, el hombre intentó hacerla callar.

—¿Acaso no sabéis que los Tohan odian a los Ocultos y tienen la intención de atacarnos? El señor Iida ha jurado borrarnos de la faz de la tierra —susurró.

Al día siguiente, mis padres acudieron a informar a Isao, pero nadie les creyó. Vivíamos muy lejos de la capital, y las luchas entre clanes nunca nos habían afectado. En nuestra aldea, los Ocultos convivíamos en armonía, todos con la misma apariencia y realizando labores similares; las oraciones eran lo único que nos diferenciaba. ¿Por qué iba nadie a querer atacarnos? Parecía imposible.

Y tal ataque me seguía pareciendo inconcebible mientras permanecía yo, paralizado, junto al aljibe. El agua goteaba sin cesar, y sentí el impulso de tomar un poco en el cuenco de la mano para limpiar la sangre del rostro de Isao y después cerrar su boca cuidadosamente, pero era incapaz de moverme. Sabía que de un momento a otro los Tohan se darían la vuelta y, al descubrirme, me descuartizarían. No mostrarían pena ni compasión alguna: una vez que habían sacrificado a un hombre en el templo, la muerte los había enloquecido.

A lo lejos podía oírse con asombrosa claridad el ruido de un caballo al galope. A medida que el sonido de los cascos se acercaba, tuve el tipo de premonición que suele aparecer en los sueños: sabía de antemano a quién iba a ver cruzando la cancela de acceso al templo. Nunca antes le había visto, pero mi madre nos lo pintaba como una especie de ogro con el que nos amenazaba para que la obedeciéramos: "No os perdáis por la montaña, no juguéis junto al río. Si no me hacéis caso, Iida os atrapará". Le reconocí de inmediato: era Iida Sadamu, el señor de los Tohan.

El caballo se encabritó y relinchó por el olor de la sangre, Iida permanecía inmóvil, como si fuese una estatua de hierro. Una coraza negra le cubría el cuerpo, y su yelmo estaba coronado con una cornamenta; su barba, corta y negra, enmarcaba una boca cruel; los ojos le brillaban, como a un cazador de ciervos.

Aquellos ojos brillantes se encontraron con los míos. Al momento averigüé dos cosas sobre él: primero, que no temía a nada humano ni divino; segundo, que le fascinaba matar por matar. Había reparado en mí, y yo no tenía escapatoria.

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