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Authors: Jordi Sierra i Fabra

Tags: #Relato, #Biografía

El joven Lennon (6 page)

Hanson agarró firmemente los palillos.

—¡Listos! —ordenó John.

Repitieron la entrada. El efecto fue el mismo, pero ahora nadie se detuvo. Sus manos parecían automatizadas, fijas en las guitarras, apretando cada cuerda con escasa soltura, para no perder la armonía ni romper el ritmo. Cambiar de posición sobre los trastes requería una enorme concentración y, al hacerlo, olvidaron la precisión de la mano derecha.

—¡Maldita sea! —protestó Griffiths.

—Tardaremos un mes o dos —los animó John—, pero lo lograremos.

—Parecía fácil por separado —suspiró Shotton.

—¿Quién dijo que el
skiffle
era muy sencillo?

—Sólo se emplean cuatro de las seis cuerdas de la guitarra, ¿qué más quieres?

—Vamos a probar dejando que Shotton y Hanson introduzcan primero la base rítmica —sugirió John—. Luego entra tú, Griffiths.

Lo hicieron así. Luego fue John en solitario el que abrió el tema para arrastrar a los otros tres. Volvieron a probar al alimón. Dos horas más tarde les dolían las manos y un desaliento general dominaba a Shotton, Hanson y Griffiths. Ninguno de ellos se sumaba al entusiasmo de su líder.

—En un mes tendremos un repertorio, ya lo veréis. ¿Os apostáis algo a que en la fiesta de primavera de la escuela actuamos en serio?

—¡John, tú estás…

—Ahora
Rock island line
, venga: ésta es más sencilla.

Comenzó a cantar y a tocar al mismo tiempo. Una magia surgía de su sonrisa, y sus ojillos, empequeñecidos tras las gafas, despidieron el destello de una fe inquebrantable. Colin Hanson fue el primero en seguirle, marcando un sencillo cuatro por cuatro, aunque ni siquiera sabía que se llamaba así. Pete Shotton se unió a ellos y, finalmente, Eric Griffiths. John cambió un pasaje de la letra y les cantó:

—Así, así, no os detengáis; seguid, pase lo que pase. Somos Los Quarrymen. Señoras y señores: de Liverpool a la fama.

Y continuaron ensayando.

19

JULIA Stanley, en otro tiempo Julia Lennon, hizo un gesto de cansancio: se pasó la mano derecha por los ojos y, al retirarla, se señalaron todavía más las grandes bolsas bajo ellos. Fijó en su hijo su mirada brillante y entreabrió la boca en un gesto medio bobalicón, medio de incapacidad. John sabía que en otro tiempo había sido muy bella, o tal vez no, aunque a él le parecía que sí.

¿De dónde venía? ¿Adónde iba al marcharse? Una nube en su firmamento, blanca unas veces, negra y amenazadora otras.

—¿Haces esto como reclamo? —le preguntó ella—. Quiero decir que si utilizas la escuela como castigo, para obligarme a venir más a menudo.

John frunció el ceño.

—No, mamá —aseguró.

—¿Es un no consciente? Puede que ni tú mismo sepas que lo haces.

Tía Mimi asomó la cabeza por la puerta. La retiró con celeridad. El muchacho imaginó que permanecía oculta al otro lado, sufriendo, como siempre que una adversidad se cruzaba en el camino de la familia.

—Las notas no tienen nada que ver contigo, de verdad.

—Sé que no soy una buena madre —suspiró la mujer, resentida consigo misma—, y que no he llenado la ausencia de tu padre. Sin embargo, quiero que sepas que…

—No, mamá, por favor.

Julia Stanley buscó los ojos de su hijo.

—Nunca hemos hablado de ello, y quizá fuese necesario.

—Me gustaría que pasaras más tiempo aquí conmigo —dijo John—, pero eso no tiene que ver con las calificaciones. Es más, comprendo que tengas que trabajar y seguir tu propia vida. Algún día será diferente, ¿no es así?

—¿Y cómo esperas que llegue ese día, si no aprovechas ahora la oportunidad? El director de tu escuela asegura que eres inteligente, muy inteligente. ¿Qué te pasa?

John miró por la ventana. La primavera se abría paso, con la desesperación de la rutina y el entusiasmo de la vida entre los parterres, gritando en silencio el advenimiento de su dimensión, forjando la palabra indeleble de su grandioso mensaje natural. Odiaba una reunión como aquélla. Se sentía como la víctima inocente, el culpable de nada.

Su madre estaba allí por él, pero no como lo quería él.

—Me graduaré, no te preocupes.

—¿Y después?

Ésa era la pregunta a la que no quería responder. Tampoco podía hacerlo. A pesar de ello nunca le había mentido a su madre, ni necesitaba fingir o buscar falsos valores para enfrentarse a la verdad. Julia Stanley le forzó al límite al preguntar:

—¿Hay algo que te interese o te preocupe de veras?

—La música —contestó el muchacho sin vacilar.

Ella hizo con la cabeza unos gestos afirmativos muy ostensibles, para hacer ver que comprendía perfectamente.

—¡Sí! —dijo luego—. Ya he oído eso.

John se acercó a su madre y se sentó a su lado. Habló con su voz tanto como con sus manos, con vehemencia.

—Mamá, no quiero ser estibador ni marino, ni tampoco comerciante o… qué sé yo, oficinista. Hay algo, algo que no puedo explicar, dentro de mí, y necesito encontrarlo, saber que existe, para estar seguro de que lo que hago vale la pena. La música es lo único que ahora mismo me permite buscarlo, ir sacando lo que guardo dentro.

—Tus profesores…

—¡Ellos no saben quién soy! —protestó—. ¿Cómo van a conocerme? Me hablan de Shakespeare y del pasado, y pretenden que le dé la espalda a la realidad del presente. Shakespeare utilizó su lengua y su entorno para desarrollar su concepción artística. ¿Por qué no puedo hacer yo lo mismo? La gente de hoy habla de una forma, se expresa y se comunica mediante otras fórmulas, ¡y son válidas! La música es la voz de nuestro siglo.

Su madre pareció escucharle, pero sin entenderle. Se asomaba más a su propio interior que al de su hijo.

—¡Se diría que hay tantos vacíos que nos separan y nos unen a la vez…!

—Mamá, es posible que estudie arte cuando acabe en la escuela, no lo sé, pero sea como sea no pienso abandonar la música, y si es eso lo que vas a acabar pidiéndome, será mejor que no lo hagas. Nunca había estado tan seguro de nada en la vida.

Julia Stanley tuvo un estremecimiento.

—¿Qué te pasa? —preguntó John.

Ella pasó una mano por su cabeza, revolviéndole el pelo.

—Por un instante he visto en ti a tu padre.

No sabía si lo que había visto en él era el lado bueno o el malo de su padre, ni quiso saberlo. Se inclinó para abrazarla, y cuando sus cuerpos se fundieron en uno, los dos supieron que formaban parte de un mismo calor íntimo, aquilatado, separado por la distancia y la brevedad de sus encuentros, que hacían de oasis de delicioso descanso. Y les eran suficientes. El silencio y la impenetrabilidad se rompían en la catarsis de los reencuentros.

Y cada encuentro reavivaba la hoguera del amor y aplacaba el hielo del distanciamiento. Los muros defensivos del aislamiento se cuarteaban, hasta quedar reducidos al polvo de la nada. De esa nada estaban hechos los dos y se veían obligados a comunicarse a través de ella.

—¿Cuánto te quedarás esta vez, mamá?

Julia Stanley no le contestó. Sus débiles brazos intentaron una mayor presión en torno al cuerpo de su hijo.

En esa presión estaba la respuesta.

Cuanto más fuerte, más angustiosa.

20

—¡HALLORAN!

El marinero agitó una mano al verle. John echó a correr hacia él.

—¿Has estado haciendo guardia todo este tiempo? ¿Cómo sabías que llegaba hoy?

John estrechó su mano.

—El periódico anunciaba el atraque para hoy. De todas formas, el práctico del puerto me lo ha confirmado esta mañana. ¿Los traes?

Halloran soltó una risotada.

—No estaba seguro de que hablases en serio la otra vez, ¿sabes? Me decía: ese chico está mal de la cabeza.

—¿No los has traído? —preguntó John preocupado.

—Espera, yo no he dicho eso —le tranquilizó el marinero—. Me diste el dinero por anticipado, ¿no? ¿Por quién me tomas? Claro que los traigo: los que me pediste y algunos más.

John miró el petate.

—¡Fantástico! —dijo emocionado.

Caminaron juntos, alejándose del muelle. Nadie reparó en ellos, salvo una anciana que dirigió a Halloran una mirada acusatoria y murmuró vagas palabras en torno a la guerra, la locura humana y la infelicidad de los chicos y chicas surgidos del producto de aquella locura. Halloran se metió en el primer bar que encontraron, una taberna en la que las pintas de cerveza desaparecían con pasmosa facilidad.

—¿Quieres tomar algo? Te invito.

El tabernero se adelantó a recordarle a John que, siendo menor, no podía beber alcohol.

—Un refresco, gracias —aceptó el muchacho.

Se sentaron en una mesa con sus respectivas bebidas, y por fin el marinero abrió su petate, dispuesto a satisfacer la avidez de su acompañante. Depositó sobre la mesa dos docenas de discos. John tembló de emoción al verlos.

—Todo lo que me pediste, y hay que estar loco por la música —reconoció Halloran—, tanto como debo estarlo yo por hacer de mensajero. ¡Menudo liante eres, amigo!

No podía creerlo. Todos los discos de Elvis Presley, y las novedades de Chuck Berry y Little Richard. Acarició las cubiertas y las contempló una por una. Un tesoro inédito, aunque sólo fuese por unos días. Los auténticos originales americanos.

—Ese tipo —dijo Halloran señalando a Elvis Presley se está convirtiendo en el amo. Has sabido escoger muy bien. Hay una canción que se llama
Heartbreak hotel
que ha sido número uno y lleva vendidos no sé cuántos millones de discos.


Heartbreak hotel
,
Mystery train
,
That's all right, mama
,
Good rockin' to­night
—leyó John—. Podremos ensayarlas y cantarlas antes que los demás. Esto es formidable.

Halloran terminó su pinta de cerveza. Hizo un gesto y se levantó para encargar una segunda. John le contempló con admiración.

—Debo de tener un chico como tú en alguna parte —musitó con evidente melancolía.

—¿Dónde?

Se arrepintió enseguida de haber dicho aquello, porque cortó la pregunta de John con un gesto de indiferente cansancio. Luego agregó:

—Siento dejar este barco y esta línea, por que me gustaba esto.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que me han metido en otro barco y que Dios sabe cuándo volveré a Inglaterra. Cosas de mi trabajo. De todas formas, no te preocupes por tus discos. Hablaré con Mulligan o con Cohen. Lo de los discos se está convirtiendo en el primer producto de contrabando aquí, en Liverpool. No eres tú solo el que está loco. La mayoría baja a tierra y los vende en las tiendas, así que tener un comprador fijo como tú les interesará.

John apiló los discos, y dejó de prestarles atención.

—No me preocupaba por los discos —dijo—. En realidad pensaba más en nuestra amistad.

Halloran dejó la cerveza. Miró con atención un largo rato el rostro del muchacho y acabó golpeándole con su puño cerrado, cariñosa aunque fuertemente, en su hombro.

—Mi chico se llamaba Norman. ¿Tienes hermanos?

21

GEOFFREY Lawson arrojó el avión de papel en el instante en que Ellas Pinkerton daba la vuelta y se situaba de espaldas a ellos, cara al encerado. No llegó a escribir nada, por que el murmullo de risas mal contenidas le hizo reaccionar. Volvió la cabeza en el preciso momento en que John se apoderaba del avión, recién aterrizado encima de su libro.

Profesor y alumno se miraron con intensidad.

Aunque no de la misma forma.

—Lennon —dijo suavemente Pinkerton—. La escuela aeronáutica le cae un poco lejos de aquí.

Bajó el estradillo ocupado por su mesa y caminó sin prisa por el pasillo lateral hasta la octava fila, donde estaba su alumno predilecto. El avión de papel era un pájaro muerto, con la punta arrugada por el impacto, caído boca arriba. John se fijó en los brillos del gastado traje de Ellas Pinkerton, mal disimulados por su tradicional toga negra. Quiso adivinar el brillo de cada doblez, la erosión de lo cotidiano en una vida sin resonancias de eternidad, tan vulgar como la ropa del protagonista de esa vida.

Nunca había notado antes esto, y se sorprendió al hacer lo ahora, al límite de una situación crítica. ¿Quién era Elías Pinkerton fuera de la Quarry Bank High School? ¿Adónde iba a pasar sus horas de infinita monotonía? Intentó imaginárselo bebiendo cerveza como Halloran el marinero y no pudo, pero tampoco logró verle en su casa, con una falsa imagen intelectual, devorando a su maldito Shakespeare.

¿Y por qué no una mujer que amargase sus horas de libertad, de la misma forma que él se las amargaba a ellos?

Pese a la gravedad del momento, no pudo reprimir una leve sonrisa, apenas perceptible, aunque Pinkerton fue consciente de ella. Geoffrey Lawson estaba muy pálido, dos bancos más adelante. John supo que Geoffrey no tenía madera de héroe.

Una vez más, estaban solos. Ellas Pinkerton y él.

—De pie, Lennon.

Los ojos del profesor revelaban una profunda amargura, y sus cuencas parecían túneles en los que se hundían a la búsqueda de una paz inexistente. Sin saber cómo ni por qué, John sintió pena por él, una lástima profunda.

Pinkerton estaba atrapado.

Ya no podía salir de su círculo, su trampa.

—Extienda la mano.

Las imágenes, los sentimientos que le sorprendieron inexplicablemente en aquella tensa situación, desaparecieron. Extender la mano, y lo que seguía a continuación, era el límite de lo aguantable, en una escuela como aquélla o tratándose de un hombre como su profesor.

John no se movió.

—¿Debo repetírselo? —sugirió Pinkerton.

Pete Shotton, Eric Griffiths y Colin Hanson le dirigieron una horrorizada mirada. Los tres pensaron y sintieron lo mismo que su amigo. John encontró en ellos el apoyo que, aparentemente, no podían darle.

La fiesta de la tarde, el gran concierto de su debut.

—No, por favor, la mano no.

Era la primera vez que suplicaba, que empleaba términos como por favor o dejaba ver su miedo. Hasta Elías Pinkerton se sorprendió. Sus ojos destilaron una amargura fría, palpable, casi viscosa.

—No es necesario que sea la derecha, Lennon —apuntó—. No quiero excusas que le impidan trabajar. Usted no es zurdo, ¿verdad? Será mejor que extienda la izquierda.

La certeza de que Pinkerton sabía lo de la actuación se hizo evidente en sus reflejos. Sintió las miradas de Shotton, Griffiths y Hanson, todavía más penetrantes, destacando por encima de las del resto de la clase, todos con él, pero, al mismo tiempo, mudos testigos de la injusticia. La mano derecha era importante para tocar la guitarra, pero la izquierda era esencial. Si los dedos estaban magullados y carecían de sensibilidad…

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