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Authors: Alexandre Dumas

Tags: #Aventuras, Clásico

El hombre de la máscara de hierro (6 page)

—«Aquella carta», exclamó mi ayo tendiendo la mano hacia el fondo del pozo. «¿Veis aquella carta?»

—«¿Qué carta?», preguntó mi nodriza.

—«La carta que veis nadando en el agua es la última que me ha escrito la reina».

—Al oír yo la palabra “reina”, me estremecí de los pies a la cabeza. ¡Conque, dije entre mí, el que pasa por mi padre, el que incesantemente me recomienda la modestia y la humildad, está en correspondencia con la reina!

—«¿La última carta de Su Majestad?», dijo mi nodriza, como si no le hubiese causado emoción alguna el ver aquella carta en el fondo del pozo. «¿Cómo ha ido al parar allí?»

—«Una casualidad, señora Peronnette», respondió mi ayo. «Al entrar en mi cuarto he abierto la puerta, y como también estaba abierta la ventana, se ha formado una corriente de aire que ha hecho volar un papel. Yo, al ver el papel, he conocido en él la carta de la reina, y me he asomado apresuradamente a la ventana lanzando un grito; el papel ha revoloteado por un instante en el aire y ha caído en el pozo».

—«Pues bien», objetó la nodriza. «Es lo mismo que si estuviese quemada, y como la reina cada vez que viene quema sus cartas…»

—«¡Cada vez que viene!», murmuré —dijo el preso. Y fijando la mirada en Aramis, añadió—: ¿Luego aquella mujer que venía a verme todos los meses era la reina?

Aramis hizo una señal afirmativa con la cabeza.

—«Bien, sí», repuso mi ayo. «Pero esa carta encerraba instrucciones, y ¿cómo voy yo ahora a cumplirlas?»

—«¡Ah! la reina no querrá creer en este incidente», dijo el buen sujeto moviendo la cabeza. «Pensará que me he propuesto conservar la carta para convertirla en un arma. ¡Es tan recelosa y el señor de Mazarino tan…! Ese maldito italiano es capaz de hacernos envenenar a la primera sospecha».

Aramis movió casi imperceptiblemente la cabeza y se sonrió.

—«¡Son tan suspicaces en todo lo que se refiere a Felipe!», continuó mi ayo. Felipe es el nombre que me daban —repuso el cautivo interrumpiendo su relato. Luego prosiguió:

—«Pues no hay que titubear», repuso la señora Peronnette. «Es preciso que alguien baje al pozo».

—«¡Para que el que saque la carta la lea al subir!»

—«Hagamos que baje algún aldeano que no sepa leer así estaréis tranquilo».

—«Bueno», dijo mi ayo. «Pero el que baje al pozo ¿no va a adivinar la importancia de un papel por el cual se arriesga la vida de un hombre? Con todo eso acabáis de inspirarme una idea, señora Peronnette; alguien va a bajar al pozo, es verdad, pero ese alguien soy yo».

—Pero al oír semejante proposición, mi nodriza empezó a llorar de tal suerte y a proferir tales lamentos; suplicó con tales instancias al anciano caballero, que éste le prometió buscar una escalera de mano bastante larga para poder bajar hasta el pozo, mientras ella se llegaba al cortijo en solicitud de un mozo decidido, al cual darían a entender que había caído, envuelta en un papel, una alhaja en el agua.

—«Y como el papel», añadió mi ayo, «en el agua se desdobla, no causará extrañeza el encontrar la carta abierta».

—«Quizás ya se haya borrado», objetó mi nodriza.

—«Poco importa, con tal que la recuperemos. La reina, al entregársela, verá que no la hemos traicionado, y, por consiguiente, Mazarino no desconfiará, ni nosotros tendremos que temer de él».

—Tomando esta resolución, mi ayo y mi nodriza se separaron. Yo volví al cerrar el postigo, y, al ver que mi ayo se disponía a entrar de nuevo, me recosté en mis almohadones, pero zumbándome los oídos a causa de lo que acababa de oír. Pocos segundos después mi ayo entreabrió la puerta y, al verme recostado en los almohadones, volvió a cerrarla poquito al poco en la creencia de que yo estaba adormecido. Apenas cerrada la puerta, volví a levantarme, y, prestando oído atento, oí como se alejaba el rumor de las pisadas. Luego me volví a mi postigo, y vi salir a mi ayo y a mi nodriza, que me dejaron solo. Entonces, y sin tomarme siquiera la molestia de atravesar el vestíbulo, salté por la ventana, me acerqué apresuradamente al pozo, y, como mi ayo, me asomé a él y vi algo blanquecino y luminoso que temblequeaba en los trémulos círculos de la verdosa agua. Aquel brillante disco me fascinaba y me atraía; mis ojos estaban fijos, y mi respiración era jadeante; el pozo me aspiraba con su ancha boca, y su helado aliento, y me parecía leer allá en el fondo del agua, caracteres de fuego trazados en el papel que había tocado la reina. Entonces, inconscientemente, animado por uno de esos arranques instintivos que nos empujan a las pendientes fatales, até una de las extremidades de la cuerda al hierro del pozo, dejé colgar hasta flor de agua el cubo, cuidando de no tocar el papel, que empezaba a tomar un color verdoso, prueba evidente de que iba sumergiéndose, y tomando un pedazo de lienzo mojado para no lastimarme las manos, me deslicé al abismo. Al verme suspendido encima de aquella agua sombría, y al notar que el cielo iba achicándose encima de mi cabeza, se apoderó de mí el vértigo y se me erizaron los cabellos; pero mi voluntad fue superior a mi terror y a mi malestar. Así llegué hasta el agua y, sosteniéndome con una mano, me zambullí resueltamente en ella y tomé el precioso papel, que se partió en dos entre mis dedos. Ya en mi poder la carta, la escondí en mi pechera, y ora haciendo fuerza con los pies en las paredes del pozo, era sosteniéndome con las manos, vigoroso, ágil, y sobre todo apresurado, llegué al brocal, que quedó completamente mojado con el agua que chorreaba de la parte inferior de mi cuerpo. Una vez fuera del pozo con mi botín, me fui a lo último del huerto, con la intención de refugiarme en una especie de bosquecillo que allí había, pero no bien senté la planta en mi escondrijo, sonó la campana de la puerta de entrada. Acababa de regresar mi ayo. Entonces calculé que me quedaban diez minutos antes que aquél pudiese dar conmigo, si, adivinando, dónde estaba yo, venía directamente a mí, y veinte si se tomaba la molestia de buscarme, lo cual era más que suficiente para que yo pudiese leer la preciosa carta, de la que me apresuré a juntar los fragmentos. Los caracteres empezaban a borrarse, pero a pesar de ello conseguí descifrarlos.

—¿Qué decía la carta aquella, monseñor? —preguntó Aramis vivamente interesado.

—Lo bastante para darme a entender que mi ayo era noble, y que mi nodriza, si bien no dama de alto vuelo, era más que una sirvienta; y, por último, que mi cuna era ilustre, toda vez que la reina Ana de Austria y el primer ministro Mazarino me recomendaban de tan eficaz manera.

—¿Y qué sucedió? —preguntó Herblay, al ver que el cautivo se callaba, por la emoción.

—Lo que sucedió fue que el obrero llamado por mi ayo no encontró nada en el pozo, por más que buscó; que mi ayo advirtió que el brocal estaba mojado, que yo no me sequé lo bastante al sol; que mi nodriza reparó que mis ropas estaban húmedas, y, por último, que el fresco del agua y la conmoción que me causó el descubrimiento, me dieron un calenturón tremendo seguido de un delirio, durante el cual todo lo dije, de modo que, guiado por mis propias palabras, mi ayo encontró bajo mi cabecera los dos fragmentos de la carta escrita por la reina.

—¡Ah! ahora comprendo —exclamó Aramis.

—Desde aquel instante no puedo hablar sino por conjeturas. Es indudable que mi pobre ayo y mi desventurada nodriza, no atreviéndose a guardar el secreto de lo que pasó, se lo escribie ron a la reina, enviándole al mismo tiempo los pedazos de la carta.

—Después de lo cual os arrestaron y os trasladaron a la Bastilla.

—Ya lo veis.

—Y vuestros servidores desaparecieron.

—¡Ay, sí!

—Dejemos a los muertos —dijo el obispo de Vannes— y veamos qué puede hacerse con el vivo. ¿No me habéis dicho que estabais resignado?

—Y os lo repito.

—¿Sin que os importe la libertad?

—Sí.

—¿Y que nada ambicionabais ni deseabais? ¡Qué! ¿os callais?

—Ya he hablado más que suficiente —respondió el preso—. Ahora os toca a vos. Estoy fatigado.

—Voy a obedeceros —repuso Aramis. Se recogió mientras su fisonomía tomaba una expresión de solemnidad profunda. Se veía que había llegado al punto culminante del papel que fuera a representar en la Bastilla.

—En la casa en que habitabais —dijo por fin Herblay— no había espejo alguno, ¿no es verdad?

—¿Espejo? No entiendo qué queréis decir, ni nunca oí semejante palabra —repuso el joven.

—Se da el nombre de espejo al un mueble que refleja los objetos, y permite, verbigracia, que uno vea las facciones de su propia imagen en un cristal preparado, como vos veis las mías a simple vista.

—No, no había en la casa espejo alguno.

—Tampoco lo hay aquí —dijo Aramis después de haber mirado a todas partes—. Veo que en la Bastilla se han tomado las mismas precauciones que en Noisy-le-Sec.

—¿Con qué fin?

—Luego lo sabréis. Me habéis dicho que os habían enseñado matemáticas, astronomía, esgrima y equitación; pero no me habéis hablado de historia.

—A veces mi ayo me contaba las hazañas del rey san Luis, de Francisco I y de Enrique IV.

—¿Nada más?

—Casi nada más.

—También esto es hijo del cálculo; así como os privaron de espejos, que reflejan lo presente, han hecho que ignoréis la historia, que refleja lo pasado, Y como desde que estáis preso os han quitado los libros, desconocéis muchas cosas con ayuda de las cuales podríais reconstruir el derrumbado edificio de vuestros recuerdos o de vuestros intereses.

—Es verdad —dijo el preso.

—Pues bien, en sucintos términos voy al poneros al corriente de lo que ha pasado en Francia de veintitrés a veinticuatro años a esta parte, es decir la fecha probable de vuestro nacimiento, o lo que es lo mismo, desde el momento que os interesa.

—Decid —dijo el joven, recobrando su actitud seria y recogida. Entonces Aramis le contó, con grandes detalles, la historia de los últimos años de Luis XIII y el nacimiento misterioso de un príncipe, hermano gemelo de Luis XIV. El prisionero oyó este relato con la más viva emoción.

—Dos hijos mellizos cambiaron en amargura el nacimiento de uno solo, porque en Francia, y esto es probable que no lo sepáis, el primogénito es quien sucede en el trono al padre.

—Lo sé.

—Y los médicos y los jurisconsultos —añadió Aramis— opinan que cabe dudar si el hijo que primero sale del claustro materno es el primogénito según la ley de Dios y de la naturaleza.

El preso ahogó un grito y se puso más blanco que las sábanas que le cubrían el cuerpo.

—Fácil os será ahora comprender que el rey —continuó el prelado—, que con tal gozo viera asegurada su sucesión, se abandonase al dolor al pensar que en vez de uno tenía dos herederos, y que tal vez el que acababa de nacer y era desconocido, disputaría el derecho de primogenitura al que viniera al mundo dos horas antes, y que, dos horas antes había sido proclamado. Así pues, aquel segundo hijo podía, con el tiempo y armado de los intereses o de los caprichos de un partido, sembrar la discordia y la guerra civil en el pueblo, destruyendo ipso facto la dinastía a la cual debía consolidar.

—Comprendo, comprendo —murmuró el joven.

—He ahí lo que dicen, lo que afirman —continuó Aramis—. He ahí por qué uno de los hijos de Ana de Austria, indignamente separado de su hermano, indignamente secuestrado, reducido a la obscuridad más absoluta, ha desaparecido de tal suerte que, excepto su madre, no hay en Francia quien sepa que tal hijo existe.

—¡Sí, su madre que lo ha abandonado! —exclamó el cautivo con acento de desesperación.

—Excepto la dama del vestido negro y las cintas encarnadas —prosiguió Herblay—, y excepto, por fin…

—Excepto vos, ¿no es verdad? Vos, que venís a contarme esa historia y a despertar en mi alma la curiosidad, el odio, la ambición, y ¿quién sabe? quizá la sed de venganza; excepto vos, que si sois el hombre a quien espero, el hombre de que me habla el billete, en una palabra, el hombre que Dios debe enviarme, traéis…

—¿Qué? —preguntó Aramis.

—El retrato del rey Luis XIV, que en este momento se sienta en el trono de Francia.

—Aquí está el retrato —replicó el obispo entregando al preso un artístico esmalte en el cual se veía la imagen de Luis XIV, altivo, gallardo, viviente, por decirlo así.

El preso tomó con avidez el retrato y fijó en él los ojos cual si hubiese querido devorarlo.

—Y aquí tenéis un espejo, monseñor —dijo Herblay, dejando al joven el tiempo necesario para anudar sus ideas.

—¡Tan encumbrado! ¡tan encumbrado! —murmuró el preso devorando con la mirada el retrato de Luis XIV y su propia imagen reflejada en el espejo.

—¿Qué opináis? —preguntó entonces Aramis.

—Que estoy perdido —respondió el joven—. Que el rey nunca me perdonará.

—Pues yo me pregunto —replicó el obispo fijando en el preso una mirada brillante y significativa— cuál de los dos es el rey, si el que representa el retrato, o el que refleja ese espejo.

—El rey es el que se sienta en el trono, que no estás preso, y que, al contrario manda aprisionar a los demás. La realeza es el poder, y ya veis que yo no tengo poder alguno.

—Monseñor —dijo Herblay con respeto más profundo que hasta entonces—, tened por entendido que, si queréis, será el rey el que, al salir de la prisión sepa sostenerse en el trono en el que le colocarán sus amigos.

—No me tentéis —dijo con amargura el cautivo.

—No flaqueéis, monseñor —persistió con energía el obispo—. He traído todas las pruebas de vuestra cuna, consultadlas, demostraos a vos mismo que sois hijo del rey, y, después, obremos.

—No, es imposible.

—A no ser que —añadió con ironía el prelado— sea corriente en vuestra estirpe que los príncipes excluidos del trono sean todos ellos cobardes y sin honor, como vuestro tío Gastón de Orleans que una y otra vez conspiró contra su hermano el rey Luis XIII.

—¿Mi tío Gastón de Orleans conspiró contra su hermano? —exclamó el príncipe despavorido—. ¿Conspiró para destronarlo?

—Sí, monseñor.

—¿Qué me decís?

—La pura verdad.

—¿Y tuvo amigos… fieles?

—Como yo lo soy vuestro.

—¿Y sucumbió?

—Sí, monseñor, pero por su culpa, y para rescatar, no su vida, porque la vida del hermano del rey es sagrada, inviolable, sino para rescatar su libertad, vuestro tío sacrificó hoy, el baldón de la historia y la execración de innumerables familias nobles del reino.

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