Read El cromosoma Calcuta Online

Authors: Amitav Ghosh

Tags: #Ciencia Ficción

El cromosoma Calcuta (6 page)

Murugan se agazapó junto a la ventanilla y fue escudriñando la calle y las aceras. Al no ver rastro del muchacho, volvió a recostarse en el respaldo. Su mirada cayó sobre sus zapatos; estaban cubiertos de manchas marrones. Le llegó una vaharada de mal olor y metió los pies bajo el asiento delantero, esperando que el tufo no llegase al conductor. Pero la fetidez persistió; no podía librarse de aquella peste. Se envolvió la mano con un pañuelo, se quitó los zapatos y los arrojó por la ventanilla.

Se hundió en el asiento, exhalando un suspiro de alivio. Pero un momento después se oyó un golpe en el parabrisas trasero. Se volvió a mirar justo a tiempo para ver su otro zapato, que venía volando hacia el coche. Dio en la ventanilla y rebotó, dejando una alargada mancha marrón en el cristal.

El taxista asomó la cabeza por la ventanilla y se puso a gritar al muchacho, que corría hacia ellos entre los coches. Entonces cambió el semáforo, los coches de detrás empezaron a tocar el claxon y el taxi arrancó.

Cuando el taxi torció hacia el Periférico Sur, Murugan miró la fachada brillantemente iluminada del teatro Rabindra Sadan. Vio a dos mujeres que bajaban presurosas la escalinata y asomó la cabeza por la ventanilla. El taxi iba entonces un poco más deprisa y sólo las divisó brevemente, cuando se encontraban cerca de la entrada.

Estaba casi seguro de que se trataba de las dos mujeres con las que había hablado antes.

9

El artículo del boletín de Alerta Vital se equivocaba en una cosa. Sólo hubo una reunión entre el representante del departamento de personal y Murugan antes de su marcha a Calcuta.

Antar llegó una mañana a su cubículo de la sede central de Alerta Vital, en la calle Cincuenta y siete Oeste, y vio que tenía un documento en pantalla: contenía un registro completo de las solicitudes de Murugan para un nuevo destino. Antar estaba seguro de que se lo habían enviado por error: sólo en teoría formaba parte del departamento de personal; él se ocupaba casi exclusivamente de la contabilidad. No tardó en consultar al jefe de su sección. Un par de horas después, el director le envió un mensaje para que se pasara por su despacho.

El director era un sueco serio y concienzudo que no desperdiciaba ocasión de recordar a sus subordinados que su verdadera ocupación era el humanitarismo.

—Vamos a apartarle un poco de su pantalla —dijo a Antar—. Hoy tengo para usted un trabajo más humano. —Recuperó en pantalla el expediente de Murugan y se lo fue mostrando a Antar—. Mire a ver si puede inculcar un poco de sentido común a este hombre: sentido común de la economía, me refiero. Háblele de los regímenes de pensión, seguridad social y esas cosas. En la ficha verá que este señor ya emplea la tercera parte de su sueldo en abonar una pensión alimenticia: si se marcha a Calcuta para esa disparatada empresa, se quedará casi sin ingresos.

Aquella misma tarde Antar envió a Murugan un mensaje por correo electrónico. Unos días después, poco antes de la pausa del almuerzo, Antar oyó una voz fuerte y vibrante que resonaba por las mamparas del departamento. Enseguida supo quién era, aunque no podía verlo desde su cubículo.

Murugan iba canturreando salutaciones a sus conocidos.

—Ah, hola, ¿cómo te va con este día tan bueno? Disfrutando del bajo nivel de polen, ¿no?

Antar y su vecino del cubículo contiguo intercambiaron miradas de alarma.

La voz subió unos cuantos decibelios.

—¿Cuál de vosotros se llama Ant…, Ant…?

—Aquí —gritó Antar, poniéndose en pie de un salto. Se dio cuenta de que había alzado la mano, como un colegial, para que se viera sobre la mampara de contrachapado de su cubículo.

—Quédate donde estás, Ant —vociferó alegremente Murugan—. Ya voy yo para allá.

Un momento después apareció en la entrada del cubículo de Antar: un hombre atildado y rechoncho, enfundado en un traje con chaleco y con sombrero de fieltro. Eran más o menos de la misma edad, calculó Antar; por los cuarenta y pocos años.

—Vaya, Ant —dijo Murugan, sonriéndole abiertamente y tendiéndole la mano—. Menudo tenderete te has montado.

Desconcertado por sus modales, Antar le dedicó una leve sonrisa, señalando una silla con un gesto. Sacando una lista de cifras, empezó a soltarle sin más preámbulos el discurso que había preparado, explicándole por qué el traslado a Calcuta sería desastroso para su carrera.

Murugan escuchó todo el monólogo en silencio, acariciándose la perilla, sin apartar de Antar sus ojos vivos y penetrantes. Cuando Antar se quedó sin aliento y se detuvo, le animó con un movimiento de cabeza.

—Sigue, Ant —le dijo—. Te escucho.

Antar se reservaba la mejor carta para el final. Y la jugó entonces.

—¿Y ya has pensado en los pagos que tienes que hacer? —empezó a decir. Sintiendo una momentánea punzada de turbación, se detuvo para aclararse la garganta y añadió—: Me refiero al dinero que tienes que pasar a tu ex mujer. Apenas te quedará bastante para comer si sigues adelante con esto.

Murugan se inclinó de pronto hacia adelante, mirando a Antar a los ojos.

—¿Has estado casado alguna vez, Ant? —preguntó.

Desconcertado, Antar se recostó en el asiento. Sin pretenderlo, asintió con la cabeza.

—Pero ¿ya no lo estás?

—No —contestó Antar.

—Ya —dijo Murugan, como confirmando algo para sus adentros—. Era de esperar.

—¿Por qué?

—Porque sí —repuso Murugan—. Bueno, Ant, suéltalo: ¿tú también tienes que pagar una pensión alimenticia? Parece que sabes mucho del tema.

—¡No! —replicó Antar, en tono vehemente—. Mi mujer murió, en su primer embarazo…

—Lo siento. ¿Llevabais mucho tiempo juntos?

—Sí. —Lo directo de la pregunta pilló a Antar desprevenido—. Mira, yo era huérfano, y su familia prácticamente me adoptó en la adolescencia, en Egipto. Ella lo era todo para mí.

Se interrumpió en seco, aturdido. Murugan adoptó una expresión compasiva.

—Qué putada —comentó. Miró su reloj y echó la silla hacia atrás—. Venga, vámonos a papear.

Un aluvión de preguntas se arremolinaba en la cabeza de Antar.

—¿A… papear? —repitió, sin comprender de momento.

Murugan parecía que iba a morirse de risa.

—A almorzar, a comer algo.

Antar se había traído el almuerzo, naturalmente. Lo tenía justo a la espalda, en la cartera; un bocadillo y una manzana. Le gustaba almorzar en su cubículo, solo. Pero no se atrevía a confesarlo ahora.

—De acuerdo —contestó—. Vamos.

En el pasillo, camino del ascensor, Murugan afirmó alegremente:

—Parece que te ha ido bastante mal, ¿eh?

—¿Y qué me dices de ti? —se apresuró a replicar Antar, tratando de desviar la cuestión.

—Mi divorcio fue bastante sencillo —contestó Murugan en tono desenvuelto, mientras se ponían a la cola de los ascensores, junto a la gente que salía a comer. Cuando subieron al ascensor, pareció que su voz sonaba más fuerte—. Todo el asunto fue una equivocación, lo arreglaron nuestras familias. Sólo duró un par de años. No tuvimos hijos.

Murugan soltó una estridente carcajada que resonó por el ascensor en espirales metálicas.

—Pero ¿cómo ha surgido este tema? —se preguntó—. Ah, sí, me decías que si me iba a Calcuta me convertiría en un divorciado arruinado.

Antar sorprendió la mirada de un conocido y bajó la cabeza. Así la mantuvo hasta que salieron del ascensor.

Fueron a un pequeño restaurante tailandés, justo a la vuelta del edificio donde Alerta Vital tenía las oficinas. El camarero anotó su pedido, a lo que siguió un molesto silencio. Fue Antar quien habló primero.

—¿Por qué estás tan empeñado en marcharte a Calcuta? —soltó de pronto. Lo lamentó nada más decirlo; no tenía costumbre de preguntar intimidades a desconocidos, y menos si eran tan vulgares como Murugan. Sin embargo, pese a que le horrorizaban su voz y sus modales, no podía evitar una inexplicable sensación de parentesco con él.

—¿Quieres que te diga por qué tengo que irme, Ant? —dijo Murugan, sonriendo—. Muy sencillo: no sé cuántos años me quedan y quiero hacer algo en la vida.

—¿Hacer algo en la vida? —repitió Antar, con una nota de burla—. Lo que harás será tirar por la borda todas tus oportunidades; por lo menos, en Alerta Vital.

—Al contrario, considéralo de esta manera. Podrá haber mil personas…, no, dos mil, diez mil quizá, capaces de hacer lo mismo que yo hago ahora. Pero no hay nadie en el mundo que sepa más que yo de mi especialidad.

—¿Y cuál es? —preguntó amablemente Antar.

—Ronald Ross —dijo Murugan—. Un bacteriólogo que ganó el Premio Nobel. Créeme, en lo que se refiere al tema de Ronnie Ross, no hay quien me gane.

Debía de haber cierto aire de escepticismo en las facciones de Antar, porque Murugan se apresuró a añadir:

—Sé que parece un farol, pero en realidad no es una pretensión exagerada. Ross no era ni Pasteur ni Koch: sencillamente no tenía tantos méritos. Su investigación sobre la malaria fue lo único importante que hizo en la vida. Pero fue algo demencial. ¿Sabes cuánto tiempo le llevó?

Antar contestó negando cortésmente con la cabeza.

—La investigación en sí, el trabajo práctico, le llevó tres años justos, ni más ni menos; tres años que pasó íntegramente en la India. Tomó la salida en el verano de 1895, en un pequeño cuchitril de un campamento militar, en un sitio llamado Secunderabad, y corrió los últimos metros en Calcuta en el verano de 1898. Y en el laboratorio sólo pasó la mitad de ese tiempo. El resto lo pasó combatiendo epidemias, jugando al tenis y al polo, yendo a la montaña de vacaciones, esas cosas. Según mis cálculos, en total pasó quinientos días trabajando sobre la malaria. ¿Y sabes una cosa? Estoy al corriente de lo que hizo cada uno de esos días: sé dónde estaba, lo que hacía, qué miraba por el microscopio; sé lo que esperaba ver y lo que veía realmente; quién estaba con él y quién no. Como si le hubiese seguido a todas partes. Si su mujer hubiese preguntado: «¿Qué tal el día, cariño?», yo se lo podría haber dicho.

—¿Y cómo te has enterado de todo eso? —inquirió Antar, enarcando una ceja.

—Mira —contestó Murugan—, lo bueno de un individuo como Ronald Ross es que lo escribe todo. No lo olvides: ese tío ha decidido que va reescribir la historia. Quiere que todo el mundo conozca la historia como él va a contarla; no está dispuesto a dejar nada al azar si puede evitarlo, de ningún modo. Piensa que algún día aparecerá un individuo como yo, y yo le complazco con mucho gusto. Bien pensado, no hay que adquirir una enormidad de conocimientos: quinientos días de la vida de una persona.

—¿Era Ross tan interesante?

—¿Interesante? —Murugan soltó una carcajada—. Sí y no. Era un genio, desde luego, pero también un soplapollas.

—Sí, continúa. Te escucho.

—Vale —dijo Murugan—. Para que te hagas una idea, imagínate a un genuino representante de la época colonial, aficionado a la caza, la pesca y las armas, como en el cine; juega al tenis y al polo y va a cazar jabalíes con venablo; un individuo atractivo, de grueso bigote, mejillas carnosas y sonrosadas, que de vez en cuando le gusta pasarse una noche en la ciudad; que algunas mañanas se desayuna con whisky; que pasó mucho tiempo sin saber qué hacer en la vida; que pensaba que le gustaría escribir novelas y lo intentó, escribiendo un par de novelas góticas; y luego se dice a sí mismo: «Diablos, esto no marcha como había pensado, vamos a escribir poemas.» Pero eso tampoco cuaja y entonces papá Ross, que es un prestigioso general del ejército británico en la India, le dice: «¿Qué coño te crees que estás haciendo, Ron? Nuestra familia está en la India desde que se inventó, y no hay un puñetero cuerpo que no tenga un Ross, el que quieras, Cuerpo de Funcionarios, Cuerpo Geológico, Cuerpo Provincial, Cuerpo Colonial… Los conozco todos, pero nadie me ha hablado todavía del Cuerpo Poético. Necesitas enfriarte la sesera, muchacho, y voy a decirte dónde lo vas a hacer, así que escúchame bien. Hay un servicio en el que ahora mismo no hay ningún Ross, el Cuerpo Médico de la India. Tiene tu nombre escrito en letras tan grandes que se puede leer desde una lanzadera espacial. Así que despídete de esas gilipolleces poéticas, la poesía no va a ningún sitio.»

»De modo que el joven Ronnie se cuadra y se larga a Londres, a la Facultad de Medicina. Se dedica a pasárselo bien durante unos años, escribiendo algún poema, participando en sesiones musicales, imaginando argumentos para su siguiente novela. Lo que menos le interesa es la medicina, pero de todos modos entra en el Cuerpo Médico y de buenas a primeras se encuentra de nuevo en la India, cargando con un estetoscopio y desmembrando veteranos. Así que se lo vuelve a tomar con calma durante unos años, dedicándose al tenis, a montar a caballo, igual que antes. Y entonces se levanta una mañana de la cama y descubre que le ha picado el microbio de la ciencia. Está casado, con hijos, está a punto de tener la crisis de la madurez; debería ahorrar para un cortacéspedes a motor, pero ¿qué hace, en cambio? Se mira al espejo y se pregunta: “¿Qué está de moda ahora mismo en medicina? ¿Qué está pasando al margen de lo corriente? ¿Con qué pueden darme el Nobel?” ¿Y qué le contesta el espejo? Lo has adivinado: malaria; eso es lo que se lleva esta temporada.

»De manera que a Ronnie se le empiezan a encender bombillas en la cabeza hasta que termina pareciéndose al puente de Brooklyn en una noche clara: “Pues claro”, dice, “¿por qué no se me ha ocurrido antes? Fenomenal: malaria.”

—¿Tuvo Ross la malaria? —preguntó Antar.

—La cogió mediado su trabajo —contestó Murugan, lanzando a Antar una mirada inquisitiva y perspicaz—. ¿Por qué lo preguntas? ¿La has tenido alguna vez?

—Sí —dijo Antar, afirmando con la cabeza—. Hace mucho tiempo, en Egipto.

—Qué curioso —contestó Murugan, levantándose de la silla—. En Egipto los índices de malaria son muy bajos.

—Sería una excepción, supongo.

—Así que lo tuyo fue un caso raro, ¿no? ¿O es que hubo un brote aislado?

—No sé —repuso secamente Antar.

—¿Has tenido recaídas? —insistió Murugan.

—A veces.

—Eso es lo que pasa —afirmó Murugan con una sonrisa burlona—. Uno cree que ha desaparecido para siempre y de pronto dice hola, cuánto tiempo sin verte.

—¡De modo que tú también la has tenido! —exclamó Antar, enarcando las cejas.

—¡Que si la he tenido! —rió Murugan—. Pero no me preocupa demasiado, ¿sabes? Supongo que porque la malaria no es simplemente una enfermedad. A veces también es una cura.

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