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Authors: Juan Rodolfo Wilcock

Tags: #cuento,fantástico,literatura argentina

El caos

 

El caos
, publicado por primera vez en español por Sudamericana en 1974, resulta fundamental para conocer y apreciar la obra de J. R. Wilcock: es su último libro argentino y su primer libro de relatos. En
El caos
aparecen muchas de las obsesiones temáticas a las que Wilcock dará continuidad en los cuentos y novelas que escribirá después y, en germen o ya desarrollados, los recursos que hacen de él uno de esos escritores a quien se debe consultar frecuentemente para detectar o sospechar los vínculos entre el arte narrativo y la magia. Si bien hay motivos y argumentos que relacionan este libro con la mejor tradición de la literatura fantástica, en
El caos
despunta también un modo de tratarlos absolutamente personal y admirable. En el estilo narrativo de Wilcock se dan cita una imaginación vehemente y un gusto por la exactitud verbal casi maniático, cuyo punto de ajuste son tal vez esas transiciones alevosamente prosaicas, coloquiales o descriptivas entre pasajes de gran intensidad lírica. La ironía y el humor de quien reconoció que construía sus libros «corrigiendo textos mediocres, escritos por mí» revelan contrastes que sólo un escritor muy atento a los menores matices de la palabra podía advertir.

Gracias a esta nueva edición de
El caos
, al cuidado de Ernesto Montequin, quien ha proporcionado notas a todos los cuentos y traducido e incorporado dos inéditos —«Recuerdos de juventud» y «La Nube de Ross»—, un aspecto secreto o evasivo de J. R. Wilcock queda en evidencia: el escritor reverenciado por sus pares italianos era, antes de cambiar de idioma, un talento legítimo de la literatura argentina, que, aficionada a los desdenes, no le hizo ningún favor.

Juan Rodolfo Wilcock

El caos

ePUB v1.0

Ninguno
31.05.12

Título original:
El caos

Juan Rodolfo Wilcock

Traducción: Ernesto Montequin (Apéndice)

Editor original: Ninguno (v1.0)

ePub base v2.0

El caos

La tendencia natural de las cosas es el desorden
.

Erwin Schrödinger

Desde muy chico me atrajo la filosofía. Debo confesar que padezco de algunos impedimentos físicos —por ejemplo en una mano tengo tres dedos y en la otra, por desgracia la derecha, solamente dos, lo que entre otras cosas me impidió aprender el piano, como hubiera sido mi deseo— y que esta circunstancia, si bien por un lado contribuyó a que mi infancia y mi adolescencia fueran algo menos movidas que las de la mayoría de los jóvenes, lo que por suerte me permitía disponer de más tiempo para el estudio, por otro lado constituía una seria traba para mi perfeccionamiento espiritual, ya que estos impedimentos míos me dejaban, por así decir, a la merced del mundo exterior.

A pesar de todo, mis investigaciones filosóficas se caracterizaban en esa época por una asiduidad y una seriedad poco comunes. Mi verdadera pasión ha sido siempre la metafísica. Último descendiente de una familia que otrora fue la más ilustre del país, el árido y sobre todo tortuoso sendero de esta ciencia era en efecto el camino que mi natural aristocracia había elegido para reafirmar con nuevas conquistas espirituales el predominio de nuestra estirpe, jamás discutido hasta ahora en los demás campos.

Aunque no basta decir que me ocupaba de metafísica para definir el carácter de mis preocupaciones, ya que la metafísica abarca demasiadas ramas de estudio, demasiados problemas, demasiadas posibilidades. En realidad, a partir de cierta edad podría decirse que sólo un problema me interesó, y a él decidí dedicar toda mi actividad filosófica. Me refiero al viejo problema teleológico: ¿cuál es el verdadero sentido y cuál la finalidad del universo?

Hubiera podido, es cierto, conformarme provisionalmente con alguna de las tantas hipótesis que sobre este problema y sobre otros con él relacionados han formulado los filósofos, sin duda numerosos, que de ellos se han ocupado; pero las teorías que yo conocía no me satisfacían, y hurgar en los libros buscando otras teorías no me resultaba tarea fácil, por una serie de circunstancias que sería largo enumerar; basta recordar, para no abundar en detalles, que soy extremadamente bizco de nacimiento, lo que me obliga a leer de costado, es decir, con el libro casi al nivel de las sienes, y en esa posición —como cualquiera puede comprobarlo haciendo la prueba— el puente de la nariz constituye un obstáculo a menudo insalvable para la lectura. Las cosas habrían sido muy diferentes para mí, tal vez mi vida habría seguido muy distinto curso, si en vez de ser bizco para adentro lo hubiera sido para afuera.

Por otra parte, debo aclarar que este molesto defecto físico, el estrabismo, no es en mí tan marcado como podría suponerse, ya que afecta uno solo de mis ojos, el derecho. El izquierdo lo perdí cuando niño, mientras jugaba al histórico juego de Guillermo Tell y la manzana con el príncipe mi padre, que según dicen descendía del famoso guerrillero suizo. Una pérdida de todos modos sin importancia, si consideramos que el ojo en cuestión no se encontraba, perdonando la expresión, donde Dios manda, sino mucho más abajo, y además casi pegado a la nariz, lo que privaba en gran parte de su utilidad.

En el hueco que me quedó preferí hacerme colocar un hermoso ojo falso, de moderno material plástico (celeste, porque el verdadero que es negro no me ha gustado nunca mucho), cuya pupila ciega, siempre fija en el vacío, me permite mirar en cualquier dirección (con el otro ojo) sin que nadie lo advierta; ventaja de la cual habría podido sacar partido como correspondía en mis años mozos, cuando todavía hervía en mi sangre el calor de la adolescencia, si no hubiera sido por mi natural discreto y retirado —especialmente en esos años— que me mantenía constantemente apartado de lo que yo entonces llamaba las frivolidades del mundo material. Sin contar que desde la edad de nueve años he perdido casi completamente el uso del oído, lo que también contribuía a mi aislamiento.

Sería una vana concesión al placer de la memoria entrar en una explicación detallada de mis estudios metafísicos. Me reduciré a decir que después de mucho cavilar, durante años, sobre las más contradictorias hipótesis (o por lo menos sobre lo que de ellas había podido entrever, lateralmente, en el curso de mis trabajosas lecturas), me vi obligado no diré a aceptar pero sí a examinar hasta qué punto eran válidas ciertas teorías modernas, en el sentido de que la investigación solitaria no puede revelarnos el enigma del universo, y que sólo a través de la comunicación con nuestros semejantes nos será permitido entender lo poco que nos es dado entender del mundo que nos rodea.

Ahora bien, nadie podría negar que, por una serie de circunstancias, algunas ya mencionadas y otras que sería demasiado largo referir, mi contacto con la gente había sido hasta el momento mínimo. Basta decir que sufro de frecuentes ataques de epilepsia (durante los cuales los ojos se me ponen en blanco, la lengua se me sale de la boca, todo el cuerpo se me cubre de manchas violáceas, y hasta en algunos casos se me quedan las manos, durante días y días, torcidas para adentro); y que este pequeño inconveniente, por otra parte nada excepcional, no solamente me ha impedido asistir a los grandes bailes que una vez al mes organizaban mis primas las duquesas, lo que en sí no revestía mucha importancia, sino que además me ha obligado a mantenerme siempre alejado de la universidad y demás academias donde los jóvenes suelen encontrarse con otros jóvenes de su edad.

Pero una vez decidido a derribar esta barrera de aislamiento que me protegía, lo mejor que podía hacer era lanzarme en medio de la muchedumbre y de ese modo comprobar, de la manera más violenta pero también más eficaz posible, si era cierto o no que sólo por medio de la comunicación con mis semejantes me sería dado llegar a alguna especie de verdad. Y para ello elegí una noche de Carnaval.

No se trataba, debo aclarar, del Carnaval descolorido y desanimado de nuestros días, sino de uno de aquellos carnavales frenéticos, licenciosos y avasalladores de antes, cuando la tradición no se había todavía replegado sobre sí misma, para refugiarse en los míseros clubes de barrio, o peor todavía, en los cinematógrafos populares transformados en pista de baile. Las avalanchas de provincianos que para la ocasión se volcaban sobre la capital, convertían las calles en un verdadero caldero de ebullición, un vertiginoso remolino donde todas las edades y las clases sociales se confundían. Estruendo de petardos, guirnaldas de serpentinas, bandas de máscaras, hoy todo eso ha desaparecido; hasta los fuegos artificiales que inundaban de color el cielo de la noche han desaparecido, y lo más curioso de todo es que han desaparecido por culpa mía.

Impulsado, como he dicho, por esa impaciencia intelectual que es después de todo mi más simpática característica, me hice transportar una noche en mi literita a la ciudad vieja, un laberinto de callejuelas que la gente de mi clase muy pocas veces visitaba, pero que en ocasión de los carnavales se transformaba en el centro mismo de la animación popular. Llegar a la plaza de la Catedral no fue tarea fácil; mis lacayos debían abrirse paso entre las máscaras enloquecidas, tropezaban con los cuerpos de los borrachos tendidos sin recato y a menudo sin conocimiento en las alcantarillas de las estrechas callejas medievales, y a duras penas conseguían deshacerse de los impúdicos abrazos de las criaditas disfrazadas de mariposa o de odalisca. El estruendo debía ser tan ensordecedor que yo casi lo oía; por lo menos una especie de zumbido me oprimía las sienes, como una vez que por un capricho se me había ocurrido sentarme debajo de la Catarata del Arcoiris, en el hueco que la naturaleza ha formado entre la roca y la lámina de agua de la cascada.

Por fin llegamos: pero una vez en la plaza era tal la confusión, que apenas hubieron depositado los lacayos mi sillita en un nicho de la fachada de la Catedral, para que desde allí gozara como pudiera del colorido espectáculo, empecé a preguntarme si después de todo no habría sido mejor quedarse en el palacio, tranquilamente sentado en un balcón, mirando las pocas máscaras que por casualidad pasaban por los alrededores. En efecto, la tumultuosa visión de toda esa gentuza que a la luz de innúmeras linternas y antorchas se entregaba al desenfreno, dando rienda suelta a los instintos contenidos durante todo un año, no era en verdad tan placentera como mis amigas me habían asegurado; aunque tal vez contribuyera a mi malestar el hecho de no oír absolutamente nada de sus cantos ni sus músicas, los cuales como ya he dicho se convertían en la delicada caja de resonancia de mi cráneo en un indistinto zumbido. Lo cierto es que después de unos minutos de trabajosa contemplación, me decidí a dar a mis lacayos la orden de volver a casa.

En ese momento advertí con horror que mis lacayos habían desaparecido: tal vez arrastrados por el incontenible empuje de la multitud, tal vez por su propia y desconsiderada voluntad; el hecho es que me habían dejado solo, sentado en mi sillita estilo Imperio, expuesto en un nicho de la Catedral a las miradas curiosas, y tal vez a los comentarios insolentes, de la plebe enloquecida. No es fácil para mí, como ya he explicado, mirar en más de una dirección a la vez, y así como los lacayos se habían alejado de mi angosto campo visual sin que yo lo advirtiera, así podían volver en cualquier momento; quizá estaban a dos pasos de mí, quizá se habían refugiado en uno de los pórticos de la iglesia. Lo mejor que podía hacer, por el momento, era llamarlos y así lo hice: «¡Felpino! ¡Toscok! ¡Felpino! ¡Toscok!»; un poco avergonzado sin embargo de tener que gritar delante de toda esa gente nombres tan ridículos.

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