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Authors: Clifford D. Simak

Tags: #Ciencia ficción

Ciudad (17 page)

¿Cien mil años en dos generaciones? Quizá no tanto.

¿Un señuelo? ¿Querían realmente los mutantes hacer partícipes a los hombres de esa filosofía? ¿A cualquier precio? Quizá un cebo que bailaba ante los ojos de los hombres mientras los mutantes, escondidos, se retorcían de risa.

Los mutantes no habían recurrido a eso. Naturalmente, pues no lo necesitaban. La telepatía bastaba para sus propósitos. Seres individualistas no tenían por qué servirse de algo para entenderse, pues no les interesaba entenderse o no. Si se agrupaban y toleraban ciertos contactos era sólo para salvaguardar sus intereses. Pero nada más. Trabajaban juntos para conservar el pellejo, pero no encontraban en eso ningún placer.

¿Una oferta honesta? ¿Un cebo, un reclamo para atraer la atención del hombre hacia determinado lugar mientras en otro se preparaba una trampa? ¿Una simple broma? ¿O un regalo envenenado?

Webster sacudió la cabeza. No era posible saberlo. No había manera de entender la conducta de un mutante.

Caía la noche y una luz suave bañaba las paredes y techos del estudio. Y la luz automática y oculta crecía a medida que aumentaba la oscuridad exterior. Webster echó un vistazo por la ventana: un cuadrilátero de oscuridad, matizado por los pocos anuncios que brillaban y chispeaban en el cielo.

Webster se incorporó, movió una llave y habló con la secretaria.

—Siento haberla retenido. Perdí la noción de la hora.

—No es nada señor —dijo la mujer—. Hay alguien aquí que quiere verlo. El señor Fowler.

—¿Fowler?

—Sí, el señor de Júpiter.

—Ya sé —dijo Webster cansadamente—. Hágalo entrar.

Casi había olvidado a Fowler y sus amenazas.

Miró distraídamente el escritorio, y vio el calidoscopio. Un curioso juguete, pensó. Bonita idea. Algo simple para las mentes simples de antes. Pero el chico enloquecerá de alegría.

Alargó una mano. Alzó el calidoscopio y se lo llevó a un ojo. La luz dibujaba unas figuras de curiosos colores, una pesadilla geométrica. Hizo girar el tubo y la figura cambió. Y otra vez…

Sintió de pronto que algo le apretaba el cerebro, y el color de las figuras ardió en el interior de su cabeza como una tortura angustiosa.

El tubo cayó ruidosamente sobre el escritorio. Webster se aferró con ambas manos al borde del mueble y se incorporó con lentitud.

Y en su mente nació una idea horrible. ¡Qué juguete para un chico!

La molestia se desvaneció, y Webster volvió a sentarse, rígidamente, respirando otra vez con regularidad.

Qué raro, pensó. Qué raro que cause un efecto semejante. ¿O pudo haber sido otra cosa y no el calidoscopio? Un malestar físico. Algo del corazón quizá.

Se abrió la puerta, y Webster alzó la vista.

Fowler cruzó lentamente la habitación y se detuvo ante el escritorio.

—¿Sí, Fowler?

—Me he enfadado —dijo Fowler—, y no quería hacerlo. Usted debió haber entendido, pero no entendió. Me sentí trastornado, compréndame. Llegué de Júpiter, sintiendo que todos los años pasados en las cúpulas estaban al fin justificados, que toda la angustia que había sentido al ver salir a los hombres, estaba pagada. Traía noticias, entiéndalo, noticias que el mundo aguardaba con ansiedad. Yo creía que no podía haber nada más maravilloso. Pensaba que la gente se daría cuenta. Era como si les estuviese diciendo que el paraíso estaba al otro lado de la calle. Pues se trata de eso, Webster —Fowler apoyó las manos abiertas en el escritorio y se inclinó hacia adelante, murmurando:— Usted entiende, ¿no es cierto, Webster? Usted entiende un poco.

A Webster le temblaban las manos y las dejó caer en las rodillas, apretándolas hasta dolerle los dedos.

—Sí —susurró—. Sí, creo entender.

Pues entendía.

Entendía más allá de las palabras. Sabía de la angustia, y los anhelos, y el amargo desengaño que había detrás de las palabras. Era como si él mismo hubiese dicho esas palabras. Casi como si él fuese Fowler.

La voz de Fowler estalló alarmada:

—¿Qué pasa, Webster? ¿Qué ocurre?

Webster trató de hablar y las palabras tenían la sequedad del polvo. La garganta se le hizo un nudo de dolor.

Trató de hablar otra vez y las palabras surgieron débilmente y forzadas.

—Dígame, Fowler. Aprendió muchas cosas allá. Cosas que los hombres conocen de un modo imperfecto. Como telepatía, quizá, o…

—Sí —dijo Fowler—, muchas cosas. Pero no las traje conmigo. Cuando volví a ser hombre, fui sólo eso. Un hombre. Nada me quedó. Sólo unos pocos recuerdos borrosos y… bueno, podría decirse una nostalgia.

—¿Quiere decir que carece de las habilidades de los jovianos?

—Exactamente.

—No puede entonces hacerme entender algo que quiere que yo entienda. Hacerme sentir como usted se sentía.

—No, no puedo —dijo Fowler.

Webster alargó una mano, y empujó suavemente el calidoscopio con un dedo. El tubo rodó sobre el escritorio y se detuvo.

—¿Por qué ha vuelto? —preguntó Webster.

—Para reconciliarme con usted —dijo Fowler—. Para decirle que no estaba enfadado realmente. Se trataba sólo de una diferencia de opinión, eso es todo. Pensé que por lo menos nos despediríamos dándonos la mano.

—Ya veo. ¿Y está aún decidido a hablarle a la gente?

Fowler movió afirmativamente la cabeza.

—Es necesario, Webster. Usted tenía que entenderlo. Es para mí… como una religión. Algo en que creo. Tengo que decirles a todos que hay un mundo y una vida mejores. Tengo que mostrarles el camino.

—Un mesías —dijo Webster.

Fowler se endureció.

—Me lo temía. Burlarse no…

—No me burlaba —dijo Webster, casi con gentileza.

Recogió el calidoscopio y frotó el tubo con la palma de la mano, reflexionando. No todavía, pensó. No todavía. ¿Pretenderé que me entienda tan bien como yo lo entiendo a él?

—Escúcheme, Fowler —dijo—. Deje pasar un día o dos. Luego hablaremos.

—Ya he esperado demasiado.

—Pero quiero que piense en esto: Hace un millón de años apareció el hombre, un simple animal. Desde entonces ha ascendido escalón por escalón. Poco a poco, trabajosamente, desarrolló sus costumbres, una técnica, una filosofía. Ascendió en progresión geométrica. Hoy es más que ayer. Mañana será más que hoy. Por primera vez en la historia humana el hombre se encamina realmente a acertar. Acaba de iniciar el camino. Adelantará mucho más en el futuro próximo que en todo el pasado.

»Quizá nuestra vida tenga poco valor comparada con la de Júpiter. Pero es la vida del hombre. Es su lucha. Es lo que ha hecho de sí mismo. Es el destino que ha forjado.

»Odio pensar, Fowler, que ahora que estamos bien encaminados vayamos a cambiar nuestro destino por uno que no conocemos, y del que no podemos estar seguros.

—Esperaré —dijo Fowler—. Sólo uno o dos días. Pero se lo advierto. No cambiaré de parecer.

—No le pido más que eso —dijo Webster. Se incorporó y extendió una mano—. ¿Amigos?

Pero mientras estrechaba aún la mano de Fowler, Webster supo ya que todo sería inútil. Con o sin la filosofía de Juwain, la humanidad iba a ajustarse las cuentas. Y sería peor, quizá, a causa de esa filosofía. Pues los mutantes no hacían inversiones vanas. Si esto era una broma, si esto era un modo de librarse de los hombres, no descuidarían ningún detalle. A la mañana siguiente hombres, mujeres y niños habrían mirado un calidoscopio. O alguna otra cosa. Nadie podía saber qué.

Observó a Fowler hasta que éste cerró la puerta. Luego cruzó la habitación y miró por la ventana. En el cielo brillaba un anuncio nuevo, que nunca había estado allí. Un anuncio muy raro que lanzaba figuras de colores a la noche. Figuras que aparecían y desaparecían como si alguien hiciese girar un calidoscopio.

Webster lo miró con los labios apretados.

Debía haberlo supuesto.

Pensó en Joe con una furia creciente. Aquella llamada había sido como un chisme susurrado al oído, un ademán cómplice para hacerle saber al hombre de qué se trataba, para hacerle saber que la meta era inaccesible, y que nada se podía hacer.

Debimos haberlos matado a todos, pensó Webster, y se sorprendió ante la calma fría de su pensamiento. Debimos librarnos de ellos como de una enfermedad peligrosa.

Pero el hombre había olvidado la violencia. Durante los últimos ciento veinticinco años nadie había luchado violentamente contra nadie.

Cuando Joe me llamó, la filosofía de Juwain estaba ahí, en el escritorio. Sólo tenía que extender la mano para tocarla, pensó Webster.

Se endureció al comprenderlo. Sólo tenía que extender la mano. ¡Y eso es lo que había hecho, justamente!

Algo más que telepatía, más que adivinación. Joe sabía que tomaría el calidoscopio. Tenía que haberlo sabido. Precognición… la capacidad de ver el futuro. Sólo una hora o dos, quizá, pero eso bastaba.

Joe, y los otros mutantes, por supuesto, habían sabido de Fowler. Con las sondas de sus mentes telepáticas podían enterarse de cualquier cosa. Pero esto era algo distinto.

Miró, a través de los vidrios, el anuncio luminoso. Miles de personas, lo sabía, estaban mirándolo. Mirándolo, y sintiendo ese impacto súbito y enfermizo.

Webster frunció el entrecejo, preguntándose de que modo absorberían los hombres aquellas figuras. Un choque psicológico contra ciertos centros cerebrales, quizá. Un sector del cerebro que no había sido hasta ahora utilizado, y que en su debido momento, en el curso de la evolución humana, debería entrar naturalmente en funciones. Una función que ahora aparecía artificialmente.

La filosofía de Juwain, ¡al fin! Algo que los hombres habían deseado durante siglos, y que ahora al fin se revelaba. Llegaba a las manos del hombre en el momento más inoportuno.

Fowler había escrito en su informe: «No puedo decirlo todo, pues no hay palabras para ciertas cosas». Todavía carecía de esas palabras, naturalmente, pero tenía algo mejor: un auditorio capaz de entender la verdad y la grandeza ocultas detrás de las palabras. Un auditorio capaz de entender algo de lo que Fowler quería decir.

Joe lo había planeado todo. Había esperado este momento. En sus manos la filosofía de Juwain había sido un arma contra la humanidad.

Pues con la ayuda de la filosofía de Juwain, el hombre iría a Júpiter. Contra toda la lógica del mundo, iría a Júpiter. Para mejor o para peor, iría a Júpiter.

La única posibilidad de triunfo había sido la incapacidad de Fowler de describir lo que había visto, decir lo que había sentido, comunicar a sus semejantes lo que pensaba. Con el simple lenguaje humano el mensaje de Fowler hubiera sido algo vago y borroso. Las gentes lo habrían aceptado, quizás, en un principio, pero luego, sacudidas en su fe, hubieran atendido a otros argumentos.

Pero ahora esa posibilidad ya no existía, pues las palabras ya no eran vagas y borrosas. La gente sabría, con tanta claridad como Fowler, cómo era Júpiter.

La gente iría a Júpiter, iniciaría otra vida.

Y el sistema solar, todo el sistema solar, con excepción de Júpiter, quedaría a merced de los mutantes, que podrían desarrollar cualquier clase de cultura… una cultura muy alejada de las normas humanas.

Webster se apartó bruscamente de la ventana, y volvió al escritorio. Abrió un cajón, buscó en su interior, y sacó algo que nunca había soñado usar… una reliquia, una pieza de museo que había guardado años antes.

Con un pañuelo frotó el metal del arma, y probó el mecanismo con dedos temblorosos.

Fowler era la clave. Si Fowler moría…

Si Fowler moría y se cerraban las estaciones de Júpiter, los mutantes serían derrotados. Los hombres retendrían la filosofía de Juwain, y su destino. La expedición a Centauri partiría a las estrellas. Los experimentos biológicos continuarían en Plutón. El hombre seguiría la ruta que se había trazado a sí mismo.

Más rápido que nunca. Con una rapidez inimaginable.

Dos fuerzas. La renuncia a la violencia… La comprensión que nacía de la filosofía de Juwain… Dos fuerzas que acelerarían la marcha del hombre, cualquiera que fuese la meta.

La renuncia a la violencia y…

Webster miró el arma que tenía en la mano y oyó algo así como un viento que rugía en su cabeza.

Dos grandes fuerzas. Y ya había decidido acabar con la primera.

Durante ciento veinticinco años ningún hombre había matado a otro. Durante mil años el asesinato no había sido factor determinante de los asuntos humanos.

Mil años de paz y una sola muerte lo destrozaría todo. Un tiro en la noche derribaría la estructura, haría retroceder al hombre a su pasado animal.

Webster mató, ¿por qué no hacer lo mismo? Al fin y al cabo hay hombres a los que habría que matar. Webster hizo lo que debía, pero no hay por qué detenerse. ¿Van a colgarlo? Deberían darle una medalla. Comencemos con los mutantes. Si no hubiese sido por ellos…

Así hablarían los hombres.

Eso, pensó Webster, es el viento que ruge en mi cabeza.

El resplandor del anuncio de raros colores se reflejaba fantásticamente en el techo y las paredes.

Fowler lo está viendo, pensó Webster. Lo está viendo, y si no, aún tengo el calidoscopio.

Lo invitaré y nos pondremos a charlar. Hablaremos.

Volvió a guardar el arma en el escritorio, y fue hacia la puerta.

Notas al sexto cuento

S
I HAY DUDAS
acerca del origen de los otros cuentos, no puede haberlas acerca de éste. El sexto cuento tiene las características inconfundibles de nuestras narraciones: los profundos valores emocionales y el interés por la ética comunes a todos los mitos perrunos.

Y sin embargo, lo que no deja de ser curioso, en esta historia precisamente encuentra Tige las pruebas más firmes acerca de la realidad de la raza humana. Aquí, apunta Tige, se demuestra que los perros contaban estas mismas historias junto al fuego cuando hablaban del hombre enterrado en Ginebra o los que habían ido a Júpiter. Aquí, dice, se nos narra la primera expedición de los perros a los mundos de los duendes, su primer paso hacia el desarrollo de una fraternidad animal.

Aquí también, piensa Tige, se nos muestra que el hombre era una raza que descendió por el sendero de la cultura en parte acompañado por los perros. Si el desastre de que se habla en esta historia es o no el que sufrió el hombre, es difícil saberlo, afirma Tige. Admite que la historia pudo haber sido embellecida y adornada a lo largo de los siglos. Pero aún así ella prueba, sostiene Tige, que alguna desgracia cayó sobre los hombres.

Rover, quien no admite lo que Tige llama hechos evidentes, cree que el narrador da a la cultura creada por el hombre su conclusión lógica. Sin grandes propósitos, sin cierta estabilidad natural, ninguna cultura puede sobrevivir, y ésta sería la moraleja del cuento.

En esta historia se describe al hombre con una rara ternura. Es, a la vez, una criatura solitaria y digna de compasión, pero no desprovista, sin embargo, de cierta gloria. No deja de ser enteramente típico que al fin adopte una actitud de nobleza, ganando así la divinidad por autoinmolación.

Sin embargo, en la adoración que le manifiesta Ebenezer hay ciertos ecos perturbadores que se han convertido —entre los estudiosos de la leyenda— en fuente de disputas particularmente amargas.

Bounce, en su libro El mito del hombre, se pregunta en un momento: ¿Si el hombre hubiese tomado otro camino, hubiese llegado a alcanzar con los años la grandeza del perro?

Es una pregunta, quizá, que muchos lectores han dejado de hacerse.

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