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Authors: Kim Harrison

Tags: #Fantástico, Romántico

Bruja blanca, magia negra

 

A Rachel Morgan, intrépida bruja y cazarrecompensas, la vida le ha reservado una buena ración de golpes, y se ha visto obligada a rebasar límites que había jurado no traspasar jamás. Sin embargo, el asesinato de su novio le dejó una herida más profunda de lo que Rachel había podido imaginar, y a partir de ahora no descansará hasta que las causas de su muerte sean aclaradas… y pueda vengarlo. Cueste lo que cueste.

No obstante, el camino al infierno está sembrado de buenas intenciones y, cuando un nuevo depredador se posiciona en lo más alto de la cadena alimentaria, el pasado de Rachel regresa para poseerla… literalmente.

Kim Harrison

Bruja blanca, magia negra

ePUB v1.0

zxcvb66
17.09.12

Título original:
White Witch, Black Curse

Kim Harrison, 2009

Traducción: Ana María Andreu Baquero

Editor original: zxcvb66 (v1.0)

ePub base v2.0

Para el hombre que acaba mis frases y pilla mis chistes. Incluso los malos.

Agradecimientos

Me gustaría dar las gracias a mi editora, Diana Gill. Cuanto más sé, más complicado me parece su trabajo. Y también a mi agente, Richard Curtis, mi caballero de la brillante armadura.

1.

La huella de la mano ensangrentada había desaparecido, borrada de la ventana de Kisten, pero no de mi memoria, y me cabreaba que la hubieran limpiado, como si intentaran robarme lo poco que recordaba de la noche en que había muerto. Si hubiera sido honesta conmigo misma, habría reconocido que, en realidad, el enfado era una forma de ocultar mi miedo, pero prefería no serlo. La mayoría de los días era mejor así.

Reprimí un escalofrío causado por las bajas temperaturas de diciembre que se habían apoderado del barco abandonado, ahora varado en un dique en lugar de flotar en el río, y permanecí de pie en la minúscula cocina, mirando fijamente el plástico lechoso como si deseara que la borrosa mancha reapareciera. A poca distancia se oyó el indulgente y poderoso retumbar de un tren que cruzaba el río Ohio. Entonces escuché el agudo chirrido de los zapatos de Ford sobre la escalerilla metálica, y fruncí el ceño, preocupada.

Oficialmente, la Agencia Federal del Inframundo había cerrado la investigación sobre el asesinato de Kisten (la Seguridad del Inframundo ni siquiera había abierto una), pero la AFI no me hubiera permitido acceder al depósito de embarcaciones sin la presencia de uno de sus miembros, lo que significaba que debía acompañarme el inteligente y torpe Ford. Edden consideraba que necesitaba una evaluación psiquiátrica más profunda, pero desde el día que me quedé dormida en el diván y todos los trabajadores de las oficinas de la AFI en Cincinnati me habían oído roncar, no estaba dispuesta a continuar con la terapia. Lo que realmente necesitaba era algo que me ayudara a recuperar la memoria, cualquier cosa. Si tenía que ser una maldita huella, que así fuera.

—¿Rachel? ¡Espérame! —gritó el psiquiatra de la AFI consiguiendo que mi preocupación se convirtiera en enfado. ¿
Acaso no me cree capaz de manejarlo? Ya soy mayorcita
. Además, tampoco iba a encontrar nada; la AFI ya se había encargado de limpiar todo. Tanto la presencia de aquella escalera como el hecho de que la puerta no estuviera cerrada con llave evidenciaban que Ford se había pasado por allí antes para asegurarse de que todo estuviera en orden antes de nuestra incursión.

El repiqueteo de sus zapatos de vestir sobre las láminas de teca me animó a seguir adelante. Descrucé los brazos y me apoyé en la mesita de la cocina para no perder el equilibrio mientras me dirigía a la sala de estar. El suelo no se balanceaba, lo que me provocaba una sensación extraña. Por detrás de las cortinillas que enmarcaban la ventana, limpia en ese momento, se divisaban las lonas de color gris y azul brillante que cubrían el resto de embarcaciones que se encontraban en el dique, y el suelo se hallaba a más de dos metros por debajo de nosotros.

—¿Te importaría ir un poco más despacio? —insistió Ford, eclipsando la luz a medida que entraba—. No puedo ayudarte si vas siempre una habitación por delante de mí.

—Estaba esperándote —rezongué deteniéndome y recolocándome el asa del bolso en el hombro. Aunque había intentado disimularlo, Ford había tenido algunos problemas para subir la escalerilla. La idea de un psiquiatra que tenía miedo a las alturas me parecía divertidísima, hasta que lo mencioné y el amuleto que colgaba de su cuello se volvió de color rosa brillante y él enrojeció de la vergüenza. Era un buen hombre, con sus propios demonios que encerrar en un círculo. No se merecía que me burlara de él.

La respiración de Ford se volvió más lenta en el frío silencio. Pálido pero con decisión, se agarró a la mesa, con su rostro más blanco de lo habitual, lo que resaltaba sus cortos cabellos morenos y hacía que sus ojos marrones resultaran conmovedores. Escuchar mis sentimientos podía consumir a cualquiera, y le estaba muy agradecida porque se hubiera prestado a escarbar en mi mierda emocional para ayudarme a reconstruir lo sucedido.

En aquel momento le sonreí débilmente, y Ford se desabrochó los botones de la parte superior de su abrigo dejando al descubierto una profesional camisa de algodón y el amuleto que llevaba mientras trabajaba. El hechizo metálico de líneas luminosas era una prueba visual de las emociones que percibía. A decir verdad, era capaz de captarlas tanto si lo llevaba como si no, pero cuando se lo quitaba, la gente que lo rodeaba se hacía la ilusión de disponer de algo de privacidad al menos. A Ivy, mi socia y compañera de piso, le parecía una estupidez intentar desarticular la brujería con psicología humana para que recuperara la memoria, pero estaba desesperada. Hasta aquel momento, sus esfuerzos por averiguar quién había matado a Kisten no habían dado ningún resultado.

El alivio de Ford por encontrarse entre cuatro paredes era palpable y, al ver que finalmente soltaba la mesa, a la que había estado agarrado con fuerza, me encaminé hacia la estrecha puerta que conducía a la sala de estar y al resto de la embarcación. Aunque era débil, el olor a vampiro y a pasta me golpeó de lleno, y un recuerdo avivó mi imaginación. Habían pasado cinco meses.

Con la mandíbula apretada, mantuve la mirada fija en el suelo para no tener que ver el destrozado marco de la puerta. La moqueta de pelo corto estaba cubierta de manchas, unas marcas dejadas por la falta de tacto de gente que no conocía a Kisten, que nunca lo había visto sonreír, que ignoraba la forma en que se reía o cómo entornaba los ojos cuando me daba una sorpresa. Técnicamente, la muerte de un inframundano en la que no se había visto envuelto ningún humano quedaba fuera de la jurisdicción de la AFI, pero dado que a la SI no le importaba nada que mi novio se hubiera convertido en un regalo de sangre, la AFI había hecho una excepción conmigo.

El asesinato no había sido eliminado de los registros, pero la investigación había sido archivada oficialmente. Aquella era la primera vez que tenía oportunidad de acceder a la embarcación para intentar recuperar la memoria. Alguien me había dejado una marca en el interior del labio cuando intentaba atarme a él. Alguien había asesinado a mi novio en dos ocasiones. Y ese alguien iba a recibir su merecido en cuanto averiguara su identidad.

Con un nudo en el estómago, miré por encima del hombro de Ford, en dirección a la ventana donde había estado la mancha de sangre, dejada como una señal para burlarse de mi dolor pero sin ninguna huella que seguir.
Cobarde
.

El amuleto que rodeaba el cuello de Ford emitió un negro destello en respuesta a mi enfado. En el momento en el que nuestras miradas se cruzaron, descubrí que tenía las cejas arqueadas, y me forcé a controlar mis emociones. Joder. No recordaba nada de nada. Jenks, mi ayudante y mi otro socio, me había administrado una poción que me hizo perder la memoria para que no saliera corriendo tras el asesino de Kisten, pero no lo culpaba por ello. El pixie apenas medía diez centímetros y había sido la única manera de evitar que me embarcara en una misión suicida. Yo era una bruja con un mordisco de vampiro no reclamado y, te pongas como te pongas, no tenía nada que hacer contra un vampiro no muerto.

—¿Estás segura de poder afrontarlo? —me preguntó Ford. Me obligué a quitar la mano de la parte superior de mi brazo. Otra vez. Sentía un dolor punzante que había desaparecido hacía tiempo mientras un recuerdo intentaba abrirse paso hacia la superficie. El miedo empezó a revolverse en mi interior. El recuerdo de encontrarme al otro lado de la puerta intentando echarla abajo no era nuevo para mí. De hecho, era prácticamente el único recuerdo que tenía de aquella noche.

—Quiero saber —respondí, a pesar de que hasta yo misma me di cuenta de que me temblaba la voz. Había abierto la maldita puerta de una patada, usando el pie en vez del brazo porque me dolía tanto que no podía moverlo. Al final había conseguido derribarla, con el pelo cubriéndome los ojos y la boca mientras lloraba a lágrima viva.

Un nuevo recuerdo se añadió a lo que ya sabía, y el pulso se me aceleró cuando evoqué mi caída hacia atrás, contra la pared.
Mi cabeza golpeó una pared
. Conteniendo la respiración, paseé la mirada por la sala de estar y me quedé mirando los monótonos paneles. Justo allí.
Sí. Lo recuerdo
.

Ford se colocó a una distancia inusualmente corta para su costumbre.

—No tienes por qué hacerlo de este modo.

Sus ojos estaban cargados de compasión. No me gustaba ser el objeto de aquel sentimiento, y su amuleto adquirió una tonalidad plateada cuando reuní fuerzas y atravesé el umbral de la puerta.

—Sí —respondí con descaro—. Aunque no consiga recordar nada, es posible que a los chicos de la AFI se les escapara algo.

A la AFI se le daba genial recabar información, incluso mejor que a la SI. Lo más probable es que se debiera a que la organización, dirigida por humanos, se veía obligada a confiar en la recogida de pruebas porque no podían peinar la escena del crimen en busca de emociones ni utilizar hechizos mágicos para descubrir quién y por qué había cometido el asesinato. No obstante, a cualquiera se le podía pasar algo por alto, y esa era una de las razones por las que estaba allí. La otra era porque necesitaba recordar, pero, una vez allí, estaba asustada.
Me di un golpe en la cabeza… justo allí
.

Ford se colocó detrás de mí, observando cómo escudriñaba la sala de estar, con su techo bajo, que iba de un extremo a otro de la embarcación. Todo tenía un aspecto normal allí, a excepción del perfil inmóvil de los edificios de Cincy que se extendía por el horizonte y que se veía a través de las estrechas ventanas. En ese momento sentí que se me encogía el estómago y puse mi mano sobre él. Tenía que hacerlo, independientemente de lo que consiguiera recordar.

—Lo que quiero decir —insistió Ford metiéndose las manos en los bolsillos— es que dispongo de otros métodos para recuperar la memoria.

—¿Te refieres a la meditación? —pregunté, avergonzada por haberme quedado dormida en su despacho. Sintiendo lo que empezaba a parecer un dolor de cabeza generado por el estrés, dejé atrás el sofá en el que Kisten y yo habíamos estado cenando, la televisión que apenas captaba señal, aunque en realidad tampoco estábamos muy interesados en verla, y la húmeda barra. Cuando me encontraba a pocos centímetros de la pared, que no había sufrido ningún desperfecto, la mandíbula empezó a dolerme. Lentamente apoyé la mano en el lugar donde había golpeado mi cabeza, y contraje los dedos cuando me di cuenta de que habían comenzado a temblar.
Mi cabeza chocó contra el muro
. ¿
Quién me empujó
? ¿
Kisten
? ¿
Su asesino
? Sin embargo, solo recordaba algunos hechos inconexos. Nada más.

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