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Authors: Joyce Carol Oates

Tags: #Biografía, Drama

Blonde

 

«Socorro, siento que la Vida se acerca.»

Marilyn Monroe era puro fuego, sexualidad a flor de piel, romances turbulentos; pero también era frágil, una mujer asustada y repleta de inseguridades que buscaba en otros —el Ex Deportista, el Dramaturgo o el Presidente— ese amor que ella misma se negaba. Una artista emblemática cargada de conflictos y temores, de pasiones desatadas; una niña que no dejó de huir hacia delante, y llegó a burlar a la propia muerte para convertirse en leyenda.

Tras una exhaustiva documentación, Joyce Carol Oates redibuja la vida interior de Norma Jeane Baker —la pequeña sin padre, la mujer dependiente de tranquilizantes y estimulantes, la malograda amante y actriz— y a su «Amiga Mágica del Espejo», la idolatrada rubia que el mundo llegó a conocer como Marilyn Monroe.

Joyce Carol Oates

Blonde

ePUB v1.0

minicaja
18.07.12

Título original:
Blonde

Joyce Carol Oates, 2000.

Traducción: María Eugenia Ciocchini

Diseño/retoque portada: María Pérez-Aguilera

Editor original: minicaja (v1.0)

ePub base v2.0

A Eleanor Bergstein y Michael Goldman

En el círculo de luz de un foco escénico, rodeado de oscuridad, uno tiene la sensación de estar completamente solo… Esto es lo que se denomina «soledad en público»… Durante una representación, ante un público de miles de personas, siempre es posible encerrarse en este círculo como un caracol en su concha… Uno puede llevarlo allí donde vaya
.

CONSTANTIN STANISLAVSKI

Un actor se prepara

El escenario es un lugar sagrado donde el actor no puede morir
.

MICHAEL GOLDMAN

La libertad del actor

La genialidad no es un don, sino la manera en que una persona inventa en circunstancias desesperadas
.

JEAN-PAUL SARTRE

Nota de la autora

Blonde
es una «vida» radicalmente destilada en forma de ficción y, a pesar de su longitud, el principio de apropiación es la sinécdoque. Por ejemplo, en lugar de los múltiples hogares de acogida en los que vivió Norma Jeane de pequeña,
Blonde
explora solamente uno, y éste es ficticio; de sus numerosos amantes, crisis médicas, abortos, tentativas de suicidio e interpretaciones cinematográficas,
Blonde
muestra un grupo selecto y simbólico.

La verdadera Marilyn Monroe llevó una especie de diario y escribió poemas, o fragmentos de poemas. De ellos sólo he incluido dos versos en el último capítulo
(¡Socorro! ¡Socorro!…)
; los demás son falsos. Algunos comentarios del capítulo «Obras completas de Marilyn Monroe» proceden de entrevistas; otros son ficticios. Las últimas líneas de ese capítulo son la conclusión de
El origen de las especies
, de Charles Darwin. El lector que desee conocer datos biográficos fidedignos de Marilyn Monroe no debería buscarlos en
Blonde
, que no pretende ser un documento histórico, sino en biografías autorizadas. (La autora ha consultado
Legend: The Life and Death of Marilyn Monroe
, de Fred Guiles, 1985;
Las vidas secretas de Marilyn Monroe
, de Anthony Summers, 1986, y
Marilyn Monroe: A Life of the Actress
, de Carl E. Rollyson Jr., 1986. Otros libros más subjetivos sobre Marilyn como figura mítica son
Marilyn Monroe
, de Graham McCann, 1987, y
Marilyn
, de Norman Mailer, 1973.) De los libros consultados sobre política estadounidense, específicamente sobre Hollywood en los años cuarenta y cincuenta, el más útil fue
Naming Names
, de Victor Navasky. De las obras sobre actuación citadas o aludidas, son verdaderas
The Thinking Body
, de Mabel Todd;
To the Actor
, de Michael Chekhov;
Un actor se prepara
y
Mi vida en el arte
, de Konstantin Stanislavski, mientras que
El manual del actor y la vida del actor
y
La paradoja de la interpretación
son imaginarias. En los capítulos «El colibrí» y «Todos nos hemos ido al reino de la luz» se cita el párrafo final de
La máquina del tiempo
, de H. G. Wells. Aparecen versos de Emily Dickinson en los capítulos titulados «El baño», «La huérfana» y «Hora de casarse». En «La muerte de Rumpelstiltskin» se incluye un pasaje de
El mundo como voluntad y representación
, de Arthur Schopenhauer. En «El Francotirador» se parafrasea un párrafo de
El malestar en la cultura
, de Sigmund Freud. En «Roslyn, 1961» se reproducen párrafos de los
Pensamientos
, de Blaise Pascal.

Prólogo

3 de Agosto de 1962

Entrega en mano

Ahí venía la Muerte, avanzando presurosa por el bulevar, bajo la mortecina luz sepia.

Ahí venía la Muerte, volando sobre una vulgar y pesada bicicleta de mensajero, como en los dibujos animados.

Ahí venía la Muerte; infalible. Una Muerte imposible de disuadir. Una Muerte con prisas. Una Muerte que pedaleaba frenéticamente. La Muerte, que llevaba un paquete con la inscripción
ENTREGA EN MANO, FRÁGIL
en un rústico cesto situado detrás del asiento.

Ahí venía la Muerte, abriéndose paso diestramente con su vulgar bicicleta entre el tráfico del cruce de Wilshire y La Brea, donde, debido a reparaciones en la calle, los dos carriles con dirección oeste de Wilshire se habían fundido en uno.

¡Qué Muerte tan rápida! Haciendo morisquetas a los conductores maduros que le tocaban la bocina.

La Muerte burlándose:
¡Vete a la mierda!
Y tú también. Como Bugs Bunny adelantando a toda velocidad a los resplandecientes automóviles de último modelo.

Ahí venía la Muerte, sin amilanarse ante el aire enrarecido y contaminado de Los Ángeles; ante el cálido aire radiactivo del sur de California, donde la Muerte había nacido.

Sí, he visto a la Muerte. Soñé con ella la noche pasada y muchas noches antes. No tenía miedo
.

Ahí venía la Muerte, tan resuelta. Ahí venía la Muerte, inclinada sobre el herrumbroso manillar de una bicicleta destartalada pero imparable. Ahí venía la Muerte, luciendo una camiseta del Instituto Tecnológico de California, pantalones cortos limpios pero sin planchar, zapatillas de deporte sin calcetines. La Muerte con musculosas pantorrillas cubiertas de vello oscuro. Con una espalda curva como un hueso de codillo. Con la cara llena de granos e imperfecciones de adolescente. La Muerte llena de valor, deslumbrada por la luz del sol que se reflejaba como cimitarras en los parabrisas y la pintura cromada de los coches.

Más bocinazos tras la estela ampulosa de la Muerte. La Muerte con el pelo cortado a cepillo. La Muerte mascando chicle.

La Muerte con su rutina; cinco días a la semana, más sábados y domingos por una tarifa especial. El Servicio de Mensajería de Hollywood. La Muerte que entrega en mano sus paquetes especiales.

¡Ahí venía la Muerte, inesperadamente en Brentwood! La Muerte volando por las estrechas calles residenciales de un Brentwood casi desierto en agosto. Aquí, en Brentwood, la conmovedora futilidad de jardines cuidados al detalle, a cuyo lado pasa la Muerte pedaleando con rapidez. Como un autómata. Alta Vista, Campo, Jacumba, Brideman, Los Olivos. Hacia Fifth Helena Drive, una calle sin salida. Palmeras, buganvillas, rosas rojas trepadoras. El olor a flores podridas. A la hierba agostada por el sol. Jardines vallados; glicinas. Circulares senderos privados. Ventanas con las cortinas echadas para que no entre el sol.

La Muerte que lleva un regalo sin remite para

M. M., OCUPANTE DEL

12305 FIFTH HELENA DRIVE

BRENTWOOD, CALIFORNIA

EE. UU.

LA TIERRA

Una vez en Fifth Helena, la Muerte empezó a pedalear más despacio. Escrutaba los números de la calle. No le había echado un segundo vistazo a la extraña dirección del paquete, curiosamente envuelto en papel de regalo de rayas, como un bastón de caramelo, que parecía haber sido usado antes. Adornado con un lazo de seda blanco pegado a la caja con celo.

El paquete medía dieciséis por dieciséis centímetros y pesaba poco. ¿Como si estuviera vacío? ¿Como si sólo contuviera papel de seda?

No. Al sacudirlo, uno comprobaba que había algo dentro. Quizá un objeto blando, de tela.

Ahí venía la Muerte, a primera hora de la noche del 3 de agosto de 1962, para llamar al timbre del 12305 de Fifth Helena Drive. La Muerte enjugándose su sudorosa frente con la visera de la gorra de béisbol. La Muerte mascando chicle frenéticamente, con impaciencia. Oye pasos en el interior, pero no puede dejar el maldito paquete en la puerta porque necesita una firma. Oye el zumbido de un aparato de aire acondicionado instalado en la ventana. ¿Y acaso una radio dentro? Es una pequeña casa de estilo colonial, una «hacienda» de una sola planta. Paredes de falso adobe, refulgente techo de tejas anaranjadas, ventanas con persianas venecianas cerradas y aspecto polvoriento. Pequeña como una casa de muñecas; nada especial para el barrio de Brentwood. La Muerte llamó por segunda vez, pulsando el timbre con insistencia. Y en esta ocasión abrieron la puerta.

De manos de la Muerte acepté el regalo. Creo que sabía qué era y de quién procedía. Al ver el nombre y la dirección, reí y firmé el recibo sin vacilar
.

La niña

1932 - 1938

El beso

He estado viendo esta película durante toda mi vida, aunque nunca hasta el final
.

Casi habría podido decir
¡Esta película es mi vida!

Su madre la llevó por primera vez al cine cuando ella tenía tres o cuatro años. Era su recuerdo más temprano. ¡Qué emocionante! Habían ido al Teatro Egipcio de Grauman, situado en Hollywood Boulevard. Aún faltaban años para que entendiera siquiera los rudimentos de una historia cinematográfica; sin embargo, se quedó fascinada por el movimiento, el incesante, ondulante, fluido movimiento en la gran pantalla que se alzaba ante ella. Todavía era incapaz de pensar
Éste es el mismísimo universo sobre el cual se proyectan innumerables e indescriptibles formas de vida
. Cuántas veces en su niñez y adolescencia perdidas volvería con añoranza a esta película, reconociéndola de inmediato a pesar de la diversidad de títulos y actores. Porque siempre aparecían la Bella Princesa y el Príncipe Encantado. Una sucesión de complicados acontecimientos los reunía, los separaba, los reunía otra vez y los separaba nuevamente hasta que, cuando la película se acercaba a su fin y la música subía de volumen, se fundían en un apasionado abrazo.

Aunque no siempre feliz. Era imposible predecirlo. Porque a veces uno de los dos aparecía arrodillado junto al lecho de muerte del otro y anunciaba el fin con un beso. Incluso si él (o ella) sobrevivía a su amado, uno sabía que su vida había perdido el sentido.

Porque la vida no tiene ningún sentido fuera de la historia cinematográfica. Y no hay historia cinematográfica fuera del oscuro cine
.

Pero ¡qué intrigante no ver nunca el final de la película!

Porque siempre pasaba algo: había una conmoción en el cine y las luces se encendían; la alarma de incendios (aunque no había fuego, ¿o sí?, en cierta ocasión habría jurado que olía a humo) sonaba con estridencia y ordenaban al público que se retirara, o ella llegaba tarde a una cita y tenía que marcharse, o se quedaba dormida en la butaca, se perdía el final y despertaba deslumbrada por las luces cuando la gente se levantaba ya a su alrededor.

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