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Authors: Jeff Carlson

Tags: #Thriller, #Aventuras, #Ciencia Ficcion

Antídoto (4 page)

Sólo podían trabajar con lo que sabían. Ésa era una de las razones por las que se desplazaban tan temprano todos los días, para avanzar unos cuantos kilómetros antes de tener que buscar un refugio de nuevo. Con su meticulosa manera de hacer las cosas, Newcombe había cogido cinco relojes de una tienda. Seguían funcionando perfectamente. Guardó tres de repuesto en la mochila y llevaba puestos los otros dos para mayor seguridad, con las alarmas programadas para darles al menos treinta minutos para buscar un lugar donde esconderse antes de que el satélite termográfico les sobrevolase. También parecía haber más insectos por la tarde, que respondían de manera inconsciente al mismo calor que les hacía vulnerables a la plaga, de modo que no era mal momento para ocultarse bajo tierra. Necesitaban comer, reorganizarse y descansar.

Primero se vaciaron encima medio litro de gasolina en la calle para cubrir su olor. Después compartieron cinco latas de sopa aceitosa sin calentar que les supo a gloria. Era rica en grasas y sodio. A Cam le dio un retortijón en el estómago. Había comido demasiado y demasiado deprisa, y se había bajado la máscara para beber directamente de la lata, pero poco a poco su estómago se relajó y pronto su cuerpo volvió a recuperar energías. Por desgracia, lo único que habían encontrado para beber eran cajas de zumo pasado que tenía un sabor extraño. Y no se fiaban del agua, convencidos de que estaría plagada de bacterias y de las típicas toxinas domésticas, como herbicidas, detergentes y aceite de motor. Al hervirla acabarían con cualquier parásito, pero no podían arriesgarse a encender un fuego.

—Los insectos tampoco tienen hemoglobina —dijo Ruth para concluir la conversación anterior.

Si una cosa estaba clara es que era una persona tenaz, y Cam sonrió para sus adentros.

—¿Y eso qué significa? —preguntó.

—Que no tienen hierro en la sangre como nosotros, y la plaga necesita carbono y hierro para reproducirse. Puede que eso les proteja un poco más. Podría confundir a los nanos.

Ruth cerró el puño con la mano sana y continuó:

—Aunque en los lugares que alcanzan temperaturas más altas que éste deben de haber desaparecido. En Arizona, Nuevo México y Texas. En muchas partes del sur.

—Sí —Cam pensó en Asia y en África también, y en todos los países a lo largo del ecuador. En las selvas tropicales, el aire sería caliente y denso, lo que aumentaría las posibilidades de que los insectos y los reptiles estuviesen a merced de la plaga.

No podían hacer nada al respecto. Ruth seguía abarcando más de lo que podía controlar, o tal vez sólo usaba aquel problema para distraerse.

Los dos cazas volvieron a sobrevolarles, dejando una estela de intenso sonido. Newcombe reconoció que se trataba de aviones F-22 Raptor y escribió unas notas en su diario, uno de los muchos cuadernos que había ido recogiendo. Esperaba tener que dar cuenta de sus acciones proporcionando un informe de todo lo que habían visto y hecho, y Cam apreciaba su seguridad más de lo que expresaba.

Ruth ya se estaba quedando dormida.

—Yo haré guardia —se ofreció Cam, y Newcombe se tumbó a dormir.

Cam se sentía sorprendentemente bien. Estaba herido, cansado, tenso y sucio, pero también lleno de determinación y de confianza. De compañerismo. Sí, discutían constantemente, pero era para bien. Todos ponían de su parte. La redención que necesitaba estaba allí, con aquellos dos. Cam tenía fe en lo que estaban haciendo.

Sin embargo, todo era muy extraño. Dependían mucho los unos de los otros. Día tras día, la supervivencia era una experiencia íntima que exigía cooperación y confianza, y lo cierto es que apenas se conocían. Nunca habían intercambiado más de unas cuantas palabras aquí y allá, siempre iban corriendo. Hacía días que Cam no les veía la cara. Sólo los reconocía por sus acciones.

Newcombe era un hombre inteligente, fuerte y con una gran resistencia, pero su mochila era la más pesada y ya había hecho dos veces la distancia que habían recorrido Ruth y Cam al avanzar y retroceder para colocar las trampas para los insectos. El día anterior también fue el que más padeció. Las hormigas le habían acribillado a mordiscos y Cam quería que descansase porque le necesitaba al cien por cien. Le preocupaba que su dinámica les resultase incómoda. Newcombe era un veterano de una unidad de combate de élite. Un sargento. Como era lógico, esperaba poder hacerse cargo de dos civiles. Pero Cam y Ruth también tenían su propia autoridad en sus respectivos campos.

Ruth. Cam se volvió y la encontró acurrucada contra su mochila como una niña pequeña. Se quedó un rato observándola.

Estaba totalmente fuera de su elemento. Su punto fuerte era el intelecto, pero él sabía que estaba cambiando. Se estaba volviendo más fuerte y más agresiva, e incluso más atractiva. Lo que más recordaba de ella eran sus ojos negros y su cabello rizado. No era lo que se diría una mujer despampanante, pero era esbelta, sana y auténtica.

No entendía su sentimiento de culpa. Nada de lo que había pasado era culpa suya, y el trabajo que había realizado era milagroso, y aun así estaba claro que sentía que había fracasado en algo. Aquélla era otra cosa que tenían en común, algo que les diferenciaba de Newcombe. Newcombe nunca fallaba. Sí, el asalto al laboratorio acabó convirtiéndose en un baño de sangre con cinco de sus compañeros muertos, pero él siempre reaccionaba lo mejor posible ante cualquier obstáculo. Ninguno de los errores era suyo. Simplemente no tenía heridas tan profundas como ellos dos. Era un lazo incómodo, pero allí estaba.

Cam apartó la mirada de ella y una araña marrón huyó asustada por su movimiento por la pared de hormigón. La aplastó. Observó las ruinas y las telarañas y se esforzó por calmarse.

Había aprendido a controlar sensaciones como el hambre y el miedo, pero con Ruth era distinto. Ruth era afectuosa e inteligente, y Cam ansiaba algo positivo. Era demasiado consciente de lo que podían llegar a conseguir juntos. La posibilidad de mejorar los nanos, de darles nuevos usos, era tan fantástica como siniestra. Había mucho más en juego que sus propias vidas.

El mundo que conocían estaba muriendo. Era 19 de mayo y apenas habían notado la llegada de la primavera. No había ni una sola flor, ni malas hierbas como las amapolas o los dientes de león. Los saltamontes, las hormigas y los escarabajos estaban arrasando con todo, pero muchas plantas parecían haber desaparecido simplemente porque no habían sido polinizadas. No había ni rastro de abejas, mariposas o polillas, y lo mismo sucedía en las montañas.

En caso de que lograsen su objetivo, si alguna vez la humanidad reclamaba el mundo bajo los tres mil metros de altitud, habría una larga lucha por la supervivencia, ya que el entorno seguía desmoronándose. Al cabo de varias genera-dones, sus nietos seguirían combatiendo los insectos, los desiertos estériles y las inundaciones, a no ser que desarrollasen nuevas nanoherramientas, máquinas para luchar y máquinas para construir. Ruth había dicho que no era imposible, y entonces Cam se dio cuenta de que la estaba mirando de nuevo cuando debería estar vigilando el exterior.

—Mierda —dijo.

La barrera hombre-mujer ya se había presentado en su relación. Para empezar, orinaba lejos de ellos, mientras que Cam y Newcombe lo hacían con la despreocupación que caracteriza a los hombres al respecto. Pero había otros matices, como las manos de ambos al escalar por el alambre curvo de una valla o su gesto de agradecimiento cuando él abría una lata de peras y se la daba a ella primero. ¿Habría hecho lo mismo por Newcombe? Suponía que sí. Más de una vez le había agarrado del brazo para ayudarle a pasar un coche siniestrado. La noche anterior incluso le había ofrecido a él la lata de sirope de chocolate primero porque Ruth aún estaba comiéndose una lata de jamón. Pero con Newcombe, estos gestos eran directos y espontáneos.

Con Ruth, le daba más vueltas a todo. Sentía esperanza, lo cual era bueno y le enojaba al mismo tiempo. Cam no esperaba que ella le viera del mismo modo, no con su rugoso rostro lleno de ampollas y sus manos ásperas.

Podía haberse enfadado, pero había visto lo que esa clase de amargura les había hecho a muchos otros: Sawyer, Erin, Manny, Jim. Todos estaban muertos. Cam se había distanciado lo suficiente de aquellos recuerdos como para ver a aquella gente desde una perspectiva distinta y para verse también a sí mismo de otra manera. O descubres cómo vivir contigo mismo o te autodestruyes, bien poco a poco de cien maneras distintas o de golpe, y Cam daba gracias por formar parte de algo mucho más grande que él mismo, por ser una persona nueva.

«Pero no puedes decírselo», pensó. «Las cosas ya son bastante complicadas de por sí, y es imposible que ella...».

De repente, unas explosiones hicieron temblar la tierra. Las vibraciones golpearon en tres o cuatro impactos, y Cam se puso de rodillas y asomó la cabeza por la boca de la alcantarilla en busca de fuego o de humo.

Newcombe le apartó violentamente. —Déjame ver. —Ha sido por ahí. Entonces escucharon un ruido más constante, un conjunto de bramidos de motor que procedían del suroeste. Los cazas. Cam cayó en la cuenta de que lo que en un principio había confundido con impactos de misiles había sido en realidad el estruendo producido por los aviones al acelerar y romper la barrera del sonido a poca altura por encima de la ciudad. Pero entonces, durante un instante, vio dos pequeñas manchas que se dirigían al este a toda velocidad, en un ángulo que no correspondía con la dirección de las turbulencias por encima de sus cabezas.

En el cielo había otros aviones virando. Se encontraban ya a kilómetros de distancia, y Cam se quedó parado intentando visualizar la persecución para buscar un modo de beneficiarse de ella. ¿Debían aprovechar aquella oportunidad para correr? ¿Adonde?

—Joder. Soy idiota —dijo Newcombe girándose para agarrar la mochila y sacar la radio.

—¿Qué pasa? —preguntó Ruth tras los dos hombres que le bloqueaban el paso.

—Los primeros aviones son de los rebeldes, puede que de Canadá —explicó Newcombe—. Eso es bueno, nos ayudarán. Es que no pensaba que fuesen a arriesgarse.

Cam frunció el ceño mientras se giraba hacia él compartiendo su indignación. Todos habían asumido lo peor, siempre pendientes del cielo, pero era lógico actuar como si estuviesen solos. A excepción de la nueva base avanzada de Leadville, no había fuerzas organizadas a lo largo de la costa, ni rebeldes ni partidarios. Las montañas de California y de Oregón no ofrecían más que unas cuantas zonas aisladas y dispersas por encima de la barrera con unos pocos supervivientes. Sus aliados más cercanos estaban en Arizona y al norte de Colorado y Idaho, donde las poblaciones de refugiados se habían declarado independientes de Leadville. Pero con la mejor parte de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, Leadville había reivindicado su superioridad militar incluso antes de desarrollar los nanos como arma. Cam y Newcombe no esperaban que nadie interfiriese.

La radio era pequeña y estaba rota. Constaba de unos auriculares y una caja de control. Estaba diseñada para usarla con el traje de aislamiento, con el auricular y el micrófono por den-no y los controles por fuera, a la altura de la cintura. La habían cortado del traje de Newcombe el primer día y luego habían vuelto a empalmar los cables. También habían guardado las radios de Cam y de Ruth como repuestos.

Newcombe levantó los auriculares y escucharon a una mujer que susurraba dentro de su pequeño escondite de cemento. Era la misma mujer de siempre. Todos los días y todas las noches, Newcombe intentaba dar con una señal que no fuera aquella transmisión en bucle que intentaba persuadirles de que se rindieran, pero la radio del traje actuaba más como un
walkie-talkie
que como una unidad de campo real.

Sus palabras eran tranquilas y estudiadas:

—...venid, donde quiera que estéis, salvaos, contestadme...

En la ciudad y en la carretera también se habían encontrado con radios de la policía, los bomberos y el ejército. Y fusiles, aunque Cam no podía usar un arma tan grande con la cuchillada de la mano.

Durante los primeros días de la plaga, las autoridades locales y federales habían intentado enfrentarse a la amenaza de todas las formas posibles, a menudo con intenciones contradictorias. Hubo controles de carretera, caravanas que se dirigían al este y escoltas. Una vez se encontraron con un antiguo campo de batalla donde un cuerpo de seguridad armado había cortado el paso inútilmente a la patrulla de carreteras de California y a las unidades del sheriff. Todo formaba parte del caos.

El problema era encontrar buenas baterías. Muchas radios, civiles y militares, se habían quedado encendidas al huir o morir los operadores, tal vez con la vana esperanza de recibir ayuda. Incluso cuando Newcombe consiguió que una funcionara, las frecuencias civiles estaban abandonadas, y las sierras facilitaban que la base avanzada de Leadville anulase las frecuencias militares. Asentada sobre una inmensa muralla de montañas, Leadville conseguía acallar cualquier otra voz.

La mujer les hostigaba:

—Si estáis heridos, si estáis cansados, aquí tenemos personal médico y...

Newcombe buscó rápidamente en todas las emisoras. Estática.

—Esos putos aviones nos han estado buscando todo este tiempo —dijo—. Por eso vuelan tan bajo, para que no les afecte el bloqueo de radio. Para escapar a la red de radares de Leadville.

—Pero ¿qué pueden hacer? —preguntó Ruth—. ¿Crees que aterrizarán?

No. Los cazas no. Aquí no. Pero pueden darnos información y pueden quitarnos de encima a Leadville. Teníamos protocolos de emergencia. Teníamos...

Entonces sucedieron muchas cosas muy deprisa. Dos de los aviones regresaron y pasaron de nuevo casi por encima de sus cabezas, un par de estelas de propulsión azotaron las ruinas. Fue como si una mano gigante hubiese pasado dos dedos sobre las casas y el agua, elevando olas y escombros, y dentro de aquel huracán, una ráfaga de chispas al rojo vivo fue rodando hacia el mar, con tal fulgor que un combate de sombras se cernió sobre la ciudad hundida, oscura incluso a plena luz del día. Eran señuelos, una herramienta defensiva para cegar y distraer a los misiles termo dirigidos. Pero si había algún misil, Cam no lo había visto. Una estela de destrucción más pequeña salió en pos de los aviones, abriéndose paso a través de los montones de barro, los edificios y los coches. Cañonazos. Cam vio cómo los explosivos de gran calibre derribaban una casa entera, atravesando la madera y el ladrillo como si fuera papel. Se estremeció y se agachó. Tres aviones más pasaron rugiendo.

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