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Authors: Norman Spinrad

Tags: #Ciencia ficción

Agentes del caos

 

La Hegemonía del Sol, producto de la fusión de los Estados Unidos con la extinta Rusia Soviética, gobierna tiránicamente a los nueve planetas del Sistema Solar, mientras sufre el acoso terrorista de una organización paramilitar, la Liga Democrática, que ingenuamente anhela el retorno de las libertades civiles que la Hegemonía ha suprimido en aras del bienestar común. El azaroso combate entre ambas facciones es continuamente interferido por la Hermandad de los Asesinos, una entidad político-militar, cuyo máximo objetivo es destruir el Orden, representado por la Hegemonía y su contraparte opositora, la Liga.

En 1967 Spinrad todavía era un devoto de la parafernalia de la space opera, pero no se conformaría con ser un epígono más, pues las variantes que introdujo en sus libros huían de las tramas románticas que habían acaparado la atención del subgénero, para interesarse en desarrollar situaciones más dialécticas y temporales. Todo ello narrado con un lenguaje funcional y directo.
Agentes del caos
(Agent of Chaos, 1967) ejemplifica la senda experimental elegida por Spinrad, a través de una historia de acción, cargada de mucha adrenalina narrativa.

Norman Spinrad

Agentes del caos

ePUB v1.0

chungalitos
03.09.12

Título original:
Agent of Chaos

Norman Spinrad, 1967.

Traducción: Andrés Esteban Machalski

Editor original: chungalitos (v1.0)

ePub base v2.0

1

Todo conflicto social es un escenario en el cual actúan tres fuerzas antagónicas entre si: el orden constituido, por un lado; la oposición, que persigue el derrumbe de dicho orden para reemplazarlo por el suyo propio, por otro lado; y la tendencia hacía un aumento de la entropía social que genera todo conflicto social. En este contexto, esta última puede ser considerada como la fuerza del caos.

GREGOR MARKOWITZ,
La teoría de la entropía social.

Boris Johnson descendió con paso liviano y descuidado de la cinta más lenta de la calzada móvil. Caminó por la acera. La mole del nuevo Ministerio de Custodia, blanca y fríamente inhumana, se alzaba delante de él, separada de la acera por una amplía franja de césped que la rodeaba por completo.

Frente a la escalinata del Ministerio se encontraba una pequeña tribuna, alrededor de la cual se había congregado una multitud, si es que se podía aplicar ese término al grupo de Protegidos, de rostros plácidos e indiferentes, que se encontraban allí. Johnson estimó su cantidad en tres o cuatro mil hombres y mujeres, indudablemente arreados hasta el Ministerio por los Custodios para efectuar la ceremonia. Permanecían de pie, a la espera, sin siquiera conversar entre sí ni moverse. Al igual que todas las concentraciones de Protegidos de la Hegemonía, constituían más bien una masa inerte de gente y no una verdadera multitud. Johnson notó que los Protegidos hablan sido confinados a un sector relativamente pequeño, cerca de la escalinata del Ministerio, y que estaban rodeados por un semicírculo de Custodios de rostros severos y ataviados con sus uniformes de gala. Parecían gorilas afeitados en traje de noche.

Con esta disposición, la gente que había estaba amontonada en un espacio pequeño, a pesar de haber mucho más lugar disponible sobre el césped.

Hasta aquí todo iba bien.

Deambulando tranquilamente, con una indiferencia que contrastaba violentamente con la expresión tensa que suponía reflejada en su rostro firme, Johnson franqueó el círculo de Custodios que rodeaba a la multitud. Pasó delante de las narices de uno de ellos, un hombre alto y corpulento, de profundas marcas de hostilidad y desconfianza permanentes grabadas en su rostro de ojos crueles. Saludó al Custodio con un movimiento indefinido de la cabeza; era un gesto de reconocimiento que concordaría con su propio atuendo gris, que lo sindicaba como perteneciente al Ministerio de Mantenimiento. El rostro del Custodio se resquebrajó en una sonrisa fría y ofidia, y Johnson le retribuyó una mueca igualmente sincera.

Mientras se abría paso hacía la tribuna, Johnson comprendió por qué los Protegidos habían sido amontonados de esa manera en un espacio tan innecesariamente pequeño. Un móvil de televisión se había instalado en una calle, dos niveles más arriba, a unos diez metros del nivel cero, conectado al Ministerio por medio de una rampa. Filmarían la ceremonia de dedicación por encima de las cabezas de la gente ubicada en el parque sobre el nivel cero, para dar así la ilusión de que un público enorme rodeaba el edificio.

Johnson rió para sus adentros, sin modificar su expresión neutral e indiferente. Esa era una muestra típica del sobrecontrol que ejercía la Hegemonía. Al observar más detenidamente todo el montaje, descubrió que en realidad era una escenografía cuidadosamente preparada para las cámaras de televisión que retransmitirían el discurso de Khustov en vivo a todas las bóvedas que había en Marte, y luego, en película, a todos los demás planetas de la Hegemonía. Todo estaba planeado para lograr el máximo efecto: los uniformes de gala de los Custodios, adornados de azul, dorado y negro, que no se usaban casi nunca; la ilusión óptica de una multitud enorme; los muros del Ministerio, blancos, extensos y sin ventanas, que caían como un gran telón de fondo enmarcando la tribuna, y la enorme bandera de la Hegemonía, con sus nueve círculos concéntricos dorados sobre un fondo azul, que flameaba en la brisa. ¿Flameaba en la brisa?

Johnson tuvo que hacer un gran esfuerzo para no estallar en una carcajada. Cada molécula de aire dentro de la bóveda era producida de manera artificial y puesta escrupulosamente en circulación por el sistema de control ambiental. Por lo tanto no había brisas en Marte para hacer flamear una bandera. Por lo visto, habían instalado un ventilador oculto detrás de la bandera para proporcionar la brisa necesaria.

Era el perfecto toque final.

Concordaba perfectamente con el guión: un pomposo discurso de dedicación para el nuevo edificio del Ministerio de Custodia de Marte, pronunciado por el Coordinador Hegemónico en persona.

Lo que no saben, pensó Johnson, es que ha habido una pequeña modificación en el guión, efectuada por la Liga Democrática. Displicentemente introdujo las manos en los bolsillos y acarició la empuñadura de su pistola de rayos láser con su mano derecha.

El espectáculo sería excelente, sin lugar a dudas, aunque no se desarrollaría con arreglo a los planes del Consejo Hegemónico. En vez de la ceremonia de dedicación, todos los Protegidos de Marte serían testigos del asesinato público del Coordinador Hegemónico en persona, Vladimir Khustov. (Desgraciadamente, los demás planetas se lo perderían, ya que era obvio que nunca proyectarían la película).

Después de este hecho, se verían obligados a tomar en serio a la Liga Democrática. Khustov estaría muerto ya; y habría demasiados testigos del acontecimiento como para que la Hegemonía lo pudiera borrar de la mente de sus Protegidos, negando que hubiera ocurrido, como era su costumbre. Johnson tanteó el contenido de su bolsillo izquierdo: una bomba anunciadora, con forma de huevo, que contenía un mensaje grabado para informar que la Liga había asesinado a Khustov. Después del asesinato, volaría sobre la multitud con sus pequeñas hélices, pregonando su mensaje no sólo a los Protegidos físicamente presentes, sino también a millones de televidentes de todo Marte. No habría un solo Protegido en Marte que no supiera quién había eliminado al Coordinador.

La Liga era pequeña y débil, y era casi imposible hacer conocer siquiera su existencia a un sector más o menos grande de la población de la Hegemonía si se considera que ésta controlaba en forma tiránica no sólo a todos los planetas habitados del Sistema Solar, sino también todos los medios de comunicación.

Era necesario algo más que una buena planificación para lograr algún resultado significativo; y ese algo más se llamaba suerte. Grandes dosis de suerte.

Suerte que el Consejo Hegemónico hubiera decidido televisar la ceremonia de dedicación. Y, aun más, que Arkady Solkowni hubiera decidido unirse a la Liga.

Johnson estiró el cuello por encima de la multitud y estudió a los Custodios apostados en la periferia. Hombres altos todos ellos, taciturnos y desconfiados, con sus armas prontas y los ojos constantemente puestos en el gentío. Se miraban entre sí con mayor desconfianza aún, producto de una paranoia especialmente fomentada y condicionada.

Los Custodios eran hombres cuidadosamente elegidos, prolijamente verificados y condicionados. Debían cumplir con requisitos exactos en cuanto a ambiente familiar, tipo psicológico, educación y hasta características genéticas. Y aún cuando sus antecedentes resultaran satisfactorios, eran sometidos a una semana entera de interrogatorios profundos con toda una serie de psiconarcóticos.

Era absolutamente imposible infiltrar un agente de la Liga entre los Custodios. No había planificación, ni habilidad, ni dedicación que pudiera llevarlo a cabo.

Solamente la suerte.

Ningún agente de la Liga podía ser Custodio, pero no era totalmente imposible que un Custodio se uniera a la Liga. Eso era lo que había hecho Arkady Solkowni. Es más; Solkowni no era solamente Custodio, sino que era miembro de la guardia personal de Khustov.

Sin lugar a dudas, la suerte era uno de los pocos factores que la Hegemonía aún no había encontrado manera de controlar. Por eso trataban de compensarlo. Los Custodios eran un eslabón potencialmente débil en el férreo control Hegemónico del Sistema Solar, y el Consejo lo sabía desde hacía mucho tiempo. El sometimiento, la apatía y la indiferencia bovina eran características ideales en una población controlada, y los Protegidos avanzaban cada día más en esa dirección. Pero esas características eran sumamente indeseables en la organización paramilitar cuya función era la de controlar a dicha población. Los Custodios debían ser sagaces, inescrupulosos dueños de una cuota considerable de iniciativa propia, y por encima de todo duros. En una palabra, era necesario que fueran peligrosos.

Pero una cosa que la Hegemonía no podía tolerar era un grupo selecto y adiestrado de hombres armados, con espíritu de cuerpo, es decir, una Guardia Pretoriana.

¿No había sido uno de los antiguos filósofos —Platón, Toynbee o Markowitz—, ya proscritos, quien había formulado aquella vieja paradoja de: «¿Quién custodiará a los Custodios?»?, pensó Johnson.

Hizo una mueca para sí. ¡Quienquiera que haya sido, no había vivido bajo la Hegemonía! Ellos habían encontrado la respuesta…

La respuesta era el miedo. La paranoia institucionalizada y cuidadosamente fomentada. Los Custodios vigilaban a los Custodios. Estaban condicionados para desconfiar de todo ser humano, con excepción de los Consejeros, y se vigilaban entre sí con aun mayor celo que el que empleaban con los Protegidos. Se les enseñaba deliberadamente a vivir con el dedo en el gatillo, a disparar primero y preguntar después. Los protegía el Preámbulo de la Constitución Hegemónica Reformada: «Es mejor que perezca un millón de Protegidos antes que permanezca sin castigo siquiera un solo Acto Prohibido». Los Custodios se asemejaban más a una jauría de perros de caza inteligentes y salvajes que a un ejército. Su condicionamiento los llevaba a matar a cualquiera que pareciera salirse de la línea, y esto incluía a sus propios compañeros.

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