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Authors: Chufo Lloréns

Mar de fuego (7 page)

—Pues aprovechad y descansad ahora un rato.

Marta aguardó atenta a que los pasos se alejaran. Cuando tuvo la certeza de que la mujer había comenzado a bajar la escalera, se dispuso a poner en práctica su plan.

Cuidando hasta el crujir de las maderas, se alzó de su lecho y se dirigió al gran armario que ocupaba casi un lienzo de la pared; abrió la puerta y, del fondo del mismo, comenzó a extraer ocultas y secretas pertenencias que se había agenciado en los dos últimos días. Una pequeña camisa ajustada y unas calzas que habían pertenecido a un zagal que cuidaba del ganado de su padre y que cada mañana acudía a la casa con huevos frescos y leche en un carro tirado por un jumento. El muchacho, que era flaco y desmedrado, había accedido a venderle aquellas prendas por un maravedí y los restos de una tarta de almendras que ella había hurtado de la despensa. Una porción que, como dijo a Mariona cuando la echó en falta, se la había dado a un mendigo hambriento que se había acercado a la puerta. Así que, en realidad, no había mentido en absoluto.

Ya con el tesoro en sus manos, Marta procedió con diligencia. Se despojó de la camisa de dormir, y remetiendo su refajo por las calzas se las colocó, sujetando a sus pantorrillas las cuerdas que remataban las perneras; luego se puso la camisa, dejando que los faldones le cubrieran la parte posterior del gastado pantalón, que se ciñó a la cintura con una guita, y se calzó unas alpargatas que se sujetaban a los tobillos mediante unas cintas. Tras cubrir sus cabellos con una gorra vieja, se dispuso a cumplir la segunda parte de su plan.

Con mucho tiento abrió la puerta de su dormitorio y asomando la cabeza observó a un lado y a otro si el paso estaba franco. Cuando comprobó que así era, se encaminó hacia el extremo del pasillo opuesto a la gran escalera. El trayecto era el único que le permitiría acceder al huerto de detrás de las cocinas sin pasar por las mismas, donde habría riesgo de que la descubrieran. Al fondo se abría un ventanal que daba a una terraza exterior a la altura del primer piso, en la que las criadas tendían la ropa por la mañana, pues el sol, a aquella hora temprana, daba de firme. Sin dudar un instante, la muchacha la abrió y deslizó su esbelta figura a través de la misma hasta que su pie derecho se apoyó con firmeza en el balaustre de la solana. Luego, ya en el exterior y tras comprobar que nadie la observaba, se deslizó hasta la esquina de la terraza más alejada; se subió a horcajadas sobre la baranda y pasó la pierna al otro lado de la misma, deslizándose lentamente hasta el rincón desde donde bajaba un canalón de agua que desembocaba en la parte anterior del huerto. Marta se agarró a él con manos y pies y lentamente fue descendiendo hasta que llegó abajo. Cumplida su hazaña y luego de sacudirse el polvo de sus doloridas manos, se dirigió al encuentro de sus amigos.

Ya desde primera hora de la mañana, como no dudaba de que su ama acudiría a la cita, Ahmed se había dedicado a fabricar una honda a la medida de Marta. Calculó su altura, cortó una cuerda de la longitud y el grosor deseado, colocó una pieza de cuero en el centro de la misma en forma de cuenco, hizo una gaza en uno de sus extremos y con una tea encendida quemó el otro ungiéndolo con una pasta de su invención que soldaba sus fibras. Luego se dedicó a probar la efectividad de su invento. Por la tarde, seguido por Amina, se dirigió al fondo del huerto y preparó los oportunos blancos a fin de ensayar los tiros. Clavó al lado de la tapia unos palos y en su extremo libre colocó, en posición invertida, varias ollas viejas de barro, condenadas al desuso por sus grietas o falta de asas; al final colocó un caldero de cobre agujereado.

Estaban en ello ambos hermanos cuando por el fondo del caminito que desembocaba en la casa apareció la imagen de un arrapiezo cuyo aspecto desastrado no concordaba en absoluto con el entorno. La primera en darse cuenta de quién era el personaje fue Amina.

—¡Por mi vida si no es Marta la que por ahí viene!

Ahmed hizo visera con la diestra y le costó un tanto más que a su hermana reconocer a aquel desaliñado intruso.

Marta llegó a la altura de sus amigos y sonrió divertida ante su asombro.

—Conque la siesta me impediría acudir, ¿no es eso lo que dijiste?

—Sé que sois muy atrevida, pero jamás creí que llegarais a tanto —dijo Ahmed, asombrado y divertido a la vez.

—Pues aquí me tienes. Ya ves que he cumplido mi parte del trato. Ahora te toca a ti cumplir la tuya.

Sin responder directamente al reto, Ahmed preguntó:

—¿De dónde habéis sacado este atuendo que más parece de un menesteroso?

—¿No dijiste que con mis vestidos no podría aprender? Pues heme aquí oportunamente ataviada.

—De eso no hay duda, ama —dijo Amina, boquiabierta—, pero jamás os imaginé de esta guisa.

—No me llames ama, Amina… ¡Y vamos a lo nuestro!

La otra, todavía asombrada por el aspecto de su amiga, no reaccionaba.

—Pero ¿de dónde habéis sacado este atuendo?

—Ya te lo contaré. Vamos ahora al asunto, que el tiempo apremia.

Los tres se dirigieron al fondo del huerto y se detuvieron a la distancia de las ollas que Ahmed consideró oportuna. Entonces el joven comenzó a explicarse con voz autoritaria.

—En primer lugar, como un ejemplo vale más que mil palabras, observad cómo procedo yo.

El mozo tomó su honda y luego de pasarse la gaza por la muñeca diestra y recoger el otro extremo entre el índice y el pulgar, procedió a extraer de su bolsillo un canto rodado y lo colocó en el refuerzo de cuero que se hallaba a la mitad de la cuerda.

—Ved ahora lo que hago. Retiraos un poco, os podría dañar sin querer.

Ahmed separó las piernas y alzó su brazo izquierdo de modo que la punta de sus dedos quedara al nivel de su vista, que dirigió a la olla de cobre. Luego, con parsimonia y con un movimiento circular obligó a la cuerda a girar violentamente. Un zumbido como el de un abejorro furioso resonó en el aire, hasta el punto que ambas muchachas se llevaron las manos a los oídos.

Amina se hizo a un lado, temerosa, en tanto que Marta observaba con atención los movimientos de Ahmed. Entonces el muchacho soltó el extremo de la cuerda que sujetaba entre la punta de los dedos; al quedar libre, la piedra partió como un mal espíritu y alcanzó la olla de cobre, que profirió un lastimero sonido quejándose del impacto.

—¿Me habéis observado? —preguntó con falsa severidad.

—Perfectamente, déjame probar a mí.

Ahmed se rió.

—Aún es pronto, observad.

Ahmed lanzó varias piedras y ante el asombro de Marta acertó en todas las ocasiones. Luego se dedicó a instruirla.

—La mano izquierda os señalará la altura del blanco. Deberéis colocar la honda en la diestra. Sujetad la gaza entre vuestros dedos: eso impedirá que la perdáis al primer disparo. Debéis hacer que coja velocidad hasta que tengáis asegurado el tiro y sobre todo soltar la punta en el momento oportuno, de ello depende la precisión del lanzamiento. Eso es lo fundamental —concluyó—. Existen muchas clases de hondas y diversos tiros pero comenzaremos por lo esencial: tiempo habrá si porfiáis, en aprender los demás.

—Cuando quieras, estoy dispuesta —dijo Marta, conteniendo apenas sus nervios.

—Está bien. Colocaos en posición de lanzar tal como yo he hecho.

Marta ocupó el lugar previsto. Tras extraer de su faltriquera la honda de la niña, Ahmed se la colocó en la muñeca. Después de cargar el artilugio con la correspondiente munición, se situó a su lado y la ayudó en los primeros lanzamientos. Marta estaba exultante. Hacía girar la cuerda cada vez más y más velozmente y a la orden de Ahmed soltaba el extremo. La piedra partía cada vez más rápidamente y, aunque no diera en el blanco, el entusiasmo de la niña no decayó un instante.

—Déjame probar a mí sola, Ahmed.

—Todavía no estáis preparada —le advirtió el joven.

—Te obedeceré en todo —suplicó la niña—. Será como si guiaras mi mano.

—¿Estáis segura?

Marta ni respondió. Tomó uno de los proyectiles y tras colocarlo en el nido de cuero, se puso en posición aguardando órdenes. Ahmed no tuvo más remedio que ceder.

—Vamos allá, comenzad —dijo con un suspiro de exasperación.

La honda comenzó a girar en la mano de la niña y adquirió al instante la velocidad adecuada.

—Alzad la izquierda hasta la altura de los ojos. ¡Por Dios! No me miréis a mí, mirad hacia delante.

Marta se ofuscó un instante.

La piedra giraba a gran velocidad.

La voz de Ahmed sonó apremiante.

—¡Venga, soltad ya!

La niña perdió el control y cuando la honda apuntaba al cielo, soltó el extremo de la cuerda.

Los tres quedaron un instante paralizados. El proyectil, que partió como un rayo hacia el cielo, en vertical, describió media parábola y descendió como una centella hasta acabar en la terraza, donde doña Caterina, ayudada por dos sirvientas, estaba recogiendo la ropa tendida.

Un grito rasgó la tarde. Doña Caterina se asomó a la balaustrada mirando hacia el huerto. Al fondo divisó a los tres. Su voz sonó histérica y desazonada.

—¿Qué es lo que habéis hecho, desgraciados? ¡Habéis descalabrado a la pobre Gueralda! La chica está sangrando… —Entonces se dio cuenta de que Marta era el golfillo que sujetaba la honda—. Subid inmediatamente y esperadme en la puerta del gabinete de vuestro padre. —Los gritos que partían de la terraza rasgaban la tibieza de la tarde—. Ahora voy a atender a esta pobre a la que habéis destrozado el rostro y luego me ocuparé de vos. ¡Ya os podéis ir preparando! ¡Estas correrías tienen que terminarse!

10

El mercader

El hombre tenía un singular aspecto que llamaba la atención de casi todos los viandantes que se cruzaban con él por la vía Francisca. Bien entrado en la treintena, montado en un buen caballo y arrastrando un mulo tras él, vestía unas calzas embutidas en unos borceguíes de piel de jineta que le llegaban a las corvas y cubría su torso con una camisa cuyas mangas asomaban por las aberturas laterales de un chaleco de piel de oveja. Adornaba su cabeza una especie de tricornio negro de pana, del que sobresalía por la parte posterior una mata de pelo lacio recogida en una coleta mediante un bramante atravesada por una crencha blanca. En el cuello llevaba una bufanda ceñida que le cubría hasta la barbilla. Sin embargo, lo que más llamaba la atención era el parche negro sobre su ojo izquierdo que casi le ocultaba media cara; en la otra media, una pupila brillante y curiosa parecía querer abarcarlo todo. El extraño viajero caminaba paralelamente al Rec Comptal, importante obra todavía inacabada que aportaba agua a Barcelona atravesando Sant Andreu del Palomar y el
raval
de Provençals, observando asombrado los cambios que ofrecían los aledaños de la ciudad.

El paso cansino de sus caballerías le condujo al Pla del Mercat y llegado a él se introdujo en la urbe atravesando la muralla por el portal del Castellvell. Los soldados destinados a verificar la mercancía por si hubiera lugar a cobrar el portazgo, el impuesto que debían pagar ciertas mercancías, estaban recién comidos. Unos andaban atareados en una partida de tabas, y dos de ellos se hallaban recostados a la sombra de un emparrado en un banco de piedra echando una ligera cabezada, de modo que nada le dijeron. Así que, sin detenerse a preguntar nada a nadie, dio espuelas y siguió adelante por un estrecho callejón. Al llegar a la altura de la taberna de Perot, se dispuso a descabalgar. Dejó la montura bien sujeta junto al mulo en la barra de madera dispuesta a tal efecto en la entrada del establecimiento, rebuscó en una de las alforjas y extrajo de ella una faltriquera de regular tamaño; tras examinar su interior y asegurarse de que todo estaba en su lugar se la colocó en bandolera y se dispuso a entrar en el figón, en tanto que con el tricornio se sacudía el polvo del camino de sus calzones.

Cuando atravesó la cancela tuvo que acostumbrarse a la media penumbra que reinaba en el establecimiento, debido a que la luz de la calle entraba en el interior por tres pequeñas ventanas que daban a un pasaje lateral. Cuando pudo percibir el perfil de las cosas, se dirigió al hombre que le observaba con curiosidad tras una alta mesa situada al fondo y que, soportada por dos gruesos caballetes, hacía las veces de mostrador. Vestía el individuo un mandil verde sobre su corta túnica y en aquellos momentos se dedicaba a limpiar un par de perolas y ollas de cocina en el agua sucia de un barreño, mientras una joven sirvienta vestida con una arrugada camisa blanca, una falda de sarga marrón y un mandil anudado a la cintura y con la cabeza cubierta con una cofia que le sujetaba el cabello, zascandileaba con un trapo haciendo ver que quitaba el polvo de las mesas del local.

El recién llegado, fingiendo no apercibirse de la curiosidad que despertaba en el hombre, se aproximó hasta él.

—Dios os guarde.

—Que Él os acompañe. ¿Qué es lo que queréis? El figón todavía no está abierto.

—Busco a Perot, ¿tal vez sois vos?

—¡Ojalá! —se rió el hombre—. Perot es mi amo. ¿Queréis hablar con él?

—Ésa es mi intención, y si fuerais tan gentil de traerlo, os quedaría muy agradecido.

La muchacha, que desde el fondo había oído la petición del extraño forastero, interrumpió el dialogo:

—Ya voy yo, padre. Me viene de paso, pues tengo que ir a la tienda.

En un periquete se despojó del mandil y lo dejó al desgaire sobre el mostrador, soltó el trapo sobre una mesa y partió rauda hacia la puerta del local, seguida por las palabras del hombre.

—Tú con tal de no trabajar te bajarías al mismísimo infierno. —Luego añadió—: La juventud no es la de mis tiempos: si yo hubiera interrumpido a mi padre delante de un extraño me habría medido la espalda con una vara de fresno. Los tiempos cambian día a día.

—Y que lo digáis, ya no se respetan las canas. Los jóvenes tienen prisa y pretenden comerse el mundo a dentelladas.

Tras este diálogo quedaron ambos en silencio hasta que al cabo de poco la cortina que cubría la puerta se retiró y apareció un hombre de mediana edad vestido al uso de un acomodado propietario —camisola parda cubierta por un jubón granate ceñida a su cintura con una soga hasta media pierna y medias más oscuras embutidas en unos borceguíes de piel—, que desde la entrada demandó:

—Joan, ¿quién me busca a esta hora tan temprana?

El otro se excusó.

—Mi hija se ha precipitado, señor. Ya he dicho al visitante que aún estábamos cerrados.

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