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Authors: Elvira Lindo

Tags: #Humor, Infantil y juvenil

Los trapos sucios

 

Los trapos sucios es el cuarto libro de Manolito Gafotas, un personaje que va creciendo con cada entrega. En esta ocasión Manolito conocerá el amor en forma de Melody Martínez, la nueva y enigmática compañera de clase. ¿Te imaginas a tu padre vestido de romano? Pues ese lamentable espectáculo lo tuvo que contemplar Manolito, a través de sus propias gafas, en la Cabalgata de Reyes.

Y es que Manolito Gafotas vuelve cargado de anécdotas y diversión. Porque en unas Navidades junto a él puede suceder de todo.

Con sus inseparables amigos, el Orejones López, Yihad, Paquito Medina y Mostaza, se aventurará por el barrio a la caza del aguinaldo. No conseguirán gran cosa; pero eso sí, se producirá una pérdida irreparable: el Imbécil, que se extravía por las calles de Carabanchel (Alto) disfrazado de Supermán.

Elvira Lindo

Los trapos sucios

Manolito Gafotas - 4

ePUB v1.1

nalasss
30.07.12

Título original:
Los trapos sucios

Elvira Lindo, 1997.

Ilustraciones: Emilio Urberuaga

Editor original: nalasss (v1.0)

ePub base v2.0

Para mi amigo

Arturo Muñoz Vico,

porque es único en su género.

El otro día, la madre de Óscar Mayer le dijo a la mía en la carnicería:

—Le voy a comprar a mi Óscar un ordenador portátil para que escriba su vida. Al fin y al cabo, lo que cuenta tu Manolito tampoco es nada del otro mundo.

—Muy bien, pero tendrás que arriesgarte. Mi Manolito tuvo que confesar desde el principio que a él le llaman el Gafotas, el tuyo tendrá que firmar como Óscar Mayer con letras bien grandes.

—De eso nada, él se llama Óscar Sandoval.

Y mi madre le dejó bien clarito:

—Reconócelo, como Óscar Sandoval no lo conoce nadie en Carabanchel (Alto).

Y todas las señoras dijeron a coro:

—¡Reconócelo, reconócelo!

Así es la vida en mi barrio, nos encanta tirarnos las verdades a la cara, aquí nadie puede engañar a nadie.

Mi amigo Óscar Mayer nunca escribirá su vida porque su madre no le va a dejar que empiece su autobiografía diciendo: «Me llamo Óscar Sandoval, pero todos mis amigos me conocen como Óscar Mayer, el rey de las salchichas».

Y es que para escribir una autobiografía hay que tener mucho valor. Cada vez que aparece un nuevo tomo de la gran enciclopedia de mi vida yo salgo a la calle superavergonzado, porque todo el mundo se entera de nuestras intimidades íntimas, no sólo yo, a mi madre le da vergüenza ir al mercado y que Martín, el pescadero, le diga:

—Pero Catalina, no le pegue usted esas collejas al Manolito, que luego no le rinde en la escuela.

—Eso —le dice otra señora aprovechona—, yo, al mío, si le tengo que dar le doy en el culo y con la zapatilla, para no hacerle daño a él y para no hacerme daño yo.

A mi padre, en los bares de carretera, los camareros le preguntan:

—Manolo, ¿y cuánto dice tu Manolito que te queda para acabar de pagar el camión?

A la Luisa tampoco le gusta que todo el mundo sepa que Bernabé es propenso a los gases y que tiene peluquín. Mi madre la intenta conformar:

—Pero, mujer, cómo no van a saber que tiene peluquín si los domingos se pone uno de distinto color; y lo de los gases… el que más y el que menos…

A mi abuelo le trae al fresco que se desvelen todos sus secretos:

—Y a mí qué me importa que sepan que la dentadura es postiza, que estoy de la próstata, que ronco como una morsa y que me paso el día en el Tropezón… Desde que las viejarracas del Hogar del Pensionista saben todos mis defectos acuden a mí como moscas. Ahora gusto mucho más que antes, cuando pensaban que era el típico viejo perfecto.

El Imbécil también está contento, aunque no le gustó nada que en el segundo tomo desvelara su verdadero nombre. Él quiere seguir siendo el clásico niño de cuatro años con un misterio que ocultar.

Pero bueno, aunque Óscar Mayer estuviera dispuesto a contar las cosas más vergonzosas de su vida no le bastaría con tener un ordenador portátil donde escribirlo, porque la verdad verdadera es que yo nunca he escrito esto que estás leyendo. La que lo escribe es la mujer esa que firma en la primera página. Me conoció hace unos años, estuvo buscando niños por toda la extensión planetaria y acabó eligiéndome a mí. Vino a mi casa, puso un casete encima de la mesa y empezó a sonsacarme sin piedad. Mientras, ella se ponía morada a comer todos los bollos que mi madre había subido de la panadería de la Porfiria. Mi madre y la Luisa la observaban de refilón. Cuando se fue, la Luisa dijo:

—¡Lo que come…!

Yo le conté a la mujer esa muchas cosas, algunas, según mi madre, que jamás le debería haber contado. Lo bueno es que los García Moreno nos hemos hecho mundialmente famosos, y lo malo es que eso no nos ha servido para nada, porque no nos ha dado nada de dinero, aunque hay quien dice que ella sí que se ha hecho inmensamente rica con los dólares que ha ganado con mis historias.

Hace poco llamó por teléfono. Mi madre dijo:

—Aquí está, viene a llenarse otra vez los bolsillos.

Esta vez quedamos en el Tropezón. Allí estábamos mi madre, la Luisa, mi abuelo, yo y el Imbécil… y el casete, como siempre, en medio de la mesa. La mujer esa de la portada les dijo a mi madre y a la Luisa que si podían sentarse en otra mesa:

—Para que el niño no esté cohibido…

Y cuando estuvimos solos, frente a frente, la mujer me dijo que tenía que contar lo que nunca había contado de las interioridades de mi familia y mis conocidos. Me dijo que nuestras historias competían con los
realitichous
de la tele, con las películas de sexo y violencia, con la carnaza.

—Tienes que contarme los trapos sucios.

—Bueno, pero con una condición…

—¿Cuál? Cumpliré lo que sea —dijo la mujer en aquellos momentos de alta tensión ambiental.

—Que mi nombre vaya más grande que el tuyo en la portada, y que el tuyo vaya muy chico para que la gente crea que el libro lo he escrito yo. Eso o nada.

Ella se lo pensó durante cinco malditos minutos.

—Bueno, de acuerdo.

También le pedí que mi nombre fuera en letras luminosas que se encendieran y se apagaran, pero me dijo que eso era tecnológicamente imposible.

Entonces, tomé un trago de mi segundo whisky (bueno, mi segunda Coca Cola) y empecé a contarle esos capítulos de mi historia que jamás habían salido más allá de los muros de Carabanchel (Alto) y que ahora tienes delante de tus ojos. Mi abuelo me ha dicho, por consolarme:

—No te preocupes, Manolito, no conozco una familia que no tenga trapos sucios que ocultar.

La mujer esa se fue con el casete y al cabo del tiempo me ha mandado este libro, que es el cuarto.

No sé si volverá porque cuando a las tres horas de estar grabando, se acercó a la barra para pagar la cuenta el señor Ezequiel le dijo:

—Once mil pesetas.

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