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Authors: Manuel Vázquez Montalbán

Tags: #Novela negra

Los pájaros de Bangkok (46 page)

También fueron trayectos en tren hasta Vallvidrera en compañía de su padre, don Evaristo, con el único objetivo de ver un árbol público durante una hora mucho antes de que el joven Carvalho imaginase que algún día viviría entre aquellas arboledas. A sus pies, una ciudad en expansión convertida en cuadrícula imperfecta y desordenada, y en su mente el deseo de mirarla con calma, de observarla desde arriba, de respirar más allá de su barrio.

De vez en cuando, también eran paseos hasta Montjuñc, entonces con otra perspectiva, con otros impulsos: "Cada paisaje urbano a su tiempo y Pueblo Seco estaba ligado en su recuerdo a recorridos de domingo o de sábado en busca de la zona verde de Montjuñc donde comerse la tortilla de patatas familiar. Y antes de emprender el ascenso, la obligada parada ante las cuadras de la calle Radas y por entre los listones de madera excitar a las vacas calmas para que mugieran" ("De lo que pudo haber sido y no fue", en "Tres historias de amor").

Otros animales de infancia asoman también a la retina del detective. De vez en cuando se perfilan en el fondo de sus ojos instantáneas de algún verano pasado en Montcada, en la casa del cabrero amigo de su padre, o de los veranos en Galicia, en Souto, cerca de San Juan de Muro y Sarria. Veranos de viajes interminables en trenes dantescos tirados por aquellas máquinas Santa Fe que respiraban con dificultad de asmático o tuberculoso. Barcelona—Monforte de Lemos. De allí, hasta la aldea. Y de nuevo el olor y el "morro de las vacas asomadas desde la cuadra al comedor familiar" ("Tatuaje").

A mediados de los años 50, los de Carvalho eran ya viajes de salto social con voluntad de permanencia, viajes de descubridor vencidas definitivamente las murallas que le confinaban en su barrio. Ésa era la sensación todavía culpable que experimentaba años después al hacer memoria de aquella época: "Recuperar el metro fue recuperar la sensación de joven fugitivo que contempla con menosprecio la ganadería vencida, mientras él utiliza el metro como un instrumento para llegar al esplendor en la hierba y la promoción á…ú. Recordaba la conciencia de su propia singularidad y excelencia rechazando la náusea que parecía envolver la mediocre vida de los viajeros. Los veía como molestos compañeros de un viaje que para él era de ida y para ellos de vuelta" ("Los mares del sur").

Entre las escapadas de aquellos años, una constituyó un hito para Pepe Carvalho y para otros compañeros de quinta política y universitaria. Quizá comenzara así el principio del fin de su actividad como militante comunista. Un curso de formación política se convirtió con el tiempo en la primera piedra para una apostasía, anunciada ya a principios de 1956 cuando Carvalho se avanzó a Jruschov y al partido en la formulación de las críticas al estalinismo materializadas durante el Xx Congreso del PCUS en febrero de aquel mismo año ("Asesinato en el Comité Central").

Agosto de 1956. Pepe Carvalho, adolescente todavía pero obligado a entrar a empellones en la edad adulta, visitó con un grupo de compañeros una escuela de formación de cuadros del Partido Comunista de España a orillas del Marne. Fue la primera salida de Carvalho de España, y después de la agitación y el ajetreo del viaje debió de quedarle en el alma una cierta extrañeza y confusión al comprobar que había cambiado por unos pocos días la rigidez asfixiante del franquismo por la rigidez igualmente asfixiante del antifranquismo. Demasiada responsabilidad para tanta juventud, obligada a cambiar el curso de su propia historia.

Madrid, el Mar Menor, Formentor, Port Lligat o Andalucía —siguiendo la estela de ilustres viajeros en busca del duende del Sur— fueron otros de los horizontes que buscó el joven Carvalho en los años 50 y en los primeros de los 60 antes de marchar a Estados Unidos. En 1959 incluso vivió una temporada en Madrid, una ciudad que a su regreso, más de veinte años después, en octubre de 1980 ("Asesinato en el Comité Central"), era un recuerdo asociado únicamente a la cocina y al paladar:

"—(…) Madrid no es lo que era.

"—¿En 1936?

"—No. En 1959, cuando viví allí. Las gambas de la Casa del Abuelo, por ejemplo. Excelentes y a precios de risa. Búsquelas usted ahora".

Viajes profesionales

La primera noticia que los lectores tuvieron de la vuelta de Carvalho a España data de 1974. Vázquez Montalbán retrató en "Tatuaje" —segunda aventura de la serie del detective— a un Pepe carvalho entrado ya en la treintena e instalado en su hasta hoy centro habitual de operaciones: el despacho de las Ramblas de Barcelona. La etapa de la CIA ha quedado atrás pero Carvalho sabe que un agente nunca está de paso en la Compañía aunque se retire totalmente del servicio. En su caso, además, dando portazos.

Un asunto en apariencia de poca monta —la investigación sobre la identidad de un cadáver tatuado que apareció en la playa de Vilassar de Marlleva al detective de regreso a Holanda. Un nuevo salto atrás en el tiempo como le sucede siempre a Carvalho, imposibilitado también para librarse de su pasado aunque pone la vida en el empeño. Carvalho se reencontró con viejos colegas de la CIA en Amsterdam, donde durante dos años —presumiblemente entre 1966 y 1968 actuó como especialista en seguridad. Amsterdam y La Haya, como Madrid en su día, son un reclamo gastronómico para Carvalho. El nombre de un hotel, el Schiller. El sabor de un restaurante, The House of the Lords.

La vuelta a Barcelona supuso un cambio radical en el modo de vida del detective. Se acabó el ir constantemente de aquí para allá. Carvalho se convirtió prácticamente en un sedentario. Mucho menos trasiego, muchos menos viajes. Pero antes de poner fin a esta etapa, el detective se dio una última recompensa.

De vuelta en Europa, tras enterrar a su padre como acto final de un agotador viaje desde San Francisco, después de quemar un álbum familiar de fotos perteneciente a tres generaciones, después de decidirse por el trabajo de detective y de arrinconar en el olvido a Laura Buscató, Carvalho viajó a Córcega. Casi con toda seguridad fue en 1970, aunque Manuel Vázquez Montalbán no lo precisa. También Córcega es un recuerdo placentero de licor de castañas olvidado hacía mucho tiempo en el interior de una botella de cerámica: "Las carreteras de Córcega están llenas de cerdos oscuros. Parecen salvajes, pero al atardecer vuelven a casa hartos de castañas. Estuve allí hace demasiados años. Cuando quise despedirme de mi libertad de viajar. Un día volveré. He de empezar a seleccionar los lugares adonde quiero volver", le confesó Carvalho a Fuster veinte años después, durante una de sus cenas en Vallvidrera, en octubre de 1990 ("El laberinto griego").

Además del absurdo viaje a Bangkok ya referido, otro de los desplazamientos más exóticos del detective tuvo lugar durante los primeros días del año 1984. Carvalho buscaba indicios que le pudieran aportar datos sobre el asesinato de Encarnación Abellán ("La rosa de Alejandría"). El detective acabó en un escenario sorprendente, desconocido, inapropiado para un entorno tan poca cosa como era aquél, el nacimiento del río Mundo, en la provincia de Albacete. "Es como si el paisaje se hubiera inspirado en Calderón. Un río que se llama Mundo". Paradoja definitiva de un viaje a priori poco prometedor que acaba por revelar al detective escenarios sorprendentes: "Era imposible no escuchar el canto propicio del centro de la tierra enviando a la superficie sus aguas preferidas para formar un río que nadie sabía ni cómo ni por qué, pero se llamaba Mundo, había adquirido la responsabilidad de llamarse Mundo en un rincón de la sierra de Albacete". Viaje a Albacete que consolida la aseveración carvalhiana de que los paisajes más exóticos y más ricos son a menudo los más próximos.

El destino más habitual de Carvalho fuera de Barcelona durante su carrera como detective ha sido Madrid. Se desplazó por primera vez en octubre de 1980. El PCE le confió la investigación paralela de la muerte de su secretario general, Fernando Garrido, encargo muy mal digerido aún hoy por muchos de los máximos dirigentes comunistas de la época, que quisieron ver en la investigación de Carvalho una burla del destino y una irónica advertencia del veterano apóstata.

Años después, en los días previos al referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, en marzo de 1986, Carvalho investigó en Madrid el asesinato del realizador de Televisión Española Arturo Araquistain ("Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas"). En ese intervalo de seis años, el detective fue una más de las muchas víctimas del puente aéreo, y hasta Madrid siguió en viaje relámpago de ida y vuelta a un joven implicado en el caso del asesinato de Montse Gispert ("Jordi Anfruns, sociólogo sexual", en "Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas"). Por ahora, los dos últimos desplazamientos de Carvalho a Madrid tuvieron lugar en 1994 ("Roldán ni vivo ni muerto") y 1995 ("El premio"). El primero, un viaje a la capital de las cloacas del Estado con parada surrealista en Damasco; el segundo, desplazamiento con todas las comodidades posibles —nada que ver con aquel trayecto en tren a finales de los años 50— por cuenta del magnate Lázaro Conesal.

El Valle del Sangre en el Sur de España en 1985 ("El Balneario"); Santa Cruz de Tenerife y Lanzarote ("El barco fantasma") probablemente el mismo año; un pueblecito inexistente pero muy parecido a cualquier otro de Ciudad Real ("La Guerra Civil no ha terminado"); Marbella o Ceuta ("Buscando a Sherezade") han sido otros de los destinos profesionales de Carvalho a lo largo de sus 25 años como detective.

En la primavera de 1990 Carvalho se concedió un respiro a sí mismo y, dejándose llevar por la mala conciencia y el sentimentalismo, dio una alegría a Charo. La pareja se fue a París durante una semana como si la ciudad fuese el único lugar inocente en el que curar las heridas de veinte años de relación. Charo se lo volvió a agradecer en carta de despedida poco tiempo después ("El laberinto griego"). En su esquizofrenia, casi en el límite del mal gusto, Carvalho se instaló con Charo en el Lutétia, en el bulevar Raspail, en uno de los corazones de la "rive gauche". Los fantasmas de Gide, Rilke, Joyce, Cohen, Beckett, libros y más libros por quemar a su vuelta a Barcelona, los acompañaron durante buena parte de aquel viaje. Carvalho dejaba hablar a Charo y de vez en cuando la ilustraba sobre este o aquel rincón de la ciudad: la place de la Contrescarpe, la rue Poulletier, la rue des Francs Bourgeois, comentarios sin pretensiones de guía turístico que la muchacha acogía con entusiasmo. París, visita inevitable a la Tour d.Argent, ausencia injustificable a la meca de la cocina de Jo6l Robochon.

Un futuro anunciado

El futuro del detective está prácticamente anunciado. Montalbán no teme la competencia de nuevas agencias Pinkerton con más posibilidades y habitualmente avanza los próximos pasos de su personaje obligándose y obligándole a darlos aunque no quiera. Un encargo de un pariente le reclama desde hace tiempo en Buenos Aires. La búsqueda de un "desaparecido residual, voluntario", que probablemente servirá a Carvalho para intentar rehacer un mundo parecido al que se le ha hundido en Barcelona.

Y todavía en la frontera del nuevo milenio, un nuevo viaje a la búsqueda de sí mismo. La verdadera vuelta al mundo de Carvalho, programada como una lucha desesperada contra el tiempo que le agota. Un viaje que promete ser un mirar atrás, el balance de una vida. Carvalho, como Phileas Fogg en su legendaria marcha de ochenta días alrededor de la tierra, iniciará con Biscuter —y quizá con Charo— un recorrido que podría ser la historia de un definitivo regreso a su infancia. "La figura cíclica de un tiempo y de un espacio cerrados sobre sí mismos" también para Carvalho, siempre "de paso entre la infancia y la vejez de un destino personal e intransferible, de una vida que nadie viviría por él, ni más, ni menos, ni mejor ni peor".

Como Fogg, quizá el detective alcance la felicidad al final de su vuelta al mundo, aunque difícilmente se llame Aouda.

Diciembre de 1996.

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