Los niños del agua

 

Publicada dos años antes que
Alicia en el País de las Maravillas,
Los niños del agua
se ha confundido a menudo con un relato meramente infantil aunque, al igual que la novela de Lewis Carroll, supera con creces cualquier barrera de edad.

Adaptada al cine por Walt Disney en 1935, narra la historia de Tom, un deshollinador de 10 años, explotado cruelmente por su amo Grimes, que cae por la chimenea de una casa de campo a donde ha sido llevado a trabajar. El accidente provoca un enorme revuelo y Tom huye hacia un estanque en el que, aparentemente, se ahoga. Pero no muere y se transforma en un niño del agua, que deberá madurar con la ayuda de las hadas y las criaturas marinas hasta convertirse en un nuevo ser más libre y responsable.

Kingsley introduce en la novela todos los asuntos de la vida que le interesaban: Con una arquitectura soprendente, intenta entablar un diálogo con el lector en el que todo es posible gracias a la fantasía. Indaga en la naturaleza como reflejo de la realidad divina y aporta algunas ideas respecto a la degeneración de las especies que tardarían más de un cuarto de siglo en ser aceptadas.

En 1889 se publicó una edición especial ilustrada por Linley Sambourne con dibujos tan fantásticos, inquietantes y sorprendentes como el texto.

Charles Kingsley

Los niños del agua

ePUB v1.0

chungalitos
24.09.11

Título original:
The Water Babies. A Fairy Tale for a Land Baby

Editorial Magoria (2002)

Traducción de Bernat Pujadas

CAPÍTULO I

Sentado y reclinado en una arboleda,
mil notas llegaron a mi oído;
en ese dulce ánimo de agradables pensamientos invadido
en que vienen a la mente ideas de tristeza.
A sus bellas obras la Naturaleza unió
el alma humana que por mí fluía;
pensé en lo que el hombre ha hecho del hombre
y un gran pesar en mi corazón cayó.

W
ORDSWORTH

Érase una vez un deshollinador que se llamaba Tom. Es un nombre corto y, como ya lo has oído antes, no tendrás demasiada dificultad para recordarlo. Vivía en una gran ciudad del norte de Inglaterra, donde había muchas chimeneas que deshollinar, donde Tom tenía mucho dinero que ganar y su patrón mucho que gastar. No sabía leer ni escribir, ni se preocupaba por ello, y nunca se lavaba, pues no había agua en la plazoleta donde vivía. No le habían enseñado a rezar las oraciones y jamás había oído hablar de Dios ni de Cristo, salvo en unos términos que tú nunca has oído y que habría sido mejor que él tampoco hubiera oído nunca. Se pasaba la mitad del tiempo llorando y la otra mitad riendo. Lloraba cuando tenía que trepar por los oscuros tiros de las chimeneas, restregando sus pobres rodillas y codos hasta dejarlos en carne viva; y cuando el hollín se le metía en los ojos, lo que ocurría cada día de la semana; y cuando su patrón le pegaba, lo que sucedía cada día de la semana; y cuando no tenía suficiente para comer, lo que también ocurría cada día de la semana. En cambio, se pasaba la otra mitad del día riendo: cuando jugaba con otros niños a cara o cruz, a saltar al potro por encima de los postes o a lanzar piedras a las patas de los caballos cuando pasaban trotando. Esto último era sumamente divertido, siempre y cuando hubiera un muro cerca detrás del cual poder esconderse. En cuanto a deshollinar, a pasar hambre y a que le pegasen, todo lo consideraba parte del mundo, como la lluvia, la nieve y los truenos, y aguantaba valientemente firme como una roca hasta que escampaba, tal como hacía su viejo asno ante una granizada. Luego se sacudía las orejas, se ponía tan alegre como siempre y pensaba en los buenos tiempos que vendrían cuando fuera un hombre y un patrón deshollinador, y se sentara en la taberna con una jarra de cerveza y una larga pipa, jugara a cartas con monedas de plata, vistiese pantalones de terciopelo y botas altas, tuviera un bulldog blanco con una oreja gris y llevara sus cachorros en el bolsillo, como un hombre. Y tendría aprendices, uno, dos, tres, si pudiera. ¡Cómo los intimidaría y qué palizas les daría, igual que su patrón hacía con él! Les haría cargar los sacos de hollín a casa, y él iría delante montado en su asno, con una pipa en la boca y una flor en el ojal, como un rey al frente de su ejército. Sí, se avecinaban buenos tiempos y, cuando su patrón le dejaba tomar un sorbo de los restos de su cerveza, Tom era el niño más feliz de toda la ciudad.

Un día, un elegante mozo de cuadra, montado a caballo, se presentó en la plazoleta donde vivía Tom y éste se escondió detrás de un muro para coger medio ladrillo y colocarlo junto a las patas del caballo, como es costumbre en esas tierras para dar la bienvenida a los desconocidos. Pero el mozo de cuadra lo vio y, después de saludarlo, le preguntó dónde vivía el señor Grimes, el deshollinador. El señor Grimes era el patrón de Tom, y como Tom era un buen comerciante, siempre cortés con los clientes, dejó el medio ladrillo discretamente detrás del muro y se dispuso a cumplir con el encargo.

El señor Grimes debía presentarse a la mañana siguiente en casa de Sir John Harthover, en la Villa, pues su viejo deshollinador estaba en la cárcel y urgía que las chimeneas fuesen deshollinadas. Se fue enseguida, sin ni siquiera dar tiempo a Tom a preguntar por qué habían encarcelado al deshollinador, lo cual era un asunto que le interesaba, puesto que él mismo había estado en la cárcel una o dos veces. Además, el mozo de cuadra tenía un aspecto tan pulcro y limpio con sus polainas de color apagado, sus bombachos de color apagado, su chaqueta de color apagado, su corbata blanca como la nieve, acompañada de un elegante alfiler, y su cara nítida, redonda y rubicunda, que Tom se sintió ofendido y asqueado por su presencia, ya que le pareció un tipo estirado que se daba aires porque llevaba ropa elegante que pagaba otra gente. A pesar de todo, volvió detrás del muro para coger el medio ladrillo, pero no lo hizo al recordar que el mozo había venido con un fin comercial y estaba, efectivamente, bajo bandera de tregua.

El patrón se mostró tan encantado con su nuevo cliente que se le fue la mano y tiró a Tom al suelo, y bebió más cerveza esa noche de lo que habitualmente bebía en dos para asegurarse de que al día siguiente se levantaría a la hora, pues cuanto más le duele la cabeza a un hombre al despertarse, más ganas tiene de levantarse y respirar aire fresco. A las cuatro de la mañana del día siguiente, al despertar, el patrón volvió a tirar a Tom al suelo para enseñarle (tal como enseñaban a los señores jovencitos en las escuelas públicas) que ese día debía ser un niño muy bueno, ya que irían a una casa muy grande y, si complacía a sus clientes, podrían sacar muy buen provecho.

Tom estaba de acuerdo; es más, habría hecho todo lo que estuviera a su alcance y se habría comportado del mejor modo posible, incluso sin que lo hubieran tirado al suelo, porque, de todos los lugares de la Tierra, la Villa Harthover (que nunca había visto) era el más maravilloso, y de todos los hombres de la Tierra, Sir John (a quien ya había conocido, puesto que lo había mandado a prisión un par de veces) era el más repugnante.

La Villa Harthover era realmente un gran lugar, incluso para el rico norte de Inglaterra. Tenía una casa tan grande que durante los disturbios ludistas —que Tom apenas recordaba— dio cabida al Duque de Wellington y a diez mil soldados para hacerles frente, o por lo menos eso creía Tom. Tenía jardines llenos de ciervos, aunque Tom pensaba que eran unos monstruos que tenían por costumbre comerse a los niños. La Villa contaba con kilómetros y kilómetros de reservas de caza, donde el señor Grimes y los carboneros a veces iban a cazar furtivamente. En esas ocasiones, Tom veía faisanes y se preguntaba qué gusto tendrían. También había un majestuoso río de salmones al que el señor Grimes y a sus amigos les habría gustado ir a pescar a escondidas, aunque para hacerlo tuvieran que meterse en el agua fría, y eso no les gustaba en absoluto. En resumen, Harthover era un gran lugar y Sir John un gran señor, respetado incluso por el señor Grimes. No sólo podía enviar al señor Grimes a la cárcel cuando éste lo merecía —como hacía una o dos veces a la semana— y no sólo era el propietario de todas las tierras en muchos kilómetros a la redonda, sino que de todos los terratenientes que poseían una jauría, él, aparte de ser el más alegre, honesto y sensato y hacer lo que consideraba adecuado para sus vecinos —así como lo que consideraba adecuado para sí mismo—, también pesaba casi cien kilos, su pecho medía quién sabe cuántos centímetros y en una pelea limpia podía darle una paliza al señor Grimes —lo cual muy pocos tipos de la zona podían hacer—. Y esto, hijo mío, no habría estado bien de su parte, puesto que hay un montón de cosas que no se pueden hacer, a pesar de que te encantaría hacerlas. De modo que el señor Grimes se tocaba el sombrero para saludarlo cuando montaba a caballo por la ciudad y lo llamaba «viejo machote» y a sus niñas, «delicadas mozas», que en el norte de Inglaterra son dos cumplidos refinados. El señor Grimes creía que así reparaba a Sir John de la pérdida de faisanes (debido a sus cazas furtivas), de lo que se intuye que no había ido a una Escuela Nacional del Gobierno adecuadamente controlada.

Pues bien, yo podría asegurar que tú nunca te levantarías a las tres de la mañana en un día de verano. Unos se levantan a esa hora porque quieren pescar salmones y otros porque quieren subir a los Alpes, y muchísimos más porque tienen que hacerlo, como Tom. Pero te aseguro que las tres de la mañana de un día de verano es la hora más agradable de las veinticuatro horas del día y de los trescientos sesenta y cinco días del año. Nunca sabré por qué nadie se levanta a esa hora, a menos que estén decididos a estropear sus nervios y su temperamento haciendo toda la noche lo que igualmente pueden hacer de día. Sin embargo, Tom, en vez de salir a cenar a las ocho y media de la noche, ir a un baile a las diez y rematarlo entre las doce y las cuatro, se fue a la cama a las siete, justo cuando su patrón se iba a la taberna, y durmió como un tronco, razón por la cual estaba vivaz como un gallo de pelea (que siempre se despierta temprano para despertar a las doncellas) y a punto para levantarse justo cuando las damas y los caballeros estaban listos para irse a la cama.

De este modo, él y su patrón partieron. Grimes iba delante montado en su asno, y los cepillos, con Tom, iban detrás, andando. Salieron de la plazoleta y subieron por la calle, pasaron por delante de los postigos cerrados, de los policías rendidos (a quienes se les cerraban los ojos) y de los tejados de un gris brillante en el gris amanecer.

Atravesaron el pueblo de los mineros, a esa hora totalmente cerrado y silencioso, y el puesto de peaje. Luego se adentraron en el auténtico campo, avanzando lentamente por el camino negro y polvoriento, entre los negros muros, sin otro sonido que los gemidos y los batacazos de la máquina de la mina del campo de al lado. Sin embargo, el camino pronto se hizo blanco y los muros también; al pie de la tapia crecían hierbas y flores radiantes, empapadas de rocío y, en lugar de los gemidos de la máquina taladradora, oían a la alondra cantando los maitines a los cuatro vientos y a la curruca gorjeando en las juncias, como había gorjeado durante la noche.

Todo permanecía en silencio, pues la vieja señora Tierra estaba profundamente dormida. Igual que muchas personas hermosas, era aún más hermosa dormida que despierta. Arriba, los grandes olmos de los prados, de un verde dorado, estaban profundamente dormidos y, debajo de ellos, las vacas también. Es más, las pocas nubes que había también estaban profundamente dormidas y tan fatigadas que se habían tumbado en el suelo para descansar, formando copos y franjas alargadas y blancas entre los troncos de los olmos y a lo largo de las copas de los alisos, junto al arroyo, esperando a que el sol les pidiera que se levantaran y que comenzaran a hacer su tarea diaria en el cielo transparente, allí arriba.

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