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Authors: Lincoln Child

Tags: #Intriga, #Aventuras

La tercera puerta (2 page)

1

Tres años después

D
ADO que había crecido en Westport y era profesor en Yale, Jeremy Logan creía conocer bien el estado de Connecticut. Sin embargo, la zona por la que estaba conduciendo era toda una revelación. Rumbo al este desde Groton —siguiendo las instrucciones del correo electrónico que había recibido—, había girado en la US-1 y, después de pasar Stonington, había tomado la US-1 Alternate. Luego continuó por el grisáceo litoral atlántico, dejó atrás Wequetequock, cruzó un puente que parecía tan antiguo como la mismísima Nueva Inglaterra, giró bruscamente a la derecha y se internó por un camino bien asfaltado pero sin señalizar. De repente los pequeños centros comerciales y los moteles de turistas desaparecieron de la vista. Pasó ante una ensenada donde había amarradas varias embarcaciones langosteras y entró en una adormecida aldea. Sin embargo, era un pueblo vivo y trabajador, con su tienda de ultramarinos, su comercio de artículos de pesca, su iglesia episcopal con un campanario desproporcionadamente grande, y sus casas con techos de pizarra y vallas de madera pintadas de blanco. No se veían ostentosos todoterreno ni matrículas de otros estados; la gente que estaba sentada en los bancos o asomada a las ventanas lo saludaba al pasar. Lucía un sol de abril intenso, y la brisa marina era fresca y salada. El cartel que colgaba de la estafeta de correos le indicó que se hallaba en Pevensey Point, con una población de ciento ochenta y dos habitantes. Algo en aquel lugar le hizo pensar inevitablemente en Herman Melville.

—Karen, si hubieras visto este sitio, no habríamos comprado la casa de Hyannis —dijo.

A pesar de que su esposa había muerto de cáncer años atrás, Logan aún conversaba con ella de vez en cuando. Naturalmente, más que conversaciones solían ser monólogos, aunque no siempre. Al principio solo lo hacía cuando estaba seguro de que no había nadie que pudiera oírlos; pero con el tiempo —cuando lo que empezó siendo una especie de pasatiempo intelectual se convirtió en una profesión—, ya no se molestó en ser discreto. A juzgar por cómo se ganaba la vida, la gente esperaba de él que fuera un poco extraño.

A tres kilómetros del pueblo, justo donde indicaban las instrucciones, una estrecha carretera se abría a la derecha. Logan la tomó y se encontró en medio de una arenosa pineda que no tardó en dar paso a una serie de dunas. Estas desembocaban en un puente metálico que llevaba a una isla baja y ancha en el canal de Fisher Island. A pesar de la distancia, vio que había al menos una docena de construcciones en la isla, todas de la misma piedra marrón rojiza. En el centro, dispuestos en paralelo, como fichas de dominó, se levantaban tres grandes edificios de cinco plantas con aspecto de dormitorios universitarios. En el extremo más alejado, oculta en parte por los edificios, había una pista de aterrizaje desierta. Más allá se extendía el océano y la oscura línea verde de Rhode Island.

Logan continuó un kilómetro más y se detuvo junto a la garita situada antes del puente. Mostró una copia impresa del correo electrónico al guardia que estaba dentro, y este le sonrió y lo dejó pasar. Al lado de la garita, en un cartel de aspecto elegante pero discreto se leía simplemente CET.

Cruzó el puente, dejó atrás una estructura periférica y entró en el aparcamiento. Era sorprendentemente grande: había un centenar de coches estacionados y sitio para muchos más. Metió el coche en una de las plazas y apagó el motor. Pero en lugar de salir del coche, leyó una vez más el correo electrónico.

Apreciado Jeremy: Me complace —y me tranquiliza— saber que has aceptado. También te agradezco que te muestres tan flexible, pues, como te mencioné, es imposible saber cuánto tiempo te llevará esta investigación. En cualquier caso, cobrarás un mínimo de dos semanas de honorarios según la tarifa que tú mismo has establecido. Lamento no poder ofrecerte más detalles en estos momentos, pero seguramente ya estás acostumbrado. Debo decir que estoy deseando volver a verte después de tanto tiempo. Más abajo encontrarás las instrucciones para llegar al Centro. Te estaré esperando el 18 por la mañana. Cualquier hora entre las diez y el mediodía me va bien. Otra cosa, una vez que te hayas embarcado en el proyecto es posible que te cueste comunicarte por teléfono con el exterior, así que asegúrate de limpiar bien tu mesa antes de llegar. ¡Espero con impaciencia el 18! Un abrazo, E. R.

Logan miró el reloj: las once y media. Hizo girar la nota entre los dedos. «Es posible que te cueste comunicarte por teléfono con el exterior». ¿Por qué? ¿Acaso los repetidores telefónicos no habían llegado todavía a Pevensey Point? Sin embargo, lo que decía el correo era cierto: estaba acostumbrado a ese tipo de cosas. Cogió la bolsa de viaje del asiento del pasajero, guardó el papel dentro y salió del coche.

La recepción, situada en uno de los edificios centrales que parecían dormitorios universitarios, era un lugar discreto que le hizo pensar en un hospital o una clínica: media docena de sillas vacías, mesas con revistas, acuarelas anónimas en las paredes color beis y un mostrador tras el cual se hallaba una mujer de treinta y tantos años. A su espalda, las siglas CET, de nuevo sin ninguna indicación de su posible significado.

Logan dio su nombre a la recepcionista, que lo miró con una mezcla de interés e incomodidad. Fue a sentarse en una de las sillas; daba por hecho que tendría que esperar. Sin embargo, apenas había empezado a hojear un ejemplar de
Harvard Medical Review
cuando se abrió una puerta y entró Ethan Rush.

—Jeremy —dijo sonriendo y acercándose con la mano extendida—, te agradezco que hayas venido.

—Hola, Ethan —contestó Logan estrechándole la mano—. Me alegro de verte de nuevo.

No había vuelto a ver a Rush desde la época en el John Hopkins, hacía veinte años, cuando los dos estaban en la facultad de Medicina. Aun así, el hombre que tenía delante se conservaba envidiablemente joven. Solo unas finas patas de gallo delataban el paso del tiempo. A Logan le bastó con estrecharle la mano para recibir dos claras impresiones acerca de Rush: había vivido un suceso que le había cambiado la vida para siempre, y era un hombre entregado, casi obsesivamente, a una causa.

Rush miró alrededor.

—¿Has traído el equipaje?

—Está en el coche.

—Dame las llaves, me ocuparé de que alguien vaya a buscarlo.

—Es un Lotus Elan S-4.

Rush silbó.

—¿El descapotable? ¿De qué año?

—De 1968.

—Una maravilla. Me encargaré de que lo traten con el máximo cuidado.

Logan metió la mano en el bolsillo y le entregó las llaves; Rush se las pasó a la recepcionista y le susurró algunas instrucciones. A continuación se volvió hacia Logan y le pidió que lo siguiera por la puerta abierta.

Subieron en ascensor hasta el último piso, y una vez allí Rush lo guió por un largo pasillo que olía ligeramente a desinfectante y a productos químicos. La semejanza con un hospital aumentó, aunque parecía un hospital sin pacientes. Las pocas personas con la que se cruzaron vestían ropa de calle, caminaban sin problemas y tenían un aspecto saludable. A medida que avanzaban, Logan miraba con curiosidad las habitaciones que tenían la puerta abierta. Vio salas de reuniones, un anfiteatro vacío con cabida para al menos cien personas, laboratorios repletos de equipos y material, y lo que parecía ser una biblioteca llena de periódicos encuadernados y con numerosos terminales de lectura. Más extraño aún: vio varias habitaciones idénticas, cada una con una cama individual y docenas de cables —si no cientos— conectados a una batería de monitores cercanos. Algunas puertas estaban cerradas y tenían la ventanilla cubierta por una cortina. Un grupo de hombres y mujeres vestidos con bata blanca se cruzó con ellos. Algunos lanzaron una mirada a Logan y todos saludaron a Rush con un gesto de la cabeza.

Se detuvieron ante una puerta con el letrero DIRECTOR. Rush la abrió e hizo pasar a Logan a una antesala, llena de libros y ocupada por dos secretarias, que conducía a su despacho. Estaba decorado con gusto, aunque su minimalismo contrastaba con el abarrotamiento del espacio anterior. En tres de las paredes colgaban varias pinturas posmodernistas en azules y grises; la cuarta era toda de cristal, cubierta en ese momento por la persiana bajada.

En el centro de la estancia había una mesa de teca brillantemente pulida y dos sillones de cuero. Rush tomó asiento en uno de ellos y señaló el otro a Logan.

—¿Puedo ofrecerte algo? —preguntó Rush, que al parecer era el director—. ¿Café, té, agua?

Logan negó con la cabeza.

Rush cruzó una pierna sobre la otra.

—Jeremy, tengo que serte franco. No estaba seguro de que aceptaras este encargo, teniendo en cuenta lo ocupado que estás y… lo parco que fui a la hora de darte detalles.

—¿No estabas seguro a pesar de los honorarios que exigí?

Rush sonrió.

—Eso es verdad…, tus honorarios desde luego son altos. Pero resulta que últimamente tu… trabajo ha adquirido un perfil destacado. —Dudó—. ¿Cómo llamas a tu profesión?

—Soy enigmatólogo.

—De acuerdo. Enigmatólogo. —Rush lo miró con curiosidad—. ¿Es cierto que has conseguido documentar la existencia del monstruo del lago Ness?

—Eso deberías preguntárselo al cliente que me encargó el caso, la Universidad de Edimburgo.

—Me está bien empleado por preguntar. Hablando de universidades, eres profesor, ¿verdad?

—De historia medieval. En Yale.

—¿Y qué opinan en Yale de tu otra profesión?

—La fama nunca es un problema. Ayuda a que haya un elevado número de solicitudes de ingreso. —Logan contempló el despacho. Tenía comprobado que a menudo sus nuevos clientes preferían hablar de sus logros pasados. Así posponían la exposición de sus propios problemas.

—Recuerdo las… «investigaciones» que hiciste en el Peabody Institute y en el Applied Physics Lab, en la universidad —comentó Rush—. Quién iba a decir que te llevarían a esto…

—Yo no, desde luego. —Logan cambió de postura—. Bueno, ¿qué tal si me explicas qué significan las siglas CET? Nada de lo que veo por aquí me da la menor pista.

—Somos muy reservados. Centro de Estudios de Transmortalidad.

—Estudios de Transmortalidad —repitió Logan.

Rush asintió con la cabeza.

—Fundé el CET hace dos años.

Logan lo miró con sorpresa.

—¿Lo fundaste tú?

Rush suspiró. En su rostro apareció una expresión pesarosa.

—Verás, Jeremy, la cosa es así. Hace unos tres años yo trabajaba en el turno de Urgencias cuando una ambulancia llevó allí a mi mujer, Jennifer. Había sufrido un accidente terrible y no respondía a ninguno de nuestros esfuerzos por recuperarla. Lo intentamos todo, masajes cardíacos, desfibriladores, pero no había nada que hacer. Fue el peor momento de mi vida. Allí estaba yo…, incapaz de salvar la vida de mi esposa y obligado a declararla oficialmente muerta.

Logan meneó la cabeza en señal de comprensión.

—Pero resulta que no lo hice —prosiguió Rush—. No tenía fuerzas para hacerlo. En contra de los consejos de mis colegas, seguí con la reanimación. —Se inclinó hacia delante—. Y… ¿sabes qué? Jennifer volvió. Catorce minutos después de que hubiera cesado toda actividad cerebral, conseguí revivirla.

—¿Cómo?

Rush hizo un gesto con las manos.

—Fue un milagro. O eso me pareció entonces. La experiencia más increíble que puedas imaginar. Algo revelador, esas cosas que te cambian la vida. Rescatarla de la… —Calló unos instantes y prosiguió—: En ese momento se me cayó la venda de los ojos y me fue revelada la misión a la que debía dedicar mi vida. Abandoné el hospital de Rhode Island y mi actividad de anestesista, y desde entonces me he volcado en estudiar las experiencias cercanas a la muerte.

«Ahí está el suceso que le cambió la vida para siempre», pensó Logan.

—Estudios de transmortalidad —dijo en voz alta.

—Exacto. Nos dedicamos a analizar y codificar el fenómeno en sus distintas manifestaciones. Te sorprendería saber cuánta gente ha tenido experiencias cercanas a la muerte y, en particular, cuántas similitudes comparten. Una vez has regresado de ese umbral, nunca vuelves a ser el mismo. Como puedes imaginar, es algo que se queda contigo y con tus seres queridos. —Movió la mano en un gesto que abarcó el despacho—. Todo esto que ves… No me costó recaudar el dinero necesario para montar este centro. Hay muchísima gente que ha tenido experiencias cercanas a la muerte y que está muy interesada en compartirlas y en aprender más acerca de lo que podrían significar.

—¿Y qué hacéis en este centro, exactamente? —preguntó Logan.

—Somos una pequeña comunidad de médicos e investigadores…, la mayoría con parientes o amigos que han estado en el «otro lado». Invitamos a cualquiera que haya vivido una experiencia cercana a la muerte, una ECM, a que pase unas semanas o unos meses con nosotros para documentar con exactitud lo que le sucedió y realizarle una serie de pruebas.

—¿Pruebas? —preguntó Logan.

Rush asintió con la cabeza.

—Aunque solo llevamos funcionando dieciocho meses, ya hemos realizado una importante labor de investigación y hemos conseguido ciertos descubrimientos.

—Pero, por lo que dices, habéis mantenido todo ese trabajo en secreto.

Rush sonrió.

—Imagínate lo que dirían los buenos habitantes de Pevensey Point si supieran exactamente quién se ha hecho cargo de las antiguas instalaciones de la Guardia Costera y para qué se están utilizando.

—Sí, me lo imagino. —«Dirían que estáis manipulando el destino. Que estáis jugando con gente que ha regresado de entre los muertos», pensó Logan. Empezaba a tener una idea de por qué lo habían llamado—. Bueno, ¿y qué ha ocurrido entonces para que yo pueda seros de alguna ayuda?

Una expresión de sorpresa se dibujó en el rostro de Rush.

—Oh, no me has entendido. Aquí no ha pasado nada.

Logan vaciló.

—Tienes razón, no lo he entendido. Si el problema que tenéis no está aquí, ¿para qué habéis solicitado mis servicios?

—Lamento las evasivas, Jeremy. Podré decirte más cuando hayas embarcado.

—Pero si ya me he embarcado… Por eso he venido.

A modo de respuesta, Rush se levantó y fue hasta la pared del fondo.

—No —dijo, y subió la persiana de un tirón, dejando al descubierto la pared de cristal.

Más allá del ventanal se hallaba la pista de aterrizaje que Logan había visto al llegar. Pero desde allí se dio cuenta de que no estaba desierta. Un Learjet 85 de color blanco resplandecía bajo el sol de mediodía. Rush señaló el avión.

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