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Authors: Eoin Colfer

Tags: #Ciencia Ficcion

Futuro azul

 

Bienvenidos al tercer milenio; bienvenidos a Satellite City, la ciudad del futuro. Un futuro que no parece nada prometedor para Cosmo Hill, un huérfano que vive en el Instituto Clarissa Frayne. Cosmo, harto de ser un conejillo de Indias para probar los nuevos productos de una tecnología cada vez más avanzada, sólo sueña con escapar. La ocasión se presenta, pero todo sale mal. De repente, empieza a ver cómo su cuerpo se va debilitando y a unos seres azules que se lanzan contra él, extendiendo cuatro largos dedos que se introducen en su cuerpo...¿Quiénes son? ¿Qué quieren? ¿Por qué los ve?

Eoin Colfer

Futuro azul

ePUB v1.0

adruki
20.06.12

Título original:
The Supernaturalist

Eoin Colfer, 2004.

Traducción: Ana Alcaina

Ilustraciones: Penguin Books

Diseño/retoque portada: Penguin Books/Random House Mondadori

Editor original: adruki (v1.0)

ePub base v2.0

Para Sophie, mi amiga y agente.

Gracias por los últimos cuatro años,

y por los muchos más que vendrán.

1
Cosmonaut Hill

Ciudad Satélite, Hemisferio Norte, próximamente

«
CIUDAD
Satélite. La ciudad del futuro», anunciaban las vallas publicitarias. Una metrópoli bajo el control absoluto del satélite Myishi 9, eternamente suspendido en el aire encima de ella como un buque de guerra flotante; una ciudad entera hecha a medida para el tercer milenio: todo lo que quiera el cuerpo y nada de lo que necesite el alma. Quinientos kilómetros cuadrados de acero gris y automóviles.

Ciudad Satélite. Una superciudad de veinticinco millones de habitantes, cada uno de ellos con una historia más conmovedora que contar que la de su vecino. Si lo que quieres son finales felices, más te vale mantenerte alejado de la ciudad del futuro.

Tomemos a Cosmo Hill, por ejemplo, un buen chico que no había hecho nada malo en su corta existencia. Por desgracia, eso no le bastó para garantizarse una vida feliz, porque Cosmo Hill no tenía patrocinador, y en Ciudad Satélite, si no tenías patrocinador y no podían localizar a tus padres biológicos consultando los archivos públicos de registro de ADN, te enviaban a un orfanato hasta que alcanzases la edad adulta y, para entonces, o estabas muerto o el orfanato ya te había fabricado unos antecedentes penales para poder venderte a una de las cárceles privadas de trabajos forzados.

Catorce años antes de que emprendamos el hilo de esta historia, un Cosmo recién nacido fue encontrado envuelto en una bolsa aislada térmicamente en La Pizza Alegre de Cosmonaut Hill, Moscowtown. La policía estatal tomó una muestra de su ADN, buscó una coincidencia en el ordenador central de Satélite y no encontró nada. La situación no tenía nada de raro, porque todos los días aparecían huérfanos en la ciudad, así que sumergieron al recién bautizado Cosmo Hill en un tanque de vacunas y lo metieron en un vagón para enviarlo al Instituto Clarissa Frayne para Chicos con Dificultades de Relación con los Padres. En el vagón de transporte de mercancías.

Ciudad Satélite no formaba parte de ningún sistema de seguridad social, por lo que las instituciones tenían que recaudar fondos como pudiesen. La especialidad del Clarissa Frayne era probar productos nuevos: cada vez que una empresa producía un nuevo alimento modificado o desarrollaba un producto farmacéutico no experimentado, el orfanato ofrecía como voluntarios a sus internos para que hiciesen de cobayas. En el aspecto económico, el sistema funcionaba con una lógica aplastante: los huérfanos recibían alimentación y atenciones higiénicas y el Instituto Frayne recibía dinero por el privilegio.

La formación de Cosmo estaba en manos de programas informáticos educativos, tenía los dientes más blancos que la nieve y el pelo brillante y libre de caspa, pero cada día sentía como si le estuviesen rascando el intestino con un estropajo radiactivo. Al final, Cosmo acabó por darse cuenta de que el orfanato estaba acabando lentamente con él: había llegado la hora de largarse.

Solo había tres formas de salir del Clarissa Frayne: la adopción, la muerte o la huida. No tenía ninguna posibilidad de que lo adoptasen, no a su edad: los adolescentes difíciles y malhumorados no gozaban de demasiada popularidad entre las clases medias sin hijos. Durante años, Cosmo había acariciado el sueño de que alguien lo querría algún día, pero ahora había llegado el momento de enfrentarse a la realidad.

La muerte era algo mucho más fácil de conseguir: lo único que debía hacer era seguir haciendo lo que le decían y su cuerpo se rendiría en cuestión de años. La media de la esperanza de vida de un huérfano institucionalizado era de quince años; Cosmo tenía catorce, y eso significaba que le quedaban menos de doce meses para que las estadísticas dictaminasen que le había llegado la hora. Doce meses para planear la opción final, la única forma de salir del Clarissa Frayne con vida: escapando.

En el Instituto Clarissa Frayne para Chicos con Dificultades de Relación con los Padres, todos los días eran prácticamente iguales: trabajo duro de día y sueño irregular por las noches. No había días de descanso ni derechos del niño, todos los días eran días de trabajo. Los supervisores hacían trabajar tan duro a los huérfanos que a las ocho de la tarde casi todos se dormían de pie, soñando con sus camas.

Cosmo Hill era la excepción, pues pasaba cada instante de su vida despierta aguardando esa ocasión, esa fracción de segundo en que su libertad le haría señas desde el exterior de una puerta sin el cerrojo echado o de una verja sin vigilancia. Debía estar preparado para aprovechar ese momento y salir huyendo con él.

No era muy probable que aquella oportunidad se le presentase aquel día en particular y, aunque así fuese, Cosmo no creía que tuviese energías para echar a correr a ninguna parte.

Los no-patrocinados habían pasado la tarde probando una nueva serie de antitranspirantes; les habían afeitado las piernas y luego se las habían dividido en secciones con trozos de cinta aislante. A continuación, habían rociado la piel entre un trozo de cinta y el siguiente con cinco variedades distintas de antitranspirante y luego habían ordenado a los chicos subirse a una cinta para empezar a correr. Los sensores sujetos a las piernas de los chicos controlaban sus glándulas sudoríparas y determinaban cuál de los aerosoles era el más eficaz. Al final de la jornada, Cosmo había corrido diez kilómetros y tenía los poros de las piernas hinchados y ardiendo. Casi se alegró de que lo esposasen a un compañero y de iniciar el largo camino de regreso al dormitorio.

El supervisor Redwood urgió a los chicos a que entrasen en el dormitorio. Redwood parecía un gorila engominado, salvo por el tupé de color rojo con el que jugueteaba constantemente.

—Bueno, chicos —dijo Redwood abriendo cada par de esposas de uno en uno—. Esta noche hay un partido y tengo mucho interés en verlo. De hecho, he apostado unos cuantos dinares por el resultado, así que si sabéis lo que os conviene...

A Redwood no le hizo falta terminar de verbalizar su amenaza, pues los chicos sabían que el supervisor conocía cien maneras legales de convertir la vida de un no-patrocinado en un auténtico infierno. Y mil maneras ilegales.

—Que durmáis bien, principitos —se despidió el supervisor con una sonrisa burlona, mientras tecleaba el código de seguridad en la puerta del dormitorio—. Mañana, como de costumbre, os espera un día de mucho ajetreo, repleto de diversión.

Una vez que Redwood hubo salido, los no-patrocinados se relajaron, y el rumor de los gemidos de dolor de los chicos relevó al silencio de la disciplina. Cosmo se tocó con cuidado la pierna en el lugar donde un aerosol particularmente ácido le había quemado la piel.

—Cinco minutos para apagar las luces —se oyó la voz de Redwood a través de la red de altavoces—. Trepad por la escalera, chicos.

Trescientos huérfanos se dirigieron al unísono a la docena de escaleras de acero y empezaron a trepar por ellas. Nadie quería quedarse en el suelo del dormitorio para cuando apagaran las luces: si los supervisores pillaban a un nopatrocinado en el suelo con las luces apagadas, una carrera de diez kilómetros sería como un paseo dominical comparada con el castigo que le impondrían.

Cada uno de los chicos disponía de una sección del dormitorio donde comía, dormía y pasaba el tiempo libre que tuviesen los no-patrocinados. En realidad, las habitaciones eran secciones de tuberías de cartón cosidas en fragmentos de metro ochenta. Las tuberías estaban suspendidas en un entramado de cables a casi un metro y medio del suelo. Cuando los huérfanos ocupaban las tuberías, todo el invento se balanceaba como un transatlántico.

Cosmo trepó con rapidez, haciendo caso omiso del dolor que sentía en los músculos de la pierna. Su tubería estaba casi arriba de todo; si las luces se apagaban antes de que llegase hasta ella, podía quedarse encallado en la escalera. Con cada peldaño que subía, sentía una nueva punzada de dolor en los tendones, pero seguía trepando, empujando con la cabeza al chico que tenía delante y sintiendo las prisas del chico que venía detrás.

Después de varios minutos de escalada febril, Cosmo llegó a su nivel: una estrecha pasarela de una anchura de apenas un palmo servía de acceso a cada una de las tuberías. Cosmo la cruzó con cuidado, agarrándose a una barandilla de la parte inferior de la pasarela que tenía justo encima. Su tubería estaba cuatro columnas más allá. Cosmo se lanzó al interior y aterrizó en el colchón de espuma diez segundos antes de que apagaran las luces.

Un brillo amarillo y enfermizo iluminaba el interior de las tuberías: la cena. Antes, un supervisor la había arrojado al interior de la tubería con ayuda de una grúa pluma. Años atrás, los no-patrocinados habían probado la comida envasada para consumo de los soldados en el campo de batalla. Tanto las bandejas como las botellas de agua eran luminosas y también comestibles, lo cual significaba que los huérfanos podían comer una vez apagadas las luces, ahorrando de este modo unos cuantos dinares a la dirección del centro. La bandeja era una especie de galleta delgada y crujiente, sin levadura, y la botella de agua estaba hecha de goma de mascar. El ejército había dejado de consumir la comida envasada después de varias denuncias presentadas por los soldados, que aseguraban que aquellos paquetes luminosos les provocaban hemorragias internas. El orfanato compró todo el excedente y se lo daba de comer a los internos todos los días.

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