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Authors: Eliette Abécassis

Tags: #Intriga

El tesoro del templo

 

Abril 2002, desierto de Judea. El cadáver de un arqueólogo, víctima de un asesinato ritual, es hallado en un altar cerca de Qumrán. En el momento de su muerte, el profesor Ericson se hallaba buscando el tesoro del Templo a partir de uno de los manuscritos hallados en las grutas de Qumrán, el Pergamino de Cobre. Éste, además de ser el único de metal y el más enigmático de entre todos los textos encontrados, describiría un valioso tesoro que podría hallarse oculto en diversos lugares alrededor de Jerusalén. A pesar de que algunos investigadores cuestionan la supuesta existencia del tesoro, Ericson estaba convencido de que las descripciones del pergamino eran reales y llevaba años intentando demostrar que el tesoro estaba conformado por objetos sagrados procedentes del Templo de Salomón.

Ary Cohen, gran conocedor de la región y de los pergaminos del mar Muerto, es asignarlo por los servicios secretos israelíes para investigar el asesinato de Ericson y desentrañar un enigma que se remonta al origen de los tiempos y en el que se hallan involucrados esenios, templarios, masones y la secta dle los Asesinos.

Eliette Abécassis

El tesoro del templo

Qumrán - 2

ePUB v1.0

Alias
01.01.12

Título original:
Le Trésor du Temple

Eliette Abécassis, 2001.

Traducción: Francisco Rodríguez de Lecea

Editor original: libra_861010 (v1.0)

ePub base v2.0

A mi madre,

pues gracias a ella

he escrito este libro.

Juntaos, y os anunciaré lo que ha de acontecer en días venideros.

Génesis 49,1.

Prólogo

Corría el 16 del mes de nisán del año 5761, o, para quien lo prefiera, el 21 de abril del año 2000, treinta y tres años después de mi nacimiento.

En la tierra de Israel, en medio del desierto de Judea, cerca de Jerusalén, fue hallado el cuerpo de un hombre asesinado en las circunstancias más extrañas.

Había sido atado sobre un altar de piedra y luego degollado y quemado. Su carne, medio calcinada, dejaba entrever los huesos.

Los bordes de su túnica de lino blanco y el turbante que lo cubría estaban manchados de sangre. Sobre el altar de piedra había siete trazos sanguinolentos pintados por la mano del asesino. Aquel hombre había sido sacrificado como un animal. Se le había abandonado así, con los brazos en cruz y la garganta abierta.

Shimon Delam, antiguo jefe del ejército israelí y actual director del Shin Beth, el servicio secreto interior, fue a ver a mi padre, David Cohen, para pedirle ayuda en aquel asunto. Mi padre, dedicado a la paleografía de pergaminos antiguos, y yo —Ary Cohen— habíamos trabajado juntos para Shimon, dos años antes, en la resolucióndel enigma de un manuscrito desaparecido y de unas misteriosas crucifixiones.

—David —dijo Shimon después de haberle expuesto el caso—, si vuelvo a apelar a ti es porque…

—Porque no sabes a quién más dirigirte —dijo mi padre—. Porque tus policías no entienden nada ni de sacrificios rituales ni del desierto de Judea.

—Y aún menos de sacrificios humanos… Reconocerás que eso nos remite a una época muy antigua.

—Antigua —dijo mi padre—, en efecto. ¿Qué quieres de mí?

Shimon sacó una bolsita negra de plástico y la tendió a mi padre, que miró en su interior.

—Un revólver —dijo mi padre—. Calibre 7,65.

—Este caso podría llevarnos muy lejos, y no estoy hablando del desierto de Judea ni de la historia de esta región. Hablo de la seguridad de Israel.

—¿Podrías contarme algo más?

—En este momento hay mucha tensión en nuestras fronteras. Nos han informado de movimientos de tropas en el sur de Siria. Se está preparando una guerra, pero no sé dónde ni por qué. Este asesinato podría ser la primera señal.

—La primera señal —repitió mi padre—. No sabía que creías en señales…

—No —dijo Shimon—. No creo en señales. La CIA tampoco, y, sin embargo, estamos de acuerdo. Según nuestros expertos, el arma del crimen, que apareció cerca del cuerpo, es un cuchillo fabricado en Siria en el siglo XII.

—En el siglo XII —repitió mi padre.

—La víctima es un arqueólogo que estaba excavando en Israel. Buscaba el tesoro del Templo siguiendo las indicaciones precisas de un pergamino del mar Muerto…

—¿Estás hablando del Pergamino de Cobre?

—Precisamente.

Mi padre no pudo reprimir una sonrisa. Cuando Shimon utilizaba el adverbio «precisamente», eso quería decir que la situación era grave.

—Sabemos que el verdadero objetivo de ese hombre era construir el Tercer Templo. También sabemos que tenía enemigos… Ya me conoces, soy un militar, las motivaciones profundas de este crimen me superan…

—Vamos —dijo mi padre—, al grano…

—No es una misión como las otras. Por eso necesito a un hombre que conozca perfectamente la Biblia y la arqueología y que no tenga miedo de luchar en caso de necesidad. Necesito a alguien que sea a la vez un erudito y un soldado.

Shimon miró a mi padre en silencio y luego, mordisqueando pausadamente un palillo, terminó:

—Necesito a Ary,
el León
.

PRIMER PERGAMINO
El pergamino del crimen

Sed fuertes e intrépidos, oh valientes soldados.

¡No tembléis!

¡No retrocedáis!

Porque a vuestras espaldas se oculta la comunidad del crimen

y en las tinieblas ejecutan todos sus actos

y son su pasión las tinieblas.

Mas es su refugio vanidad,

y su poder se desvanecerá como el humo,

se perderá toda su multitud,

todo el universo de su ser desaparecerá rápidamente.

Sed intrépidos en el combate,

porque ahora adviene la obra de Dios

contra los espíritus del crimen.

Pergaminos de Qumrán,

Reglamento de la Guerra.

Soy Ary el escriba. Soy Ary Cohen, hijo de David.

Hace muchos años vivía entre vosotros. Como mis amigos, viajaba a lugares lejanos, frecuentaba las noches locas de Tel Aviv e incluso hice el servicio militar en la tierra de Israel.

Luego, un día dejé mis costumbres urbanas y me retiré al desierto de Judea, a las puertas de Jerusalén, sobre los acantilados de un lugar fortificado llamado Qumrán.

En la quietud del desierto llevo una existencia austera, alimentando mi espíritu, pero no mi cuerpo. Soy escriba. Como mis antepasados, llevo puesto un cinturón que sujeta una caja de palo rosa que contiene plumas y pinceles, así como el cortaplumas que me sirve para rascar la piel de los pergaminos. La aliso con la hoja, para eliminar las manchas y asperezas y obtener un grano limpio que absorbe la tinta sin dejar que se empape demasiado. Para grabar la superficie de esa piel utilizo la pluma de oca, más fina que el austero pincel de palo rosa. Elijo cuidadosamente mi pluma entre las remeras de volátiles criados en un kibutz no lejos de Qumrán. Prefiero las plumas del ala izquierda, y debo ponerlas en remojo varias horas para ablandarlas, después secarlas, enterrarlas en la arena caliente para endurecerlas y, finalmente, cortarlas con el cortaplumas.

Tomo el escritorio portátil en el que se encuentra el recipiente para el agua y la tinta; mezclo agua y tinta en un frasquito, y empiezo:
Mi vida ha sido arrancada y llevada lejos de mí como la tienda de un pastor
.

Grabo las letras en pergaminos amarillentos como los libros antiguos, páginas visitadas, vistas y leídas, palpadas, vueltas una y otra vez de año en año, de siglo en siglo, de milenio en milenio. Me paso escribiendo todo el día, y también la noche.

En este momento querría hablar, contar mi historia, la historia terrible de la que fui un simple juguete. No es un azar que en la raíz de mi historia se encuentre la Biblia, porque en ella he visto el amor y el paso de Dios, y en ella he visto la violencia. Sí, en ella he visto el verbo «ser».

Oh, hijos, escuchadme y retiraré el velo de vuestros ojos para que veáis y oigáis los actos del Señor.

Mi padre, David Cohen, en esa tarde del 16 del mes de nisán de 5761, vino a buscarme a las grutas de Qumrán, al scriptorium en el que yo realizaba mi trabajo. Era una caverna algo más amplia que las demás, en la que se encontraban amontonados numerosos pergaminos de diversos tamaños, rollos sagrados, una gran cantidad de vasijas de dimensiones gigantescas, tiestos y tapas rotos mezclados con pedazos de roca…, una acumulación de objetos antiguos en un desorden secular que nunca me atreví a perturbar. Hacía más de un año que no nos veíamos. Los ojos de mi padre brillaban de emoción.

Sus cabellos oscuros eran abundantes, pero se podía leer en su amplia frente como en un pergamino en el que se hubieran acumulado las letras de año en año. Una de ellas había sido trazada después de la última vez que lo vi:
. La letra
lamed
, que significa «aprender y enseñar», la más alta del alfabeto hebreo, la única en que el trazo vertical supera el renglón por su parte superior, se parece a la escalera de Jacob, por la que suben y bajan los ángeles para observar y transmitir.

Él no me reprochó nada, pero yo era su hijo, el único, y aunque respetaba el camino que yo había elegido, forzado a medias por circunstancias dramáticas, y a medias conformado porque ése era el camino elegido por mí, el de mi vida, sufría porque le había dejado. Habría querido tenerme más cerca, en Jerusalén, aunque después del servicio militar yo había dejado su casa para ir a vivir al barrio ultraortodoxo de Mea Shearim. Pero aunque no estuviera a su lado, él me habría preferido en Tel Aviv, viviendo como un israelí moderno, en vez de en las grutas de Qumrán. Y si no podía ser Tel Aviv, por lo menos en un kibutz del sur o del norte del país, en cualquier caso un lugar al que pudiera ir a visitarme, y no el lugar secreto, de difícil acceso, en el que yo llevaba una vida de asceta. Y yo, que siempre me preguntaba cuándo volvería a verlo, sentí hasta qué punto aquel momento era único. Sin querer, las lágrimas inundaron mis ojos.

—Vamos —dijo mi padre—. Estoy contento de volver a verte. Tu madre te manda un beso.

—¿Cómo está?

—Bien, ya la conoces. ¡Es fuerte!

Yo quería a mi madre, pero desde que profesé como religioso, entre nosotros se había alzado una especie de muro de incomprensiones. Para ella, rusa y atea, yo era un monje, lo que significaba un loco, un fanático, un iluminado.

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