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Authors: Justin Scott

Tags: #Aventuras

El cazador de barcos

 

El cazador de barcos es una historia cargada de suspense, que Justin Scott nos relata con una vibrante narrativa y un profundo conocimiento del mundo del mar y de los barcos. Desde 1979, año de su primera edición, ha fascinado a millones de lectores en todo el mundo, y se ha convertido en la segunda novela de tema náutico más leída después de Moby Dick. La implacable persecución que Peter Hardin emprende contra el
Leviathan
—superpetrolero responsable del hundimiento de su barco y de la muerte de su esposa— a través de los mares del mundo, nos embarca en una trepidante navegación, al mismo ritmo que el del protagonista. La narración que hace Justin Scott de la confrontación final, en aguas del golfo Pérsico, figura ya para siempre como uno de los mejores relatos de la literatura marítima de todos los tiempos.

Justin Scott

El cazador de barcos

ePUB v1.0

RicIV
01.10.12

Título original:
The shipkiller

Justin Scott, 1978.

Traducción: Mireia Bofill

Editor original: RicIV

ePub base v2.0

A Gloria Hoye
.

Mi amor, mi belleza, mi amiga
.

LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO PRIMERO

Grises borrascas y amarillas manchas de sol formaban una cuadricula sobre los horizontes oceánicos.
La Sirena
, un queche de doce metros, subía y bajaba al compás del oleaje, levantando la popa con cada ola, para sumergirse luego en los profundos senos; una mota de madera y fibra de vidrio suspendida a más de cinco mil metros por encima del fondo del Atlántico.

El velero se quedó un momento quieto en la cresta de una ola y Peter Hardin y su esposa Carolyn pudieron vislumbrar brevemente un barco en lontananza, un borrón oscuro que atravesaba su estela bajo un claro de sol, a muchas millas de distancia a sus espaldas.
La Sirena
se deslizó hacia el fondo del seno abierto entre dos olas. Altas paredes de agua, de un gris pizarra, se alzaban a ambos lados. Vividos chorros, de un azul de huevo de petirrojo, se extendían bajo la superficie como planos animales nadadores.

Los labios de Carolyn rozaron el rostro de su mando. Hardin la atrajo hacia sí. Cuando volvió la mirada atrás desde la cresta de otra ola, el barco había desaparecido tras la fina lluvia de la borrasca y
La Sirena
volvió a encontrarse solo, vela aislada sobre un mar vacío.

Peter dio un vistazo al compás. Nornoroeste. Nueve días desde su salida de Fanal, en las Azores; dos días más para llegar a Falmouth, en Inglaterra, si no empeoraba el tiempo. Examinó las velas. Fue un gesto tan automático y regular como el de un buen conductor al comprobar la situación a través del espejo retrovisor en medio de un intenso tráfico. El Génova había empezado a flamear. Hardin accionó la manivela. El tambor del winche recorrió varios dientes de la rueda y la vela dejó de ondear.

El velero de dos palos estaba efectuando una amplia bordada, con el viento casi directamente por la popa, la vela mayor, la de mesana y el foque muy abiertos, llenos y tensos los vientres. El viento, igual que la lenta y cálida corriente, venia del sudoeste, fresco y continuado.

La Sirena
tenia veinte años. Los diseñadores, escépticos en un momento en que la fibra de vidrio era un material nuevo, todavía no probado, se habían excedido al construirla y su ancho y esbelto casco necesitaba una brisa como aquélla para cobrar bríos. Hardin había formado parte de su tripulación cuando la embarcación era nueva y él era un hombre joven. Tres años atrás la había comprado para celebrar su cuadragésimo cumpleaños.

Hardin estaba sentado a barlovento. Sus ojos escudriñaban el mar, atentos a la aparición de cualquier ola peligrosa. Su mano morena se apoyaba cómodamente sobre la piel de ante que recubría la cromada rueda del timón. Tenía la cara ancha y curtida, y unas finas arruguitas apuntaban hacia las profundidades risueñas de sus ojos, de un gris azulado. Era un hombre de complexión vigorosa y mediana estatura, con ágiles y flexibles dedos de artesano y un cuerpo macizo, endurecido por muchos años de intentar compensar el incesante vaivén de los barcos pequeños.

Llevaban todo el día soportando ráfagas de lluvia. Era la tercera etapa de su lenta y fácil travesía desde Nueva York. Luego, de manera bastante repentina, las borrascas se replegaron hacia el horizonte, las nubes que colgaban sobre sus cabezas se dispersaron, abriéndose como el diafragma de una lente, y el sol empezó a brillar con fuerza, arrancando destellos al mar y secando la cubierta.

Abrieron las escotillas de proa para que el aire cálido secara la humedad del camarote y se despojaron de sus ropas de mar de vinilo y también de las botas de caucho, todo el equipo de mal tiempo con el cual se habían protegido contra la fría, penetrante humedad de las borrascas. El viento aflojó todavía algo más y la pareja se quitó los jerséis de lana.

Finalmente, Carolyn miró esperanzada en dirección al sol y empezó a desabrocharse la camisa. Hardin, que la observaba, pensó que estaba muy hermosa con el corto pelo negro ahuecado por el viento, las mejillas encendidas y sus grandes ojos oscuros centelleantes. Aplaudió con entusiasmo cuando la camisa de la mujer cayó sobre la cubierta.

Llevaban diez años casados y su unión había sobrevivido a unas acusadas diferencias de edad, de gustos y de intereses; y los efectos de rebote de la fragmentación de las parejas amigas, para las cuales, con los años, los Hardin habían venido a representar una promesa de que el placer no tenia que ser forzosamente pasajero.

Carolyn le mandó un beso con la mano, se deshizo de los téjanos desteñidos y le arrojó sus braguitas. Eran los primeros días del mes de mayo y su piel todavía mostraba una blancura invernal. Se tendió boca abajo sobre el puente, que se extendía a todo lo ancho de la embarcación frente a los asientos de popa y apretó los dedos de los pies contra el reborde de la escotilla. Una graciosa y firme contracción recorría los músculos de sus piernas cada vez que el barco cabeceaba.

Hardin oteó inquisitivamente el horizonte. Sobre sus cabezas, el cielo estaba despejado, pero hacia popa los claros de cielo azul iban cambiando de forma a medida que unos oscuros cúmulos avanzaban bajo los estratos grisáceos, como planchas de hierro firmemente acopladas. Posiblemente se estaban fraguando nuevas borrascas, pero se hallaban lejos, a diez o doce millas de distancia, y avanzaban lentamente.

Peter también se quitó la camisa y se arrodilló al lado de Carolyn. Notó el calor del sol sobre su espalda. Le besó el tobillo, la pantorrilla, el dorso de la rodilla. Ella hundió los dedos menudos en sus escasos cabellos castaños. Cuando localizó un punto que le hizo estremecerse, le preguntó:

—¿Dejamos que se gobierne sola?

Hardin examinó otra vez el mar cada vez más calmado.

—Dejaremos que se gobierne sola —asintió—. No te vayas. Carolyn le acogió otra vez entre sus brazos con un lento e íntimo beso.

Estaban estrechamente abrazados cuando
La Sirena
se inclinó bajo el impacto de una penetrante y helada ráfaga de viento y una sombra de nubes envolvió el barco. Carolyn se apretó más contra él, con la piel de gallina.

—¿Qué sucede, capitán?

Hardin levantó la cabeza y miró hacia el mar. Bancos de nubes cargadas de lluvia habían ocultado los rayos del sol. Su mirada abarcaba nítidamente varías millas de distancia por delante de ellos, pero el horizonte se iba estrechando a ambos lados. Sobre sus cabezas, el sol ardía, blanquecino bajo las nubes, como la boca de un horno de fundición.

—Será mejor que…

—¿Ahora? —preguntó decepcionada Caroly—. ¿No sería mejor terminar primero una cosa y luego empezar otra?

—Me temo que no podrá ser.

Ella se incorporó sobre el codo y miró por encima de la borda. Una borrasca se acercaba por la popa formando una larga línea de bajas nubes negras cada vez más amenazadoras.

Carolyn las saludó con un gesto de exasperación.

—Podríais haber esperado un rato.

Se apresuraron a rizar las velas, riendo, y Carolyn cogió el timón mientras Hardin se dirigía a proa con el tormentín y las escotas. Enganchó la pequeña vela sobre el estay de trinquete, por debajo del génova, aseguró el pasador del mosquetón de la driza y pasó las escotas por una serie de poleas guía hasta llevarlas otra vez a la bañera.

Carolyn orzó ligeramente para hacer perder viento al génova a fin de que él pudiera bajarlo. La vela delantera empezó a flamear y una segunda ráfaga iría la hizo crepitar como las ramas de pino en una hoguera. Carolyn coordinó el movimiento del barco con el avance de la operación que él estaba realizando, y la vela cayó sobre la cubierta.

Peter la desenvergó y la introdujo a toda prisa por la escotilla de proa; no tenía tiempo de guardarla en la bolsa. Luego izó a mano el tormentín, dio una vuelta a la manivela del winche y tensó la vela.

Carolyn dejó que
La Sirena
abatiera con el viento y el tormentín se hinchó. Luego soltó la escota de la mayor y ésta perdió viento. Hardin bajó la gran vela rígida y Carolyn fue a ayudarle a recogerla y aferraría a la botavara con un cabo elástico.

Se desplomó riendo contra su marido.

—Mis piernas no lo resisten. Mis rodillas parecen de manteca.

La borrasca se acercaba a toda prisa, precedida por alocadas ráfagas de aire que arrancaban las crestas de las olas, aplanándolas. La espuma resbalaba sobre el mar y dejaba largos surcos, como caminos de torpedos. Se apresuraron en volver a la bañera, rizaron la mesana y pusieron otra vez
La Sirena
popa al viento.

Hardin bajó a asegurar el cuartel de la escotilla de proa. El camarote estaba bien arreglado, decorado con cálidos colores de tierra y bien provisto para el largo crucero. Comprobó que todo lo que debía estar asegurado quedaba bien firme y regresó corriendo a los asientos de popa, enfundándose por el camino la parka contra el mal tiempo. Cuando se adelantó a coger el timón para que Carolyn pudiera ponerse también la suya, sus manos se rozaron un breve instante.

—Ya está.

Carolyn se puso el jersey y la parka. Todavía llevaba las piernas desnudas, cuando la borrasca les dio alcance. Carolyn dejó caer el resto de sus ropas por la escalera del camarote, cerró la escotilla principal y se sentó junto a Hardin, con los pies apoyados contra el banco contrario. Su marido le dio la escota del tormentín y la besó en la boca.

Una fuerte ráfaga sacudió las velas y el mar levantó espumarajos bajo el tajamar, obligando a
La Sirena
a ponerse de través al viento. El barco escoró fuertemente. Hardin accionó la rueda, procurando ponerlo de popa al oleaje, cada vez más alto.

Con la tormenta llegó la oscuridad, como si aquélla hubiera extendido una lona negra por delante del sol. La temperatura bajó varios grados; una lluvia helada azotaba la cubierta; relámpagos zigzagueantes cortaban las sombras y teñían de un blanco acerado el encabritado mar. Las olas se hacían trizas, chocaban, se combinaban y saltaban a gran altura.

Carolyn amolló el tormentín para hacerle perder viento y también se hizo cargo de la mesana, pues Hardin estaba ocupado con la rueda del timón.
La Sirena
levantaba la cabeza, hinchaba el pecho y avanzaba con furia, como una yegua asustada, contra la tormenta.

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